Desde su terraza frente a la plaza Gaudí, la observadora descubre
comportamientos curiosos.
En la esquina de la calle Provenza, ya entrando en la calle Marina, contempla al jubilado
de un cuarto piso que -sin saberlo- desvela sus manipulaciones a la vecina que
lo observa conocedora de sus intenciones. El hombre acerca la mesa del comedor
arrastrándola hasta la ventana y abre los cristales, después continúa
desmigando pan sobre el alféizar, operación que prolongará en un reguero
zigzagueante hasta cruzar la mesa para finalizar salpicando los asientos de dos
sillas, ya en medio del comedor bajo la lámpara de la que cuelga una sábana.
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| La señora Matilde alimentando cada tarde a las palomas de la plaza Gaudí. 2003 (A.Mª.F.) |
PALOMAS. AMOR Y ODIO
Publicado en Gaudí y Más. 4 de Agosto de 2013
El mecanismo
que sigue el trampero urbano es siempre el mismo. Acodado en la ventana comienza a
gritar un ¡Titas, Titas!. Por lógica instintiva las palomas no
deberían acercarse, escarmentadas de lo sucedido durante años. Pero al parecer,
ciertos ejemplares del reino animal no tienen bien ajustado dicho mecanismo, por eso un día sí y otro también, el vecino consigue un pichón o dos para
su almuerzo. Y eso que el hombre es lo bastante siniestro como para espantar a
los pájaros, incluso a los disecados.
Hoy, desde la limpia campana azul del cielo aparecen planeando ante el cebo una bandada de unas veinte palomas blancas y grises. La mitad de ellas
aterrizan en el breve espacio del canto de un ladrillo, ante la ventana
abierta. Haciendo equilibrios para ingerir la mayor cantidad posible de
alimento, empujándose unas a otras, cayendo algunas al vacío por unos instantes
aunque rápidamente retomen con sus alas el control aéreo sin llegar siquiera a
situaciones de riesgo, las palomas comen con voracidad.
Del grupo atrevido se destacan tres o cuatro aves que, con grandes
precauciones, de un pequeño salto y sin controlar sus ansias de peligro
penetran en el oscuro comedor siguiendo con sus picos oscilantes, atrás
delante, delante atrás, el sendero blanquecino del pan. Una vez dentro, cae la tela desde la lámpara a las sillas cubriendo a los pájaros de huida más lenta.
La ventana se cierra, dejando fuera a los escapados que abandonan con gritos que
enmudecen al viento y de ese modo, en una selección natural, el cazador furtivo elimina a los individuos más débiles, pesados o torpes, a la vez que colabora a
redondear su escasa jubilación.
La autora piensa que hay que tener hambre de veras para comerse una de esas palomas. De vez en cuando se ha cruzado o ha visto desde su terraza a los empleados minicipales capturando con el disparador automático de redes una media de treinta ejemplares cada vez, repartiéndolos en varias jaulas que transportan en la camioneta.
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| Diversas imágenes de palomas urbanas en Barcelona |
Barcelona siempre ha sido territorio de palomas. Excepto durante la guerra y la posguerra, cuando desaparecieron de todos los tejados y parques, y del zoológico sólo las hienas se salvaron de ser comidas. A la vez, en la ciudad proliferan personas de todo tipo y clase social que se sienten en deuda -y los alimentan-, con estos animales independientes que sobreviven entre el tráfico, los tramperos, los venenos, la contaminación y los empleados de la Brigada Antipalomas del Ayuntamiento.
La observadora siempre
había creído la versión oficial de que el destino siguiente de estos pájaros eran las
dependencias sanitarias, desde las que seguirían camino hacia el matadero y la
incineración. Pues según le habían asegurado, por su vida callejera muchas palomas arrastran enfermedades de todo tipo. Aunque esos rumores, para el vecino
que despluma los pájaros en el fregadero, los escalda con agua hirviendo para
guisarlos con el laurel, la cebolla y el vinagre que esparcen su aroma por las
cercanías, esos rumores no son argumentos válidos que le hagan despreciar un
buen escabeche de pichón.
| Las palomas encuentran a quienes buscan su compañía y las alimentan |
Pero la observadora es incrédula por naturaleza y le gusta prestar
atención a otras versiones. Siempre es posible encontrar a gentes con
información diferente.
Por ejemplo la señora Matilde, que desde hace veinte años alimenta
generosamente a las palomas de la Sagrada Familia, con pan mojado y grano que
esparce sobre el cuidado parterre que bordea la calle Provenza junto a la plaza Gaudí. Según ésta dama que ha convertido sus tardes con las palomas en
una cita sagrada, el interés por la captura de las aves no está dirigido a los
pobres seres enfermos que van arrastrando por el asfalto sus patas mutiladas,
como afirman los empleados del Ayuntamiento. A la señora Matilde el apelativo de ratas del aire con que a menudo se nombra a las palomas le hacen saltar las lágrimas. Y escuchar el argumento de que provocan alergias y problemas de piel a los niños, lo achaca a propaganda de las autoridades, pues considera que son ellas las que deberían velar por la salud de las aves.
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| En Sevilla, Alicante, Murcia y Huelva, brigadas anti-palomas. |
La señora Matilde es encantadora y pulcra, educada, nada que ver con ciertos personajes marginales que viven en la plaza la mayor parte del día. Ella está convencida de que la captura se reserva precisamente para las más fuertes, las sanas, las que pueden volar más alto, las rápidas, porque según cree, el lugar al que van a parar no es el servicio veterinario municipal, sino a cierto club privado donde se practica el tiro a pichón. Para ella observar todo ese proceso que considera una caza innoble constituye un sufrimiento, una tragedia interna, pues tiene en los pájaros sus almas gemelas a los que conoce, diferenciándolos. No son grupos, ni especies, son individuos con características propias a los que distingue de uno en uno.
–¿Se acuerda de las dos blancas?
Sí, aquellas tan grandes y brillantes con el collar moteado de rojizo, las que
le enseñé ayer –denuncia. Añadiendo con palabras entrecortadas por la
emoción-. Se las han llevado
esta mañana....
Ana Mª Ferrin
(*) Ignoro si será cierta, porque ya he leído varios perfiles del señor Pere, El hombre de las Palomas, y son todos diferentes. Pero me enviaron una biografía de este señor, tan atractiva, que pronto la colocaré en un post.
(*) Ignoro si será cierta, porque ya he leído varios perfiles del señor Pere, El hombre de las Palomas, y son todos diferentes. Pero me enviaron una biografía de este señor, tan atractiva, que pronto la colocaré en un post.














Por aquí se las llama "ratas con alas" y son responsables del palomino que inunda el interior de los campanarios de las iglesias, la cochambre de las calles y el movimiento de las tejas y, por consiguiente, de las goteras. Pero, ¿no seremos nosotros, los humanos, más peligrosos que las palomas? La respuesta afirmativa creo que está clara. Y, hablando de plagas pajarunas urbanas, habría que añadir esas aves verdes exóticas que se dejan ver en Madrid o Barcelona completamente fuera de su ámbito original. Sin ir más lejos, la primera vez que me percaté de su presencia fue en el Parque Güell.
ResponderEliminarUn abrazo
P.D. Un achuchón para Rocky que espero se encuentre gordito, cual peluche mimosón
Aunque es posible que haya en más sitios, lo de los loros y cotorras en Barcelona es un auténtico homenaje a Gaudí. No es broma.
ResponderEliminar¿Qué te parece si te digo que has localizado uno de los tres hábitats cotorreros que tengo reseñados en Barcelona y que los tres están en lugares gaudinianos?
Seguirá un correo. Besos