Foto cabecera

P1090215 - copia Con Hermès, la coreógrafa África Martínez en el Museo Europeo de Arte Contemporáneo de Barcelona. (A.Mª.F.)





VENDETTA DE GAUDÍ CONTRA VILALLONGA




                         La historia que me había contado una antigua conocida sobre el escritor José Luis de Vilallonga era jugosa, pero tan comprometida, que durante años la guardé en mi mente esperando poder confirmarla con el protagonista. Hasta que a finales de 1997, a través de su editorial contacté con su hijo Fabricio y desde su residencia madrileña en la calle Pintor Fortuny el escritor aceptó dejar vagar sus recuerdos por teléfono para que yo incluyera su historia en un libro de curiosidades sobre Antonio Gaudí (*), mientras –según me dijo- observaba un cuadro alusivo a la Sagrada Familia que tenía en su despacho, pintado por una amiga. Mago de la palabra al fin, el escritor introdujo la mano en la chistera de sus vivencias, tomó un pellizco y las hizo volar de la manera siguiente...

José Luis de Vilallonga junto a Audrey Hepburn en un fotograma de Desayuno con Diamantes
Descansillo de una torre de la Sagrada Familia. La alcoba que no fue tal.


CASTIGO DE GAUDÍ SIN PIEDRA NI PALO

Publicado en Gaudí y Más. 18 de Agosto de 2011
Publicado en Gaudí y Más. 12 de mayo de 2018 
                          
                       1940. Posguerra y escasez en España, todo un panorama. Pero aún en tan desolador paisaje hay urgencias que no admiten retrasos. Entre ellas, la pasión amorosa.

   Para el joven José Luis de Vilallonga que vuelve a Barcelona intentando dar un definitivo adiós a las armas, a pesar del frío invierno flota en el aire un olor a primavera, la sangre se pone en pie de guerra, de una guerra amasada a partes iguales de erotismo y curiosidad. Un sabor a caricias se funde en su paladar con el nombre de una mujer. Y el soldado cree que ya nada será digno de ser vivido si no consigue materializar el contacto de su piel con esa otra piel que marea sus sueños.

 Casi de puntillas, la calima atraviesa la ciudad coronándola de un cielo lechoso, al que traspasan los rayos de sol que consiguen colarse entre los perfiles de los montes Tibidabo y Montjuich. En lo alto de la Sagrada Familia suena un coro de aves. Vencejos y palomas vuelan formando bandadas, dibujando cada una de ellas anchas fajas pardas o claras que se entrecruzan por el espacio como disciplinados escuadrones aéreos.

  A la entrada del templo una brisa tenue arremolina el polvo empujando algunas hojas hacia el desierto interior. Entre las genialidades de Antonio Gaudí figura la de haber empezado la casa por el tejado. 

   Antes de construir la iglesia en si, se empeñó en dejar terminado el primer campanario de San Bernabé consciente de que lo legendario del edificio no iban a ser los vitrales, como en León, ni el rosetón de su portada, famoso en la basílica de Santa María del Mar de Barcelona. Mucho menos serían las pinturas de sus capillas interiores, eso ya sucedió en el Vaticano por obra de Miguel Angel. Gaudí intuía que la Sagrada Familia sería universal precisamente por esos campanarios/mazorca engarzados de fauna y flora.

Con Julie Christie en Darling
Con Jeanne Moreau en Les amants
                                     Por aquellos días se iniciaba la recuperación de todo lo perdido durante la Guerra Civil y de nuevo al sacro lugar empezaban a llegar los visitantes. José Luis de Vilallonga era uno de ellos. Cincuenta y ocho años después de su inicio, la fachada del Nacimiento seguía dando paso al vacío interior que junto a las cuatro torres terminadas era lo único que podía visitarse (1).

   Por segunda vez el futuro escritor y actor se disponía a pisar las escaleras del campanario, a pesar de no ser él, precisamente, un enamorado del deporte ni un entusiasta de la obra gaudiniana. La primera ocasión se había producido unos días atrás mientras mostraba los monumentos de la ciudad a unos amigos franceses, circunstancia que le hizo reparar en que esas escaleras solitarias cuyos 340 escalones situaban a los curiosos a cien metros del suelo, podrían muy bien acoger en sus recovecos la intimidad que buscaba para la situación amorosa que tanto deseaba ultimar.

   Porque, vamos a ver.

   En la Barcelona puritana de aquella década gris ¿A dónde podía llevar un joven, a una dama casada de la alta burguesía acostumbrada al lujo y la comodidad, para una relación privada? Sin piso propio ni un coche que los acogiera...                        

15 de los 340 escalones de un campanario en la
Sagrada Familia de Barcelona(A.Mª.F.)

                                 ¿A un hotel de calidad? Imposible, habrían tenido que presentar la documentación de los dos. Pero sin libro de familia... ¿Una casada y un soltero? Impensable.

  ¿A una fonda de las que se alquilaban por horas, un meublé? Vamos, eso, por el estatus de la mujer ni se le pasaba por la cabeza al interesado.

