RELATO
Original de
Ana Mª Ferrin
Ana Mª Ferrin
RPI
SERÍAN las dos de la mañana cuando aterrizamos en aquel cabaret de Hamburgo donde en circunstancias normales jamás se nos habría ocurrido entrar.
Ya su
fachada de palmeras de neón en una carretera secundaria hacia un feo pueblo
industrial con los alrededores atestados de prostitución, no era precisamente
el lugar que unos tranquilos padres de familia de viaje por el extranjero
buscarían para ir a tomar una copa.
Pero esa madrugada después de despedir 1994, los compañeros del Touristcamping teníamos el suficiente
mosto en el cuerpo, de esa calidad que lo mismo sirve para beber que para
desatascar cañerías, la cantidad justa que ni falta ni sobra para estar como un
reloj. Así, entramos en el club Mein
Geliebter Piraten donde un cartel rezaba Die spanische Nach o sea, La
noche Española. La reacción del
grupo fue unánime:
-A ésto se le llama tener suerte…
...Y allí, entre
aquella raza de público portuario poco dudoso, que en ocasiones abre espacio
para acomodar a los despistados que se atreven a entrar o a los amantes de
compañías peligrosas que buscan una noche excitante, sin saber en que grupo
incluirnos, entramos.
Atmósfera, la de los mejores tiempos golfos.
Densa, para trocearla.
La
pista, polivalente. Baile y espectáculo. De muestrario.
Mucho
terciopelo rojo y dorados, multitud de flores, neón y palmerales de plástico. Un aire
entre jungla y cementerio enmarcado por cortinajes y espejos, que si al
decorador debió sugerirle algo tropical, a un latino le recordaba un
coche de bomberos caribeño.
Una esquina ofrecía su ondulante barra donde
el catálogo de mujeres se encaramaba doblemente a los taburetes desde sus altos
tacones. Mujeres y también hombres ofrecían su conversación junto a caricias
apenas entrevistas en la oscuridad, sólo rota por los finos caños de
polvorienta luz dirigidos hacia las mesas desde los focos del techo.
Paseándose
por el local, filtrando con su
mirada las actitudes de los clientes, un elemento inquietante.
-Ése debe ser el jefe. Y turco-, aventuró un compañero, el enterado.
-¿Cómo
lo sabes?
-Fíjate
en sus ojos y en su cuerpo.
No le
faltaba razón al listo. Los ojos de serpiente de aquel individuo dejaban ver
sus pupilas brillantes e inmóviles, destacando aún en la poca luz. La camiseta
y el pantalón blancos, nacarados por las luces negras, mostraban bien claro
que a pesar de que las canas hebraban sus largos cabellos, no restaban
fuerza a los músculos culturistas que deformaban el buen corte de la chaqueta
negra de lino.
¡Fuera luces! ¡Dentro focos!
Y empezaron las
actuaciones.
El
presentador informaba de que el primer intérprete sería Yabuka Oé, “el Zuquiqui”, cantante y guitarrista flamenco para sorpresa nuestra.
Japonés, claro. Un metro cincuenta de estatura vestido de rojo con camisa
blanca de chorreras. Gesto solemne, dientes lobunos. Look a lo Bambino.
Sin
hablar una palabra de castellano, Yabuka
Oé, “El Zuquiqui”, se había aprendido, o mejor, clonado, un disco entero de
Serranito. Entero hasta en los
jaleos.
Así, él
cierra los ojos y retuerce el gesto. Al tiempo, con su larga uña meñique
rasguea la última cuerda de su guitarra desgranando cantes mientras agita su
melena camarona.
«Tú roneas porque vales,
siendo la piedra más chica
de la acera de mi calle.
¡Ahahahahyyy!»
Sentado,
zapateando de derecha a izquierda, copia con sus botas la técnica de los
maestros intentando transmitir pasión y es de admirar por ello. Pero nadie le
informó allí en su Osaka natal, de
que el duende es intransferible, porque a la técnica sin pasión le falta alma,
es una cáscara hueca.
Del
mismo modo que él tampoco entendió que jalear al artista lo hace un
acompañante, no el mismo protagonista.
Pero
como no se enteró ni hubo quien se lo explicara, con seria dignidad se iba arrancando a lo largo
de la actuación con requiebros a sí mismo:
¡Date er gustito Pepeluí!
