RELATO
Original de
Ana Mª Ferrin
RPI
Forzas do ar, terra, mar e lume,
a vós fago esta chamada:
se é verdade que tendes máis poder
ca humana xente,
facede que aquí e agora
os espíritos dos amigo ausentes
os espíritos dos amigo ausentes
compartan con nos, esta queimada.
Conxuro da queimada (*)
Conxuro da queimada (*)
Con fondo musical de gaitas y la esencia fragante
del aguardiente blanco, azúcar, unos granos de café, cáscara de limón y trozos
de melocotón, escribo este cuento de amor imposible. A distancia. Entre dos personas que
jamás se encontrarán. Es más, que jamás sabrán de su existencia
una de la otra.
Desde
Ourense a Edimburgo, envueltos en las llamas aromáticas de una queimada, los
eslabones perdidos de la genética celta, cabalgan.
![]() |
| Clavándole dos ojos como uvas verdes... |
A D A
OURENSE. La yerba, el agua, las piedras.
Ríos,
valles.
Unas
crestas con arboladas laderas, camino de romanos y judíos, auténticos tesoros
de vida.
Brañas
de difícil acceso, siempre entre prados.
Un
estanque, isla de agua entre bosques.
O rosío ha llegado por la noche y cada brizna de hierba luce como un diminuto árbol de
Navidad adornado de cuentas blancas.
Mientras
serpentea por la orilla del Sil, Cecilio Blanco Rojo siente una imprensión de
soledad por lo desmesurado de su grandeza, su infinitud. Pero la melancolía le
dura poco tiempo, una sonrisa acude a sus labios cuando recuerda que al visitar
Ribadavia esperando entrar en la catedral del vino gallego, se ha topado con la
industria más contraria a la alegría que cabría esperar, porque ésta capital de
la comarca del Ribeiro es hoy el principal productor de féretros de España.
Si siempre
se ha dicho que un gallego no se sabe si baja o sube, nada más lejos de la
realidad.
Está claro que aquí sí saben cuando bajan y cuando
suben, tanto, que para no estar a merced de altas o bajas de una industria que depende desde
siempre de los hados metereológicos, se ha embarcado en una actividad paralela,
por lo que tiene de no interferencia en el mercado principal, ni pierde a los
posibles parroquianos, pues cuando necesitan ése manufacturado, el féretro, es
que lo necesitan de veras y no pueden prescindir de él.
Por un
lado la muerte, y por otro la vida, la alegría, simbolizada en la gaita. Nunca
había visto a un ángel tocando la gaita. En Ribadavia sí, en la iglesia de Sto.
Domingo lo acaba de ver. Tallado en uno de los cinco sarcófagos que hay en la
primera tumba, entrando a la izquierda. Tampoco conocía que un monje aportase
música de gaita a un coro. Después de visitar la iglesia de Celanova, ya no
podrá decirlo.
Por los pueblos
de Zela y Mouriño una tienda de comestibles ha llamado su atención. Para el
coche y se acerca al escaparate.
Había leído bien: QUEIXO TETILLA. ELABORACIÓN ARTESANA. 1/2 QUESO 4 euros. Y por si
quedara alguna duda, debajo otro cartel lo remarca: 4 euros EL MEDIO QUESO.
El día es
brumoso y húmedo. O no. Quizá es solo este sirimiri calador que los naturales
llaman oi non chove pero que al foráneo le fastidia con su ambigüedad, porque llover, no lloverá, pero tampoco deja de caer agua. Así que, como no quiere
hacer el ridículo siendo el único que se pasea con el paraguas abierto, se pasa
la vida con la ropa ensopada.
Desde la
puerta del comercio, el largo espacio hasta el mostrador se ilumina por una
bombilla desnuda que pende del techo y que aún se ve más pobre de luz al
recibir una limpia claridad desde el frondoso huerto/jardín que se ve muy al
fondo del local, pasada la trastienda.
Tres
parroquianos, dos hombres y una mujer del pueblo hablan entre sí con la
críptica conversación que el visitante sólo creía que se daba en la literatura
pintoresca mientras de espaldas, la vendedora envuelve unos chorizos sobre una mesa:
-¿Morreu
Falin? -pregunta la mujer, de pelo corto entreverado de gris, vestido verde con
flores marrones.
