Foto cabecera

detalleChillout Momento Chill Out. (La ventana de Mari Carmen)





VENDETTA DE GAUDÍ CONTRA VILALLONGA




                         La historia que me había contado una antigua conocida sobre el escritor José Luis de Vilallonga era jugosa, pero tan comprometida que durante años la guardé en mi mente esperando poder confirmarla con el protagonista. Hasta que a finales de 1997, a través de su editorial contacté con su hijo Fabricio y desde su residencia madrileña en la calle Pintor Fortuny el escritor aceptó dejar vagar sus recuerdos por teléfono para que yo incluyera su historia en un libro sobre Gaudí, mientras –según me dijo- observaba un cuadro alusivo a la Sagrada Familia que tenía en su despacho, pintado por una amiga. Mago de la palabra al fin, el escritor introdujo la mano en la chistera de sus vivencias, tomó un pellizco y las hizo volar de la manera siguiente...






CASTIGO DE GAUDÍ SIN PIEDRA NI PALO

Publicado en Gaudí y Más el 18 de Agosto de 2011

                          
                       1940. Posguerra y escasez en España, todo un panorama. Pero aún en tan desolador paisaje hay urgencias que no admiten retrasos. Entre ellas, la pasión amorosa.

                   Para el joven José Luis de Vilallonga que vuelve a Barcelona intentando dar un definitivo adiós a las armas, a pesar del frío invierno flota en el aire un olor a primavera, la sangre se pone en pie de guerra, de una guerra amasada a partes iguales de erotismo y curiosidad. Un sabor a caricias se funde en su paladar con el nombre de una mujer y el soldado cree que ya nada será digno de ser vivido si no consigue materializar el contacto de su piel con esa otra piel que marea sus sueños.

                 Casi de puntillas, la calima atraviesa la ciudad coronándola de un cielo lechoso, al que traspasan los rayos de sol que consiguen colarse entre los perfiles de los montes Tibidabo y Montjuich. En lo alto de la Sagrada Familia suena un coro de aves. Vencejos y palomas vuelan formando bandadas, dibujando cada una de ellas anchas fajas pardas o claras que se entrecruzan por el espacio como disciplinados escuadrones aéreos.


                           A la entrada del templo una brisa tenue arremolina el polvo empujando algunas hojas hacia el desierto interior. Entre las genialidades de Antonio Gaudí figura la de haber empezado la casa por el tejado. Antes de construir la iglesia en si, se empeñó en dejar terminado el primer campanario de San Bernabé consciente de que lo legendario del edificio no iban a ser los vitrales, como en León, ni el rosetón de su portada, famoso en la basílica de Santa María del Mar de Barcelona. Mucho menos serían las pinturas de sus capillas interiores, eso ya sucedió en el Vaticano por obra de Miguel Angel. Gaudí intuía que la Sagrada Familia sería universal precisamente por esos campanarios/mazorca engarzados de fauna y flora.

El joven José Luis de Vilallonga


Por aquellos días se iniciaba la recuperación de todo lo perdido durante la Guerra Civil y de nuevo al sacro lugar empezaban a llegar los visitantes. José Luis de Vilallonga era uno de ellos. Cincuenta y ocho años después de su inicio, la fachada del Nacimiento seguía dando paso al vacío interior que junto a las cuatro torres terminadas era lo único que podía visitarse (1).

Por segunda vez el futuro escritor y actor se disponía a pisar las escaleras del campanario, a pesar de  no ser él, precisamente, un enamorado del deporte ni un entusiasta de la obra gaudiniana. La primera ocasión se había producido unos días atrás mientras mostraba los monumentos de la ciudad a unos amigos franceses, circunstancia que le hizo reparar en que esas escaleras solitarias cuyos 340 escalones situaban a los curiosos a cien metros del suelo, podrían muy bien acoger en sus recovecos la intimidad que buscaba para la situación amorosa que tanto deseaba ultimar.

                           Porque, vamos a ver.

                      En la Barcelona puritana de aquella década gris ¿ A dónde podía llevarse un joven a una dama casada de la alta burguesía acostumbrada al lujo y la comodidad, para una relación privada?

                           
15 de los 340 escalones de un campanario en la
Sagrada Familia de Barcelona(A.Mª.F.)


Sin piso propio. Sin un coche que los acogiera.

¿A un hotel de calidad? Imposible. Habría tenido que presentar la documentación de los dos, pero sin libro de familia. ¿Una casada y un soltero? Impensable.

