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Compagnia-Mvula-Sungani-ph.-Antonio-Agostini Compañía de Danza Mvula-Sungani. Roma. (Antonio Agostini)





LA CRIPTA GÜELL Y EL MISTERIO DE LA MAQUETA FANTASMA





                      La impronta dejada por Antonio Gaudí en Santa Coloma de Cervelló fue tan potente, que aún hoy, cuando los moradores de su Colonia Güell rebuscan en los arcones para lucir las mejores galas en la Fiesta del Modernismo que se celebrará en Octubre, hay afortunados que logran ver el nombre del arquitecto flotando entre las nubes.

                      Hagamos un poco de historia.


La maqueta recreada por el equipo de Stuttgart. Museo S.F.


 CRÓNICA DE UN ENIGMA

Publicado en Gaudí y Más. 13 de Julio de 2011   


                             El mecenas de Antonio Gaudí, Eusebio Guell, tenía una fábrica textil en esa localidad cercana a Barcelona que llegó a ser una auténtica colonia industrial a la que dotó de importantes avances sociales, haciendo construir viviendas para sus empleados, escuelas y todo un entramado de  servicios entre los que se encontraba el proyecto de una iglesia (1).

                                 Antonio Gaudí que ya tenía experiencia en realizar otros proyectos para el empresario, fue designado para realizar la planificación del conjunto ayudado por los arquitectos Francesc Berenguer, Joan Rubió y Josep Canaleta. Él se dedicó a levantar el templo, que iba a situarse sobre un montecillo cercano y del que por diversas circunstancias, después de veinte años de trabajo sólo llegó a construirse la cripta.




La maqueta original con el interior de los campanarios forrados de papel.
A la derecha, posiblemente, Joan Bertrán. (Cátedra Gaudí)

                         Los dibujos que se conservan hechos por Gaudí de lo que iba a ser la iglesia Güell, nos muestran una versión similar y reducida de su proyecto anterior para construir una misión en Tánger, permitiéndonos a la vez apreciar la cercanía de concepto con los campanarios que construía por entonces en la Sagrada Familia, por lo que no debe extrañar su búsqueda exhaustiva al calcular las cargas que iban a soportar los principales puntos sustentantes del edificio, tales como columnas, arcos, intersección de paredes o bóvedas. Lo repetitivo de esta experimentación que duró diez años con sus consiguientes análisis de resultados, se hicieron con una precisión cercana a la obsesión, ya que esta vez Gaudí estaba decidido a que no se torcieran sus proyectos.

                       Siempre tan enemigo de los planos, como su idea era construir las torres distintas entre sí en altura y además con una cierta inclinación, se le ocurrió hacer una maqueta poco usual por su dificultosa ejecución, aunque fuese una técnica ya conocida desde antaño con el nombre de polifunicular o estereostática.



La maqueta original sin el forro de papel (CG)


                          En la construcción de la maqueta le ayudaron  el arquitecto Francesc Berenguer y el ingeniero alsaciano Eduard Goetz, que trabajaba en la compañía de Aguas de Barcelona y le asistía en temas puntuales, además de su colaborador principal el escultor y modelista Joan Bertrán, con el albañil Agustí Massip y el carpintero Joan Munné.

                           Para realizarla mandó construir un pequeño pabellón cerca de las obras de la cripta y un día, ante la sorpresa de sus ayudantes, Gaudí dibujó la planta de la iglesia en un plafón de madera, tomó una cadena y fue clavándola a intervalos rodeando el perímetro del dibujo. A continuación colgó la madera del techo dejando que los espacios sueltos de la cadena cayeran por su propio peso formando collares. Luego, tomando un rollo de fino cordel fue cortando trozos de diferente medida, que fue atando por sus dos extremos en diversos puntos de la cadena dejando que al caer formaran arcos invertidos, unos cortos y anchos –para las bóvedas- otros largos y estrechos –para los campanarios-, cuyas formas mantenía rígidas colgando en las partes inferiores unos saquitos rellenos de perdigones.
           
Al dar la vuelta a la imagen se aprecian  los campanarios.
        

                     Una vez acabada la instalación solo quedaba colocar en el suelo, bajo la maqueta, un espejo que al reflejar la imagen invertida presentara el conjunto de los campanarios con todas las características de un templo, una imagen que Gaudí podía haber visto en las cuevas de L’Aram, en Mallorca, recién descubiertas por entonces y que hoy siguen estando abiertas al público. También las fotos que se tomaban cada pocos días, al darles la vuelta proporcionaban la misma sensación de obra terminada.

                      Aún contada así, a cuatro rasgos, ya es difícil la crónica. Pero ni de lejos abarca lo penoso que llegó a ser aquel trabajo para el escultor y modelista que lo realizó, Joan Bertrán.

                    No basta decir que la experiencia duró diez años y que la maqueta con sus 4,5 metros de alta era tan imponente, que el poeta Josep Carner al verla no pudo contenerse y exclamó: ¡Aunque esté hecha con hilos de pescar, esto es una iglesia!. O contar lo que sucedía cuando Gaudí, después de analizar sus cálculos, ordenaba variar la posición de alguno de los pesos. Con la sola presión de un dedo sobre uno de los saquitos, se desencadenaba tal tsunami por todos los campanarios de cordeles que descompensaban su equilibrio y había que proceder a rehubicarlos de nuevo.


Grob, uno de los nueve alumnos de Frei Otto en Stuttgart 


                    Valdrá añadir que por la inestabilidad del material, al intentar penetrar en aquella madeja esculpida, muchos arcos se enredaban y había que cortarlos y sustituirlos, volviendo a recrear esas partes una y otra vez. Sin olvidar que cuando se tomaba una foto, dado el limitado espacio del barracón que parecía encoger a medida que la maqueta crecía, más de una vez se vieron obligados a derribar una de las paredes para tomar la imagen completa.

