Foto cabecera

IMGP4946 Músicos y bailarina del Institut del Teatre de Barcelona, actuando en un bus de la ciudad durante unas jornadas musicales. (A.Mª.F.)





LAS PALOMAS DE LA SAGRADA FAMILIA Y LA TERRAZA INDISCRETA



                              Desde su terraza frente a la plaza Gaudí, la observadora descubre comportamientos curiosos.

                             En la esquina de la calle Provenza, ya entrando en la calle Marina, contempla al jubilado de un cuarto piso que -sin saberlo- desvela sus manipulaciones a la vecina que lo observa conocedora de sus intenciones. El hombre acerca la mesa del comedor arrastrándola hasta la ventana y abre los cristales, después continúa desmigando pan sobre el alféizar, operación que prolongará en un reguero zigzagueante hasta cruzar la mesa para finalizar salpicando los asientos de dos sillas, ya en medio del comedor bajo la lámpara de la que cuelga una sábana.

La señora Matilde alimentando cada tarde a las palomas de la plaza Gaudí. 2003 (A.Mª.F.)


PALOMAS. AMOR Y ODIO


Publicado en Gaudí y Más. 4 de Agosto de 2013


                                            El mecanismo que sigue el trampero urbano es siempre el mismo. Acodado en la ventana comienza a gritar un ¡Titas, Titas!. Por lógica instintiva las palomas no deberían acercarse, escarmentadas de lo sucedido durante años. Pero al parecer, ciertos ejemplares del reino animal no tienen bien ajustado dicho mecanismo, por eso un día sí y otro también, el vecino consigue un pichón o dos para su almuerzo. Y eso que el hombre es lo bastante siniestro como para espantar a los pájaros, incluso a los disecados.

                          Hoy, desde la limpia campana azul del cielo aparecen planeando ante el cebo una bandada de unas veinte palomas blancas y grises. La mitad de ellas aterrizan en el breve espacio del canto de un ladrillo, ante la ventana abierta. Haciendo equilibrios para ingerir la mayor cantidad posible de alimento, empujándose unas a otras, cayendo algunas al vacío por unos instantes aunque rápidamente retomen con sus alas el control aéreo sin llegar siquiera a situaciones de riesgo, las palomas comen con voracidad.

                              Del grupo atrevido se destacan tres o cuatro aves que, con grandes precauciones, de un pequeño salto y sin controlar sus ansias de peligro penetran en el oscuro comedor siguiendo con sus picos oscilantes, atrás delante, delante atrás, el sendero blanquecino del pan. Una vez dentro, cae la tela desde la lámpara a las sillas cubriendo a los pájaros de huida más lenta. La ventana se cierra, dejando fuera a los escapados que abandonan con gritos que enmudecen al viento y de ese modo, en una selección natural, el cazador furtivo elimina a los individuos más débiles, pesados o torpes, a la vez que colabora a redondear su escasa  jubilación. 

  

Pedro Sampablo parece que nació en Zamora en 1881 (*). Conocido como
L'Home dels Coloms, fue un personaje querido por todos. Arrastrando
un carrito azul con diversos departamentos y un puñado de palomas
amaestradas, hacía las delicias de los niños por las calles de Barcelona. 


El Hombre de las Palomas ha sido elevado al rango de Gegant de la Ciutat del que fue su barrio,
La Sagrada Familia. En la imagen superior bailando solo, aquí en compañía de otro personaje,
Pepa la Pescatera.  (www.facebook.com/GegantotsSagradaFamilia?ref=stream&hc_location=timeline)

                       Tras los cristales, los manejos para hacerse con los  animales son confusos a la vista de la observadora de la terraza, pero la distribución de la vivienda del hombre, con la cocina junto al comedor y la ventana dando también a la calle, permiten que la operación del desplumado junto al trasiego de agua y cazuelas den fe del objetivo de la batida.

                 La autora piensa que hay que tener hambre de veras para comerse una de esas palomas. De vez en cuando se ha cruzado o ha visto desde su terraza a los empleados minicipales capturando con el disparador automático de redes una media de treinta ejemplares cada vez, repartiéndolos en varias jaulas que transportan en la camioneta. 


