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fashion-985556_960_720 Últimos días azules.





LA ESCAPADA (5/5)


                             
NOVELA BREVE
DE VERANO

Original de
Ana Mª Ferrin

RPI
                Continúa... 

...y otra vez más la mesa de poker seguía sin enfriarse, mostrando naipes y billetes...  




NOCHES DE VOYEUR Y AZUL


Publicado en Gaudí y Más. 23 de agosto de 2014
Publicado en Gaudí y Más. 4 de agosto de 2018


Continúa...

                         De madrugada un griterío acompañado de ladridos ensordecedores ha hecho salir de la tienda a Julián, aún en sueños, comprobando que el escándalo lo han producido los ocupantes de dos coches noruegos que tiran de dos caravanas y acaban de parar en medio del camino.

   En el interior del vehículo delantero, dos varones de diez-doce años se pelean  tratando de agarrar un globo rojo a medio hinchar que ha soltado uno de ellos. Va revoloteando por todos los ángulos del automóvil propulsado por su propio aire, lo que ha decidido al padre detener el vehículo sin más protocolos, sacar a los causantes de la travesura y emprenderla a golpes con ellos, entre los ladridos de un enorme perro gran danés y gritos de los niños, de la madre y de él mismo. Acompañados por los abuelos que han salido del segundo coche 

   Más sereno después del castigo y de verlos llorosos y asustados, el padre les frota la cabeza amorosamente y los besa, escuchándolos repetir entre hipos y promesas que a partir de ese momento se portarán bien y no volverán a pelearse, a lo que el padre añade muy serio su propio juramento espeluznante sobre lo que hará si se repite el episodio. Introducidos de nuevo en los vehículos reanudan la marcha en silencio, todos calientes a pesar de los 4º que soplan en el alto y de no haber conectado la calefacción. Julián sonríe ante la escena. Conducir 2700 kilómetros soportando a dos gamberros peleándose dentro de un coche pueden enloquecer a cualquier padre, por muy nórdico que sea.
                          


                            Casi las nueve de la mañana y ya el fresco día se presenta brillante, con una luz total que pinta de blanco una parte importante del cielo haciendo más notable la nitidez de las distancias.
   
  El motorista cruza los brazos palmeándose los costados, fijando la atención en el vuelo de un águila real, mítica emperatriz alada planeando su majestuosa estampa con vaivenes, llevada por las diferentes corrientes del aire que barre las cimas. Las puntas de sus alas son timones, dedos de plumas hundidos en los vientos escarbando en ellos con elegancia, mientras sus ojos criban los montes en busca del alimento que esperan sus crías.

 Los repechos que el día anterior vaciaron de savia a los ciclistas hoy son lustrosas pizarras azules, lavadas por la lluvia que ha transformado bastante sus suelos rellenándolos aquí y allá de cantos y tierra, y de vez en cuando abriendo surcos de agua al través, buscando la caída hacia las brañas que en su fondo asientan bosquecillos más y más tupidos a medida que se alejan de las cumbres. Espíritu y materia por todo lo alto.

    


                          Después de la etapa anterior con sorpresa final, aún seguían formándose corrillos de comentarios cuando Julián salió de su tienda. La gran fiesta del ciclismo ha concluido en el lugar. La organización, los anunciantes, han ido desfilando seguidos por los vendedores ambulantes y muchos aficionados, dejando a través de los envases de las papeleras un aire impregnado de varios olores que, empezando por los linimentos y lubricantes, componen entre todos un poema de brea y sal.

   El sol rabioso tras el agua arranca reflejos a una tela de araña convertida en malla perlada. El motorista queda quieto acodado en la baranda del mirador viendo como va desplegándose ante él un paisaje reluciente digno del National Geographic, con otra tanda de asistentes al Tour camino de otra meta atractiva. Aunque siempre queda en el lugar un núcleo de caravanistas que llevan bien estudiado el itinerario y descansan relajadamente hasta salir camino de la próxima etapa prometedora, con tiempo suficiente para lograr un buen emplazamiento desde el que presenciar los mejores momentos del recorrido.

