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"IZA" EN LA SAGRADA FAMILIA


RELATO  
                     
Original
de Ana Mª Ferrin

RPI


                     Joana dio una calada al cigarrillo y se pasó la mano abierta por la frente echando alternativamente la cabeza hacia delante y hacia atrás, sacudiendo la melena y alborotando con los dedos su cabello rojo. Al hacerlo quedó unos segundos inmóvil, apoyada en la baranda de su ático recibiendo el sol en plena cara, sumergida en el estruendo alegre que formaban con su vuelo las gaviotas de la plaza Gaudí. ¿Sería esto ser meteorotrópica, sentirse bien o mal según el clima?

  Abrió las solapas de su bata de seda roja para recibir también el sol en el pálido escote. Su mirada, como tantas veces, acortó la distancia que la separaba de los obreros encaramados al templo enfrente suyo, parándose muy especialmente en el de los tirantes cuya amplia espalda, a veces desnuda, le sugería un océano sin fondo en el que hubiera deseado zambullirse.

  Su jornada laboral se prometía movida. Eran las nueve y ya había recibido a su primer cliente. Un trabajito rápido. En tres cuartos de hora el señor JotaBe había iniciado, desarrollado y culminado la faena, rematándola con un whisky. 


Soñaba con vestir como las modelos de las revistas, con el estilo que puede aportar el dinero..... 


UNA BOCA PARA TUMBARSE EN ELLA...

Publicado en Gaudí y Más. 4 de julio de 2015


                                Observando las volutas que dibujaban arabescos ante sus ojos, Joana repasó los movimientos del temprano visitante, un hombre siempre con la expresión fingidamente ausente.

  Pero a ella no la engañaba. Desde el momento en que le abría la puerta, Joana podía  escuchar el borboteo de pasión que ascendía por las largas y fuertes piernas del caballero cubiertas por un excelente paño gris. Buen corte para vestir una estructura potente. Aún en la madurez, la escalada esculpe maravillas en las piernas de los hombres.

  Después de un año de recibir al señor JotaBe lo conocía bien. Ni comentarios libidinosos ni palabras de cumplido. Se desvestía siguiendo un rito, tablas de la ley grabadas a fuego. Una tras otra, desde la corbata a los calcetines, las prendas quedaban dobladas en el respaldo del pequeño sillón chino del dormitorio. Ligero respiro ocioso de un día semanal para el caballero,  un alto en el camino, justo entre el acceso a Barcelona desde su casa de la playa y el afamado estudio de arquitectura situado en la yema de la ciudad, del cual era socio principal. Pero eso sí, todo con la mayor puntualidad porque el señor JotaBe era en todas sus cosas un profesional muy formal. Hasta en el punto culminante de la pasión era sensato. Apretaba los dientes, incluso sus ojos parecían a punto de salir despedidos de las cuencas. Pero él, serio, solemnemente serio, cumplía su cometido como si calculara la resistencia de una columna. Con absoluta e imperturbable gravedad.

                  - Se está bien al sol...- se dijo Joana, desperezándose como un gato y dejándose caer en el sofá. Volvió a fijar la atención en los trabajadores que manipulaban los anclajes de una escultura, ahora en el que tenía aquella hermosa cabeza y una boca pulposa, en cuyos labios se hubiera tumbado como en una hamaca. Pensando en lo poco que le apetecía volver a desenrollar el toldo verde, la señal conocida por sus contactos como de paso libre para acceder a su dormitorio.



                    Diez años habían transcurrido entre la Juana y la Joana, en los que pasó de arrastrar almadreñas a lucir zapatos de Dior. Un corto paseo de largo recorrido que la trasladó, desde una cuadra santanderina, a estudiante de Bellas Artes y empleada de unos grandes almacenes en Barcelona –sección Caballeros-, para recalar finalmente en el ático coquetón de la calle Mallorca frente al Portal de la Gloria.

  Entre ropas masculinas, tras el mostrador, allí había empezado su carrera. Cuando sobreponía un jersey o cualquier otra prenda a uno de los hombres que valoraba como asequible y adinerado, suavemente, tímidamente, lo rozaba en puntos clave con el antebrazo, con la yema de los dedos... y entonces lo miraba fijamente mientras se mordía el labio inferior y bajaba la vista. Incluso se ruborizaba. Rápidamente se convirtió en una experta en seducción profesional, en ser invitada a un café a la salida del trabajo. 