¡Tribili tran tran trero,
¡Agua de mayo!
¡Flor de romero!
¡Arsa y toma!
¡Ole mi gente!
Así, Yabuka Oé paraba y hacía palillos perfectos de igual sonido que podría hacerlos uno de Sanlúcar de
Barrameda. Con la diferencia de ser un copista, no un artista.
Frío,
frío, el público le premia con cuatro aplausos y vuelve a colocar las manos
donde las tenía al principio, por lo general en lugares más acogedores. Algo
así como después de saborear una comida china, que llena tu estómago mientras
estás en ello, pero que rápidamente te dejará con el cuerpo -y el corazón- vacío.
Una
música sugerente sirve de fondo para que el presentador anuncie que van a
producirse ¡Seis Estriptis! ¡Seis!
El
primero lo describe con un juego de palabras dedicado a los visitantes, nosotros, afortunadamente para mi, en
francés. Nos informa de que el primer cuadro erótico que vamos a presenciar
desmiente el dicho de que la cara es el
espejo del arma.
No, no
me he equivocado. He escrito a-r-m-a.
Porque un arma de calibre Mágnum ha
presentado ante nuestros ojos el esquelético pelirrojo vestido de noble
renacentista, un tipo que a medida que iba despojándose de sus ropajes se iba quedando
en nada, a excepción de esa parte de su anatomía que por sí sola, de haberle
puesto una bombilla y una pantalla hubiera podido iluminar el local entero. Lo
que son las cosas. Vestido, daban ganas de invitarlo a un potaje y sin embargo
resultó que estaba magníficamente alimentado.
Le sigue
una rubia con la constitución que se espera de quien va vestida con pieles vikingas. Al ritmo de unos
cuernos de caza se mueve pesadamente, sin concederle a la cosa más interés que
si se encontrara rellenando un formulario
de Hacienda.
Casi se
agradece el final del baile, sin sospechar que los tres siguientes con
variaciones indias, sado, y una medieval
adormilante, van a dejarnos con fatiga muscular por el aburrimiento feroz.
Ya para
entonces cada mochuelo ha vuelto a su olivo y está atento a su lombriz. De
veras, sacar
adelante un strip con ingenio que despierte el interés es un arte dificilísimo.
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| ...mirando el blanco escote de la morena italiana... |
Acabada la serie, con una bata por encima la joven que acababa
de cocernos con su número medieval se nos acerca:
-¿Sois españoles? -nos pregunta en castellano- Yo soy de Catanzaro, de Calabria. No, no
estoy aquí por el arte ni por el dinero. Por vicio puede que sí.
Se ríe
con ganas echando la cabeza hacia atrás. Mientras sacude el negro cabello
ondulado y dos hoyuelos enmarcan su boca, continúa:
-Gracias, gracias, mi español no es malo,
no. Estuve dos años estudiando en Salamanca. ¿Qué pasó? Pues que al acabar 4º
de filosofía en Berlin, me di cuenta de que estaba hasta el c... de los filósofos
y decidí darme un año sabático. Por el momento estoy aquí, el año que viene
Dios dirá. Soy Bianca Pamperla -se presentó ofreciendo una mano blanda y blanca.
Juan, uno de nuestros compañeros con un
colocón impresionante, se queda mirando fijamente el blanco escote de la morena italiana, espectacular, y le
pregunta con lengua de trapo:
- ¿Qué
tú has estudiado filosofía? No me digas. A ver, dime en que se diferencia
Heráclito de la escuela de Mileto. O mejor. ¿Cómo llega Gorgias a la negación
del ser?
Como si le
hubieran hecho la pregunta más sencilla del mundo, ante la sorpresa del grupo
juerguista que no tiene la más mínima noción del tema, la cabaretera calabresa acoda el
brazo derecho en la mesa después de apartar un par de vasos grasientos por
antiguas huellas de dedos y carmín, enciende un cigarrillo, le pregunta el nombre a su interlocutor y suelta, mirando al grupo:
- Gorgias sostiene que cuando hablamos del
no-ser aunque sea como concepto, lo pensamos existente; pero si al no-ser lo
consideramos existente, podemos decir que tanto el ser como el no-ser, son, lo
cual es una contradicción –frunce los labios y suelta unas volutas, toma aire y continúa-. Por otra parte, si admitimos que el ser es, o sería eterno o
engendrado. Entonces. Si decimos que es eterno no habría cabida
para él en ningún lugar, pues si es eterno es infinito y, ¿cómo lo infinito
puede situarse en lo finito? Y si admitimos que es engendrado, procede del
no-ser y entonces el no-ser es el fundamento de lo que es. Ambas posturas encierran en sí una
contradicción y una conclusión: Si el ser y el no-ser son, nada existe. Y
ahora, dime, Juan: ¿Tú que opinas?
