Foto cabecera

IMGP4946 Músicos y bailarina del Institut del Teatre de Barcelona, actuando en un bus de la ciudad durante unas jornadas musicales. (A.Mª.F.)





AL CASTILLO


¡Oh!
Cuando yo era joven y sencillo
y gozaba de la piedad de sus recursos,
el tiempo me retenía cándido.

Aunque yo cantaba encadenado
como el mar...
                                                                                                  
                                                                                                                                    DYLAN THOMAS

RELATO

Original de
Ana Mª Ferrin

R.P.I.



                                    -¡BIEN!, bien, ya está aquí. Tete, corre, ponte las botas, ya está aquí la mamá.

   -¡Viva! ¡Iremos a coger musgo y corcho. Y rocas, y romero, y...!

  Al oír las voces excitadas de mis hijos, caigo en la cuenta de que había olvidado mi promesa hecha antes de salir de Alcoceber para Alcalá de Xibert. Mis propias palabras regresan a mí:

  -Hacer vuestras literas, lavar los platos de la comida, recoger las hojas de la parcela y terminar los deberes del fin de semana. Si lo hacéis todo, cuando vuelva subiremos al bosque del castillo a buscar todo lo que necesitamos para montar el belén.

   Me queda una débil esperanza de escaquearme mientras saco del coche las bolsas de la compra. A lo mejor tengo suerte y no han hecho lo que les dije. Así podré tumbarme un rato en la hamaca mientras me tomo un café y leo el periódico. Estoy muerta, no puedo más...


Castillo de Alcalá de Xivert. (*)


LOS TRES QUEDAMOS EN SILENCIO.....

Publicado en Gaudí y Más. 5 de marzo de 2016


                                En cada dedo acarreo una bolsa de plástico con víveres. Aún falta sacarlos y ordenarlos en la pequeña nevera y las también diminutas alacenas de la caravana Knaus. Detrás mío, mis dos hijos de seis y ocho años se afanan para abreviar el trasvase de alimentos llevando todo lo que sus fuerzas les permiten.
     
   -Estoy muy cansada, hijos, tengo mucho trabajo. No sé si podré llevaros hoy...- aventuro, preparando el camino para la excusa mientras echo una mirada al interior del vehículo.

   Horror.

   Todo está impecable.

   Los sacos estirados en las camas, los pijamas doblados bajo las almohadas, el suelo barrido, la alfombrilla sacudida. La vajilla y la cazuela lavadas y vueltas a guardar en su lugar.

   La cara de Chus sonriente y plácida aparece por la ventana con los ojos brillantes por la emoción de la excursión.

   -¿Estás contenta, mamá, a que lo hemos hecho todo bien?. ¿Podemos llevarnos un bote y coger madroños?. A lo mejor encontramos castañas y bellotas en ese sitio que tú sabes. ¿Asaremos las castañas? ¿Nos llevaremos las cantimploras? ¿Subimos unos bocadillos? ¿Cogemos una bolsa para meter todo lo que encontremos?

   La avalancha de sus preguntas me hace sentir incómoda al notar que a medida que las sugerencias avanzan, se alejan mis pobres minutos de reposo.

    Quizás sean las chispillas que desprenden los ojos rasgados de Chus, su boca bien dibujada que está a punto -a fuerza de sonreir con expectación- de rozar el lóbulo rosado de sus orejas. La verdad es que una dosis de culpabilidad empieza a abrirse camino entre mi contrariedad.

     Él se queda ante mí, expectante con una respetuosa espera a que termine la ensoñación que me ha paralizado el cambio de calzado.

    -Mamá, por favor, date prisa, que tenemos muchas ganas. Vá, mami...

    Vuelvo al mundo.

    Mi hijo pequeño, con el dorso de la mano se retira de la frente un flequillo liso y rubio. La cáscara de una pepita de girasol le ha quedado pegada al moflete derecho y se diría el punto adecuado para cerrar el interrogante de sus ojos color miel. Sujeta contra el pecho un tarro de plástico transparente oprimiendo el mensaje de su camiseta, I survived La Salle.

    Lo miro y no puedo por menos que sonreirle.

    -Tanquilo, Alvaro, que enseguida estoy.
   