- Morreu,
morreu, -le contesta el más joven, treintañero con botas y chaleco pardos.
-¿Tenía
fillos, verdad?.
-Debía
tenerlos, claro.
-¿Muchos?
-Los
que tuviera, muller.
-Yo
nunca te los ví, Odón.
-Porque
non los verías.
-¿Debía estar casado, claro?
-Debía,
claro, debía.
-¿Y en
dónde fue el entierro? -la dama no se daba por vencida.
-Donde morreu.
El tal
Odón era duro de pelar, sin duda. Seis preguntas directas y ninguna respuesta
efectiva. La conversación se rompió la oírse la voz de la mujer que se veía
lavando en una pica en medio del jardín:
-¡Inmaculada, Ada, hija!
-¡Qué quiere usted, madre! -contesta la vendedora en dirección a la llamada.
-¿No me oyes? ¡Inmaculada, Ada, ayúdame
con la ropa!
-¡Madre, qué quiere usted! ¡Santo Patrón, madre, cada día está usted más sorda!
-¡Ada! ¡Ada! -desde el patio, sigue llegando el nombre.
Con su
vestido celeste de pequeñas flores amarillas, la tela casi transparente por lo
gastada, Ada crispa su belleza morena apretando los dientes, cerrando los ojos
y levantando la cara y la mano derecha con la palma hacia arriba. Poniendo a
las alturas como testigo de la sordera de su madre, se aleja hacia el claroscuro.
Sale al
huerto tarareando una cancioncilla, se acerca a la mujer que está lavando en la pica que recibe el agua directamente del pozo y toma la prenda enjabonada que
ésta le ofrece, una camisa. Cogiéndola por los hombros, la muchacha
sumerge la prenda varias veces en la pica hasta entrar en el agua las manos, le
da unos enérgicos golpes contra el refregadero y procede a retorcerla girando
en sentido contrario los dos extremos de la ropa, hasta que las últimas gotas
resbalan por sus codos.
Sin
dejar de cantar y saltando al ritmo de la cancioncilla, pegados a la espuma que
los cubre, los rotundos pechos de Ada subrayan el estribillo. Unos pezones
tersos y oscuros, a modo de copetes, se transparentan juntándose al impulso de la cara interna de
sus brazos desnudos, con cada restregón de la nueva prenda que acaba de coger. Unos pantalones de pana sufren ahora contra la piedra del lavadero.
De vez
en cuando la espuma le salta a los ojos. La joven detiene el canto, hace un
alto en su trabajo despegando el jabón de las manos largas y morenas con un
roce rápido, derecho y envés sobre los senos, retirando las burbujillas rápidas
que se pegan a sus párapados y pestañas. Ya de paso, enjuagando las manos en
el caño que vierte agua del manantial a la pica, se da un aclarado en cara y
cuello desde el nacimiento del negro pelo, crespo y ondulado, sujetado a ambos
lados de la raya central por unas horquillas sobre las orejas, hasta el inicio
del canalillo que remata su escote.
Desde el grupo de parroquianos se alza la voz de la chismosa. Suspira:
-¡Ah!
Pobre mujer, sola con la hija y sin ningún varón en la casa. Porque más hace un
buey de cien golondrinas, tú sabes, Odón.
Los
compradores esperan encantados. La visión de la joven tiene la doble belleza,
hermosa y plástica, de lo natural sin aditamentos. Los tres vecinos se sonríen
unos a otros dando a entender que están al tanto de los avatares de las dos
mujeres.
Desprendiendo un agradable olor a jabón mentolado y lejía, vuelve Ada y
cobra al cliente que había dejado a medias.
-Tres euros por el vino, Otiliano.
-Toma. Y
oye, ¿esa canción la has aprendido en el Baile del Plátano? A que sí, Ada.
-No se llama del Plátano, Otiliano -responde mirándolo desafiante- se llama Salón Metropol y es el mejor del
valle, para que se entere usted.