  Descartadas quedaban, por supuesto, las respectivas viviendas familiares. ¿Qué hacer, entonces?

  Como John Malkovich en Las Amistades Peligrosas, un joven José Luis de Vilallonga aún por descubrir profesionalmente pero ya con una guerra a sus espaldas, a los veinte años y muchas experiencias tatuadas en la carne, había insistido durante seis meses en su acoso a la mujer intentando convencerla. Pero el objeto de sus deseos se resistía a claudicar...hasta que claudicó. Hay que tener en cuenta que pocos argumentos existen en el mundo tan efectivos para la seducción como el sentido del humor y la imaginación, unidos a la constancia. Si a eso le añadimos una juventud intelectualmente brillante y físicamente crujiente, la rendición de la dama era comprensible.

   Se acercaba el momento. Los cómo, cuándo, porqué, aclarados. El ansiado se había pronunciado. Pero el caballero aún se debatía buscando solución a la más difícil pregunta existencial de aquella circunstancia, ¿dónde?, cuando hete aquí, que ejercitando las rodillas junto a sus amigos galos por aquella imposible escalera imaginada por Gaudí en un proyecto malévolo, a él se le había ocurrido una idea tan perversa como impía: hacer el amor en uno de los rellanos.

                           Llegó el gran día.

  La mujer dispuesta, gafas negras, un pañuelo en la cabeza, traje de chaqueta y el abrigo de pieles en manos del portero. Él, con la urgencia palpitando. El guarda alejado con una excusa para que durante un tiempo nadie rompiera el hechizo de aquel castillo encantado. El descansillo esperándoles al final de los eternos escalones subidos uno detrás de otro, aliándose todo para acoger el encuentro soñado.

  Demasiado bello para ser real.

 Adelantemos que cuando decidieron parar de subir ya estaban casi sin aliento. Que quizás debido a la ansiedad que lo consumía, los escalones eran más estrechos de lo que días antes le habían parecido al joven. Y que suavemente al principio, más y más violenta al cabo de poco, la brisa dio paso al viento y éste a unas ráfagas que acabaron en vendaval.


   El soldado retornado cayó entonces en la cuenta de que, entre la minuciosa investigación logística llevada a cabo, no había previsto ni las condiciones meteorológicas del día, ni el propio diseño perforado de las torres. Así, cuando la corriente de aire hizo su aparición, encontró a la pareja a media piel colgados del vacío a casi cien metros de altura, soportando los embates de un viento helado salido de sabe Dios dónde.
        
  La joven se desolló una rodilla y pilló media pulmonía, el enamorado un lumbago feroz. Y lo que comenzó siendo la ascensión al cielo entre oleadas de pasión -de mucha pasión, puntualizó él-, finalizó bajando del infierno a toda prisa, jurando cada uno para sí en arameo.

  José Luis de Vilallonga y la aquí anónima casada infiel no repitieron el encuentro. Volvieron a saludarse en algún acto social, pero el ardor que les había llevado al original affaire se enfrió al mismo ritmo que sus cuerpos. ¿Sería motivo suficiente el que a la vista uno del otro, un mecanismo reflejo les hiciera acariciarse la zona lumbar?...


   Al acabar de contarme la crónica de su aventura, le pregunté a José Luis de Vilallonga y Cabeza de Vaca, marqués de Castellbell i el Vilar i Castellmeià, barón de Segur, Maldá i Maldanell, Grande de España:

   - ¿Cree usted que Gaudí se vengó de su irreverencia?

   Adivinándose al escritor divertido con lo que acababa de recordar y contar, se oyó una ligera risa otro lado del teléfono antes de responder: 

  -No soy creyente, pero, ¿quién sabe? Mi acompañante estaba convencida de que aquello iba a ser una blasfemia, así que no descartemos una piccola vendetta de Gaudí.


Ana Mª Ferrin



(1) El capítulo completo, en el libro Regreso a Gaudí's Place, de Ana Mª Ferrin

    http://amf2010blog.blogspot.com.es/2011/08/la-vendetta-de-gaudi-con-jose-luis-de.html

26 comentarios:

  1. Sabiendo del personaje, es mu posible esta historia. Aunque tampoco discrepo si alguien me dice que es inventada.
    Besos.

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    1. Hola, Juan L.
      Ahí no entro. Ya sea ante la fe o un equipo de fútbol, creer o no creer lo que nos cuentan es sólo cuestión de actitud. Saludos.

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  2. Vaya historia!, siempre hay algún oscuro secreto.
    Un abrazo.

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    1. En el caso de este señor, después de leer sus Memorias y las de sus hijos y otros allegados, puedo creerlo todo.

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  3. Y quien sabe cuantas de estas historias anónimas habrán ocurrido en esas torres...

    Besos

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    1. Sabe Dios, Manuel. Estoy de acuerdo.
      Dame el motivo y la ocasión…

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  4. Comparto lo que dice Manuel. En un formidable recinto de religiosidad, son muy posibles y hasta imaginables "deslices" non sanctos. En todo caso, la descrita es una gran historia.

