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detalleChillout Momento Chill Out. (La ventana de Mari Carmen)





2/2 CANCIÓN DE ADA Y EVANS.


RELATO

Original de 
Ana Mª Ferrin

RPI


Continúa…

...y la primera voz,
y el poeta predicador,
nunca juzgan ni condenan,
sino que exponen y vuelven,
sencillo lo extraño
y extraño lo sencillo...

                                            Dylan Thomas. 
Bajo el bosque lácteo



                            Según Mrs. Loch, dueña del pub El Jabalí de Oro, la cultura básicamente católica de Escocia es la responsable de que aquí un sureño no encuentre ese sentimiento que suele dividir al resto de Gran Bretaña en dos únicas razas: A un lado los ingleses, al otro el resto del mundo.

   Por su parte, Cecilio Blanco Rojo supone que como en cualquier otro lugar del mapa aquí habrá de todo, pero tampoco es cuestión de discutir, así que da las gracias por sus indicaciones y sigue con la familia camino de Edimburgo. Han pasado dos días en un enclave rural que tiene todo lo que puedas desear menos sol, claro, que por algo están en latitud de brumas.

   Pero los paisajes son soberbios, la gente que han encontrado en toda Escocia desde Ullapool, amigable. Tierra donde los monumentos, castillos, iglesias, tienen esa pátina de autenticidad que va más allá de lo bien conservado adherida al musgo de sus piedras y al color de su lluvia.

   Abierto a lo desconocido, avanza Cecilio por las Tierras Bajas

    
...atendiendo a sus clientes, barriles de anguilas, salmón, ahumados, pepinillos... (gettyimages.es)


PATRÓN DE ANCESTROS 



Publicado en el libro Los Ojos del Paraíso. 1998
Publicado en Gaudí y Más. 28 de agosto de 2015


EVANS

                           Llega el viajero a Edimburgo, capital de Escocia, una ciudad de panoramas espléndidos que producen sensación de luminosidad y espacios abiertos, algo contradictorio si tenemos en cuenta que casi todos sus edificios son de oscura piedra gris.

   En lo alto del cerro que la domina se alza el antiguo castillo que da nombre a la ciudad. Por sus laderas se extiende el casco histórico, una zona de estrechos callejones y casas pintorescas que diríase pertenecientes a otro país, tan diferente es su arquitectura a la del resto del Reino Unido. Ya en el siglo XVIII algunos edificios tenían doce pisos de altura debido a la falta de espacio en la antigua capital amurallada

   Es día de mercadillo. Si prescindimos del idioma quedas transplantado automáticamente a cualquier ubicación pueblerina o arrabalera nuestra, por el gesticulante y salvaje acoso al cliente que gastan sus vendedores, quienes lejos de flemas literarias te venden gritando a tanto la pieza la naranja española o a tanto la docena de manzana italiana, entre vestimentas salidas directamente de un relato de Dickens juntándose a golpe de viento con el multicolor puesto de gorros y bufandas, donde caben todos los equipamientos británicos de equipos de fútbol.

   Aprovechando el gentío hacen su aparición los músicos callejeros de pasado militar, si nos basamos en las numerosas condecoraciones que lucen con gran dignidad.
 
   Siempre me han seducido estos artistas.

   Nada en común con la nueva ola de ejecutantes de las esquinas. Aquellos están convencidos de que realizan un trabajo honorable, y por ello, una vez acabada la actuación esperan tu tributo con la mirada atenta a recibir una justa retribución en reciprocidad a sus servicios. Como el gaitero que borda un delicado equilibrio entre la ejecución del Dios Salve a la Reina y el codazo a quienes intentan fotografiarse a su lado sin haber pasado por caja, indicándoles con la punta del zapato la gorra con galones depositada en el suelo .

   Aquí, en algunos casos y al igual que en tantos países, mercancías que se nos ofrecen como respetables proceden de orígenes poco claros, de ahí su baratura. Y no me importa reconocer que cuando viajo, visitar los mercadillos itinerantes y escandalosos carentes de clase, sólo con la vida en mayúsculas saltando de puesto en puesto, me pone al descubierto el verdadero tuétano de un país. No el de las multinacionales del lujo, sino el que se bate el cobre día a día.

   Entre la amalgama de tenderetes y por poco dinero estas ferias te ofrecen degustar exóticos sabores para nuestros paladares curiosos, solo al alcance de estómagos resistentes.