  


Diversas imágenes de palomas urbanas en Barcelona
      
                  Barcelona siempre ha sido territorio de palomas. Excepto durante la guerra y la posguerra, cuando desaparecieron de todos los tejados y parques, y del zoológico sólo las hienas se salvaron de ser comidas. A la vez, en la ciudad proliferan personas de todo tipo y clase social que se sienten en deuda -y los alimentan-, con estos animales independientes que sobreviven entre el tráfico, los tramperos, los venenos, la contaminación y los empleados de la Brigada Antipalomas del Ayuntamiento.

                 La observadora siempre había creído la versión oficial de que el destino siguiente de estos pájaros eran las dependencias sanitarias, desde las que seguirían camino hacia el matadero y la incineración. Pues según le habían asegurado, por su vida callejera muchas palomas arrastran enfermedades de todo tipo. Aunque esos rumores, para el vecino que despluma los pájaros en el fregadero, los escalda con agua hirviendo para guisarlos con el laurel, la cebolla y el vinagre que esparcen su aroma por las cercanías, esos rumores no son argumentos válidos que le hagan despreciar un buen escabeche de pichón.


   
Las palomas encuentran a quienes buscan su compañía  y las alimentan
        
                              Pero la observadora es incrédula por naturaleza y le gusta prestar atención a otras versiones. Siempre es posible encontrar a gentes con información diferente.


                            Por ejemplo la señora Matilde, que desde hace veinte años alimenta generosamente a las palomas de la Sagrada Familia, con pan mojado y grano que esparce sobre el cuidado parterre que bordea la calle Provenza junto a la plaza Gaudí. Según ésta dama que ha convertido sus tardes con las palomas en una cita sagrada, el interés por la captura de las aves no está dirigido a los pobres seres enfermos que van arrastrando por el asfalto sus patas mutiladas, como afirman los empleados del Ayuntamiento. A la señora Matilde el apelativo de ratas del aire con que a menudo se nombra a las palomas le hacen saltar las lágrimas. Y escuchar el argumento de que provocan alergias y problemas de piel a los niños, lo achaca a propaganda de las autoridades, pues considera que son ellas las que deberían velar por la salud de las aves. 







En Sevilla, Alicante, Murcia y Huelva, brigadas anti-palomas.

                       La señora Matilde es encantadora y pulcra, educada, nada que ver con ciertos personajes marginales que viven en la plaza la mayor parte del día. Ella está convencida de que la captura se reserva precisamente para las más fuertes, las sanas, las que pueden volar más alto, las rápidas, porque según cree, el lugar al que van a parar no es el servicio veterinario municipal, sino a cierto club privado donde se practica el tiro a pichón. Para ella observar todo ese proceso que considera una caza innoble constituye un sufrimiento, una tragedia interna, pues tiene en los pájaros sus almas gemelas a los que conoce, diferenciándolos. No son grupos, ni especies, son individuos con características propias a los que distingue de uno en uno.

                           –¿Se acuerda de las dos blancas? Sí, aquellas tan grandes y brillantes con el collar moteado de rojizo, las que le enseñé ayer –denuncia. Añadiendo con palabras entrecortadas por la emoción-. Se las han llevado esta mañana....
                          
  

Ana Mª Ferrin


(*) Ignoro si será cierta, porque ya he leído varios perfiles del señor Pere, El hombre de las Palomas, y son todos diferentes. Pero me enviaron una biografía de este señor, tan atractiva, que pronto la colocaré en un post.

2 comentarios:

  1. Por aquí se las llama "ratas con alas" y son responsables del palomino que inunda el interior de los campanarios de las iglesias, la cochambre de las calles y el movimiento de las tejas y, por consiguiente, de las goteras. Pero, ¿no seremos nosotros, los humanos, más peligrosos que las palomas? La respuesta afirmativa creo que está clara. Y, hablando de plagas pajarunas urbanas, habría que añadir esas aves verdes exóticas que se dejan ver en Madrid o Barcelona completamente fuera de su ámbito original. Sin ir más lejos, la primera vez que me percaté de su presencia fue en el Parque Güell.
    Un abrazo
    P.D. Un achuchón para Rocky que espero se encuentre gordito, cual peluche mimosón

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  2. Aunque es posible que haya en más sitios, lo de los loros y cotorras en Barcelona es un auténtico homenaje a Gaudí. No es broma.
    ¿Qué te parece si te digo que has localizado uno de los tres hábitats cotorreros que tengo reseñados en Barcelona y que los tres están en lugares gaudinianos?
    Seguirá un correo. Besos

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