La plancha ha sido gloriosa. Juan se la queda mirando sin parpadear
y se levanta tambaleante:
-Opino que me voy a cagar.
El punto fuerte del cabaret es el presentador de boca pulposa que sirve de argamasa a las piezas del puzzle para ensamblar un todo. Lástima del idioma alemán. Lástima para mí, claro, que no lo descifro. El local está resultando una de esas burbujas que el viajero encuentra cuando intenta arrancarle su corteza a la ciudad, descubrir sus secretos. La mezcla atrayente de puterío, gays, ojos con brillo químico y arte, flota en un líquido común mezcla de soledad y curiosidad.
Se
apagan de nuevo los reflectores y en el claroscuro del escenario, sin presentaciones asoma un
instrumento de cuerda, un bajo, que al paso empieza a desgranar las notas pinceladas de
un blues.
Lo pulsa un individuo veinteañero con jersey
de color indeterminado y pantalón a juego. Su gesto no creo que hubiera variado
mucho de haber entrado en el local la reina
de Inglaterra con todo su séquito. Toca desde dentro y desde ese plano
interior da el contrapunto moviendo lentamente su cabeza ondulada bien peinada.
Las gafas en su rostro hipster acaban de darle el toque intimista.
Los clientes distraídos que han girado la
vista ya la han dejado fija al ver que otro componente del conjunto, un
pianista vestido de gris marengo con larga coleta rizada ataca con furia las
teclas y para en seco levantándose y quitándose la chaqueta que coarta sus
movimientos. Son sólo dos músicos, pero allí hay mucho dentro, aquello promete.
Aparece la
cabeza de cabellos volátiles del tercer miembro, un guitarra larguirucho,
flaco, chaqueta de mezcla que ha conocido tiempos mejores, con un faldón
arremangado por el cuerpo de la guitarra. Los dedos de ambas manos juegan con
cuerdas y trastes arrancando sonidos puros y rápidos. Vamos bien.
El
batería que cierra el cuarteto entra como un vendaval. Antes de sentarse, su
humanidad ya ha aporreado un par de tambores y ha hecho saltar los palillos. Su
cabeza de rizos salvajes que no saben de gomina se agita al compás de piano y
guitarras con una risa que lucha por destacar entre la barba. Lleva una camisa de rayas que se parece sospechosamente a un pijama y con ese detalle, la duda de
si es verdad que los músicos siempre están preparados para cualquier emergencia adquiere un toque de certeza.
Una vez
conjuntados se van produciendo duelos. Entre el bajo y el piano. La batería con
la guitarra. Y por fin, el pianista con el guitarra. Éste, con sonrisa monalisera
se le acerca apuntándole con el traste, acelerando el ritmo. El piano le
contesta clavando más y más los dedos, recorriendo el teclado haciendo aparecer
por el escenario, fraseándolo, el espíritu de Gerswing encarnándose en la diablura de unas cuerdas que aman el jazz.
Se monta un
desafío de ésos que salen directamente de las tripas y que habría que premiarlo
cobrándoles a los músicos más que pagándoles, por el disfrute evidente de los
cuatro artistas. El batería cierra con un potente solo que hubiera dado tiempo
a leerse El País con sus dos suplementos dominicales incluidos.
Ya para
entonces el público balancea rítmicamente la cabeza en un mismo compás, sus
pies puntean el suelo y los dedos pulgar y corazón consiguen el color.
El buen
feeling reina en el local y se diría que todos, hasta las chicas de la barra,
han cambiado de talante. Una buena dosis de música, cuando es auténtica,
debería ofrecerse con receta médica.
El
presentador, ahora sí, despide:
A la batería: SANTI
ARISA
Al piano: JOSEP MAS “KITFLUS”
Al bajo: RAFAEL ESCOTÉ
A la guitarra: MAX
SUNYER.
Ladies and gentlemans:
¡PEGASUS!