  Bajaba el toldo de la tienda cerrando la cremallera con intención de iniciar el camino hacia el bar, cuando el chirrido de una hamaca plegándose llenó el espacio. Era su joven vecina de enfrente. Una vez plano el asiento la apoyó en un costado del vehículo, se quitó la chaqueta del chándal y antes de subir a la furgoneta le envió una de esas miradas con vocación de seducir, aunque se hagan a una distancia de diez metros y bajo la sombra de una lona.

  De nuevo en la ventana y de nuevo con los senos desnudos al completo, frente a él, la rubia empezó a lavarse en el fregadero con la vista perdida, pero dedicándole claramente la acción. Simple cuestión de pigmentación, Julián descubrió que pese a su cabello claro era morena, pero morena oscura, pues sus pezones eran casi negros. El cuadro era para enmarcarlo y ponerlo como ejemplo en las campañas contra la anorexia, pensó, mientras reanudaba el camino diciéndose que el marido debía estar ausente.
              
   Debido al aparcamiento de una caravana Roller de las grandes cerrando el punto del talud donde se iniciaba el camino, Julián tuvo que desviarse y bajar por el suave declive de la derecha donde se encontraba el arroyo cuya sonoridad llegaba hasta la tienda. Allí se detenía el agua, dando un rodeo a un montón de rocas cubiertas de líquenes susurrando ladera abajo, escondiéndose y volviéndose a mostrar casi por arte de magia, no sin antes rebosar la pileta natural donde una grieta dejaba escapar un chorro formando una fuente.

   Bebió con ganas. El riachuelo seguía su cauce natural entre aislados abetos, rodeando los pequeños llanos de abruptos bordes. En su misma orilla, un poco más abajo, en un claro ya cercano a la linde del bosque, el compañero de una de las últimas caravanas que quedaban buscaba a su perro, al que llamaba repetidamente para subirlo al vehículo y emprender la marcha. Pero el animal había olisqueado un rastro y no quería abandonarlo, con el espíritu del cazador ardiendo en su hocico.

   Julián se pasó las manos mojadas por la cara sintiéndola más fría por el efecto del aire, cansado a pesar de haber dormido sus buenas ocho horas. Quizá de nuevo, la llamada que había conseguido hacer la noche anterior antes de acostarse era otro remache para su inquietud, dejándolo preocupado por algo que no sabía bien qué era, pero que lo tenía en tensión, dándole vueltas a un mismo pensamiento. Todo va bien –se repetía a sí mismo-. La mujer bien, el hijo bien. Y yo, lo mismo.

   Pero una cosa es querer la escapada y otra muy distinta adivinar que no se te echa de menos, que nadie padece por tu falta. Que hasta se diría que tu marcha desencadena en tu pareja la pasión de ser por fin, ella misma, sin tu control. Eso es duro de asumir. Tenía que volver a llamar y aclarar qué pasaba



                          Una vez más franqueó la doble puerta que un día fue transparente y entró en el local. Y otra vez más la mesa de póker seguía sin enfriarse, mostrando naipes y billetes.  

  Llegando al mostrador se preguntó si seguiría en activo la conocida y turbia unidad de jugadores, sintió curiosidad y sus pasos se desviaron unos metros, justo los que iban desde la barra al cuarteto.

  El del anorak negro barajaba en ese momento, rápido, con tanta filigrana como si las cartas estuvieran unidas por un hilo. Las pasó al corte al compañero de pelo enmarañado y grandes bigotes rubios, que cogió la mitad de abajo y la colocó sobre la de arriba volviendo a unir la baraja. Con la elegancia de unos dedos que se movían como los de un pianista, el que daba volvió a su tarea y Julián hizo el intento de seguir los movimientos de aquel segundo barajar, pero desistió porque las cartas se movían tan deprisa que se confundían entre sí.

