¿Por qué las miradas de la ascensorista y el guardia de seguridad han seguido al joven de
buena planta y rasgos andinos vestido con elegancia?
Algo, un aire profundamente ausente en el
visitante ha disparado su alerta experimentada, avisando a los controles para
que no lo pierdan de vista.
Los empleados veteranos de los edificios
históricos conocen bien el halo visionario que se adueña de algunos seres llegados con la idea preconcebida de saltar al exterior. Aquí, en la Sagrada
Familia, la alarma acecha desde cualquier atalaya –puente, balcón–, de los
campanarios...
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| La cometa llevaba pintado un cóndor... |
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| Los puentes entre torres de la fachada del Nacimiento. |
| Uno de los balconcillos de las torres de la misma fachada. |
RUMBO A CHILE
Publicado en Gaudí y Más. 14 de marzo de 2015
Plantándolo firme en el apeadero al salir del ascensor, O'Higgins Vicuña avanzó un pie disponiéndose a entrar en el puente entre torres de la fachada del Nacimiento. Era la segunda vez que subía a los campanarios desde que tres años antes llegara a la ciudad, venido desde la chilena Aconcagua para estudiar ingeniería en Barcelona.
Sus facciones montañesas, la nariz potente,
los labios finos, borraban de su rostro cualquier expresión. Podría haber
estado alegre hasta el paroxismo o al borde de la locura por sufrimiento, nadie
lo habría adivinado. Lo que sí inquietaba al vigilante era su continuo mirar a
derecha e izquierda mientras caminaba volviendo continuamente la cabeza hacia
atrás. Era obvio que él también inspeccionaba algo. Sí, pero... ¿el qué?
O'Higgins Vicuña debió dar por bueno el barrido
visual, porque caminó hasta el otro lado del puente y extrajo de la parte
interior de su blazer azul un paquete
fino y plano de color negro que resultó ser una bolsa. Abriéndola por un
extremo sacó de ella un fajo de listoncillos irregulares de unos 30 cms, que al
insertarlos en los puntos concretos de una tela revelaron su forma de
cometa.
El lienzo transparente tenía pintado un
cóndor pardoblanco de cuerpo largo y tieso, provisto de afiladas garras, con
una oscura cabeza despeluchada en la que destacaban la fiereza de unos ojos
enormes y un pico negro, engarfiado, presto a devorar las nubes.
No está permitido arrojar nada por las torres, aunque en este caso el viento no iba a permitir que cayese al vacío, más bien podía jurarse que el artefacto se remontaría hasta rascar el cielo. Al observar los manejos de sus largas manos, el controlador se dispuso a llamarle la atención. Pero llegando hasta el chileno no pudo por menos que pararse él también a observar, recuperando los ritos y ceremonias de su niñez.
El americano –con manos de marqués,
como dijo Darío– reaccionaba ante la obra de arte trayendo como homenaje desde 10.000 kilómetros más allá valores atávicos, estableciendo de nuevo su
relación equilibrada con la tierra, con el universo, con lo sagrado. Habría
bastado que El De Arriba abriese una puertecilla en su morada, para que el navegante del cordel lo hubiera escalado hasta desaparecer tras los muros azules.
Al no ser ello posible, O'Higgins manejaba el carrete cara al resol, soltando y
recogiendo la cometa, fugando sus ojos tras dos líneas negras.
La
cometa aparenta tener un mecanismo sencillo, pero para que esté bien construida y sea un sistema estable que mande en los vientos, deberán tenerse en cuenta complejas leyes físicas y aerodinámicas, geometría,
matemáticas. No, de sencillo, nada, volar la cometa con destreza es un arte. Es mucho más
que soltar al aire cuatro varillas con tela o papel sujetas por un hilo.
Lo sublime es irreemplazable, de ahí que otros asistentes fascinados ante la insólita grandeza del perfil del hombre y su máquina, detuvieran el paso fijándose en la escena, seguros de contemplar unos momentos mágicos.
Lo sublime es irreemplazable, de ahí que otros asistentes fascinados ante la insólita grandeza del perfil del hombre y su máquina, detuvieran el paso fijándose en la escena, seguros de contemplar unos momentos mágicos.
–No hay palabras...–
murmuró quedo una visitante,
Las cintas de la cola se agitaban con el
viento, caracoleando cada vez que la cometa era disparada hacia arriba por la
muñeca del piloto de hilo, movimientos que arrancaban del aire una débil
vibración. Otros turistas observaban la escena. Entre ellos un niño que
preguntó a su padre con voz entrecortada por la emoción:
–Papá, cuando llegue
arriba del todo, ¿Se volverá un pájaro de verdad?
Consciente de que aquello había durado
demasiado y cumpliendo con su deber, el de seguridad tocó en el hombro al del
blazer haciéndole un gesto para que acabase con el espectáculo. La mirada del volador fue y volvió varias veces desde el agente al espacio.