Nadie de
los que aquella noche sentimos su música olvidaremos el olor mediterráneo de
múltiples raíces, música de frontera en tierra de nadie.
Los
intérpretes desaparecen, y vuelven. Les piden un bis, otro, otro, pero la hora
es la hora y aún faltan actuaciones. Con precisión germánica se respetan los
tiempos. Hay un espacio para cada número y llega sin pausa el siguiente.
La noche
está siendo prodiga en sensaciones.
Así han podido coincidir sobre un mismo escenario un copista japonés al que no faltan conocimientos ni un buen oído pero, como escribiera Buenaventura
Carles Aribau: …D’arbre migrat a terres apartades, son gust perdent los fruits e son
perfum les flors (*). Así y todo, esa falta, ese matiz, la verdad es que a cualquiera
nacido más allá de los Pirineos no
le hará mover una ceja.
En el
mismo cesto podrían meterse los seis seudobailarines transmutados en stripers que hoy han subido un
escalón, el suficiente para apartarlos unos minutos de las manos de los
clientes.
Aparte
ha brillado la categoría de unos músicos en su rodaje primerizo, el que les va
a enseñar a qué sabe el humo de una cava y a que huele la bebida del solitario.
Ha sido la puesta a punto de un cuarteto que consigue hacer presente el
espíritu de los grandes. Django,
Coltrane, Ellington, Armstrong. Más sus propias creaciones y variaciones
rompiendo las fronteras entre el jazz y blues, bossa-nova y flamenco. Una parte
del alfa y omega del espectáculo, la
más atrayente, la del nacimiento de una estrella.
De nuevo
se esconde la luz y en la penumbra de las tablas se colocan sin presentaciones
dos siluetas compactas, que resultan al iluminarse dos respetables damas que ya
no cumplirán los sesenta, ataviadas de goyescas. Hasta ahora lo mínimo que se
podría decir sobre el director artístico del local es que le va lo exótico. El
estupor de los clientes da paso a un carcajeo que va subiendo en intensidad e
impide oír con nitidez los primeros compases del pasodoble Islas Canarias y obliga al técnico a elevar el sonido.
Indiferentes
a la reacción del público, diríase que ya acostumbradas a este tipo de
recibimiento, empiezan la actuación.
Suavemente al principio, subiendo poco a poco de
tono el repiqueteo, una de ellas comienza a tocar las castañuelas con maestría
apabullante y la segunda rompe a cantar con una voz potente y clara, mezcla de Pasión Vega y Mónica Naranjo:
- ¡Jardín
de belleza sin par...!
Pero, por algo estamos en una tierra con un especial sentido musical. Las risas
cesan, las voces se aflojan hasta desaparecer, los arrullos se paralizan y las
cabezas se mueven hasta enfocar a las dos artistas que de un golpe han
monopolizado la atención. Respeto.
- ¡El mundo tiene una Europa...! ¡Europa tiene una España!
La voz
sigue desplegándose preciosa, cristalina, profunda, apasionada...y ya no existe
nada más en la sala. Sobra todo lo que no sean las dos grandes sin nombre.
- Y
España tiene un jardín ¡Que son mis Islas Canarias!
- ¡Ay,
Canarias cómo te siento...!
Y yo,
siento una combustión correr por mi espalda y me agarroto en el asiento envuelta por la magia de unas castañuelas.
Echo un
vistazo y todos están como yo. Los camareros, los espectadores, los músicos...
-¡Cuándo
llegará el dulce momento, de besar la tierra en que nací!
Fin.
Sucede algo curioso. Desde los borrachos a la señora del guardarropa que ha salido a escucharlas, nadie ha reaccionado con presteza al final de la actuación.
Sucede algo curioso. Desde los borrachos a la señora del guardarropa que ha salido a escucharlas, nadie ha reaccionado con presteza al final de la actuación.
Quizá
porque allá arriba ya no están las dos rotundas veteranas que desataron la burla con su llegada. Un
divino milagro ha sido el detonante para que levantándonos, aquel mosaico de
gentes sin identidad común nos hayamos unido en una ovación rasgada de bravos.
