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LouisConfortTiffany Sorolla Louis Comfort Tiffany, artista plástico creador de joyas y de las famosas lámparas Tiffany. Joaquín Sorolla. Hispanic Society.





GAUDÍ, MILÀ Y LA PLAZA DE TOROS MONUMENTAL (PARTE 2ª)


                      El torero camina por la acera impar del Paseo de Gracia barcelonés. Se para ante el número 97 y se sienta en el banco circular emplazado en la esquina, ante el portal. Saca del bolsillo el folleto turístico de la ciudad y busca en el plano el emplazamiento exacto de la Casa Milà, en el número 92. Se gira para mirar al otro lado del paseo donde forma un chaflán con la calle Provenza y no necesita buscar más. Ahí está el conjunto volandero de piedra del que tanto le habían hablado, La Casa Milà, La Pedrera...  


Un pequeño Hércules sujetando La Pata de La Pedrera


CIEN NOMBRES PARA ALGO ÚNICO



Publicado en Gaudí y Más. 2 de Octubre de 2011



                     ...Tras repasar la información el joven se pone en pie caminando lentamente. Cruza la calle y al tenerla delante sus ojos azules se clavan en la finca imponente, masa en quieto movimiento.



                             Deslumbrante, el día va vestido de turquesa y oro como un traje de luces y el torero se aparta de la casa para verla mejor con un poco de perspectiva. Piensa que hay algo en sus formas, en sus balcones, algo que le resulta familiar. Sigue examinando la información del edificio y sus propietarios: ...Pedro Milà i Camps mandó construir en Barcelona la Casa Milà, la sala de baile La Paloma y tradujo su gran afición a los toros construyendo en 1914 la plaza Monumental de la que fue su primer empresario... Hombre, eso es lo que el maestro veía tan cercano, un capote de paseo desplegándose sinuoso al compás del viento. Casualidades de la vida, ahora que se acaban de prohibir las corridas de toros en Barcelona.


Plaza de Toros Monumental de Barcelona, inaugurada en 1914
                 

          
                           Eso sin olvidar la columna despegada del muro, que avanza  desafiante hasta plantarse ante el observador del edificio, pata maciza separada de la fachada como la pierna que todo torero adelanta para templar, empuñar firme la espada y entrar a la suerte suprema.      

                        Es La Pata. El conocido pilar que Gaudí se empecinó en colocar apuntalando una tribuna cuya seguridad no acababa de convencerle y que terminó provocándole un contencioso con la municipalidad, decidida a que Gaudí eliminase ese elemento que invadía la acera. Uno más de los muchos enfrentamientos que tuvo con las normas a lo largo de su carrera, con expedientes que le valieron fama entre sus colegas de buscar todo tipo de vericuetos para saltárselas. En este caso, sabiéndose protegido por la importancia del cliente el desafío fue más allá, hasta dirigirlo al mismísimo alcalde:


La Pedrera, volantes de piedra al viento...


                        - Si quieren, cortaremos el pilar como si fuera un trozo de queso -se encaró al consistorio-, y en la pulida superficie resultante esculpiremos una leyenda que diga: Mutilado por orden del Ayuntamiento en la sesión plenaria de tal fecha...

                        
                         Al tener conocimiento de la respuesta, el alcalde Doménec Sanllehí i Alrich debió sopesar las consecuencias políticas que podía acarrearle una placa con su nombre esculpido en esos términos a la vista de sus conciudadanos, en un edificio que desde el inicio de su construcción atraía como un imán a todo tipo de público y al que no dejaba de acercarse cualquier viajero entendido que pasara por Barcelona. Por  todo ello la paralización de las obras no se llevó a cabo y el edificio siguió su camino tal cual, hasta hoy.
             
                      
Un pase cambiado por la espalda


                           La famosa Pata no fue el único soporte que provocó dolores de cabeza en la construcción de La Pedrera. La parte del sótano albergaría el primer espacio subterráneo de la ciudad pensado para alojar vehículos a motor y el fabricante Feliu fue uno de los primeros inquilinos de la finca. Como el largo Rolls Royce que acababa de comprarse encontraba dificultades para girar en una de las rampas, Gaudí decidió que la vivienda debía acomodarse al individuo, indicando a su ayudante José Canaleta que repitiera los cálculos de resistencia las veces necesarias hasta conseguir la supresión del molesto pilar. El joven arquitecto confesaría más tarde que quitar aquella columna le había costado más cálculos para repartir la carga, que los hechos para toda la fachada de la calle Provenza.
                       
                    Hoy, aunque el hierro de sus balcones no luzca el colorido diseñado por Gaudí, que imaginó esas barandas policromadas de naturaleza con enredaderas orlando las terrazas, ahí está la idea. Entre la maraña de elementos abstractos conseguida en una forja de labor excepcional, asoman para el observador dotado con paciencia suficiente, raíces y flores, frutos, pájaros.


Un pájaro a punto de picar una flor, en La Pedrera



                          Para proyectar La Casa Milà, se ha dicho que el arquitecto se inspiró en las montañas turcas de Capadocia, en el macizo rocoso de Montserrat, en las sierras tarraconenses de la Mussara y el Montsant, en una colmena. También, que pensaba en la mona (tarta) típica que los padrinos catalanes regalan a sus ahijados el lunes de Pascua, e incluso en un capote de paseo movido por el viento. Con estos elementos, al acabar el edificio una parte de la sociedad catalana se lanzó a publicar todo tipo de ironías gráficas y escritas sobre el edificio.

                           Acostumbrado a sorprender y encantar, Gaudí acusó dolido la lluvia de críticas aparecidas al levantar el telón de su obra. Venían de todas partes. El político francés Clemenceau dijo que no volvería a una ciudad que hacía casas para dragones. Un humorista especulaba con las curvas paredes lamentando que los vecinos no podrían tener un perro, a lo sumo una serpiente.


La montaña de Montserrat, ondas y grutas.
    
                     En muchas ocasiones la ironía no es más que una reacción de la incapacidad para detectar el genio. 

Ana Mª Ferrin                         

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