   Se ha vuelto a producir el milagro.

    La presencia de mis hijos, tan clara, tan limpia, ha conseguido de nuevo ponerme en marcha emergiendo un potencial de energía que ni sabía que existía en mí, transformando en positivo mi vida.

   Salgo y voy hasta el arcón trasero de la caravana.

   Antes de levantar la tapa aprovecho para quitar el verdín que siempre veo y que nunca me acuerdo de limpiar. Impacientes, mis hijos sacan los tres pares de botas montañeras y manejan con soltura sus dedos menudos haciendo circular los cabos de los cordones por los agujeros, hasta meter los pies y ajustar el calzado con un doble lazo.

   Me ofrecen las mías no sin antes advertirme, con la lección bien aprendida por mis recomendaciones:

   -Mira dentro, mami, no vaya haber algún bicho.

   Una de las dos ardillas que saltan por los pinos del Camping Ribamar se queda inmóvil a medio subir un tronco. Me mira fijamente. Sí, palabra que me mira. Con no sé que gracia de equilibrio, agarrándose con las patas traseras al muñon de una rama talada, el animal, muy tieso, se frota las manitas acercándoselas a la boca.

   En silencio pellizco suavemente a los niños indicándoles la escena. Los dos a la vez abren los labios apretando los dientes y suben los hombros tensando los músculos del cuello, para expresar el gozo de ver tan sólo a dos metros al simpático animal. El roedor, una vez se ha lamido todos los restos aprovechables, trepa hasta la copa más rápido que nuestras miradas, dejando a los chicos clavando en la maraña verde de piñas y agujas, cuatro discos fijos sin parpadeo.  La voz del pequeño no se hace esperar mientras sube a por el anorak:

   -¿Has visto, mami? ¡Qué pasada! ¿Has visto que tenía rayas? ¿Y las manitas? Y como me miraba, oye.

   -De eso nada, chaval. ¿Que te miraba a tí? Me miraba a mí -exclama Chus, apretándose el pulgar zurdo contra el pecho, todo alterado.

    -¿A tí? ¡Anda ya! -grita el pequeño- A tí que te va a mirar, me miraba a mí.

   Reponiendo el equilibrio después del capón de su hermano, el pequeño vuelve a encresparse:

   -¡A mí no me empujes, imbécil! ¡Mamá, mamá! ¿Lo has visto como me empujaba? ¡Te vas a acordar de mí!

   -¡Ah, el nene de su mamá! ¡Su mamá, su mamá, el nene de su mamá!

  Remedando la voz del pequeño para azuzar su enfado, Chus se tira al suelo imitando a un bebé pataleando, momento que aprovecha su hermano para tirarse encima y empezar la pelea que dura hasta que salgo de la caravana y los separo.

  -Hombre, muy bien. Yo dispuesta a dejar todo y acompañaros al bosque y vosotros revolcandoos por el suelo, hechos un asco. Me parece que voy a suspender la excursión.

    Palabra de Dios.

  Se obra un nuevo prodigio y ya tenemos a la pareja que hace un minuto estaba enzarzada en el suelo dispuesta a todo, hechos unas malvas que acaban agarrándose amigablemente por los hombros después de haberse arreglado el pelo y sacudido la ropa.

    -No, no, mami, por favor, ya estamos preparados, no pasa nada.

    Con una bolsa de plástico y un bote salimos los tres hacia el bosque.



                         Aún sin cielo azul ni sol radiente que lo haga brillar, el castillo templario de Alcalá de Xivert, envuelto por el bosque algodonado que lo acuna, es una presencia intuida, morada de cimas romas donde bajo cualquiera de sus árboles habitan duendes y hadas. Territorio reconquistado por Jaime I, es tan atractivo por su historia como por sus leyendas.

  Son las primeras horas de la tarde al pasar junto a la cruz del camino y una paleta de colores tamizados por la bruma convierten las montañas en una sierra opalina. Podrá sonar a embeleso pero hoy, el cielo cubierto de cirros ha sido cortado por un tajo de arriba abajo, dividido en gris y blanco como las dos partes de un pastel.