   A partir de ahí, seguidamente y ya en plan especulador, subida de tarifa tras subida de tarifa, con diecinueve años alquiló un apartamento en un edificio de oficinas, cosa que dado el dinero que empezó a ganar la decidió a dejar los estudios en el segundo año y colocar poco a poco, bien asesorada, los beneficios. Hoy en día con veintinueve años, además del ático ya pagado tenía un activo líquido de 30.000 euros. Más la propiedad de dos apartamentos puestos en alquiler, cuyas rentas ya le hubieran permitido retirarse del oficio y buscar un trabajo con otro perfil.



                          Había que tener en cuenta que su éxito financiero le venía de que siempre había ido por libre. Nada de circuitos calientes. Nunca había tenido protectores. Sólo una buena cabeza, saber cuidarse, y no olvidar nunca que tenía que quererse mucho a sí misma, como le había repetido su madre cuando se fue de casa.

 Joana sabía que había triunfado porque se había hecho valer. –Todas hacemos lo mismo, de acuerdo –razonaba consigo misma-. Pero no se cotiza igual un simple encuentro a secas, que si va acompañado con opiniones sobre arte y economía  política. Eso hay que pagarlo con un plus especial.

                        -Cuando no se tiene nada en la cabeza más vale empezar a valorarse el culo-, le había dicho en una ocasión una profesora de la Escuela Massana, en Barcelona, envidiosa de su atractivo con los hombres. 

   Pues mira por donde, mejor le fue a ella que a la maestra. Alguna vez habían vuelto a encontrarse y no había duda de quién había sabido aprovechar mejor sus dones. Sin duda, Joana tenía más vocación de pecadora que de predicadora.



                     Llevó una uña al precinto de aluminio del envase de zumo hasta rasgarlo y llenó un vaso de naranjada. Vida sana y austeridad. Vitaminas y cuido. La vida de una meretriz puede ser lo más placentero del mundo si, como ella había logrado, eres autónoma y sabes rodearte de amigos solventes que aprecien la gracia y puedan recompensar bien ese toque divino a quien lo tenga.

  Vivir junto a la Sagrada Familia había sido su objetivo desde que aterrizara en Barcelona partiendo de Comillas, donde su niñez dormía entre juegos entrando y saliendo del ruinoso chalet El Capricho construido por Antonio Gaudí en el pueblo.

  Recordaba su llegada a la gran ciudad, sin dinero, y su plante ante la fachada del Nacimiento. Al otro lado del estanque con su reflejo mentolado, se había jurado un atardecer que los días de escasez terminarían para siempre. Viendo a La Catedral de los Pobres cambiar del gris al ocre, del ocre al siena, de éste al burdeos, al caldera y por fin, al pardo, decidió que, -Todo el mundo se encuentra capacitado para criticar las andanzas del prójimo. Pero en los momentos de penuria, cuando ves aterrada y en soledad como se acerca el fatídico día 30 con sus pagos, el maldito alquiler...ninguno de esos jueces estarán ahí para ayudarte.

                          - En cuanto al estilo... La miseria no tiene ningún estilo. Cuando una está muriéndose de hambre no puede pararse a pensar en cómo coño estarían mejor conjuntados los cojines del sofá, si así, o asá-, sentenció.

   Por eso, como una Scarlett O’Hara montañesa, decidió que a partir de aquel día su pelo rojo iba a estar perfectamente cuidado, la manicura de sus pies y manos impecable. Y a su metro setenta de estatura sólo iban a cubrirlo ropa y accesorios de esos que al verlos, cualquiera que se cruzara a su paso oiría el cascabeleo de una palabra: ¡Dinero! Y se había lanzado a conseguirlo trabajando a fondo, a revientacalderas. Sólo lo mejor sería bueno para ella, viviría en una eterna celebración navideña de revista rosa. Lujo, viajes, trajes caros y joyas a placer, como el anillo que lucía, un diseño de Miquel Barberá que parecía inspirado en las barandas de La Pedrera. Casi 3000 euros en perlas, aguamarinas, platino y brillantes.



