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Compagnia-Mvula-Sungani-ph.-Antonio-Agostini Compañía de Danza Mvula-Sungani. Roma. (Antonio Agostini)





TÁMARA. UNA VISIÓN DIFERENTE



Con la autoridad que da lo auténtico, el arco de bienvenida que da acceso a la villa de Támara me recibió un día soleado de 2006, llegada expresamente desde Barcelona para visitar uno de los más interesantes órganos barrocos del mundo, ubicado en su iglesia de San Hipólito. Admirable además por ser el único que se encuentra suspendido a siete metros del suelo sobre una plataforma, sostenida a su vez por una fina columna.


El órgano de Támara de Campos, Palencia. Único en el mundo por
su ubicación suspendida.


EL ÓRGANO DE TÁMARA DE CAMPOS

Publicado en la Revista de Támara de Campos, Palencia. 5 de Mayo de 2009

                               
                              Pero esos proyectos dieron un giro para mí.

                               El día que llegué estuve deambulando por sus callecitas de muros y aceras que muestran la huella de siglos viendo casas varias veces centenarias, todas blasonadas, unas por escudos de los propietarios originales, otras con la nobleza de musgos que no se improvisan o levantadas con ladrillos que nos hablan de la cultura del esfuerzo. Más que casas, hogares. El día debía ser festivo porque muchos habitantes que por lo general viven en Palencia y otras localidades cercanas andaban por allí regando sus macetas, echando una parrafada o un dominó con los amigos o subiendo a las bodegas para almorzar, comer, merendar o cenar. O las cuatro cosas a la vez, que en Támara todo lo referente a la mesa suele ser cosa muy seria.

                               Vi calles de nombres sonoros –Salsipuedes, Cantarranas–, y muchos portales –el de Piedad, el de Tina–, que se abrían dejando ver zaguanes con zócalos de azulejos donde una planta dormitaba a la sombra. Y si el portón era el de Mario y Lita en la calle del Caño, seguro que ahí estaban ellos haciendo unos retoques a la obra que ya habían retocado ayer y antesdeayer, porque la vocación constructora de esta pareja para sí la habría querido el arquitecto Antonio Gaudí.

                                  Al Este, más o menos tocando los restos de la muralla, dos ovejas se habían puesto de acuerdo para parir a la vez paradas en una esquina, bien tiesas  sobre sus cuatro patas, moviendo el hocico una frente a otra como si estuvieran comentando el desarrollo del parto. Mientras tanto, un apunte de crepúsculo se extendía más allá de los sembrados, finalizando su vuelta al ruedo y vistiendo de luces cielo y tierra con franjas fucsia, turquesa y oro, al tiempo que las ovejas seguían con lo suyo, protagonistas del milagro de la vida.

                                  Tras la verja de un patio en la calle Sinesio Delgado una bailarina que ensayaba un salto por enésima vez se detenía para saludar al ciclista de maillot naranja que pasaba ante la casa, y un trecho más allá, por la cristalera interior de un porche se veía un vecino secándose el vaho de las gafas, veladas por el humillo del arroz que cocinaba. El artista del pueblo sacaba al balcón tiras de lienzo pintadas con diversos colores para comprobar sobre ellas la refracción de la luz en un cuadro. Otro habitante con ropas de cazador cruzaba la calle seguido por su perdiguero, y al andar, dos piezas de caza recién cobradas colgando del cinturón zigzagueaban golpeándole el costado. Un veterano morador sentado frente a la iglesia, el señor Clemente, dejaba fluir con viveza las chispas de sus ojos al escuchar contar a su compañero de banco, que él, Clemente, había sido el mejor bailarín de Támara y el mejor chiborra que nunca existió. Sólo Lalín está en camino de comparársele-, comentaba con respeto el entendido.

                                  No lejos de allí tres vecinos salían de sus portales portando una silla cada uno, la plantaban en la no-acera de la calle y enhebraban una charla sin prisas ajenos al paisaje de postal que protagonizaban, encuadrados por los lados en una porción de muralla y cerrando la imagen por arriba entre dos contrafuertes de la iglesia transformados en nidal de cigüeñas. Durante el paseo pude visitar gracias a Paz, su propietaria, el interior inenarrable de Villa Julia pidiendo a gritos un Pedro Almodóvar que lo inmortalice. A esas alturas mi viaje a Támara había mutado hacia una experiencia singular ¿Quién se acordaba ya del órgano y de la iglesia?

                                  De veras, en mi no era normal que al visitar la pequeña villa histórica, el motivo por el cual me había trasladado hasta allí pasara a un segundo plano con tanta rapidez. Pero tampoco lo era que su alcaldesa, paseante bien vestida y bien calzada por el talud ajardinado, se molestara en agacharse varias veces a recoger ocasionales papeles que el viento zarandeaba aquí y allá formando remolinos. Definitivamente esto no era  un decorado de postal, aquí la vida cotidiana seguía viva, no se había evaporado.

                                  Oí la luz. Allende los campos, el punteo de palomares, campanarios y espadañas traían aires eternos al recortar su perfil disparando en mi mente una serie de destellos fotográficos a ritmo de  diapositiva. Al son del silencio, verdadero lujo en el mundo actual, emergían imágenes medievales de batallas con el fondo de una banda sonora entrechocando hierros y aceros, arrancando relinchos a los caballos y gritos y maldiciones a moros y cristianos. Si la famosa batalla de Támara (o Tamarón) fue aquí, más allá de vencedores y vencidos fundió en uno solo a dos territorios soberanos –Castilla y León-, plantando la semilla de un nuevo país, España, y prendiendo la mecha de una identidad común que acabaría por inflamar a todo un continente, desde Granada a Moscú, formando con esas tierras las barreras que cortarían, por el norte a Mongolia y por el sur a El-Andalus, el avance del Islam. Aquí, en estos llanos, nacía la idea cultural de Europa.

                                  Pero…vaya cabeza la mía. ¿Yo no había venido hasta aquí para ver y contar la iglesia de San Hipólito y su órgano barroco? Pues estamos apañados, se me acabó el espacio. Habrá que dejarlo para otra ocasión.

Ana Mª Ferrin

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