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Compagnia-Mvula-Sungani-ph.-Antonio-Agostini Compañía de Danza Mvula-Sungani. Roma. (Antonio Agostini)





DE PLANCHAS Y PINTORES



                           Buscaba un tema donde la maldad humana fuese la chispa conductora

                      Hasta que reptando al fondo de la vileza penetré en un espacio cuya perversión sería imposible superar.

                        Costaba distinguir aquella escena infernal. En un lóbrego rincón, la débil llama de una bujía dejaba adivinar la figura desvaída de una mujer flaca y amarillenta, cuyos hombros formaban un trapecio escaleno. Allí, casi sepultada por cestos de ropa repletos de prendas, aquel ser descoyuntaba su cuerpo oprimiendo con sus dos manos una plancha sobre la manga de una camisa.






Picasso, tres versiones de la planchadora

Un seguidor del pintor malagueño recreando la acción


VIVIREMOS JUNTO A UN RÍO DONDE TÚ PODRÁS LAVAR,
CON UN FUEGUITO CHIQUITO DONDE ME COCINARÁS,
HASTA T’CHO TU TABLITA PA QUE ME PUEDAS PLANCHAR.
                 
       CON ESTE CANTO, SEGURO, QUE TE VOY A ENAMORAR                                                                             
                                                                                      (Ranchera)

Publicado en Gaudí y Más. 7 de Junio de 2014
                          

                            El mundo que nos muestra Edgar Degás a menudo me ha parecido apagado, de entomólogo. Sus cuadros contienen estampas de un ocio que debería ser feliz, pero raramente transmiten otra cosa que tristeza. Sus bailarinas no disfrutan de la danza, la sufren. Casi siempre parecen agotadas o contracturadas. Todas, menos Rosita Mauri. Claro que esta Prima Ballerina Assoluta era de Reus y con una mujer de Reus no se acaba tan fácilmente.

                            A las prostitutas les queda tal expresión de hastío que no te extraña verlas en otros cuadros hasta las cejas de absenta. Sus desnudos raramente son gozosos, jamás miran al espectador, hurtan el rostro, bajan la cabeza. Soporíferos. Si se peinan dan la sensación de meditar sobre el fatal destino que les espera. Si se asean no está claro si la acción es previa o posterior, lo único cierto es que su gesto parece anticipar un corte de venas. 

                         Cuando retrata su clase social, raramente los modelos son bellos o felices, un gesto adusto se apodera de los personajes, enlutados y oprimidos por los márgenes del marco. Hasta los caballos se aburren en las telas de Degás.

                            En fin, un fiel modelo del Romanticismo en su acepción más lánguida. 


Degás. Al poco de empezar...

Degás. A punto de acabar, entre sopores.

Degás. Al final de la jornada, pocas fuerzas y mucho Beaujolais para cantar La Marsellesa

Degás. La joven planchadora al  iniciarse en el taller

 Años después, misma blusa, misma falda y embrutecimiento

Degás. Y ahora, a entregar los pesados cestos con la ropa.

Rosita Mauri pintada por Degás

                            Por eso no me extrañó cuando, buscando imágenes de planchadoras me topé con la larga serie de mujeres en esa operación, a las que durante un tiempo Degás dedicó sus pinceles condenándolas a la postración.

                            Nada más aburrido, nada más odioso para un ama de casa, que la tarea de planchar. No me refiero a la persona sola que coge una blusita y con todo cuidado le plancha sus puntillitas. No. Estoy hablando de la tarea inhumana que acomete una madre sin ayuda, cuando se enfrenta a ese cesto de ropa provisto de un diabólico mecanismo reproductor donde los diferentes equipos de varios hijos, un marido y el ajuar de una casa, van multiplicándose hasta conformar un auténtico Museo de los Horrores. Atacar y vencer esa fortaleza es tarea vampírica muy capaz de ir chupando la energía de quien la realiza. Y ya no hablemos de quienes se ocupan de ella como profesión a tiempo completo.

