Joan Maragall, el
gran amigo de Antonio Gaudí, escribió un relato en 1904 que ha quedado como la
descripción de una desconocida aventura amorosa del arquitecto, aunque en
ningún momento el autor lo cite por su nombre (*).
Titulado “Una
calaverada”, el texto del que sigue
un extracto forma parte de la recopilación de trabajos editados en las Obras
Completas del poeta y escritor. En él, Maragall nos
presenta un encuentro de amigos en la franja inicial del siglo XX.
Volvamos la vista atrás e imaginemos el escenario que Maragall nos describe. El despacho bienestante donde se produce la tertulia se ambienta, envuelto en el color sepia de los viejos grabados, con el fragor de las risas y las voces masculinas tomando una copa y encendiendo sus puros. Humo, olor dulce de café y licores… Se distinguen barbas, cuellos duros, botines... Chalecos y relojes de cadena soportan el peso de los pulgares que los caballeros introducen en sus bolsillos. En la dejadez de la cálida reunión es hora de confidencias, de verdades desveladas. Y Maragall empieza su relato:
Volvamos la vista atrás e imaginemos el escenario que Maragall nos describe. El despacho bienestante donde se produce la tertulia se ambienta, envuelto en el color sepia de los viejos grabados, con el fragor de las risas y las voces masculinas tomando una copa y encendiendo sus puros. Humo, olor dulce de café y licores… Se distinguen barbas, cuellos duros, botines... Chalecos y relojes de cadena soportan el peso de los pulgares que los caballeros introducen en sus bolsillos. En la dejadez de la cálida reunión es hora de confidencias, de verdades desveladas. Y Maragall empieza su relato:
![]() |
| Joan Maragall, poeta, escritor y periodista, autor del relato, supuestamente, sobre Gaudí |
"UNA CALAVERADA"
Publicado en Gaudí y Más. 18 de Octubre de 2012
...Todos eran artistas veteranos y conversaban
libremente. Cada uno contaba sus aventuras. Las del pintor tiraban bastante a
infantiles, las del músico ya eran más venenosas, las del poeta eran las que
más hacían reír a todos, a él mismo el primero. El arquitecto permanecía en
silencio, escuchando, medio riendo, con su barba rubiagrís descuidada, sus ojos
color violeta destacaban en el rostro pálido.
– ¿Ves? Tú no puedes contar ninguna historia
de este tipo, ¡Calaveradas a ti! –le dijo el pintor, sacudiéndolo con
brutal efusión por lo mucho que lo apreciaba y presentándolo a los demás, como
si no lo conociesen– Este hombre ha
vivido como un eremita, no sé ni como nos escucha.
–¿Cómo no voy a escucharos si yo también os
podría contar una?
– ¿Tú? –el pintor soltó una carcajada que
resonó por toda la casa. Y después, mirándolo con ojos enternecidos y húmedos,
como si observara a una criatura entre hombres hechos y derechos, lo desafió
dulcemente – ¿Tú? Veamos, cuéntanos.
Todos se
acercaron a escuchar. Él los observaba desde el sillón, sonriente, enredando los
dedos entre la barba, con los ojos violeta encantados en el pálido rostro. Y empezó:
–Pues, una vez... Era la primera vez que
viajaba solo; iba a ver catedrales. Todos sabían dónde iba. Mi padre me había
organizado el itinerario perfecto, minucioso, con horas y minutos y de cada
lugar yo debía enviar tanto mis impresiones como mi estado de salud, porque yo
estaba delicado y mi madre me cuidaba mucho. Pero lo que nadie sabía era que yo
estaba enamorado desde hacía tres años de una chica extranjera a la que había
tratado unos quince días en casa de unos amigos, cuando ella había ido a
visitarlos. Me había enamorado profundamente, estaba embriagado. Pero ella
estaba prometida en su país, llegó el día de su partida y yo no tuve valor ni
para ir a despedirla. A la hora en que ella partía yo estaba en casa, como
muerto. Después no supe nada más de ella, quizás debía haberse casado... Pero
no había podido olvidarla y aunque habian pasado tres años siempre la tenía
presente.
...Pues
bien, el itinerario de aquel primer viaje pasaba por su país, no precisamente
por su ciudad, pero a pocos quilómetros... y preparando la marcha me entró un
gran deseo de pasar por donde ella estaba, no me veía con corazón de ir a
verla. Pero siquiera pasar por donde ella vivía y llevarme el aroma de su aire,
de lo que era la visión familiar de sus ojos. Y ¿quién sabe?, quizás la vería
sin que ella me viese y así renovaría en mi espíritu la realidad de su imagen.
Con eso me bastaba, no necesitaba nada más.
...Así
pues, cuando llegué al punto de mi itinerario que se acercaba a su ciudad, me
bajé, envié unas líneas a casa como si ya hubiese llegado a mi destino y tomé
otro tren camino de ella . Al arrancar sentí una gran sensación de
independencia. Por allí nadie me conocía, era un misterioso paréntesis en mi
vida, una escapada al cielo de mis sueños. Yo ya no era el hijo de mis padres,
ni el hombre de carrera, ni el compañero de mis compañeros. No tenía ninguna
atadura ni conmigo mismo ni con los demás. Sentía una extraña ligereza de
espíritu.
