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PastorOvejas Atardecer en Tierra de Campos, Palencia, España. (A.Mª.F.)





"UN CUENTESITO DE TERRÓ"



A ti que buscas la soledad, 
este cuentecito verídico
de puro horror


RELATO
Original de
Ana Mª Ferrin      
R.P.I.       


     -¡SEVERINO!
          -¡Severino, ven aquí!
            -¡Severino, no te escondas que te veo!
              -¡Severino, como tenga que ir a buscarte, te
                 acordarás de mí!
                      
                     -¡¡¡SEVERINO!!!




ES-PE-LUZ-NAN-TE, MAMÁ 

Publicado en Gaudí y Más.  1 de agosto de 2015 

                     
                      Desde su posición repantingada en la hamaca del porche, Patricia oyó salir de la casa que habitaban en la parcela trasera a la mamá vecina y su niño, escuchando sus pasos rápidos por la grava del camino.

 La furia de la mujer se apreciaba en sus palabras entrecortadas. Le faltaba el aire:

              -¡Severino!... ¡Ahora sí!... ¡Ahora... te vas... a... enterar!
  
 Por el forcejeo y el posterior alarido, a Patricia no le quedó ninguna duda de que esta vez, por fin, Severino se había enterado.

  
  Mirándose los pies llegó a la conclusión, por el brillo, de que ya se le había secado el esmalte de uñas. Se quitó los algodones que separaban los dedos, se echó un rizo de crema hidratante en cada pie, y sin incorporarse, haciendo gala de una gran flexibilidad empezó a darles un masaje con lentitud, suave, tranquilamente..

            -Madre, que tarde estoy pasando. A la fuerza ésto tiene que ser pecado.
   
  Treinta euros había pagado en el spa de la urbanización. Era un dinero. Pero ni que hubiera costado el doble, o el triple, le hubiera parecido caro.

  Puso un poco más alta la música de Vinicius de Moraes


  El poeta presentaba la siguiente canción del cedé. Contaba cómo una tarde de total vagabundaje por la playa de Itapuá con la misma laxitud que ella sentía en ese momento, los dos genios, Vinicius y Toquinho, viendo atardecer sorbiendo una cachaçita pudieron componer algo tan bello. Debía ser cualidad de dioses poder transmitir a alguien la plena sensación de bienestar como ahora lo estaban haciendo con ella los brasileros.

 Lástima que nunca le hubiera interesado rimar queso con beso, o algo así, porque si no, de esa tarde a solas empleada en mimarse entre chorros y burbujas, podían haber brotado versos sublimes. Pero aún sin ser consciente, la creación la tenía atrapada por otros caminos. Distraída, cogió la cámara que reposaba sobre la mesita, enfocó las crestas de la cordillera litoral cuajada de nubes y disparó.  


                             La familia se había ido al cine del pueblo a las cuatro. Entre fregar platos y guardarlos, poner dos lavadoras y recoger ropa del tendedero, ya había pasado una hora. Pensándolo bien no había sido tanto tiempo el que le había quedado para el disfrute. Unas dos horas todo lo más. Pero eran tan escasas en su vida las ocasiones de sosiego total...

 Por efecto de una leve corriente de viento, los visillos del chalet ondularon y desde su hamaca en el exterior visualizó a través de los cristales el resultado de aquella tarde de limpieza. Le había quedado una obra digna de figurar en el ¡Hola!

 Muebles lustrados, suelos barridos y fregados. Los asientos y respaldos volvían a lucir fundas lavadas a primera hora y vueltas a colocar, así como los cojines se veían perfectamente alineados con sus colores conjuntados. Le había dado un baldeo a todo. No se habían salvado el polvo del paso del aspirador, ni las copas de sumergirse en el fregadero, una a una, con lavavajillas. Por ventanas y puerta le llegaba ese perfume a limpio que sólo se logra después de haberse dejado algún riñón entre estropajos y bayetas.

  El cansancio y la satisfacción se habían aliado para proporcionarle una sensación de confort. 

  Estiró el brazo hasta la mesa plegable para dejar el mojito. Tras haber saboreado más de la mitad de un trago volvió a su posición anterior, la de tumbada boca arriba oyendo sólo la bossa-nova, arrullada por las hojas de morera en su balanceo al compás del aire.