  Seguramente por una misma reacción tras un mismo pensamiento, los tres restantes levantaron a la vez las bebidas y echaron un trago. Tres pares de ojos miraban sin pestañear al nivel de las manos del repartidor, que sin ocupar ningún puesto de honor había hecho un trono de la silla descascarillada que ocupaba. Rompió el silencio para soltar con voz cortante:

                               -Ya vale de mariconadas. ¿Vamos a jugar en serio, o no? -ante el  asentimiento del trío, decidió-: Poker cerrado. Dos jotas para abrir, cincuenta para entrar. Después la apuesta será libre-, concluyó, iniciando la banca con un billete.

  El rubio fue el segundo en sacar el dinero, de un rollo sujeto con una fajita dorada. Los otros dos hicieron lo mismo, uno puso un billete liso, nuevo, como si lo hubiera estado guardando para la ocasión, y el otro colocó junto a sí en la mesa una billetera grande y negra, que al sacar cinco de diez dejó ver un interior preparado para pasar un largo día.

  El director del juego sólo mostraba sus espaldas a los mirones. Iba bien peinado, con un corte en su pelo negro con fijador. Una aureola de colonia cara junto a las manos largas y cuidadas hablaban de que el dinero que reposaba ante él no lo había ganado a golpe de azada.

   Empezó dando las cartas a los dos primeros y al llegar al rubio, éste lo paró con un gesto:

                                -Déjalas ahí, ya las cogeré yo.

   El repartidor pareció titubear un segundo, tras lo cual acerco la baraja más allá del centro de la mesa, ante el que se lo pedía. Detrás de él, alguien en ese momento rechinó una silla arrastrándola por el suelo para observar más cómodamente el juego, provocando un pequeño sobresalto en la espalda del jugador contrariado, que se volvió a fulminarlo con la mirada, paseándola también por la cara de Julián, con interés, parando sobre él la fracción suficiente como para que éste captara el mensaje que le enviaba oscilando el pulgar sobre la garganta.

   A saber:

  Bregado en bastantes batallas, el motero captó que en aquella mano el profesional había barajado con alguna trampa sofisticada que la decisión del rubio había desmontado, haciendo necesaria la ayuda del azar además de toda la concentración necesaria para, con alguna maniobra de última hora, cambiar el rumbo de la jugada.

   Comprendió que el fajo sujeto por la goma tenía el tiempo contado en su propiedad actual, sabe Dios si con la ayuda de los dos morenos que completaban la mesa o de cualquiera de los observadores, o quizá, ¿por qué no? de la pareja hostelera, tan pulcra. Desde luego él no hubiera puesto la mano en el fuego por ninguno de ellos.

   Se palpó la cintura, donde una navaja automática seguía guardándolo de todo mal. Su aparente serenidad podía confundir. Julián no era un primo, venía de un barrio erudito en ciertos temas y siempre había sabido defenderse, pero el cóctel a base de dinero y juego con mirada de no te metas en esto, compañero, acompañada del gesto gráfico -a degüello- le aconsejaron además de sus propios motivos, desviarse hacia el pasillo del teléfono donde Sara le contestó amorosa. En principio:

                      - ¿Sí? Hombre, cariño, me has pillado a punto de dejar el teléfono y salir para la piscina. ¿Qué? ¿Qué si me pasa, qué? ¿Rara? ¿De qué estoy yo rara? ¿Qué me va a pasar? Si lo estoy pasando en grande con los amigos. No. No, mira, no, escúchame tú. ¿Será posible? ¿No decías que tenías tantas ganas de irte solo con una moto a correr mundo y ver monumentos, de ir a los principales museos? Veinte años dándome la vara con que quieres hacer una escapada y ahora me reprochas, ¿el qué? Mira, chato, vamos a dejarlo. Tú disfruta y déjame a mí hacer lo mismo. Ya hablaremos cuando vuelvas…



                         Sacudió la cabeza. No había duda de que era imbécil. Qué forma de complicarse la vida en aquellos momentos. Si sería idiota.

