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PastorOvejas Atardecer en Tierra de Campos, Palencia, España. (A.Mª.F.)





PAUL GAUGUIN Y EL MISTERIO DE "EL CRISTO AMARILLO"



                           
                      Con 38 años, la biografía de Paul Gauguin guardaba tantas experiencias de varias vidas para un hombre de su tiempo y edad, que lo convertían en el perfecto protagonista de una novela de Joseph Conrad, su contemporáneo y alter ego de otro mundo artístico, el de la literatura.

  En ese año 1888, tras ser un exiliado infantil en Perú, un marino adolescente que visitó Panamá y el Pacífico, abandonar una floreciente carrera financiera, dejado al cargo de su familia política a su esposa danesa y sus cinco hijos, y regresado a Francia de una segunda estancia en el trópico que fue para él la revelación de lo que quería hacer con su vida, Gauguin se encontraba en la localidad de Pont-Aven. Reponiéndose de las dolencias contraídas en su última aventura y dedicado por fin al arte a tiempo completo en compañía de otros pintores, Van Gogh entre ellos.

 Los cuadros pintados en ese decisivo trienio de su vida, 1888-1901, poseen tal potencia expresiva que cada uno cuenta varias batallas. De ellos, un grupo son autorretratos. Otro muestra pasajes de la Biblia y los Evangelios donde la Pasión de Cristo se funde con el propio calvario del artista.

 Entre estos últimos destaca el que ha dado origen al presente texto por un pequeño motivo, casi desapercibido, que al verlo por primera vez me disparó un interrogante. Se trata de El Cristo amarillo.


El Cristo amarillo. 1888

Antes de partir para su Edén
Su esposa, la danesa Mette-Sophie Gad con sus cinco hijos.

PLANEANDO LA FUGA
Publicado en Gaudí y Más. 9 de mayo de 2015



                                                              Refiriéndonos al último viaje citado, nada más llegar a Panamá el artista había rescatado para su pintura los sentidos sensuales de su niñez americana –según le escribe a su esposa-. Aunque en muy poco espacio de tiempo, el calor que anima sus cuadros favorecerá también las relaciones personales propias de unos lugares en ebullición con multitud de encuentros que no sólo lo distraerán de sus proyectos de trabajo, también provocarán que la desgracia se cebe en él contrayendo una serie de enfermedades que, instalándose en su organismo, acabarán por devolverlo a Francia en un estado penoso que provocará su hospitalización nada más llegar, en 1888.

   Pasa meses en Francia reponiéndose entre otros males de la disentería y el paludismo. De las llagas provenientes de las complicaciones de la sífilis, venérea que aún faltaban décadas para que contraerla no significase la degeneración del cuerpo al que invadía de por vida.

  Vuelve a relacionarse con sus compañeros de arte y convive una temporada entre peleas y discusiones con Van Goch, quien  es precisamente tras una de sus altercados cuando decide cortarse una oreja.

  Todo este impasse del retorno que dura unos tres años, no hace más que agudizar la ansiedad instalada en su mente por las experiencias vividas en el trópico. Zozobra por lo exótico que teñirá sus pensamientos con la ansiedad de dar un giro completo a su vida.








Cinco de los autorretratos de Paul Gauguin

                                   Ahí aparecen las telas bretonas que inmortalizarán su primera etapa realmente creativa, antes de partir definitivamente hacia el Paraíso. La retina deslumbrada por la sensualidad vivida entre las mujeres al sol de las Antillas, ahora le harán mirar de otra manera a sus compatriotas de Pont-Aven. Sayas y cofias, religiosidad grave que puede llegar al éxtasis, bailes calmos, naturaleza discreta.  

  Si ya los autorretratos son un género dentro de su pintura, en el trienio 1888-1991 concentrará un grupo de cuadros que forman un subcapítulo único alrededor de la Pasión. Donde no es Cristo, sino el mismo Gauguin, el protagonista.  

  Entra en escena el Cristo de Trémalo que se venera en la capilla de las afueras de Pont-Aven, de donde se nutrirá la inspiración alrededor de los próximos cuadros de Gauguin con sus propias facciones en el rostro divino.

  Empezaremos por el paisaje donde situará la Crucifixión, del que pinta en 1888 dos óleos al principio de la primavera con los árboles, la montaña de Santa Margarita y el río Aven. Sin faltar la tapia acompañada casi siempre por algunas mujeres y la cancela. Elementos que aparecerán en bastantes telas de esa franja, donde saltar el muro hacia la libertad es un pensamiento fijo del artista.