                        Hoy, ya situada, escogía a sus acompañantes con un único criterio. Según frase acuñada por ella, le interesaban aquellos que deberían cuidar una sola cosa: que cuando se desabrocharan la bragueta no se les cayera el cerebro al suelo. Porque los hombres con los que proyectaba tratarse lo tendrían guardado, precisamente, ahí.

  En cuanto a sus relaciones sentimentales habían sido eventuales, con hombres que le habían gustado para una sesión. Ningún gran amor de esos en cuya sinuosa danza participan los cinco sentidos, para su desgracia. O para su suerte. Aunque no tenía muchos contactos en la profesión, las dos o tres que conocía de su nivel, no ahorraban nada, vivían al día. De otras sabía que acababan aisladas de la realidad, viajando en la nave alucinada del alcohol o las drogas.

                           … Y este es un oficio que desgasta mucho –pensaba Joana-. Como el fútbol. Si no te cuidas, pasados los treinta ya no eres nada, sólo comida para perros. Pero no es ese mi objetivo, ahí está lo bueno. Yo disfruto de lo que hago y espero durar bastantes años en primera línea de rendimiento. Es tan agradable vivir totalmente dedicada a mí, sin prisas, a darme todos los caprichos, a disfrutar de mi cuerpo... Es lo más cercano a paladear el Poder... Y encima, que me paguen generosamente por ello.

   Claro que no siempre fue así. En los comienzos tuvo que tragar mucho que no le gustaba y a cambio de poco. Pero pronto comprendió una cosa. Que los caballeros maduros, incluso bordeando la ancianidad, eran para ella los más solventes. Primero, porque al tener una gran experiencia de la vida sabían lo que querían, se lo decían y pronto se ponían de acuerdo. Su propia e innata combinación de estoicismo epicúreo, funcionaba. Joana cobraba sus honorarios antes siquiera de iniciar la conversación preliminar. A partir de ahí la transacción quedaba en el olvido. 

 Nada de comportarse como una asalariada que sufría con un trabajo detestable. No. Ella se entregaba a una especie de cortejo en el que la inaccesible era ella, hasta lograr transformar al cliente en un seductor que olvidaba la mediación de unos honorarios. En cuanto notaba el clik del olvido en su acompañante, Joana se abandonaba, se entregaba. A estas alturas de su vida la selección la hacía ella. Tenía que pasárselo bien. Y si no encontraba grata una compañía no aceptaba un segundo encuentro. Así de simple.

                               Si, no podía negar que vivía bien

   Incordiando sus pensamientos, Joana oyó el teléfono y lo dejó sonar dos, tres veces, hasta oprimir el botón del contestador. La voz que surgía entre las rendijas del altavoz le acercó un –Joana, soy Pocho, llámame. Me interesa ésta mañana, antes de la una. He visto levantado el toldo –y repitió-. Cuando puedas llámame al móvil, a ver si me esperas con los brazos abiertos. Los brazos y la bata, ¿eh?...

                    - Llamaré –decidió Joana-. Es un buen tío, del tipo agradecido. Generoso y poco exigente.

  Un auténtico caballero argentino que le había caído fenomenal desde el día en que le confesó que él era culto de la concha, culto de cagarse. Un tipo con el que se reía. Alguien que tras la función, siempre tenía la delicadeza de preguntarle: ¿Ya culminaste?

  

                         Sentada en el brazo del sillón estiró las piernas, firmes y blancas, agitando los dedos gordezuelos de uñas rojas que sobresalían por las tiras doradas de sus sandalias vertiginosas. Observó el calzado con una media sonrisa. Precisamente eran un regalo traído por Pocho de un viaje a Moscú. Calzado rotundo con aspiraciones glamurosas, aunque fabricados con la misma gracia que tendría un tanque diseñado por un artista fallero. –Son feos con ganas. Si los viera Manolo Blatnik le daba un infarto– se dijo con una carcajada, incorporándose y clavando los tacones de aguja en la alfombra blanca.

 Blanco, verde, rojo. Sólo blanco para las tapicerías, pintura, muebles, alfombras. Verde en las plantas y cojines. Rojo en los cuadros y el dormitorio. 