¿A una fonda de las que se alquilaban por horas, un meublé? Vamos, eso, por el estatus de la mujer ni se le pasaba por la cabeza al interesado.

Descartadas quedaban, por supuesto, las respectivas viviendas familiares. ¿Qué hacer, entonces?

Como John Malkovich en Las Amistades Peligrosas, un joven José Luis de Vilallonga aún por descubrir profesionalmente pero ya con una guerra a sus espaldas a los veinte años y muchas experiencias tatuadas en la carne, había insistido durante seis meses en su acoso a la mujer intentando convencerla. Pero el objeto de sus deseos se resistía a claudicar...hasta que claudicó. Hay que tener en cuenta que pocos argumentos existen en el mundo tan efectivos para la seducción como el sentido del humor y la imaginación, unidos a la constancia. Si a eso le añadimos una juventud intelectualmente brillante y físicamente crujiente, la rendición de la dama era comprensible.




                       Se acercaba el momento. Los cómo, cuándo, porqué, aclarados. El ansiado sí se había pronunciado. Pero el caballero aún se debatía buscando solución a la más difícil pregunta existencial de aquella circunstancia, ¿dónde?, cuando hete aquí, que ejercitando las rodillas junto a sus amigos galos por aquella imposible escalera imaginada por Gaudí en un proyecto malévolo, a él se le había ocurrido una idea tan perversa como impía: hacer el amor en uno de los rellanos.

                           Llegó el gran día.

                          La mujer dispuesta, gafas negras, un pañuelo en la cabeza, abrigo de pieles. Él, con la urgencia palpitando. El guarda alejado con una excusa para que durante un tiempo nadie rompiera el hechizo de aquel castillo encantado. El descansillo esperándoles al final de los eternos escalones subidos uno detrás de otro, aliándose todo para acoger el encuentro soñado.

                           Demasiado bello para ser real.

                        Adelantemos que cuando decidieron parar de subir ya estaban casi sin aliento. Que quizás debido a la ansiedad que lo consumía, los escalones eran más estrechos de lo que días antes le habían parecido al joven. Y que suavemente al principio, más y más violenta al cabo de poco, la brisa dio paso al viento y éste a unas ráfagas que acabaron en vendaval.

El descansillo/alcoba que no fue tal



El soldado retornado cayó entonces en la cuenta de que entre la minuciosa investigación logística llevada a cabo, no había tenido en cuenta ni las condiciones meteorológicas del día, ni el propio diseño perforado de las torres. Así, cuando la corriente de aire hizo su aparición encontró a la pareja a media piel colgados del vacío a casi cien metros de altura, soportando los embates de un viento helado salido de sabe Dios dónde.

         
La joven se desolló una rodilla y pilló media pulmonía, el enamorado un lumbago feroz. Y lo que comenzó siendo la ascensión al cielo entre oleadas de pasión -“de mucha pasión” puntualizó él -, finalizó bajando del infierno a toda prisa, jurando cada uno para sí en arameo.




                 José Luis de Vilallonga y la aquí anónima casada infiel no repitieron el encuentro. Volvieron a saludarse en algún acto social, pero el ardor que les había llevado al original affaire se enfrió al mismo ritmo que sus cuerpos. ¿Sería motivo suficiente el que a la vista uno del otro, un mecanismo reflejo les hiciera acariciarse la zona lumbar?...


                        Al acabar de contarme la crónica de su aventura, le pregunté a José Luis de Vilallonga y Cabeza de Vaca, marqués de Castellbell i el Vilar i Castellmeià, barón de Segur, Maldá i Maldanell, Grande de España:

                        - ¿Cree usted que Gaudí se vengó de su irreverencia?

                    Adivinándose al escritor divertido con lo que acababa de recordar y contar, se oyó una ligera risa otro lado del teléfono antes de responder: 

             - No soy creyente, pero ¿quién sabe? Mi acompañante estaba convencida de que aquello iba a ser una blasfemia, así que no descartemos una piccola vendetta de Gaudí.


Ana Mª Ferrin



(1) El capítulo completo, en el libro Regreso a Gaudí's Place, de Ana Mª Ferrin

    http://amf2010blog.blogspot.com.es/2011/08/la-vendetta-de-gaudi-con-jose-luis-de.html

No hay comentarios:

Publicar un comentario en la entrada