   El invierno ayuda a comprender mejor el alma de la Sierra de Irta con sus diferentes áreas estancadas. Por una parte su acercamiento a los puertos, el ir y venir de forasteros que han aportado a los naturales una filosofía tolerante de la vida. Por otra, el aroma de azahares pegado a unas gentes que viven amarradas a sus tierras y manantiales.

  Entre gritos de alegría los dos hermanos van enumerando cuantos tesoros encuentran en el camino de pinos y alcornoques.

   Todo es motivo de asombro.

   Bellotas, piñas, musgo, corcho.  Brotes de pino, romero y hasta el esquivo tomillo, se mezclan dentro de la bolsa, atrapados por unas pequeñas manos ansiosas de montar el pesebre más bello.


(**)


                                   Chus tira un canto contra una roca y tras el impacto se oyen unos -¡Oh, mira! con la sorpresa llenando el bosque de signos de admiración.

  Me acerco y descubro el motivo de su alborozo.

 En cuclillas para mostrármelo, el mayor lo muestra entre sus manos, romo, del tamaño de una nuez partida en dos mitades. Lo primero que veo son sus dedos, o mejor sus uñas, con un reborde negro festoneándolas.

 Estoy a punto de regañarle, a dejarme ir con reproches amargándole el instante, cuando siguiendo la dirección de su mirada reparo en su descubrimiento, una especie de amatista que atesora en su entraña una gruta en miniatura bañada por toda la gama de lilas.

 La luz se pasea por sus ondas dentadas cristalizadas en rombos y al movimiento de las manos regalan un calidoscopio natural que deja embobados a los niños.

    En su propio mundo admirando el mineral, el pequeño no repara en que es imposible que vea por el ojo derecho porque un mechón se lo tapa completamente. Arrodillándose se lo pasan de uno a otro hablando en voz baja, sin duda influidos por la magia de la conquista. Y yo los observo deslizándome hacia atrás en la niñez, preguntándome si alguna vez en mi vida existió un momento en el que se parara el tiempo y no existiera para mí nada más importante que una simple piedra.

   Supongo que sí, que algún descubrimiento también encontraría en la niña que fui, suficiente encanto para abstraerme de un momento presente, haciéndome resbalar por el túnel de la fantasía y que...

   -¡Mami, mami!

   Con la mitad de la roca agarrada cada uno, los dos ya levantados, me señalan una figura negra de unos cinco centímetros que los hipnotiza desde el suelo.

  Es un escarabajo goliath, ese insecto grandón con patas de bogavante a escala, puesto de pie con las sierras levantadas en posición bélica. Un ser que a pesar de su tamaño infinitamente menor que el hombre, no cede su territorio sin luchar.

   Mis hijos lo miran sorprendidos, un poco espantados por el bicho que no se acobarda y que poco a poco avanza hacia ellos haciéndolos retroceder.

    -¡Venga miedicas, no os asustéis! -les animó.

    -Mami, ¿Y si me coge la bota? -Álvaro agranda sus ojos con esa mirada de emoción que tan bien conozco.

    Tercia Chus:

  -Dejadme a mí. Ya veréis como le arreo una patada que se va a enterar.

 -¡De eso nada, preparaos, que ahora vais a ver quien manda aqui! -entro yo en acción.

   Cojo una varilla y la acerco al insecto que no se hace repetir el reto. Cierra las dos patas con fuerza sobre la madera quedando insertadas sus púas con un chasquido.

   -Ahora os vais a enterar, ¡es la guerra!

  Corro tras ellos persiguiéndolos por entre las veredas medio ocultas por zarzas. Sus bulliciosos -¡A mí, a mí!, entre risas nerviosas, suben de tono cuando yo me acerco amenazándolos con mi arma letal.

   El insecto no se suelta a pesar de que lo cimbreo a placer.

   En uno de los vaivenes lo apoyo sobre el pelo rizado de Chus, que cierra los ojos chillando, manoteando, al sentir en su cabeza el contacto del cuerpo y las patas dentadas botando al compás de la subida y bajada de la varilla.

   Me agarra del jersey metiéndome por la espalda una mano que sabe fría. Yo, antes de caer pegando aullidos aún más penetrantes que los suyos, tiro lejos el bicharraco y cojo a mis hijos por el cuello obligándolos a caer en una melé, luchando con ellos porque se resisten a ceder revolviéndose como fieras.