 Porque había que serlo para estropear su gozo con especulaciones. La inactividad lo tenía empantanado. Se estaba acostumbrando a cuestionarlo todo en vez de coger las cosas con sencillez y apurarlas. ¿No estaba haciendo lo que siempre había querido? ¿No tenía la moto de sus sueños y dinero, y libertad? ¿No tenía salud y fuerza? Pues entonces, hombre, relájate, deja de querer controlar todo, disfruta el momento y no te compliques más la vida.

                         Iba a pedir un café para acompañar unas magdalenas envueltas en celofán, pero cambió de opinión. Vio un ramo de salchichones recién llegados envueltos por piezas en papel blanco que pendían de un clavo en la pared del fondo. Y pan de molde a salvo dentro de sus bolsas. Pidió un paquete de aquel pan, un salchichón entero y una botella de agua. También un café largo, largo, que remató el menú.

  Salió del bar con el ánimo reconfortado por la consumición. Encendiendo un cigarrillo se paró a contemplar el paisaje, reanudando el camino hacia la tienda, la moto y el viaje.  

  Pero antes, mira, ya sabía lo que haría. Un clavo saca a otro clavo. Si la vecina continuaba allí, iría a por ella.

  Entonces, como respuesta a su presunción, en el lugar virgen de ruidos ajenos, a la moto del vecino se la adivinó antes por el sonido del tubo de escape que por su presencia.

  Al oírla en la lejanía, Julián maldijo su propia lentitud en aceptar la invitación. Aunque hubo de reconsiderar su enojo y cambiarlo por una sonrisa, viendo a la rubia saliendo con un hombre de los árboles que había detrás de una caravana. Separándose de él, ella cruzó el camino vecinal hacia su furgoneta. En un acto reflejo la joven se detuvo y giró el rostro hacia Julián enviándole una sonrisa burlona.

   La envidió. 

   Al contrario que él, rompiéndose la cabeza con especulaciones, aquella mujer tenía la frente como una avellana. Se había formado en su interior una sola idea sobre lo que quería hacer con su vida y para quitársela hubieran tenido que romper la cáscara. Quería compañía y se había fijado en él, no porque lo encontrara especialmente atractivo, sino porque era quien tenía más a mano. Pero de no ser él, seguro que cualquier otro le habría venido bien. Sin ir más lejos, entre los aficionados que aparcaban y desaparcaban, o los mecánicos de la carrera con sus ires y venires a los que sólo una mirada pudo haberle bastado para conseguir el propósito que los árboles tras la caravana habían cobijado.

   También ella debió escuchar al marido, cada vez más cerca. Pero aún tuvo el descaro suficiente para retroceder hasta Julián, echarle un brazo al cuello y darle un beso. Rápido, pero de verdad, que a él le penetró hasta los dedos de los pies.

  Ya se oía la moto enfilando la última curva cuando ella, al separarse, lo despidió con un lametón en los labios. En segundos de tenerla tan cerca tuvo tiempo suficiente para observarla a placer. Era guapa, con ojos reidores y los labios pintados de rojo, menuda y manejable. Llevaba un chándal blanco que destacaba en el verde, con la cremallera abierta hasta la mitad y la cercanía le había permitido comprobar que no llevaba nada debajo.

   Sin decir palabra, ligera, atravesó hacia el otro lado del camino adelantando en paralelo al compañero, que seguía derecho por su cuneta camino de la tienda.



                              Julián vio iluminarse el interior de la furgoneta vecina poco antes de que la scooter llegara al lugar, al tiempo preciso para que ella sacara la cabeza por la ventana y lo saludase.

   El encuentro pudo oírse nítido, con la voz masculina diciendo:

 -Hola cariño, mira lo que te he traído, algo que te gusta mucho. Truchas para comer.

  El recibimiento que encontró el recién llegado fue lo suficiente atento como para esperanzarlo, pero no exageradamente fogoso. Un sistema ideal para mantenerlo en la necesidad constante de hacer méritos.