  Ahí precisamente encontró Cecilio a Evans, como salido de Siete Novias para Siete Hermanos.

  Pelirrojo rizado con un corte imposible. Bigote. Apunte de barbita puntiaguda que contornea unos labios moteados de pecas como todo en él, desde la amplia frente a las manos largas y rojas.

  Bajo la cazadora, la camisa abierta de cuadros azules deja ver una pequeña cruz y un colmillo, pendientes de una cadena en su pecho delgado y fuerte tapizado de vello rojo. Cruz danzarina por el trajín que lleva el joven entrando y sacando las manos y los cazos en los diferentes barriles con anguilas en gelatina, mariscos cocidos, ahumados, salmueras. Anchoas y salmón. Atún y pepinillos. Bacalao y pulpo.

     -Evans, media libra de gambas –y añade con ojos pícaros el parroquiano de rasgos hindúes-: Qué, como te ha ido el fin de semana. Por fin has ligado? ¿Le vas a dar una alegría a tus padres?
  
    - Nada, Kim, esto está cada vez peor. Como me irá, que estoy por pedirte si quieres acostarte conmigo…

    - Pues habla con Dorcas. Si ella me da permiso por mí no hay inconveniente. Yo soy muy europeo- responde Kim adoptando una pose afectada de hombre de mundo. 

    Con expresión grave, una ancianita que espera sentada en una silla, los reprende:

   -No hagáis broma. Yo tengo un cuñado que siempre se reía de esas cosas y ahora, a la vejez… Bueno. Mejor me callo –poniendo un dedo sobre sus labios y moviendo la cabeza, la abuela corta el tema entre las risas de los presentes.

   -Evans, ¿Te ha llegado el bacalao?- le gritan desde el puesto de enfrente

  -Evans, guárdame dos docenas de arenques- encarga otro que pasa portando una carretilla

   El vendedor se da por enterado afirmando con la cabeza casi a la vez que atiende a una habitual.

  -¿Qué, tienes invitados, Doreen?- se interesa, preguntándole a la compradora mientras revisa la lista que acaba de entregarle.

  -Sí, Evans, invitados. Menudos invitados. Tengo a mis cuñados-  responde ella riendo con su cara redonda y suave, de esas que aunque cumplan años parecen siempre jóvenes.

   -¿Quienes? ¿Los ricos?

  -Sí, hermano, los de Londres. Se comen todo lo que tienes y encima parece que te hacen un favor. Pero mi marido quiere que compremos de lo mejor cuando vienen y que no paguen ni una libra -chaqueta gris y vestido rosa de escote generoso, guantes y gorro rojos, Doreen suelta sus quejas entre risas, con sentido del humor.

    -Claro mujer, tu marido tiene razón. Los ricos, como son ricos, no tienen que demostrar nada. Pero a tu marido y a ti como estáis en el paro no conviene que se os vean las costuras. Porque encima se alegrarían. Y eso sí que no, de ninguna manera-, concluye Evans apuntándola con un dedo.

   - No, hermano, eso nunca-. ríe ella.

  El pescadero sigue la conversación entre los comentarios de los compradores y aquello degenera en un batiburrillo de consideraciones sobre la familia, la Seguridad Social, la comida. Para acabar poniéndose todos de acuerdo en que la culpa última siempre la tiene el Gobierno.

    El rostro de Doreen se ha puesto serio por un momento, al decir:

   -No sé, yo tengo la esperanza de que este Primer Ministro cumpla sus promesas y anime a los empresarios a invertir -moviendo la cabeza, se sujeta el cabello que le escapa por detrás de las orejas -¿No te parece, McKeel? Tú vives en el Polígono.

    A su lado, el aludido de cazadora motera hace un gesto de escepticismo antes de contestar.

   -Inversión no quiere decir necesariamente puestos de trabajo. Mira la factoría ésa del silicio. Millones de libras en instalaciones y con una docena de técnicos e ingenieros, ya la manejan -hizo una pausa-. La mujer de John hace la limpieza allí y dice que aquello parece un cementerio, lleno de tubos y no se ve un alma.

    -¿La mujer de John? Hace días que no la veo. ¿Cómo les va a la pareja? ¿Siguen juntos? -se interesa el hombre de la barba que está a su lado. Bueno, hablar de barba es mucho decir, pues luce cuatro pelos largos bajo su labio inferior.