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    1. Igual que hay "el síndrome de Stendhal", quizá existe algo parecido que anime a encuentros íntimos en sitios sacros. Habrá que preguntarle al sabio amigo Manuel, nuestro querido Doc...

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  5. No me sorprende mucho la elección. A mucha gente le da por buscar lugares con significado religioso, vaya usted a saber por qué. Y teniendo la Sagrada Familia tan a mano, qué otro mejor?

    Feliz domingo

    Bisous

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    1. Lo bueno del caso es que parece que su elección ha creado escuela.
      Según me cuentan, claro.
      Petonets

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  6. Como dice el chiste, cuando un pecador acude a confesarse y le explica con todo lujo de detalles al cura que su chica y él lo han hecho en el rellano de la escalera más próximo al campanario: hijo mío, el pecado es muy gordo; pero el sitio es cojonudo.
    Un saludo, Ana.

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    1. No, si ya le decía a Dame que Vilallonga ha creado escuela. Si será verdad que hasta el confesor lo sabía.También porque se lo contaban en secreto de confesión, claro.
      Saludos.

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  7. Recuerdo haber leído esta anécdota en alguno de tus libros aunque hoy nos la cuentas aumentada y mejorada, sin duda. Qué cosas había que hacer en aquella España pacata y moralista. Y todo por no poderse alojar en un hostal por aquello de que a la pareja nada la unía ente los ojos de Dios...
    Un beso

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    1. Si te cuento que en los años 70 una pareja recién casada, de viaje a Santander, se pararon en un pueblo de costa para bañarse y para que no les cobraran dos casetas tuvieron que enseñar el Libro de Familia, ¿qué te parece? Besos.

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  8. Jajaja, que bien lo has contado, Ana. Lo prohibido tiene un halo de aventura que lo hace más atractivo, aunque en esta ocasión no les fue bien la cosa...
    Besos, guapa.

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    1. Sólo por la agitación que vivieron durante días y la pasión que debieron echarle al tema, casi ya vale la pena la aventura.
      A ti, reina.

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  9. El personaje creo que era un gran conquistador con muchas aventuras.
    Curiosa historia.
    Un beso.

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    1. Leer sus libros es como una guía telefónica kamasutrera, malvada y con humor. Además, como escribía tan bien, son muy amenos. Otro para ti, Amalia

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  10. De José Luis de Villalonga no me extraña casi nada, le acompañaba su fama de conquistador. Se dice el pecado pero en este caso no se sabe nada la pecadora, ¿quien sería?.

    Un abrazo de Espíritu sin Nombre.

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  11. Me ha gustado mucho. Es una anécdota muy simpática y a su vez interesante. Pobre pareja, que mala experiencia... Porque si no tuvieron más encuentros sería por eso :)

    Muchos besos.

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    1. Una experiencia así no se olvida. Tienes razón con lo de Pobre pareja.
      Petonets.

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  12. Encuentro una postura muy irreverente para un Grande de España, una actitud pecaminosa tanto por el adulterio como por la comisión del pecado en un recinto sagrado. Todo esto me abruma todavía más siendo el autor de la felonía un alférez de requetés, que incluso formó parte de un pelotón de fusilamiento durante la Cruzada de España para combatir el comunismo y ser ejemplo de los preceptos de la Iglesia, hecho por el cual se levantó contra la Segunda República. Parece que fusiló a esa gente, mató en el frente, por unos ideales que inmediatamente decidió transgredir. Bien veo por esta enseñanza que si no podemos erradicar el pecado del alma humana tal vez tengamos que erradicar a los Grandes de España.
    Muchas gracias por acercarnos de manera tan ilustrada y amena estas historias tan didácticas.
    Un saludo.

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    1. Hola, Pitt. Gracias por la visita.
      Centrándonos en el primer supuesto. Teniendo veinte años y la posibilidad de vivir un conocimiento bíblico secreto en el tiempo y lugar a que se refería el protagonista, veo muy humano que la última de sus preocupaciones fuese la de pararse a calibrar si eso podía ser, o no, pecado. Teniendo en cuenta que además, aún faltaban 70 años para que el lugar fuera sacralizado.
      Saludos para usted.

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  13. Olá, Ana.
    Um trabalho muito interessante este que editas. Gaudí também se faz presente nesta reportagem, e também a Sagrada Família. Como sabes, graças a ti estou um pouco familiarizado com o criador e com sua obra. Agora fiquei conhecendo um pouco o escritor José Luis de Vilallonga. Um trabalho de certo fôlego o teu, rico em informações com fotos dessas belas atrizes do cinema estadunidense, ainda hoje admiradas, Audrey Hepburn e m Julie Christie. Parabéns, Ana.
    Bom final de semana.
    Um abraço.
    Pedro

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    1. Nunca se sabe lo que nos depara el futuro.
      Quizá un día de estos, Tais y usted vengan por aquí y vean en directo la obra. Igual que nosotros nos demos una vuelta por ahí y veamos las preciosas iglesias de Niemeyer. Difícil, pero no imposible.
      Nunca hay que decir Nunca Jamás, Pedro.

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