   -Sí, cielo, me gustan. Pero, ¡Ay, vida!, me gustan en el restaurante. El pescado es una lata cocinarlo, deja un olor en las manos que cuesta quitarlo-. Aunque dicha sin mucha importancia, con aire distraído, la sutileza fue captada de inmediato cumpliendo su propósito. Que ella remató con la marca de la casa, pasándole al marido un brazo por el cuello y dándole un beso y un lametón en la boca.

   -Por eso no te preocupes -dijo él-. ¿A ver esas manitas? ¿Cómo voy a consentir que se manchen estas manitas lindas? -Se las cogió, cubriéndolas de besos. -Tú prepara la mesa que tu nene limpiará las truchas y las freirá para su nena.

   Guardando discreción amparado por la tienda y divertido por lo que oía, Julián preparaba una crema de verduras instantánea dispuesto a tomársela recostado en el tronco de un árbol trasero, mirando hacia el norte, donde se ubicaba el hostal. Entre él y el edificio quedaba tan sólo la caravana de un chaval al que vio salir con toda la familia para montar un telescopio y prepararlo para la noche, enfocándolo en la dirección buscada.

   Canturreando feliz, el marido de la vecina cocinaba el pescado esmerándose, seguramente con la ilusión de recibir de premio su terrón de azúcar, lo que hizo que el observador, por asociación de ideas, buscase la ventana que a lo largo de las horas había resultado ser tan indiscreta. No le defraudó. Allí estaba ella de nuevo, desnuda. Pero ésta vez sin lavado previo se pasó directamente una toalla bajo los brazos y seguidamente pulverizó perfume sobre diferentes puntos de su piel.

   Vestida con una camiseta de tirantes y un pareo de flores rojas bajó los dos peldaños para acercarse al cocinero, haciéndole arrumacos, pegándose a su espalda, acariciándole el pecho con las manos por la camisa entreabierta. Mientras él seguía con su tarea doméstica, encantado de que aquellos dedos no se hubieran pringado con el pescado y en cambio juguetearan con él.

    En un determinado momento ella se apartó y desató la bolsa que aún estaba sujeta a la moto, rebuscando en su interior hasta encontrar un tubo blanco que resultó ser crema cutánea. Empezó a extenderla por manos y cuello, piernas y escote, hasta acabar levantándose la camiseta y esparciendo otro poco por pecho, vientre y estómago, mirando al vecino. Satisfecha, volvió a roscar el tapón guardándolo en la bolsa, de donde sacó una publicación, por el formato un semanario o un cómic y se tumbó en la hamaca.

   Así estuvo hasta que él preparó la mesa con dos velas encendidas. Cogiéndola por un brazo la levantó llevándola hasta la silla, que separó y acercó con un ceremonial exquisito.

  Desde los diez metros que separaban la tienda del motero, de la furgoneta, aureolando la escena el humo bailarín de la barbacoa, el comportamiento íntimo de aquella pareja descubría a Julián que los mecanismos de convivencia, aunque todos nos creamos divinos y especiales, en el fondo son siempre los mismos.

  Junto a quien se entrega hay siempre alguien que recibe. Aunque por su propia circunstancia actual, él había descubierto que bastaba un desequilibrio puntual entre los personajes representados por cada protagonista, para trastocar los papeles. Entonces, de repente, quien se pasaba la vida recibiendo descubría sin más que su presencia ya no era tan importante para el otro, pasando a ser él mismo quien necesita dar para que lo valoren.

   -¡Buenos días! -el vecino saluda sonriente a Julián enviándole un gesto amistoso con la mano.

   -Vaya fichaje que ha hecho el pobre hombre- se compadece el receptor-.  Lo manda a trabajar, a comprar, incluso a cocinar. Y a cambio, ella se dedica con ahínco a la Alianza de Civilizaciones. Como una rúbrica a sus pensamientos, la vio subir a la autocaravana, abrir la ventana, retirar los visillos y dedicar unos cuantos besos a su derecha, correspondidos por el holandés rotundo que acaba de estacionar su caravana LMC a unos pocos metros.