   -Claro que sigue con él. Debe haber llegado a la conclusión de que los celos son sentimientos pasionales, no son propios de mujeres rubias -el que habla, el hindú con mono de mecánico, se ríe, y al hacerlo abre una boca en la que se podría guardar la caja de herramientas que reposa a su lado.

    El de los cuatro pelos en la barba vuelve a intervenir. Tiene chispa.

   -Ja, ja. Eso, rubia y fría, porque mira que es tiesa y fría. Si le cayera un whisky por encima, seguro que el hielo no se le derretiría. Le quedaría de diadema, ja, ja, ja -y siguió-. A mí hasta me da miedo. Entrar ahí debe ser como entrar en el triángulo de las Bermudas, ¡Uuuh!. Mira, con el gusto que está demostrando en mujeres nuestro querido Charles, se la podríamos presentar -las risas del corro ya son generales.

  La misma y digna anciana con sombrerito naranja y gafas de montura metálica que poco antes los había regañado, le da dos golpecitos en el hombro para llamar su atención con voz suave:

 -Caballero, no ridiculice a nuestro príncipe. Su comportamiento con Camilla solo demuestra que es un ser humano -le dice, con una muestra de la antigua educación.

   -De eso no cabe duda, señora. Y tanto que es humano. Ningún otro ser vivo haría un ridículo de ese tamaño, señora. Ja, ja.

   Las risas ya se están volviendo sangrantes y al vendedor se le nota violento por los extranjeros que esperan. Al fin y al cabo -debe pensar- los trapos sucios deben lavarse en casa. Dirigiéndose al español, pregunta:

   -¿Qué desea?

   -Pulpo, déme medio.

   -Muy bien -y parándose en seco-. No, imposible.

   -No, ¿qué?

   -No puedo venderle medio -informa el vendedor.
  
   -Pero, ¿por qué?

  -Verá usted. Los pulpos tienen ocho patas y sólo me queda éste de siete. Por lo tanto no puedo venderle medio.

   -¡Ah! ¿Es eso? Bueno, no hay ningún problema. Pues pártalo y déme una de las dos partes cualquiera, la que desee.

   -No lo entiende. No voy a partir un tentáculo a lo largo, eso al jefe no le gusta -aclara Evans pacientemente.

   -Oiga -con tono conciliador, Cecilio le responde-: A mí no me importa que la mitad que me dé tenga tres o cuatro patas, me es lo mismo. Y desde luego no hace falta que abra una pata en canal.

   Como respuesta, el joven escocés levanta el pulpo con una mano hasta la altura de sus ojos. Lo mira atentamente, tanto, que acaba en pura abstracción. De un  momento a otro el cliente teme que se lance a recitar To be or not to be, como si en lugar de un pulpo sostenido por un tal Evans, pescadero de Edimburgo, fuese el príncipe Hamlet de Dinamarca con una calavera en la mano, quien estuviera frente a él.

 Cecilio enmudece. Inmóvil y fascinado, saboreando la escena ya vivida días antes en Ourense, sin dejar de mirar al ser que acaba de argumentarle la negativa con el mismo descabellado razonamiento que había escuchado de labios de Ada. –Es que no me lo puedo creer –dice para sí-. Son dos almas gemelas.

   Sacudiendo su cabeza rebelde, el tendero deja el pulpo sobre la madera y se seca las manos en el trapo de rayas que pende del delantal, diciéndole pensativo a su interlocutor, mientras con aire cansado intenta alisarse el pelo hacia atrás con la mano abierta:

   -Señor, vamos a dejarlo. Mi padre sigue esta norma desde hace cuarenta años y no pienso cambiarla. En cualquier otro puesto podrá comprar el pulpo a su gusto.

   Sigue cumpliéndose el mismo guión. Pero esta vez el vendedor ha dado con un veterano del absurdo, su paso por Galicia no ha sido en vano. Sin dar tiempo a que pregunte al siguiente cliente lo que desea, Cecilio se dirige al feriante como el que no quiere la cosa, sin darle mucha importancia:

   -Vende usted las patas sueltas, ¿verdad?

   -Sí, claro. Con su trozo de cabeza correspondiente

   -Póngame cuatro patas, por favor.

   -Enseguida, señor.

   Diligente, Evans coge con la mano derecha el famoso pulpo y con la tijera en la izquierda va separando las piezas pedidas, colocándolas sobre un papel en la balanza. A continuación toma el trozo de cabeza que resta, cortándole un pequeño trozo. En un suspiro, pesa, envuelve y cobra.

   -Dos libras.

