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copia ¡VACACIONES! (M.M.Freitas)





FLORENCIA, UNA CIUDAD CON AROMA LATINO


ITALIA, ITALIA, COMO TE PARECES A NOSOTROS. TUS HOMBRES SON TAN NOBLES E DESVERGONZADOS COMO MIS HERMANOS, COMO YO MISMA...


Florencia. Conjunto de la Catedral y el Baptisterio

LA BELLA TOSCANA 

Publicado en Sant Andreu Express en junio de 1986

                  
                  Soy católica agnóstica.

                  Esto se digiere aceptando las tradiciones y rechazando los cultos. Pero por una vez… Una vez estuve a las puertas del Paraíso y hasta llegué a traspasarlas. Fue en Florencia, donde ya con los ojos sin piel por tanta belleza –desde Venecia en zig-.zag-, llevábamos dos días levitando por sus calles.

                 (Mi debilidad por las puertas renacentistas había tocado techo en el Duomo de Milán y en el Vaticano. Allí, en la Plaza de San Pedro, asistí a una pelea dialéctica de corte surrealista entre empleados de los módulos postales. Con mis compañeros turistas, presenciamos incrédulos y divertidos aquel desmadre napolitano de Totó representado por elegantes funcionarios que duró unos veinte minutos. Poco después, la generosa cara mediterránea. Dos jóvenes cruzaron Roma con nosotros para indicarnos una dirección sin consentir que volviéramos a llevarlos a su barrio, ni recibir dinero para un taxi).


Baptisterio de la catedral de Florencia

            El Baptisterio florentino, rechoncho y gracioso con sus piedras dominó, podía aquel día ser visitado. Recogido e íntimo abrió sus puertas al suave empujón nuestro. Su bóveda era un esmalte, una joya con mil destellos. El interior circular y sus paredes atesoraban imágenes y pinturas con la elegante perfección que los grandes mecenas dejaron en herencia a la Humanidad entera. Colmándolo todo, al tiempo que entrábamos se elevó dulcísimo un “Ave María” desde el órgano de época que presidía el recinto bautismal. No exagero un punto si digo que me quedé clavada en el umbral. La Belleza entraba en mi por los dos primeros sentidos dejándome saborear la Eternidad.

              ¿Qué dura la composición de Schubert? ¿Tres minutos? O medio siglo como el canto del pajarillo para el monje santo.

                     Tampoco yo puedo decir el tiempo que duró aquel éxtasis. Pere de él me sacó el anciano sacerdote músico que incorporando su menuda figura procedió a pasar un cestito ante los visitantes.

              Los nórdicos y anglosajones pusieron el gesto hostil ante la aparición de la colecta. Pero no el grupo barcelonés. Nosotros sabíamos que las menguadas necesidades de aquella sotana remendada no iban a desbordarse por nuestra contribución.

             Llegados desde la otra orilla de una misma cultura, nosotros, amigos, comprendíamos. 

(*) Piel de toro


Ana Mª Ferrin

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