                          - ¡Qué placer ser tu propio jefe!- pensó.

 Extendió los brazos meciendo la columna como un felino, retorciéndose. Se dibujó en su cara una expresión de bienestar, de gesto sublime de acercamiento a lo divino. El canto de hosanna, de aleluya. Desde su acomodo vio como las hojas de los potos, los helechos, los ficus, oscilaban por la corriente de aire formada entre la ventana de la cocina, al fondo del salón, y la terraza. Un soplo enviado por los personajes sagrados que la miraban de tú a tú desde sus hornacinas del templo.

  Apuró el resto de zumo.

  Volvió a sonar el teléfono pero no le dio tiempo a descolgarlo, porque su timbre se paralizó tras la primera señal.

  Pensándolo bien, mejor que no la llamara ningún amigo, mejor estar sola. A falta de amor, en un momento de soledad podía airear sin testigos su propia madriguera, donde guardaba hibernadas las penas y así sacudirlas al aire. O mejor, ni hacía falta hacer el gesto, con sólo apartar la retama de autohipocresía que tapiaba la entrada, las penas salían solas.

  Aupada en la altura de su vivienda, la imagen de la Virgen situada en lo alto de la calle Lepanto nº 266 le pareció que enviaba una bendición a las diferentes estatuas que puntean muchos tejados de la ciudad, curiosidad desconocida por la mayoría de barceloneses. En un gesto rescatado de la infancia, una plegaria se formó en sus labios con sólo fijarse en las inscripciones que coronan el templo, Sanctus, Sanctus, Sanctus.

 Todos guardamos un armario en nuestra alma. En medio del alud de pensamientos triunfantes, a Joana, posiblemente como reacción ante esas mismas inquietudes, el timbre de alarma sensitivo se le disparó hacia el profundo dolor que, -lo sabía muy bien-, su modo de vida amoral había calado en el corazón de su madre, hasta provocarle la parada fulminante que se la había llevado sin una queja. 

  Aunque Joana se empeñara en asegurar que el único recuerdo que su madre había dejado en ella era el de un montón de platos sucios en el fregadero, estaba claro que había mucho más. Las ilusiones de aquella mujer bellísima, apaleada por la vida. El cómo la sentaba en su falda para contarle lo feliz que sería cuando Joana creciera, estudiara, y se ganara la vida honradamente fuera del ganado. La esperanza de que no convirtiera en cenizas su juventud a base de quitar bosta caliente de la cuadra, el amor que todo se lo dio sin nada a cambio, resonaban en sus oídos.

  Porque se puede fingir el triunfo frente a todos, excepto ante uno mismo. En un arrebato, se levantó y en el bloc de notas del teléfono escribió estas líneas apresuradas:

                    La llave de mi ansiada identidad. Mi lazo. Mi cordón umbilical. Mi desequilibrio. Mi búsqueda. Mi necesidad insatisfecha. Mi desamparo. Mi orgullo. Mi afecto estrellado contra un muro. Mi traición a la confianza. Mi senda de pureza. Mi patrón de clase. Mi problema origen de mil problemas. Mi complejo Gaspar Haüser. Mi fantasía imprescindible. Mi inaccesible beso. Mi conocedora de Aquiles. Mi desvío existencial. Mi creciente coraje. Mi sueño de caricias. Mi pérdida de vida. Mi sentimiento de pena. Mi locura necesaria. Mi desfondado pozo sin fondo. Mi recuerdo en nebulosa. Mi abandono de inocencia. Mi pastel de mentiras. Mi Jonás sin ballena. Mi fuerza indestructible. Mi jardín de tristezas. Mi honradez sin mácula. Mi archivo de bondad. Mi patrón de belleza. Mi marco de honestidad. Mi madre.


Ana Mª Ferrin

11 comentarios:

  1. Izas, rabizas y colipoterras, que diría Cela.
    Teatro se puede hacer, representar bien tu papel, pero nada más.
    Y nunca olvidar que madre no hay más que una.
    Un saludo.

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  2. Se me olvidaba lo más importante: estupendo relato con la Sagrada Familia como marco.