                         Degás, ahí, se luce. Sus mujeres parecen ir desmoronándose, teniendo para mí la sospecha de que Munch pintó su Grito tras encontrarse cara a cara con una de ellas a la salida del taller, enloquecida, después de planchar doce horas seguidas. Con sólo rozarles su pincel, Degás las consume. Si alguna mujer, por error, le sale pimpante y lozana, no hay duda, en el cuadro siguiente ya estará a punto de arrojarse al Sena. 





Las mujeres de Degás. Entre el vino y la absenta
      
La planchadora de Konstantin Makovsky, por la mañana

Planchadora de Makovsky, de tarde


Taller de planchado

 Ivana Kobilka vió así el ajetreo de las planchadoras

                         Ya los romanos, siempre tan hedonistas, evitaban la plancha cuando decoraban sus casas con frescos domésticos. Las matronas se maquillan, comen, pero nunca planchan. Gracias a Dios, en el siglo XVIII Louis Léopold Boilly rescata el tema dándole un punto de gracia, con Georges Morland lanzando varias miradas a otras tantas sirvientas que planchan vestidas y tocadas con esmero, o en el XIX, François Bonvin, Vladimir Makovsky y la pintora eslovena Ivana Kobilka, tratando el tema con la comprensión que se debe a un oficio tan duro dotándolo de una cierta poesía, se fijaron en su esfuerzo. Sin olvidar el brillo y alegre colorido del belga Rick Wouters, otro coetáneo que no pasó por alto a las planchadoras.

                           Picasso, justo entreabriendo el siglo XX, en 1904, se recrea en la pose buscada por Degás con diversas variaciones, recalcando una mano sobre otra. Fernando Balbuena nos dejaba en 1930 su visión de una bella mujer con gesto dolorido forzando la presión del hierro sobre la tela, tonos pastel en un óleo interesante. El cubano César Santos, en cambio, utiliza el sincretismo para mostrarnos en La Aparición su difícil alianza entre el Renacimiento, la fe y el humor, en un cuadro donde los géneros se trastocan.



Delicada, la planchadora de Louis Leopold Boilly


Francoise Bonvin sitúa una flor en un vaso frente a su planchadora. Hay esperanza 
   
Las labores que nos presenta George Morland desde la plancha a los encajes son finísimas, de atrezzo.

Hendrik "Rik" Wouters viste de color la tarea ingrata con una sonrisa.

Fernando Balbuena. De nuevo mano sobre mano, el esfuerzo

César Santos deconstruye La Aparición intercambiando los géneros

Evita Perón planchando por imperativo de Marina Olmi


Evita:  ¡Ya terminé!

La cabeza gacha, los gritos, el trabajo que se acumula. Renato Guttuso


El placer de planchar


Plancha, camisa y tableta de chocolate. Los tiempos cambian. El trabajo, no.

                             La tarea doméstica sigue provocando desvaríos en nuestro siglo XXI. Con gran imaginación, la artista Marina Olmi se atrevió con un mito -y medio- en su serie de cuadros donde recreaba escenas cotidianas entre Evita Perón y Cristina Fernández de Kirchner. Uno de ellos con Evita planchando, aunque no sabemos si el cuadro en que la musa de Perón muestra su alegría de rojo a lo Bollywood, fue o no una instantánea tomada cuando acabó con la ropa. Renato Guttuso aporta la fuerza de la pintura social en otra obra donde su retina capta el cansancio del cuerpo desnudo entre el calor y la explotación.

                         Pero no nos quejemos por vicio, no todo va a ser derrotismo. El progreso nos ha traído la plancha eléctrica a vapor. Con ella a veces, si la tarea se dilata, la mente llega a un punto en que el oficio de planchar, con su vaho desprendiendo un olor delicado a jabón de Marsella con suavizantes y agua perfumada, puede ser capaz de generar un punto lisérgico que nos haga ver visiones. Reflejarte en el espejo como una pin-up de los años cincuenta, mientras un modelo de Versace, esclavo a tu servicio, procede a plancharte el vestido. O viceversa. 