Cada vez que elevaba los ojos, su corazón y
su alma trepaban hacia el artilugio cargando en él la nostalgia por los amores,
por la familia. Sentía su tirón desde el otro lado de la guita, llamándolo. El
roce áspero del aire al mezclarse con el polvo de las obras desgastaba el
ligero barniz europeo del emigrante ilustrado, haciendo nueva la antigua reflexión
formulada por el Gran Jefe Seattle en su carta al Presidente Franklin Pierce en
1855:
¿Cómo
podéis comprar o vender el cielo, el calor de la tierra?… No somos dueños de la frescura del
aire... la savia que circula por los árboles porta las memorias del
hombre...
Antes de que pudiera
partirlo, la dureza de la hebra enroscada dejó una espiral de piel rasgada en el
dedo de O´Higgins Vicuña. Libre de frenos, el cóndor giró más y más enloquecido
bajando en picado una veintena de metros hasta que logró parar, orientándose
bajo el mapa de nubes camino del puerto, ondeando plano en el aire. Parecía estar decidido a echarse un
sueño entre sábanas de mar y almohadas de arena, pero llegado a la playa, una
vez junto al agua se estabilizó elevándose, consciente de que portaba un
mensaje eterno entre sus plumas pintadas. Volando obediente, enfiló la ruta hacia Rancagua, allí donde se construye la obra enviada por Antonio Gaudí para Chile.
Por cierto. Justo la ruta contraria a la que señala con el dedo la estatua de Cristóbal Colón en Barcelona. No olvidemos que cuando
el navegante partió de Huelva en su primer viaje iba en busca de los territorios de las especies, entonces conocidos como las Indias -India, Ceilán, Indochina-, países situados al otro lado del mundo.
(*) Libro Gaudí. La Huella del Genio, de Ana Mª Ferrin, con el capítulo completo sobre Rancagua:
Otros artículos de la autora sobre la obra de Antonio Gaudí para Chile:



Bonita vinculación entre Gaudí y el Nuevo Mundo, con ese motivo -ascendente y por lo tanto espiritual- del cóndor andino. Es de suponer que desde los Andes, así como desde lo más alto de la Sagrada Familia, el cielo cae un poco más cerca.
ResponderEliminarUn saludo.
A veces se dan situaciones que nos desbordan, la anécdota del chileno y la cometa con el cóndor en la Sagrada Familia es real. Para el itinerario del vuelo ahí ya interviene la escribidora.
EliminarSaludos
Impresionante máquina voladora con diseño tan complejo como las dos torres gaudianas unidas por el puente. Un canto a la libertad y a la unión del mundo a través de un arte con muchas connotaciones naturales. El cóndor, ave por excelencia de allende los mares, se viste de gala para volar majestuoso, como lo hace en libertad, homenajeando una obra tan inmensa y única como él.
ResponderEliminarLa perfección de tu crónica, Ana María, favorece una lectura intensa, con matices tan curiosos como admirables, con la sobrecogedora sensación del esplendor que araña el inmenso cielo desde unas torres enhiestas, vigorosas y altivas, con el caracoleo de búsqueda que la cometa realiza, cual animal vivo. Mis felicitaciones.
Un gran y cariñoso abrazo, querida Anamaría.
Amigo Antonio, reconócelo. En ocasiones, ¿quién no quisiera ser cometa?
EliminarEl poeta Joan Margarit contó que, cuando rodeado de gente que no le interesaba nada se veía incapaz de resistirlo, corría a esconderse en su agujero negro mental y allí se quedaba, en su mundo, ajeno a las conversaciones que escuchaba con una sonrisa.
Puestos a elegir, encuentro más sugerente y libre elevarme y salir volando.
No era, pues, tan fantástica la pregunta del niño a su padre. De su hábil pluma, amiga Ana María, finalmente, la cometa se convirtió en pájaro de verdad.
ResponderEliminarUn saludo.
Buena conclusión, DLT.
EliminarQuizá sucedió porque el alma del volador iba agarrada muy fuerte al hilo, sirviéndole de timón hasta llevarla al cielo de los milagros.
Lo malo, y poniéndose cenizo, es que la cometa hubiese quedado enredada en algún pináculo o elemento arquitectónico. No me extraña, por tanto, que el primer impulso del vigilante fuera ponerse en guardia. Fuera de esta reflexión práctica, me quedo con la poesía del vuelo de ese ave tan particular que dejó hechizados a los visitantes de la Sagrada Familia.
ResponderEliminarUn beso
A mí sí me dejó fascinada. No sé si Lou Reed, con el que me crucé cuando yo entraba y él salía, llegó a ver la escena. De haberlo hecho seguro que hoy tendríamos una canción del poeta.
Eliminar(Por cierto, no he visto en mi vida a alguien con un cuerpo más estrecho)