                      Al fin puedo someterlos, y agotada, los suelto quedándome tumbada boca arriba mirando un cielo que va transformando su agresividad en acogedor crepúsculo. Levanto los brazos y cruzo las manos tras la nuca para reposar la cabeza bajo un árbol cargado de tormentas y guiños de luz, nido de bocas abiertas esperando su alimento. Cuántas auroras y ponientes nos observan desde su copa protectora abierta al sol de las palabras, esas que van dejando una estela de amores. Son los ojos del paraíso.

   Van tranquilizándose las respiraciones de mis hijos, haciéndose más rítmicas. Nadie les dice lo que han de hacer. Tampoco hablan entre ellos, pero el siguiente movimiento que inician al apoyar sus cabezas entre mi hombro y mi pecho lo hacen al unísono, les sale a la vez de dentro.

  Momentos irrepetibles para creer en un Dios confundido con la corriente del arroyo, con la última torre del castillo que se resiste a pulverizarse. Con la voz del hortelano que tararea el estribillo de Paquito el chocolatero acercándose a la senda donde el trío observamos un techo pintado por Sorolla.

  El xivertense avanza y sobre la marcha, ralentizando el paso, cambia a la mano izquierda una rama con tres mandarinas para enviarnos un leve saludo con la derecha, rozando la visera de la gorra. Un gesto antiguo y cortés profundamente elegante.

  Ligeras entradas, rostro de bronce curtido, gafas de montura dorada. El ademán delata esa educación aprendida al calor del hogar que nunca otorgará el ligero barniz de un manual.

   -Bona tarda.

  - Bona tarda-, le respondemos

   Y sigue su camino con un leve balanceo de la bolsa colgada del hombro y de la rama del mandarino de nuevo en la mano derecha.

  Los tres nos quedamos en silencio mirando cómo se recorta el cielo silueteando el castillo. Hoy no subiremos a verlo, se inicia la hora malva del ocaso y sonrío pensando en que soy afortunada, porque eso nos dará ocasión de un nuevo paseo, de disfrutar otra aventura, otras rocas de cristal, otras fieras feroces. De compartir sus almas otra vez.

   Pienso que deberé hacerlo pronto. Los años pasan rápidos. Al tiempo libre la mayoría de las veces lo devoran los problemas del día a día, la necesidad de dinero transformada en trabajo. Todo ello nos absorbe ocasiones de placer puro que serán irrecuperables.

    Porque aún cuando la madurez nos haga volver al diálogo con nuestros hijos y todos hayamos comprendido dónde está la verdadera verdad, ellos habrán perdido la inocencia que entregan cuando hacen desaparecer su mano entre la nuestra.
      
 
                       Bajo los brazos apretando sus cuerpos tiernos contra mí y los beso. Ellos me cogen la cabeza y pegan sus mejillas a las mías. Aún son lo suficiente libres como para no preocuparles caer en lo cursi. Aún la sociedad no les influye para hacerles dudar de si serán menos hombres por besarme y decirme, -Te quiero mucho, mamá.  -Y yo tamién, mamá.

  Pasan instantes preciosos, en calma para pensar y con tiempo para soñar. Instantes para hacer un ingreso de emoción en el banco de memoria de mis hijos.

  El cielo ya lechoso y resplandeciente va perfilando una ladera tupida con fondo de farolas. Al difuminarse, la acuarela hace desparecer los márgenes, cambiando los ruidos. El crujir de las ramas, las hojas secas cayendo blandamente, avisan de que está empezando a lloviznar.

  Las primeras sombras con jirones de niebla caen sobre la Sierra de Irta.


