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PastorOvejas Atardecer en Tierra de Campos, Palencia, España. (A.Mª.F.)





ADIÓS A RICARDO TORMO


    Lo que son las cosas. Me acerqué a Ricardo Tormo en 1997 buscando para mi libro Los ojos del Paraíso (*) a una figura del motociclismo, a un hombre que había vivido la aventura del viajero a bordo de su famosa autocaravana “TORMOBUS”, a un pionero del nomadismo con calidad de vida después de pasar las de Caín por la helada Europa. Conocedor del dolor que deja la escarcha en la piel cuando en sus comienzos se desplazaba de circuito en circuito, durmiendo con los mecánicos en una ruinosa furgoneta acuchillada por los cuatro vientos...

Una imagen del admirado Ricardo Tormo

ADIÓS A RICARDO TORMO
                                                                         
   Publicado en El Mundo (Ed.Valencia)30 de Diciembre de 1998         


                                ...Esperaba enhebrar con sus declaraciones la información recogida en torno a Luis Miguel Dominguín, ya que éste había disfrutado por dos años sus vacaciones en el confortable autocar de Tormo, quien no había consentido en ninguna de las dos ocasiones las más mínima compensación económica. Se lo prestaba generosamente y punto, conducido por su chófer, mecánico, y sobre todo amigo, Agustín Calafat.

                            Como decía, lo que son las cosas. Esperaba encontrar a un técnico que me abrumara con detalles profesionales, a quien tendría que estrujar para hacerle soltar confesiones íntimas, cuando muy al contrario me encontré con un ser tierno y valiente, sensible a la naturaleza, a la familia. Y por encima de todo a su tierra, Valencia. A su pueblo, Canals.


A escala, el TORMOBÚS convertido en juguete
                             

                          Sensaciones variadas las de aquellas tres entrevistas realizadas hace más o menos un año. De valentía, cuando me animó a que contara con todas las letras su circunstancia médica. Nada de referirse con sinónimos a “una delicada dolencia” o “un problema de salud”, -Dí la verdad -me dijo-, cuenta que tengo leucemia y que estoy luchando con ella desde hace unos años. Acabo de salir de la clínica pero tengo que volver a ingresar para que me extraigan médula. La congelarán por si hay que hacerme un trasplante. Y como queriendo quitarle drama, echó una risa y añadió: Pero tranquila, que ganaremos la carrera. Yo soy de Canals, ¿sabes?

                           Sí, yo sabía que era de Canals, pero de no ser así, después de la primera entrevista habría estado bien enterada. Su tierra era una pasión. Oyéndole, me lo imaginaba en los boxes de medio mundo contándole a los japoneses y alemanes el paisaje de su tierra, con el arrebato que yo intenté trasladar a mi libro: -¿Por qué me llama tanto Canals? Porque aquello es vida. Cuando estoy allí me levanto pronto y me meto en el garaje a restaurar mis motos antiguas. Pongo música de Paco de Lucía, de los Beatles, de Raimon que es de aquí al lado, de Xàtiva. Luego paseo y me siento mirando el cielo. Y las montañas. Y el campo....

                             Evocaba nuevos conocimientos de países. Finlandia y su aurora boreal. Los mares verdes de cultivos holandeses, llanuras infinitas donde perderse en el reino serenísimo de la luz...

                             En aquellos días batallaba con el Director de Deportes de la Generalitat Valenciana para conseguir montar dos equipos motociclistas de 125 y 250 cc. Buscaba sponsors con los que financiar la enseñanza de conducción a los deportistas adolescentes...

                             Grandes proyectos y deseos sencillos, domésticos, como adquirir una caña para seguir con su hijo Ricardo de doce años la tradición de pesca que él iniciara con su padre en el río Canyoles, cuando pasaba el cauce por su pueblo antes de secarse. Hoy sería otro río truchero, el de Los Santos, el que reviviría para ellos el gozo del anzuelo, el tirón, la captura...

                            No sé si aquellos deseos suyos de compartir horas íntimas en el río con su hijo se llevaron a cabo, pero tampoco importa mucho. Seguro que de todos modos ya habría dejado una huella importante en el chico. Porque el motor que llevaba Ricardo Tormo en su interior era mucho más potente que cualquier máquina de las que hubiera pilotado. Y su mirada a larga distancia ni se rendía ni se recreaba en el pasado. Al contrario, estará siempre fija en el horizonte.


Ana Mª Ferrín
                                           
 (*) Para quienes deseen leer los textos a los que me refiero, pronto los pondré en un enlace. Por ahora pueden verlos en los capítulos “Ricardo Tormo” y “Luis Miguel Dominguín” del libro Los Ojos del Paraíso.

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