  Le seguirá La visión tras el sermónAquí son nueve las mujeres que en pleno ataque místico creen ver a la salida del templo a un ángel, doblegando a Jacob con una llave en la tradición de la lucha sumo. La mixtura de estilos tiene su razón en esos momentos por la gran fascinación de los impresionistas y sus seguidores por el arte japonés, de ahí que la escena guarde un aire de ese estilo.

La visión tras el sermón.  Una mirada de Gauguin a la sociedad de la Bretaña francesa. 1888

Cristo de Trémalo. En la capilla del mismo nombre cerca de Pont-Aven. S. XVII



Dos vistas casi idénticas del valle junto a la montaña de Santa Margarita, paisaje donde situará el Cristo.

Cerca del muro. Siempre en Pont Aven, Gauguin a punto de cruzar una puerta 

                        Su idea de divinidad empieza con la pintura un tanto cómica donde se autorretrata con la ambivalencia Dios-Diablo, Autorretrato con nimbo. Si en primer plano aparece orlado de lirios y su cabeza nimbada y con manzanas, su mano sostiene una culebra entre los dedos. La tabla donde la pintó era la puerta de una alacena de la fonda donde pasó unos días de 1889 en Le Poldu con otros pintores.

  En su Cristo en el Huerto de los Olivos, Gauguin se deja llevar hasta el fondo del simbolismo. La mente ausente, en otro lugar donde él sabe muy bien que desea estar, sol y luz en vez de la grisura atlántica. Tras él se encuentra el estrecho paso hacia el mar que también veremos en El Cristo Verde, la huída siempre presenteEs 1889. Su salud no es buena, la tristeza lo invade y aquí ya no se emboza, es su rostro plenamente identificable y es la soledad de sus pensamientos, que lo llevan a situarse como un evadido Cristo-Paul, casi saliéndose del cuadro.

 Y por fin, El Cristo Amarillo, del que ví hace años una reproducción en Amberes y algo en él disparó mi alerta. ¿Qué perturbaba el conjunto?  


  Eran varios los elementos que llamaron mi atención. Fue la primera vez que reparé en la técnica pictórica del cloisonné, cuya principal característica  consiste en perfilar de oscuro cada elemento principal encerrándolo en un compartimiento, como vemos en los vitrales y los cómics. Escenarios planos, sin sombras ni profundidad.

 El motivo central que nos mostraba el artista era un curioso Cristo amarillento que existe en realidad, el Cristo policromado que se guarda en la capilla de Trémalo a las afueras de  Pont-Aven en la Bretaña francesa, donde Gauguin pintó el cuadro reproduciendo todos los detalles de la talla. El vientre abombado con el lienzo de pliegue original que ciñe sus caderas, las piernas delgadas mostrando perfectamente fémurs y tibias y el cruce de sus pies, conforman una imagen poco común junto a lo amarillo del colorido. Con atención al rostro de Jesús, donde Gauguin colocó uno de los muchos autorretratos que se dedicó.

  Tres Marías bretonas de espalda, frente y perfil, acompañan la crucifixión en trasunto de la imagen clásica, tocadas con las cofias de alas propias de la región. El paisaje presenta el típico colorido otoñal de la Bretaña, deslumbrante de campos amarillos y árboles rojizos a ambos lados de una tapia lejana por la que si te fijas, escarranchado en su borde, un hombre está a punto de saltar.

 Ahí precisamente estaba la presencia inquietante que se escurría, banalizando la gravedad del tema principal. Para mí, a pesar de su pequeñez el personaje secundario tomaba el protagonismo de la escena entera. Como conocía algo de la biografía del autor, una serie de interrogantes me asaltaron. ¿Iba en pos de las dos mujeres cuyas cabezas se adivinaban? ¿Huía de las que oraban en primer plano? ¿Escapaba de la autoridad? O era una treta del pintor para transmitirnos que la religiosidad de esa sociedad lo agobiaba y deseaba desaparecer, marchar lejos de allí hacia donde las mujeres no vivieran pendientes de la palabra divina.

  Su última obra dentro de la misma idea será El Cristo verde. Este calvario de piedra que verdea por el musgo marino que cubre su humedad, acoge al caminante en Le Nizán, cerca de Pont-Aven. Pietá que saluda partidas y regresos a ultramar a la que Gauguin dedicará un último adiós.



Al fondo con sombrero, Gauguin rodeado de sus compañeros pintores en la pensión Gloanec
de Pont_Aven donde pasaron una temporada pintando.

La Pensión Gloanec en la actualidad. (httpplatea.pntic.mec.es)










Entre 1888-1991, Una y otra vez Gauguin se autorretrata en su particular calvario.

                        El interrogante se resolvería por sí solo bastante tiempo después, cuando me detuve a cotejar su historia en esos años, con los cuadros realizados por la misma época.