...Cuando oí la máquina del tren entrando en agujas me aterroricé. Como
una visión de fiebre, por la ventanilla del vagón aparecía una población encaramándose,
coronada de altos tejados y campanarios. Por debajo pasaba un río...
...Las
piernas me temblaban cuando bajé del tren. Tanto tiempo soñándola y ahora...
¡estaba allí! No quería pensar, pero al cruzar la estación el corazón me dio un
salto porque vi una pareja con una criatura. Hacía viento y a ella se le
levantaba el velo hacia atrás. Ella tenía un aire que quizás... pero estaban
tan lejos...
...Tomé un coche para ir a la fonda... el traqueteo de las ruedas fue
restallando sobre la sinuosa cuesta, hasta llegar a una plaza triste... la
fonda era también café, con un toldo y mesas fuera. Enfrente había una iglesia
gótica, moderna y blanca...
Salió
el fondista, grueso, sucio, perezoso, con un gorro y una servilleta manchada
sobre el hombro, que me condujo lentamente por una escalera grasienta hasta una
habitación grande y oscura. Sobre el marco de la chimenea había un espejo
dorado con dos jarros de porcelana tristes, sin flores, una mesita de noche con
un tapete de ganchillo y un sillón grande y ajado...
...Cuando me quedé solo abrí la ventana... se veía una casa de buena
apariencia con un escudo de cónsul y el palo de una bandera... él podía ser su
padre, o su marido... Me pasé una mano por la frente...
...Salí a la calle y caminé al azar... estaba solo, no
había un alma... los árboles del paseo eran centenarios y estaban carcomidos...
todo enrojecía al sol que se ponía entre un velo de niebla... pasó una niña y
se parecía a ella... sonaban las voces de la gente que pasaba, y todas las
voces eran como la de ella... el paseo iba girando, subiendo por la muralla.
"Ahora –pensaba yo–, aparecerá ella con un niño, y se quedará tan
sorprendida. Y yo le diré...”
...Volví a la fonda. Un comedor triste, una comida
triste, con gente triste... Un juez cenaba ojeando un catálogo, dos o tres sombras
más callaban. Un viajante joven bromeaba con la camarera y la pellizcaba cada
vez que pasaba... Ella coqueteaba y reía, descarada; las sombras que cenaban
silenciosas reían sordamente...
...Al
acabar de cenar volví a salir, caminé a oscuras sobre un puente oyendo el ruído
del río, que no se distinguía... pasé por un parque solitario, húmedo y
triste... Sólo de vez en vez la blanca mancha de una luz eléctrica... pasaron
un grupo de hombres y mujeres bien vestidos, alegres, riendo... había una risa
como la de ella... Me escondí en la oscuridad para observarles, pasaron cerca
pero las caras no se veían...
...al
entrar en mi habitación fui a cerrar la ventana y escuché el sonido argentino,
finísimo, de un reloj dando las horas en la casa de enfrente, ¡Oh!, ella debía
estar allí!... Y me dormí dichoso, por estar tan cerca de ella...
...Al
día siguiente me levanté tarde, el tiempo era gris y fresco... salí, atravesé
la ciudad, entré en una iglesia y recé pensando en que ella habría rezado
allí... Volví al comedor, que estaba triste como la noche anterior... la hora
de la marcha se acercaba, empecé a sentirme tan lejos de ella como cuando
estaba en mi casa, quizá más... rompió a llover y el fondista abrió el paraguas
y marchó calmosamente con un parroquiano... Subí al coche cabizbajo... ¡me
entró una tristeza...!
...al
llegar a la estación subí al tren y no había nadie en el compartimento. Entre
dos chaparrones salió un rayo de sol y todo se volvió brillante. Al otro lado
de la vía, apareció un gran chalet destacando majestuoso entre el verdor.
–¿De quien es ese edificio? – le pregunté a
un mozo que andaba por allí.
–Es la nueva casa del señor... (el nombre del
padre de ella). Vive con la hija casada y el yerno.
Una llamarada me subió a la cara. Mis ojos se nublaron.
La máquina silbó y el tren arrancó lentamente. Extendí los brazos hacia la casa
que brillaba en medio de la verde humedad, ¡Misericordia! De pronto apareció en
el porche una figura vestida de blanco, de un blanco cegador bajo los rayos del
sol. El tren bajó bruscamente por un terraplén y yo me tiré sobre los asientos,
llorando como una criatura...
- Y bien... Aquí tenéis mi calaverada...
El arquitecto acabó
excitado su confesión; tenía la cara extrañamente rosada y los ojos brillantes,
parecía un joven de veinticinco años. Al pronunciar las últimas palabras se
levantó y salió de la sala apresuradamente, como avergonzado. Y un buen rato
después de haberse marchado, sus compañeros aún continuaban mirando fijamente
hacia la puerta como si en ella hubiese quedado impreso un resplandor...