 Divino. Arrastró los talones por la lona de la hamaca hasta acercarlos a su trasero mientras con las manos apoyadas en las rodillas seguía el ritmo de la canción, lentamente, ajena a las voces ajenas. Oyendo tan sólo a terra toda a rodar, con la mirada perdida no encontro de céu e mar desde su soberbio observatorio junto al faro de Tossa de Mar. Sin modificar su postura cogió el cepillo del neceser y empezó a pasarlo mecánicamente por su pelo, acunada en las olas mediterráneas.

UM VELHO CALÇÃO DE BANHO,
 O DÍA PRA VADIAR

UM MAR QUE NÃO TEM TAMANHO,
 E UM ARCO IRIS NO AR.

E NOS ESPAÇOS SERENOS,
 SEM ONTEM NEM AMANHÃ,
DORMIR NOS BRAÇOS MORENOS
 DA LUA DE ITAPUÃ

OUVIR O MAR DE ITAPUÃ,
                 
                      FALAR DE AMOR EM ITAPUÃ...

    

     -¡Severino!
     -¡Severino!
             -¡¡Severino que te arreo!!

 Dos gritos del niño vecino rasgaron y sellaron el espacio acústico en que Patricia reposaba.


                  Volvió la calma.

 Siguiendo el balanceo de la música, peregrina de belleza, cerró los ojos y un cuento empezó a tomar cuerpo en su pensamiento:

                Entre meteoritos y estrellas, el agua, el aire, buscaban un lugar para el fuego, hasta que al final lo hallaron en el corazón del hombre, ¿dónde si no?...

 Perdida en el vaivén de sus nubes, no lo oyó al principio. 

 Hasta que un chirrido y el sonido metálico de la puerta de un coche al cerrarse la devolvieron a la realidad haciéndola incorporarse apoyada en un codo. Una llave girando, el silbido de un mando electrónico, el clic cerrando. A continuación, unos pasos lentos acercándose por la grava hacia ella. El pecho se agitó en su pecho... Toc toc, toc toc, ¿Sería?...

 Pequeñas gotas de sudor empezaron a rodar como aceite por sus sienes. Apretó con fuerza los brazos de la tumbona. Los ojos se le dilataron, -No, no, ahora no, por favor... 

 Sintió que su interior gritaba, paralizada por el terror.

 Fue en vano.
   
 El manantial transparente de la imaginación se detuvo.

  Fugaz como un colibrí, el tiempo se escurrió entre las grietas del aire sólo con oír el coro que le hacía la más espeluznante de las preguntas:


                   ̶ Mamá, ¿Qué hay de cena?


Ana Mª Ferrin



10 comentarios:

  1. Tras un breve paréntesis de relax y ensoñación, al final la prosaica realidad vuelve a imponer su dictadura.
    Un saludo.

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    1. Y el humor que no falte, amigo. Cuántas veces no habremos soltado el libro o la pluma en lo mejor…

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  2. Muy bueno, Ana. El terror puede estar más cerca de la rutina diaria que de los relatos de Stephen King. Un momento de relax sublime se puede desvanecer con el más duro peso de la realidad que podamos imaginar.
    Un beso

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    1. Nada produce más angustia que las situaciones cotidianas donde se aprecia el mal enmascarado de normalidad.
      Otro para ti

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  3. Lo sugerido. Lo leído entre los renglones que, aparentemente tranquilos y cansinos, se deslizan por un nada-hacer que se balancea en el húmedo y tórrido calor que atraerá la maldita sensación del mal. Lo cotidiano es roto, partido por posibles hechos que ocurrirán, ¿ocurrirán o los creará el lector? Mucho mejor crearlos en la continuación de la sugerencia iniciada, este terror soterrado que exprime el ánimo.
    Mi sincera enhorabuena.

    Un cariñoso abrazo, querida amiga Anamaría.

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    1. Ocurrirán y pronto. La idea era dejar que el lector empezase a imaginar posibles continuaciones, tantas como pares de ojos pasen por el texto y capten la intención, querido Antonio.

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  4. Un relato que me ha gustado mucho ........ un tanto familiar para mi

    Con un fuerte abrazo . Feliz fin de semana

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    1. Deseo que la familiaridad te venga por la parte amable del relato, querida María.
      Un beso

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  5. ¿Cómo no he podido darme cuenta de lo que iba a pasar leyendo la dedicatoria? ¿Porque en las historias de terror nunca sucede lo que se espera?
    Pero lograr que así sea hay que saber hacerlo.
    Un saludo, amiga mía.

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    1. La historia empieza con la cadencia de una bossa-nova, relajada, en paz. El reino del bienestar. Y ahí acaba. A ver si sabemos continuarla.
      Por cierto, ¿Qué tal los calores?

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