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    1. Gracias.
      Sólo diré que el personaje venía hecho. Paciencia para escuchar, ver e imaginar, y aquí está. amigo Cayetano.

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  3. Me ha encantado y como bien dice esta particular Scarlett Ohara montañesa: la miseria no tiene ningún estilo...

    Pero si que admiro el tuyo: me ha encantado por dos cosas; por estas pinceladas de humor, aunque esta historia es tan real como la vida misma. Como estas calles,edificios( escuela Massana) y sobre todo esta Sagrada Familia(creo que cuando Gaudí se fue ya se concluyó) y que es, nuestra seña de identidad.-No hace falta nacer en ningún lugar; simplemente quererlo y es lo que admiro del estoicismo epicúreo de esta protagonista...

    Un abrazo.

    -

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    1. Bertha, yo tenía una vecina muy salada que se dedicaba a ese oficio, al que defendía como una ocupación respetable que había que tomarse muy en serio y tenía una frase que resumía su planteamiento: “Cuando yo me pongo, me pongo”.
      Hay seres que en apariencia viven la vida aceptándola como viene, sin romperse la cabeza con juicios morales sobre si su comportamiento es digno o no. Otra cosa sería saber qué piensan realmente cuando están a solas.
      Besos

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  4. Oficio mal visto o no, creo que hay gentes pululando por este mundo haciendo daño y que consideran su trabajo el más honrado del mundo. Con estos mimbres no tengo que decirte cuáles pueden ser estos porque están a la orden del día: elegidos por los ciudadanos como sus representantes, de aspecto pulcro y elegante, se dedican más bien (y sin generalizar) a otras cosas no precisamente edificantes. Así pues, las Joanas de esta sociedad, con la carga inmoral que se le aplica al oficio por el respetable no son las meretrices, sino los corruptos y ladrones.
    Un beso

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    1. No hay nada que juzgar. Uno es de uno mismo y allá cada cual con lo suyo.
      Y me refiero a lo suyo, suyo, como hacía Joana con todo su derecho aunque acabara sufriendo, no a lo nuestro.
      Los individuos que citas juegan en otra división. Y esa sí que es despreciable.
      Abrazos.

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  5. Usted lo dice muy bien al culminar el texto. Cada uno, en su fuero interno, sabe cómo su conciencia le dice cómo debería haber sido; por sus aspiraciones cómo le gustaría haber sido y por los impulsos y la necesidad cómo realmente es. Así que no juzguemos a nadie, bastante es que lo hagamos sobre nosotros mismos, que eso sí es saludable como primer paso.
    No pierde usted oportunidad de mentar a su admirado Gaudí, sea en Comillas o en la calle Mallorca de Barcelona, y bien que hace. ¡Ah! Y que el texto, que me ha gustado mucho, bien podría ser el primer capítulo otro más largo, sea de género erótico, negro…
    Y por último, amiga Ana María, un guiño que usted comprenderá bien: “No hace falta que me conteste”; aunque tampoco hace falta que lo tome literalmente.
    Un abrazo.

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    1. Me parece muy bien el guiño, así que no le haré caso. Es cierto que investigar a Gaudí me hizo conocer hilachas de vidas a las que con el tiempo he ido dando forma.

      Un buen ejercicio literario es sentarse cerca de la S.F. y dejar volar la imaginación sobre qué motivo habrá traído hasta aquí a cada uno de esos 4 M. anuales de visitantes. En Regreso a Gaudí’s Place reuní veinticinco de esas historias que, como en esencia eran reales, pedí permiso a los protagonistas para incluir sus fotos y ahí están. Saludos, amigo.

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  6. Te superas con los relatos........ Como nos tienes ya acostumbrados

    ESTA VEZ CON EL TOLDO VERDE TAN IDENTIFICABLE QUE TENGO QUE ENCONTRAR CUANDO VAYA POR ALLÍ

    Genial . Un beso

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    1. Qué bien que te guste, María.
      Lo del toldo no sabría decirte si sigue allí. “Joana” es real y cambió de vida unos años después de mi relato, tiene una familia y se dedica al mundo del arte. Vive o vivía al otro lado de la ciudad y lo que escribí forma parte de su pasado.
      Un beso para ti.

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