Ana Mª Ferrin

10 comentarios:

  1. Jamás imaginé que el tema de la plancha diera para tanto. No está mal como homenaje a una de las labores más tediosas dentro de los quehaceres domésticos. Tal vez por eso yo me he decantado siempre por la cocina. Y tal vez por eso, un hijo mío que vive en un piso compartido con otros jamás plancha nada suyo. Me dice: el secreto está en elegir el tipo de fibra y en estirar bien la ropa mientras se seca. Unos sabios los chicos de ahora.
    Un saludo.

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    1. Tu elección es de primera. Aunque sea una creación de la que no quedará rastro, todos te la agradecen. No así la maldecida plancha de la que nunca he oído alabanzas.
      Si que parece sabio tu hijo, a veces tienen un sentido práctico estupendo.
      Saludos.

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  2. A mi admirado Degas no debieron salirle demasiados compradores ante unas escenas que huían de la edulcorada temática de jardines, diosas olímpicas y damas encopetadas que poblaban los salones de arte. Bajaba a los bajos fondos y retrataba lo que veía, sin filtros ni velos, como también lo haría su discípulo declarado Toulouse- Lautrec. El acto inhumano de planchar noche y día, día y noche, en cuartuchos míseros, con un calor sofocante y dolor de espalda perpetuo, para Degas significaba un escenario digno de ser retratado y colocado como un tema más, a la altura de un bodegón o una marina. La modernidad entraba en el mundo del Arte como un elefante en un cacharrería y no había marcha atrás.
    Un beso

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    1. Una de las grandezas del arte es multiplicar una sola obra en tantas diferentes como espectadores se fijen en ella. Otra, la multitud de conclusiones creativas a las que puede conducir una determinada escena según la contemple un artista u otro. De ahí la disparidad de resultados entre Tolouse-Lautrec y Degás, dos grandes, ante escenarios similares.
      Aunque al final toda obra es resultado de los mundos interiores emisor y receptor. De nuevo, el factor humano manda. Si hedonista o depresivo, si cruel, tierno, pasional, así será la mirada que nos transmita la obra. O la que recibamos.
      Abrazos

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  3. Por lo visto en las imágenes eso de planchar ha sido asunto de mucha preocupación para los artistas de todos los tiempos.
    Un saludo.

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    1. Pues sí. El verdadero artista capta todo, hasta la acción más nimia que para el ser común no existe.
      Otro para usted.

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  4. Un trabajo excepcional, Ana María. Al gran interés de un texto en el que descubrimos por igual interpretaciones acertadas y explicaciones muy importantes sobre las motivaciones que impulsaron a genios de la imagen pictórica a escoger este especial trabajo, asumido generalmente por la mujer, debemos añadir la exquisita colección de pinturas que has seleccionado. Sería para mi un problema poder elegir si me regalasen una de ellas. Aunque debo decir que las pinturas de Picasso y, de entre ellas la primera, manifiesta, con una dolorosa veracidad, lo que quieres expresar sobre el descoyuntamiento de los brazos tras largas horas de pesada plancha. Los autores que en diversas épocas y momentos históricos han utilizado esa multitud de diferencias, en función de las corrientes de pensamiento de la sociedad y la creatividad, exponen con descarnada veracidad lo cotidiano, lo aparentemente vulgar. Ana María, mis felicitaciones más efusivas por este artículo que refleja tu sagaz mirada ante el arte y tu facilidad para elevarlo mucho más que por él mismo ya lo han elevado sus genios creadores.

    Un cariñoso abrazo, querida amiga Ana María.

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  5. Querido Antonio, gracias por lo de “sagaz mirada”, que ahora que lo dices es posible que alguna de las modelos haya sido yo, mirándome en el espejo algún día en que el cesto estuviera hasta arriba y mi jartura más arriba aún.
    Como siempre, qué placer descubrir que ante cualquier acto cotidiano común al que no se le echaría una segunda mirada, el artista está ahí, de guardia, para ejercer de notario impidiendo que la acción quede en el olvido.
    Un placer compartirla.

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  6. Te agradezco la visita y la reseña de El Tacto...
    Un cordial saludo.

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