                    Llegado hasta aquí, el lector ya habrá comprendido la compleja manipulación de aquella maqueta. Pero a las tribulaciones de Bertrán les esperaba una última vuelta de tuerca al presentársele un misterio tan angustioso como hilarante.

                   El enigma consistía en que a partir de una cierta fecha, algunas mañanas al entrar Bertrán en el barracón parte de la maqueta había desaparecido y también los saquitos que contenían los perdigones. El colaborador de Gaudí, que ya confesaba estar agobiado por llevar años con aquel trabajo vampírico, se desesperaba al ver como parte de la fatigosa labor que hacía de día desaparecía por la noche, y debió llegar al límite de su resistencia porque empezó a sufrir angustiosas pesadillas. En sus sueños, la cama y el colchón se transformaban en una gigantesca tela de araña hecha de cordel, cuyos extremos se convertían en dedos que se retorcían y lo aprisionaban apretándole la garganta hasta ahogarlo.

                   Para añadir más suspense al tema, el atentado no siempre sucedía. Había noches que si y noches que no. Igual que en la maqueta había partes que desaparecían y otras que continuaban. Y no siempre las mismas.


Los nueve estudiantes de Stuttgart con su maqueta.A la iz:
Walz, van der Heide, Grob, Krause, Korner, Muller, Tomlow,
Graefe y Bak. (R. Graefe y F Otto)

                  El encargado tomó la decisión de poner una cerradura y echar la llave al barracón al finalizar el día. Pero nada, el ataque volvía cuando menos lo esperaban sin que existieran huellas de que alguien hubiera entrado allí. Entonces decidieron dejar unos vigilantes por la noche para que de vez en cuando abrieran de improviso la barraca, una medida que se saldó con el mismo resultado negativo unas cuantas veces.

                  Hasta que de repente una noche, al entrar los vigilantes en el recinto se resolvió el interrogante, que era...¿Qué era?  



                      Pues algo muy simple.

                   Sucedía que algunos días a media tarde el sacerdote de la Colonia Güell, Gaspar Vilarrubias, invitaba a  merendar a Bertrán un bocadillo de pan con aceite y salchichón. Y al terminar, sin lavarse las manos el modelista retomaba su actividad en la maraña de hilos de la maqueta. Cuando al final de la jornada todos se iban y no se detectaba ninguna actividad en la obra, deslizándose por los mínimos boquetes y rendijas de los tabiques o saltando desde el techo al que habían trepado previamente, llegaban una plaga de pequeños roedores atraídos por el olor del embutido y se daban un banquete, porque tanto los cordeles como la tela de los saquitos no dejaban de ser fibras vegetales con el aliño aromatizado del aceite de oliva y la grasa del salchichón, por lo que tras su paso sólo quedaban en el suelo los perdigones de plomo.

                  El relato de esta minúscula epopeya avasalla por el esfuerzo que se adivina tras sus líneas, acercándonos a lo que debió sufrir Joan  Bertrán, aquel artista cuyo nombre acabaría olvidándose como tantos otros, si no apareciera de vez en cuando algún escribidor convencido de que en la historia real de la Sagrada Familia también merecen su espacio aquellos hombres comunes que lograron ponerla en pie comandados por Antonio Gaudí. Porque él, como el grande que era, no tuvo reparos en contar más de una vez que sin el estudio y cálculos hechos sobre la maqueta de la Colonia Güell, jamás habría conseguido levantar los revolucionarios campanarios de la Sagrada Familia.

                  La maqueta del relato desapareció quemada durante los primeros días de nuestra Guerra Civil, a manos de esos indeseables que jamás crean nada pero siempre aparecen cuando se trata de destrozar el Patrimonio, como hicieron con los demás pertenencias y documentos del arquitecto. En 1972 un equipo de nueve alumnos de la Universidad de Sttutgart bajo la dirección del profesor Frei Otto, volvió a construir la gran obra de hilos a una escala menor y hoy permanece expuesta en el Museo de la Sagrada Familia, al alcance de los visitantes interesados en esa rareza que resultó de gran utilidad para la construcción del templo (2).


Ana Mª Ferrin



(1)Más adelante los propios trabajadores añadieron un buen número de servicios, entre ellos un ateneo, un economato y un teatro, siguiendo el proyecto inicial ideado por Güell, que además de las fábricas y las viviendas contenía un hospital y una fonda, escuelas, comercios, teatros, cooperativa y capilla.
(2) El capítulo conteniendo el episodio completo de la maqueta con multitud de fotografías en blanco y negro y color, puede leerse en el libro Gaudí. De Piedra y Fuego. Ana Mª Ferrin. Jaraquemada Editores. 


2 comentarios:

  1. Jajaja, para serte sincera, me devoré el artículo deseando que al fin no hubiera una explicación al enigma, pero el desenlace ha sido algo decepcionante... a veces desearíamos que existieran más hechos sobrenaturales en algunos lugares tan mágicos como ese.

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    1. Algo así me pasó también. Fíjate que entre que me contaron la primera parte de este pasaje y que encontré escrito el testimonio de Joan Matamala con el desenlace, pasaron casi veinte años. Ya no recuerdo la cantidad de soluciones de todo tipo que pasaron por mi cabeza en ese tiempo cada vez que me venía a la cabeza el pobre escultor y su lucha ahogándose y tejiendo y destejiendo el cordel entre pesadillas.

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