Ana Mª Ferrin

(*) Castillo de Alcalá de Xivert. Fortaleza morisca en el X, Castillo Templario en el siglo XIII, paso a la Orden de Montesa en el XV. Fue rescatado del olvido en el XXI. https://www.flickr.com/photos/curbis/

(**) La Creu del Francés. "En este sitio fue muerto por los franceses Antonio Cherta en 17 de 
agosto del año 1810, en paz descanse"


24 comentarios:

  1. Estupendo relato. Bello, entrañable y tierno. No sé si existe el paraíso, pero esos momentos de felicidad con los hijos cuando eran pequeños, con sus travesuras y sus ocurrencias, y ese paisaje lleno de hojas y de colores y de insectos "temibles" vienen a ser lo más parecido al edén que encuentro.
    Me has traído a la memoria tiempos pasados con mis hijos, cuando lo que les sorprendía a los chicos -a los míos y a los de los demás-eran las lagartijas y las mariposas y no el último modelo de la play station.
    Un saludo, Ana Mª.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Hay pasajes de la vida que son universales. Lo que acabas de leer podrías haberlo escrito tú mismo o nuestros hijos cuando pasen por esa etapa. Son instantes irrepetibles que quedan ahí, hibernados, para echar mano de ellos cuando los necesitemos.
      Buena semana.

      Eliminar
  2. Un buen relato nos dejas hoy el cual lo podríamos aplicar muchas veces al cansancio de la madre y a la ilusión de los niños por lograr el sueño de una salida por el campo.
    Un feliz fin de semana.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. La inocencia de la infancia tiene un potencial enorme.
      Esa ilusión que entregan con el corazón en la mano te quita el sueño, los dolores y el cansancio. No hay mejor estimulante.

      Eliminar
  3. Respuestas
    1. Si, y la foto de Curbis es soberbia. Podría ser de Brigadoom.

      Eliminar
  4. Me pongo en su piel, a ver si se han olvidado de hacer todas las tareas...Es que hoy en día es muy dificil compajinar el trabajo fuera de casa con la unidad familiar, pero...(siempre hace más el que quiere que el que puede).

    Besos feliz domingo Ana Mª

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Desde luego, querer es poder es el lema de todos los padres, tengan la situación que tengan. Ahí es cuando te das cuenta y valoras lo que debieron esforzarse los tuyos.
      Un beso, Bertha.

      Eliminar
  5. Hola Ana: Me ha gustado mucho el relato. Yo cuando tengo tiempo, les llevo lejos de internet y del teléfono (sobretodo a JM que tiene 15 años ahora). Prefiero que se asombren con la naturaleza...

    Besos

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Yo era muy joven y no era consciente en su momento, pero hoy recuerdo su adolescencia como una edad maravillosa para los chicos. Todo es nuevo para ellos y la relación con el padre, esa relación entre hombres, se forja de una manera especial. Estás en una etapa única, Manuel.
      Felicidades y suerte.

      Eliminar
  6. He sentido una especial emocion al leer y releer su brillante relato cargado de sentimientos y cariño ,ha despertado mis recuerdos y me ha hecho volver a sentir muchos momentos de mi vida.Muchas gracias Ana Maria por este relato cargado de vida y belleza.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Hola, Jesús.
      Muchas gracias a usted por haberse detenido a leerlo. La auténtica aldea global no es la de los intereses ni la política, es la de los sentimientos. Ahí sí que todos nos igualamos.
      Espero que vuelva a éste rincón. Se le espera

      Eliminar
  7. Pues lo ha descrito usted con tanta belleza que me hago el firme propósito de conocer el lugar algún día. Después de leer un texto tan hermoso, difícil será que no me cause decepción lo que mis ojos encuentren allí. Dura competencia tendrá con su relato.

    Feliz tarde

    Bisous

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Seguro, conociendo su pluma, que si hace usted esa visita a las horas que cuento no se decepcionará. Hay para eso y más, querida Dame, el cielo de Castellón es un banquete.

      Eliminar
  8. Es entrañable su relato, y mágico el lugar. La Sierra de Irta, el mar a a un lado, Alcalá con su alto campanario, que parece querer competir en altura con la sierra, al otro, aún guarda secretos de tesoros escondidos por los templarios. Un lugar para recordar, sin duda.
    Un abrazo, Ana María.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Cómo se ve que conoce el lugar. Es de esos sitios que invitan a mover la losa formal que nos cuadricula, cerrando el paso a la imaginación.
      Una tarde de paseo por sus laderas con visita al castillo, sesión con el psicólogo que nos ahorramos.
      Otro para usted, DLT

      Eliminar
  9. Ana,

    Gostei imensamente de sua crônica sobre essa época de sua vida com os seus filhos. Vi-me preso ao seu relato do seu início ao fim. Muitas coisas vividas por você com as crianças se parecem com o que vivi com o meu casal de filhos, nessa faixa etária. Portanto, me senti envolvido nessa onda de lembranças com os filhos, quando eram pequenos, o que foi muito bom para mim. Parabéns.