-Se llamará
como quieras, rapaza, pero con el
Plátano se ha quedado. Eso es lo bueno que nos han traído los políticos. Y
tú más vale que no vayas a esos sitios, que te estás haciendo una yegua muy
buena moza y en esos bailes todos van al calentón, ten cuidado, rapaza.
-Usted
ve siempre todo lo peor, Cabe... digo, Otiliano. A ver. ¿Qué tiene de malo ir a
bailarle un poquiño?
-No,
niña, yo sólo soy un viejo borrón, que no le quedan ni dientes, pero lo que
veo, lo veo. Que bien veo yo por los carreiros a los mozos y a las mozas cuando
acaba el baile, así que ándate con ojo. ¡Ah! Y puedes llamarme Cabeciña Dourada, o fin e o cabo todos
lo hacen- mientras habla, remarcando las palabras, se pasa la mano por la
calva, en verdad dorada, a la que solo
alegran unos cabellos cortos en el cogote.
-Ande, hombre, ande -la vendedora aprovechó al vuelo la
justificación que el hombre hacia de su calvicie, rebajándose, para subir el
tono de su voz desafiándole-. Usted que
va a ver, si en cuanto se agarra la bota no conoce ni a su madre, que en paz
descanse. Se tumba bajo un castaño y se queda amodorrado a calor.
-Más
respeto chavala, que eres tú muy nova para hablarme a sí. Yo me tumbo a reposar
cuando acabo o meu traballo. Que yo soy un hombre de una vez -la voz empezó a
temblarle- férveme la sangre nas veas, que estoy aquí y estoy allí y me dá
vueltas o hórreo con o traballo.
Por las
miradas de complicidad y las risas contenidas de la pareja vecina, el forastero
comprende que la afilada lengua de la chica ha retratado al murmurador.
Rematando la faena y como despedida, Ada suelta la
última con una mano en la cintura y la otra abanicando el espacio.
-Venga ya, aire. Menos fantasmadas de
trabajo, que en el pueblo todos nos conocemos y sabemos lo que damos de sí.
Déjelo usted ya, que tengo muito traballo. E vaya usted con Dios -dando por
finalizado el diálogo se dirigió a la mujer preguntándole- Y tú Neves, ¿qué te falta?
Aprovechando que aún quedan dos personas por despachar antes de que le
toque, Cecilio sale detrás del escaldado Otiliano para echar una mirada al
coche que ha dejado con la familia dentro, medio aparcado en una
cuneta. Delante suyo, balanceando la garrafa contra el pantalón de pana, el
hombre va rezongando algo que no se entiende al principio, pero si oye muy bien
las últimas palabras: - Diablo de
rapaza, anque… Contigo e um botixo, ¡vaya verano!.
Lo
original del piropo/maldición provoca en el observador un principio de risa. Que ya
no puede ahogar al fijarse en el cartel anunciador de las próximas fiestas del
pueblo:
GRAN FESTIVAL DE
FESTAS DA ALEGRÍA
El domingo 14 actuarán:
GEORGES MOUSTAKI
AMANCIO PRADA
LLUIS LLACH
VÍCTOR MANUEL
MARIA DOLORES PRADERA
ISMAEL SERRANO
Desde
luego el concejal de Fiestas y Festejos sabía como elegir el elenco adecuado.
Al volver
al mostrador la mujer preguntona sostiene dos botellas de aceite y medio queso
y conversa de nuevo con el cliente más joven, que a su vez también sostiene
otra media tetilla envuelta en papel.
-¿Qué desea usted? No se preocupe, que ellos
están esperando los grelos -le pregunta la dependienta al forastero. Por fin le toca el turno. Ya tiene detrás
otros dos compradores y se encara a la joven modificando la rutina.
-Deme un queso.
-¿Cómo dice? -abre ella los ojos al máximo.
-Que quiero un queso -le repite el parroquiano.
-Me querrá usted decir dos medios quesos.
-Pues no. Quiero decir un queso.
-¿Entero?
-Por supuesto que sí, entero -ahora el que abre mucho los ojos es
él.
-Oiga, pero es que no puedo venderle un queso
entero.