   El comportamiento de la mujer es tan obvio  y abierto que parece imposible que el marido esté ajeno a la situación. Y sin embargo, el hombre parece feliz, desprende optimismo y seguridad. Lo cual lleva a la moraleja de que quizá esté enterado, le compense y como decía Xavier Cugat, prefiera un bombón a compartir, que un callo para él solo. 

   ¡Dios! ¡Cómo es la vida! Quizá  no importa lo que te hagan, sino lo que tú estés dispuesto a tolerar. Y que cada pareja es un mundo. Y etc, etc. 

  -Pero, vamos a ver, Julián -se pregunta él mismo-. ¿Y a ti que te importa? ¿Qué haces aquí parado en plan voyeur en vez de continuar tu camino? Rumiando la situación, Julián pasó a retirar con un cepillo el agua de la tienda para acelerar el secado y emprender la marcha. Mientras le asaltaba la duda de si ésta aventura de una escapada, su ilusión fogosa de los veinte años, ya estaba caduca y era una experiencia añeja que no valía la pena intentar. 

                                                              

                        Empacado todo, se despidió de los pocos vecinos que quedaban. Pero su mente no se detenía. Su mujer lo obsesionaba, Michelle lo tentaba, la de la furgoneta y tantas otras llamaban su atención... 

   Basta.

   Caminó hasta la moto oprimiendo el llavero en su mano. Levantó la palanca de equilibrio, diciéndose: - Por una vez en la vida que me atrevo a hacer una locura, va y me hundo en este monte perdido, empozado, pasando los días sin llenarlos de contenido. Vida no hay más que una y no voy a desperdiciarla quedándome aquí, colgado, pensando en qué hará mi mujer. Ni la mía, ni todas las del mundo...

   Metió la llave en el contacto. Subió a su cabalgadura aposentando bien la espalda con la pendiente llena de promesas ante él. Más abajo, abriéndose tras la curva, la panorámica de las cordilleras infinitas y los valles cuarteados por la paleta verdegris provocaron en él un ansia de color.

    Besó la punta de sus dedos y golpeó suavemente con ellos el depósito de su Harley. Tú si que me entiendes…- concluyó. Si un símbolo se caracteriza por tener un lado real y otro poético, esta moto, la suya, lo era para él.

   Descendiendo la carretera pirenaica flanqueada a derecha e izquierda por vacas dominó, fue llegando a la llanura. Rodeó una finca de invernaderos con los plásticos levantados, mostrando sus cultivos de tulipanes semejantes a inmensos campos de maracas rojas y amarillas.

   Todas las imágenes se reflejaban en el asfalto caldeado como espejismos en un oasis, suspendidas en el fino lienzo de polvo provocado por un camión de arena que circulaba ante él. Despacio, constante, Julián avanzaba con el ánimo impregnado de sonidos y olores.

   Tres pilotos de negro a juego con sus Harley's se cruzaron con él haciéndole el doble saludo motero, estirando la pierna derecha o mostrando el signo de la Victoria con la mano izquierda, gestos que tuvieron la virtud de hacerle retomar el arrebato inicial de su viaje. No tenía que pensar más. Esta. Esta es la vida que quiere, simple, Como en la Naturaleza misma. 

   Esa vida romántica y suprema en la que reinen los valores del respeto mutuo, esa hermandad inviolable de la palabra dada, donde un apretón de manos sea sello de garantía. La esencia sencilla y sin adornos donde se grita la libertad que no precisa palabras. Todo un banquete de emociones con la cabeza caliente. Tenía que ponerse el casco. Sí, pero, ¿Quién se resistía a la presión del sol y el viento?



                                 Divisó la rotonda anterior a la frontera, donde el cruce de caminos le obligaría a parar. Las señales hacia España o hacia la Francia profunda, con el mundo a su alcance más allá.