Ana
Mª Ferrin
(*) Para los interesados en este episodio, como contrapunto y reflexión de las intenciones de Joan Maragall al publicar "Una Calaverada" resultará sugestiva la lectura del libro de Joan Triadú, "Atentament. Lectures crítiques", de Ed. Proa.
Una muestra de la importancia que se le ha dado a este episodio por parte de las más variadas personalidades, aparece en la entrevista al sacerdote Lluís Bonet Armengol, en mi libro Gaudí. La Huella del Genio.
http://amf2010blog.blogspot.com.es/2001/07/gaudi-la-huella-del-genio-sinopsis.html
(*) Para los interesados en este episodio, como contrapunto y reflexión de las intenciones de Joan Maragall al publicar "Una Calaverada" resultará sugestiva la lectura del libro de Joan Triadú, "Atentament. Lectures crítiques", de Ed. Proa.
Una muestra de la importancia que se le ha dado a este episodio por parte de las más variadas personalidades, aparece en la entrevista al sacerdote Lluís Bonet Armengol, en mi libro Gaudí. La Huella del Genio.
http://amf2010blog.blogspot.com.es/2001/07/gaudi-la-huella-del-genio-sinopsis.html


¿Crees realmente que Gaudí pudo contar ese relato a otros amigos, según nos cuenta Maragall? ¿Maragall, conociendo esa historia por verdadera, se atrevió a narrarla tal cual y publicarla aun conociendo la reserva de Gaudí en cuanto a su vida privada? ¿se sabe si Gaudí se vió reflejado en ella y si dijo algo al respecto? ¿Es una sola historia real sobre un lance amoroso de Gaudí o ha creado una historia de varios relatos suyos? ¿Es quizá enteramente inventado y el personaje puede no ser Gaudí?
ResponderEliminarMuchos interrogantes se abren al leer el relato. Quizá haya algo de verdad en él dada la estrecha relación entre ambos, pero habrá que saber separar lo real de lo inventado, ¿no?
Un saludo
Hola Carmen. A tu primer interrogante te respondo sin dudar que Si.
EliminarGaudí era en ese tiempo de 1904 un hombre de 52 años, no un anciano, y en un ambiente distendido entre hombres, todos amigos como relata Maragall, sí creo posible esa confidencia de Gaudí porque no sería la única. También le contó a otro amigo, y éste a su vez lo publicó en un libro, los lugares de la anatomía donde según él, las damas guardaban su parte más erótica. Y desde luego no era una opinión lírica, era sin duda la de un conocedor
Pero atención. Fuese o no el relato una referencia a Gaudí, si Maragall lo publicó estoy segura de que contó con su aprobación. No olvidemos que ambos fueron íntimos amigos hasta la muerte del poeta en 1911 y si tal como se desarrolla el relato no hubiera sido cierto que hablaba de Gaudí, no habría dibujado con tanto realismo un personaje calcado al arquitecto, identificándolo y atrayendo las miradas sobre él sin que lo supiera, conociendo su apego a la discreción. En esa época la burguesía e intelectualidad de Barcelona formaban un microcosmos donde todos se conocían.
También existe la probabilidad de que el dibujo del personaje fuese una cortina de humo para ocultar al verdadero protagonista del relato, el mismo autor. Hay estudiosos que así lo aventuran.
Por mi parte puedo asegurar que varias personalidades a las que entrevisté en los noventa, ya en edad avanzada y que por su familia sabían del Gaudí íntimo, estaban convencidas de que sí era Gaudí el protagonista aunque no existieran pruebas. Y así seguimos porque hasta ahora no se conocen referencias a que Gaudí, el mismo Maragall o algún coetáneo hicieran algún comentario al respecto.
Gracias por la visita.
Cualquier detalle que esté relacionado con Gaudí me parece un hallazgo que sirve para engrandecer su memoria.Tengo claro que solo son seguros los que vienen de profesionales como Maragall o como usted que seguro que antes de ppublicarlo lo ha cribado.Pero no me creo todo lo que aparece.En este caso si me lo creo.
ResponderEliminarHol Joanot. Como apunto en la respuesta anterior, no tenemos la certeza de que ese episodio sea lo que parece, pero sí lo veo verosímil y en esa idea podemos pararnos. De todos modos la imagen de un Gaudí vulnerable y deshecho en penas de amor es de lo más atractiva y desencorseta la imagen clásica del protagonista, lo que no está nada mal.
EliminarNo conocía este relato, qué bueno!! Un fuerte abrazo. Lola
ResponderEliminarTienes razón, es buenísimo, claro que Maragall es un grande y sabe pulsar la cuerda precisa para conmovernos. Bienvenida.
EliminarExcelente y maravilloso relato de este episodio tan creible, como que viene de Maragall, tan grandioso poeta, no expondria a escribir algo asi sin que fuese cierto. Mi agradecimiento por compartirlo. Me fascino!
ResponderEliminarEstoy contigo. es de esos escritos que se quedan en la memoria.
ResponderEliminar