    Sobre as duas imagens, do seu post:
    Castillo de Alcalá de Xivert. Fortaleza morisca en el X, Castillo Templario en el siglo XIII, paso a la Orden de Montesa en el XV. Fue rescatado del olvido en el XXI
    La Creu del Francés. "En este sitio fue muerto por los franceses Antonio Cherta en 17 de agosto del año 1810, en paz descanse"
    Somam, para quem o conhecimento é uma das fontes de prazer.

    Uma boa semana, Ana.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Cómo me gusta lo que me cuenta, Pedro. Compartir sensaciones es muy grato y si nos hace evocar días felices, mejor.
      Me ha recordado usted la carta póstuma que publicó el sefardita Moïse Rhamani a la muerte de su padre y que me permitió incluir en un capítulo de mi libro “Regreso a Gaudí’s Place”. Le envío el enlace a una entrada de mi blog donde aparece. Es un canto al amor padre e hijo y un aviso para quienes todavía están a tiempo de expresar ese amor que a veces tanto cuesta exteriorizar:
      http://amf2010blog.blogspot.com.es/2013/07/sefarditas-de-rodas-donde-la-miel-y-la.html

      Un saludo.

      Eliminar
  10. A los hijos obedientes se les debe premiar, o eso dicen los entendidos en estas materias. Ante la ilusión desbordante de sus ojillos luminosos y brillantes, ávidos de aventuras, es casi imposible imponerles una negativa si no queremos que la rebelión estalle en casa, bien en forma de gritos, bien en un silencio aplastante. Una pequeña excursión, por breve que sea, despierta sus ganas de leyenda, de vivir la historia. El relato que nos ofreces es una buena prueba de ello y, aunque inventado, podría ser perfectamente real.
    Un beso

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Criar un hijo es un mundo y cada familia utiliza su sistema. Hay quienes prefieren intelectualizar el tema a base de conductivismo, tipo Estivill, y quienes van más a lo sencillo, sólo a base de cariño y cuatro normas básicas. Allá cada uno en su casa.
      En esta ocasión el relato es real de pe a pa, aunque muy resumido.
      Besazos.

      Eliminar
  11. Llego tarde para confirmar las palabras de nuestro amigo común Cayetano. Ahora veo a mi primogénito obrar semejante allá por lejanas tierras teutónicas y me encanta. Siento que ya alcancé mi meta porque ya no resulto necesaria ...y me gusta. Ahora me dicen que descanse, jaajjj estoy aprendiendo.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. La vida sigue. ¿Qué tal olvidarse de la dedicación a los demás y aprender a preocuparse de una misma? Escucharse, quererse, mimarse. Un reto.

      Eliminar
  12. ¡Vaya si engancha tu relato! Créeme, he llegado encantada hasta el final, tienes un algo poético en la narración que atrae, me gustaron tus metáforas y, toda esa historia de madre con dos hijos, me recordó mis años de juventud.
    Debería haber disfrutado más de la inocencia de mis hijos, participar más en sus juegos, pero mi tiempo era limitado, los días se me hacían cortos para tener siempre a punto sus ropas y comidas, no es muy fácil ser madre de una familia numerosa.
    De todas formas, los cinco siguen formando una piña y no escatiman en demostrarme cariño.
    Con tu relato, también yo he ido de excursión a ese castillo templario de Alcalá de Xivert. Gracias por este inolvidable paseo.
    Cariños y buena semana.
    kasioles

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. No dudo de que les diste todo lo que tenías, más 20 años de tu vida. Y siempre las prioridades de comida, atención, deberes, todo eso va en el contrato, amiga. Y por cómo lo cuentas puedes estar satisfecha, lo hiciste bien.

      Eliminar