    El runruneo acolchado de unos motores inconfundibles se acercaba. Las tres Harleys negras que lo habían saludado, personalizadas con el polvo de todos los caminos pegado a sus costados, llegaron hasta él parando sus máquinas en línea, saludándolo de nuevo. Quién sabe porqué habrían hecho un cambio de sentido

    Aprovechando la corta parada ante el semáforo, uno de ellos se quitó el casco frotándose la cabeza y Julián vio con sorpresa de quien se trataba. Los otros le imitaron, pero ya no le extrañó tanto que el segundo, al que reconoció, fuese el que estaba viendo. Sin embargo el tercero, sí le impactó. Era rubio y alto, fuerte, y aún con la edad y el cabello revuelto tenía el rostro inconfundible que durante tantos años marcó nuestra moneda. 



                            Saltó la luz verde y los tres motoristas volvieron a ponerse los cascos, dispuestos a la marcha. Julián los imitó mirando por el espejo retrovisor, observando cómo el presente iba convirtiéndose en pasado.

  De su cerebro surgían voces entreveradas, preguntándose: ¿Seguir la novela? ¿Volver al nido? ¿Un nuevo futuro junto a Michelle?

  -¿Quién dijo que no pueden rescatarse los veinte años? Según la ciencia –razonó-, tener unos genes determinados disculpa nuestros errores. Pero yo quiero heredar ser feliz. Aunque si me equivoco y resulto ser un gilipollas no pueda reclamar a nadie, elijo ser feliz.
        
    Dio gas, pisó el embrague y metió la primera.
   
    Y siguiendo su brújula interior, que en el futuro no recibiría más órdenes que las de su propia estrella, arrancó.

                            
Ana Mª Ferrin

14 comentarios:

  1. Genial tu relato Ana Mª, me ha sorprendido gratamente y espero seguir leyendo más relatos tuyos.Besicos

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  2. Al final, la Harley y la libertad pudieron más que otros reclamos.
    Al acabar la historia, todo se normaliza o soluciona. Me refiero también a las actualizaciones en el blog.
    Saludos.

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    1. Dándole vueltas al tema y tras varias pruebas, parece que se ha solucionado. Del motero aún no está muy clara cuál fue su decisión.
      Saludos

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  3. Yo también elegiría ser feliz...
    Me ha gustado.

    Besos

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  4. Bom dia, admiro a sua criatividade para criar historia que parecem serem reais, gostei de ler.
    Continuação de semana feliz,
    AG

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    1. Querido amigo. Todo lo que podemos imaginar es real, no lo dude.

      Con mis deseos de que acabe ese horrible incendio. Saludos

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  5. También creo que tratar de ser feliz es lo mejor.
    Excelente relato.
    Y muy grato leerte.
    Un beso.

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    1. Eres muy amable, Amalia. Espero que pases bien los calores.

      Un beso.

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  6. Atrapante...
    Nada mejor que seguir la brújula interior, que no es otra cosa que los dictados de nuestro corazón.
    Felicitaciones y besos.

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    1. Gracias, Adriana.
      Creo que tú sabes un poco de brújulas y equilibrios.

      Un abrazo.

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  7. ¡Qué de matices, Ana María!

    Desde la descripción tan contundente de aquellos hipos y promesas, infantiles, llegando luego a la "rubia-morena", pasando por la conquista en que una mujer se simplifica la vida porque "al galán" lo tenía más a mano y recordando la narración de súbito al gran Xavier Cugat,la dura y atrayente trama se sigue haciendo camino y pasión. Se merece con creces el título que a veces los canales de TV aquí en Chile ponen a sus anuncios de programas: IMPERDIBLE.

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    1. A Dios pongo por testigo que ahora mismo recortaré tu comentario y lo pegaré en la puerta del frigorífico, mi agenda digital. Para echarle una mirada esos días en que los biorritmos están por los suelos.
      Gracias, amigo.

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