Fábula maravillosa y desenfrenada, consistente en un don que ni los años, ni las arrugas,
ni las cicatrices de mil batallas conseguirán sumergir jamás. Ambicioso
viaje visual y sonoro con la sensibilidad como único guía ancestral en el que
las etiquetas sirven de muy poca cosa, lejos de la postal turística del marketing
y cerca del corazón. Eso que rebosa el cauce lógico del Arte y crece, y crece, capaz de hacerte oír en las venas el galope de tu propia sangre. Su
nombre: Talento.
Ana Mª Ferrin
(*) Traducción al castellano del mallorquín original:
«Del árbol emigrado a tierras apartadas/ su
gusto pierden los frutos/ y su perfume las flores»



En España, si una corista, striper o similar te da una disertación filosófica no es porque haya estudiado en la Autónoma sino porque te empieza a hacer efecto el cubata de garrafón que te pusieron. Luego vendrá el dolor de cabeza.
ResponderEliminarMuy buena la descripción de los músicos dándolo todo, como debe ser.
Un saludo.
No me sorprende que un señor historiador como tú sea capaz de explicar tan bien los efectos del cubata de garrafón. Cómo se nota que te has documentado a fondo. En los libros, claro.
EliminarTe deseo que en el 2015 sigas disfrutando con la Historia. Y haciéndonos disfrutar.
Es como una perfecta gala de fin de año, variadita y para todos los gustos, donde casi nada resultó ser lo que parecía.
ResponderEliminarUn saludo y que tenga una muy feliz despedida de año y entrada del nuevo.
Ésta es la versión ligth.
EliminarOtro día la ampliaremos.
Saludos y mi deseo de que nos reencontremos el próximo 2015 compartiendo espacio.
Excelente y original entrada al nuevo año 2015. Espero que los 365 días sean tan maravillosos y productivos como te mereces, Ana.
ResponderEliminarUn besazo.
P.D. Un achuchón al peludo, que estará enorme
A ver que nos depara el nuevo calendario. Algo movidito, seguro. De nuestra tierra podrá decirse mucho, pero nunca que nos aburrimos por falta de acción.
EliminarUn beso y Feliz Año Nuevo. El peluche te envía un gruñido de esos que lanza cuando está feliz.
Impactante. ¡Vaya noche! Con frecuencia, es habitual en este tipo de locales y sus actuaciones que se pretenda contentar a todo tipo de clientes. Ello supone la existencia de teloneros que suministran material de segunda para resaltar a los verdaderos artistas. Creo que de entre los que describes con tanta lucidez y perfección los músicos de ese, siempre normal, enfrentamiento al interpretar su especial jazz/blues son los pequeños reyes de un final apoteósico por su perfección sonora, mezclada con una pizca de picante morriña, inusitada en estas lejanas tierras e interpretada por estas peculiares cantantes. Tu relato, Anamaría, es generosa en detalles, potente en su descarnada realidad y extraño por las circunstancias de saltan de un asombro físico a otro filosófico, de una vida insólita a unas ganas de cambio continuo. Posiblemente, mañana ya no amanecerá para los protagonistas con la monotonía habitual.
ResponderEliminarAprovecho la ocasión para desearte
¡UN AÑO 2015 PLENO DE ARMONÍA, FANTASÍA, SUEÑOS Y PAZ, JUNTO A TODOS TUS SERES QUERIDOS!
Un inmenso abrazo, querida Anamaría.
En una época dimos unas cuantas vueltas por ahí y estás en lo cierto, encontramos artistas de todo tipo que te hacían pensar qué les habría hecho llegar hasta allí.
EliminarAhora mismo me acuerdo de un cantante hará unos 25 años en una ciudad cubana que era soberbio, como para estar en el Olimpia de París. El local era de lo más ínfimo pero aún allí el artista brillaba como el oro, tenía una clase y un talento deslumbrantes. Luego nos enteramos de que había estado preso unos años sólo por ser homosexual, y aún había tenido suerte de salir vivo, por las vejaciones y torturas que había pasado. En todas partes cada uno arrastra su historia.
Querido amigo, que el próximo 2015 os llene de felicidad a ti y los tuyos.
Ja, ja, ja. Nunca se puede saber qué esconde una bailarina italina. Muy europeo el relato, con seres de cada rincón del continente y, sobre todo, muy divertido.
ResponderEliminarFeliz 2015.
Gracias por la visita y tus palabras.
EliminarSobre todo eso de que ves mi relato “europeo”, que me ha descolocao.
Felicidades para ti y los tuyos.