   Dedos rojizos, dedos morenos, dinero verde. Y a otra cosa.

   Acabada la venta seguida con interés por la media docena de habituales, la conversación general vuelve a tomar el empuje cotidiano entre gentes que se conocen desde siempre. Un repertorio de ideas de lo más original: Las mujeres destructivas, las suegras unas brujas, los maridos unos pendones, y que por encima de todo, al revés de lo que decía el filósofo, un buen polvo siempre será superior a una idea.

  Con la bolsa de plástico en la mano camino de su coche, el zamorano echa una mirada al monumento neogótico de Sir Walter Scott, con perro incluido, que se divisa al pie del cerro junto a Princess Street.

   De repente aparecen por la esquina los gaiteros de la Guardia Real de Dragones con su uniforme de faldas rojas, en silencio, desfilando ante él y tapándole la panorámica. Van dejando atrás la catedral de St. Giles camino de una concentración musical en la cercana plaza de armas del castillo, donde más tarde dará comienzo la espectacular retreta. Justo al pasar comienzan la afinación individual de los instrumentos, apuntando algo parecido a una marcha disonante.

   Son sólo las cuatro de la tarde, aunque el cielo está oscureciendo tanto que se diría que de un momento a otro va a pasar algo muy dramático. Cecilio se echa al hombro la bolsa con una sonrisa, pensando en la pareja de vendedores y en qué cosas tiene el Destino. La sonrisa da paso a una expresión de sorpresa al escuchar el apunte de melodía que va tomando cuerpo en los instrumentos de los músicos. Se detiene para escuchar mejor porque le parece imposible lo que oye. Pero es la realidad. Lo que van tocando los marciales Dragones de Su Graciosa Majestad a ritmo de marcha, no es ni más ni menos que Macarena.

  Lenguaje universal en clave de corcheas. Realismo mágico y esperpento, magia, meigas volanderas, las notas quedan flotando hasta difuminarse por los antiguos muros de la ciudad.                     

Ana Mª Ferrin

8 comentarios:

  1. El que compró los tentáculos del pulpo aquel pensaría por un momento que la gaita celta o el Océano Atlántico algo de culpa tendrían en ese hermanamiento de situaciones disparatadas y esperpénticas en sitios tan alejados como Ourense y Escocia. Venir de tan lejos para esto...
    Un saludo.

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    1. No está nada mal tu razonamiento. A ver si eras tú el viajero, disfrazado de Cecilio…

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  2. ¡Ah! Ya veo lo del juego de palabras y papeles sobre Ada(n) y Eva(ns), y su equivalentes, pero no iguales, formas de hacer, porque son con una imagen vista en el espejo, que siendo iguales son lo contrario. El que está genial es Cecilio, que con su gramática parda ya sabe salir airoso de todo trance, sea cual sea el lado del espejo en el que se ponga.
    Un saludo.

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    1. Es que el absurdo nos curte. Cuántas veces para salir airosos de la burocracia habremos buscado razonamientos de ese tipo. Y no caeré en el tópico de achacarlo a España, porque personajes así aparecen en cualquier lugar. Saludos.

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  3. No sé qué tendrán esas tierras que emburjan a los que las visitan y moran en ellas. Mi padre viajó a Edimburgo en los años 70 y volvió hechizado por sus castillos, sus leyendas de fantasmas, su niebla y sus acantilados sin fin. Y las gaitas no hacen sino engrandecer una tierra muy asentada en sus tradiciones basadas en los clanes, esas familias que a modo de casta privilegiada se distingue de sus semejantes por los colores y el diseño de sus kilts. Habrá que ir a visitarla en alguna ocasión.
    Un beso

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    1. Seguro que tu padre vio más o menos lo que cuento porque se trataba de una escena de barrio, diaria, a la vista de todos en un lugar céntrico como las Ramblas donde hoy mismo debe estar sucediendo algo similar. Animaros y daros una vuelta por allí, que vosotros sois buenos viajeros y os gustará.
      Besos.

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  4. Siempre fui yo muy admirador de Inglaterra. Y habría lamentado la separación de Escocia, mucho más adusta y calvinista que el sur de las Islas, no se olvide.
    Saludos, doña Ana María.

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    1. Sólo he viajado allí una vez. En cualquier parte te encuentras un borde, pero en general los británicos en su tierra me parecieron gente interesante, fuertes, con humor. Y a pesar del clima o gracias a él, es un bello país.
      Saludos, señor del Retablo.

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