   Porque no acababa aquí la historia de sus dudas. Empeñado en transmitir su desazón por partir, sigue escapando a través de sus pinceles hacia el mundo que lo llama. Y así, para remarcarlo, pinta otro autorretrato donde el espejo es de nuevo su aliado, situándose ante El Cristo amarillo. Y para dejarlo bien claro voltea en horizontal la imagen para conseguir el efecto, en esta obra maestra de 1889 donde un cuadro vive dentro de otro cuadro. 

   Embarca hacia la Polinesia en 1901 pero esta vez el viaje será infinitamente más duro, cruzará América y dos océanos hasta llegar a Tahití, siguiendo su escapatoria hacia un Edén utópico que más bien lo llevará hacia el oscuro Corazón de las Tinieblas, porque los indígenas ya no son inocentes y más bien, con excepción de algunos amigos, se sirven de él. 

  Solo, sin familia y arruinado, parte con la única fortuna de lo recaudado en su última exposición. Aún vivirá doce años más entre idas y venidas a bordo de una ceguera intermitente, cojeando lastimosamente por una antigua fractura mal curada. Llagas, lepra, bogando hacia donde le esperan la absenta, el láudano y la morfina, la desesperación que lo aboca a un suicidio que no será tal en su primera tentativa. La promiscuidad de nuevas adolescentes maoríes a las que repugna su estado. Nuevos hijos

                      Holocausto personal y absoluto donde sin embargo nunca le abandonará su pálpito de narrador total, plástico y en su final también literario, del mundo puro por el que abandonó todo. Y plenamente consciente de que tal pureza, si alguna vez existió, se extingue.

Ana Mª Ferrin


  

8 comentarios:

  1. Un artista original, atormentado y excéntrico, en busca siempre del paraíso perdido que nunca está cerca sino que se encuentra en la otra esquina... del mundo. Me has recordado con esta entrada la novela que Vargas Llosa hizo sobre el bohemio pintor, con sus obsesiones y sus penalidades.
    Un saludo,Ana María.

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    1. Me hablas de una novela que le tengo ganas, porque en lo que conozco de la obra de Vargas Llosa, aunque escriba ficción sé que es un documentalista excelente. Aparte de un maestro del humor, nunca me he reído con un libro como con La Tía Julia…

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  2. De él me quedo con sus colores brillantes, sus retratos de mujeres polinésicas al modo de las máscaras africanas, sus bosques particulares, su psicología atormentada. La religiosidad en él, como en Van Gogh, pudo resultar obsesiva en ciertos momentos de su vida y esto pudo provocar el rechazo evidente. En el artista representar a Cristo es un ejercicio más, un retorno a lo clásico al margen de ideologías o creencias. El cuerpo yerto, desnudo, colgado de una cruz, esquelético, es atrayente para representar la agonía, la llegada atormentada de la muerte sin visos de resurrección. Nada tienen que ver estos cristos con los temas sensuales que centrarán su obra posteriormente.
    Un beso

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    1. Sus cuadros polinesios me parecen decorativos, vistosos, con una sensualidad que siempre gusta y más en el XIX. Pero las miradas de los personajes y los escenarios no me tocan. Echo a faltar la profundidad de otras épocas suyas que me cuentan muchas más historias, como ésta del Cristo. Quizá porque para llegar al Edén digo yo que debió sufrir un periodo de lucha interior y eso siempre enriquece.
      Bszos

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  3. El paralelismo con Conrad, y también con Stevenson, es obvio. Hace usted un acertadísimo ensayo sobre la obra de Gauguin. Su trascendencia teológica y estética quedan de manifiesto. Es una entrada magnífica.

    Saludos.

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    1. No tenía idea de la vida de Stevenson, pero después de tu nota le eché una mirada y veo que vale la pena incluirlo en esa terna de malditos. Vaya tipo el Stevenson, compañero de mi niñez con John Silver y el loro por esos mares del sur…

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  4. Me pregunto hasta qué punto la absenta, como con otros sucedio, potencia la genialidad de los artistas. Mire que hay autorretrados hecho por diversos pintores, pero nunca había visto, el de uno, hasta ahora y gracias a usted, usurpando el rostro de Cristo.
    Un saludo.

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    1. Hola, DLT.
      Su punto narcisista lo tenía. Así que puestos a automagnificarse, por qué no ir a lo máximo…
      Un vecino mío que de eso sabía lo suyo me dijo que la absenta era lo peor como adicción, algo demoníaco. En Barcelona hay varios bares llamados La Absenta. El famoso es del siglo XIX en la calle de San Carlos, 36, junto a la Rambla, cerca del mar. Merece una visita porque sabor le sobra.

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