-¿Y por qué no puede? -aún dentro de su aturdimiento, se da
cuenta de que está empezando a hablar con el acento de la vendedora.
-Porque mi madre me ha dicho que sólo los
venda a medios.
-Pero mujer, eso se lo habrá dicho para que
usted nos los venda a trocitos, pero es que yo no voy a estropear ninguno. Yo
lo quiero entero
-intenta razonar el visitante.
-Oígame usted bien -poniéndose en
jarras y clavándole unos ojos como uvas verdes, de nuevo Ada entra en acción-: Yo estoy aquí desde las ocho de la mañana
para hacer lo que me diga mi madre y no para discutir con un extraño el por qué
ella quiere que lo haga así y no de otra manera. Medio queso cuatro euros y no hay más que hablar. -Con una de las manos que reposaban en sus caderas soltó una palmada sobre la mesa, terminando la charla. Estaba claro que Ada no se dejaba apabullar, si de razonamientos se
trataba a ella no le sacaba nadie los colores.
El forastero comprende que ha topado con una descendiente por vía directa de
Don Ramon Valle Inclán. Pero ya
llevaba retraso, no quería volver a parar, y como el queso era para su jefe y
quería visitarlo al día siguiente en Fermoselle, ya había perdido bastante
tiempo y no quería más preocupaciones. Así que se hizo a la idea de que el esperpento
militante tiene sus reglas. Haciendo una pausa empezó por el principio.
-¿Qué vale medio queso?
-Cuatro euros.
Pausa.
-¿Y dos medios quesos?
La moza
empequeñece los ojos barruntando que algo se le está escapando porque la pregunta
parece demasiado fácil. Hasta contestar por fin:
-Está claro que ocho euros. ¿Qué más?
Observado por los demás clientes, Cecilio sacó unas monedas y las
fue depositando sobre la mesa.
- Un billete de cinco y tres monedas de 1
euro -puntualizó
Ella
respiró hondo tranquilizándose, las recogió y las echó en el cajón abierto de
la caja volviéndolo a cerrar mientras sonaba un campanilleo.
En
silencio, con una leve sonrisa, Ada se volvió de la estantería con un cuchillo
en la mano derecha y un queso en la izquierda, que depositó en la madera de
corte del mostrador.
Levantó
la herramienta para cortarlo. En ése momento, rápido, el cliente agarró el
queso y lo retiró, justo en la fracción de tiempo necesaria para rajarlo de arriba abajo con la hoja.
-Gracias señorita, ya me lo cortaré yo en
mi casa.
Cumplida
su hazaña, sin parase a ver la expresión de sorpresa de la joven salió con el
trofeo apretado contra su pecho, mirando de frente al sol que se le aparecía
haciéndole guiños a la lluvia a través de las lilas de la entrada. Con la duda
de haber hecho el ridículo o el héroe.
Los
cuatro parroquianos quedaron en la tienda mirándose unos a otros con
ojillos vivaces.
-Odón,
¿Qué te parece? -la cliente curiosa empezó de nuevo el interrogatorio.
-Pues qué
me va a parecer, muller.
-Pero qué
rara es la gente por allá abajo, ¿no es?
-Si tú lo
dices...
Tras el
mostrador, Ada toma de nuevo el mando de
la situación. Se recoge los rizos con una horquilla y alza la voz:
-A ver,
curriquis. ¿A quién le toca? ¿O vamos a estar así hasta mañana? Y no me anden
con carallos que echo el cierre. ¡Vamos!
Mientras
uno de los clientes habla con ella, el otro se dirige a Odón:
-¿Vienes
a cazar mañana?
-Si tú
quieres, Neoterio...
-Podemos
encontrarnos al amanecer en la casa de la parra.
-Bueno,
pues sí.
-Buen año
para becada.
-Si a tí
te lo parece...
-La becada
me gusta porque es como una seta que salta, pica y vuela.
-Ahora que lo dices...
-Además, tiene otra cosa que me la hace simpática.
-¿Ah, sí?
-Si. Es que es muy prudente la jodida y sólo se arriesga por aparearse y comer bien. Buenas costumbres, ¿verdad Odón?
-Tú dirás, Neoterio.
-¿Hasta mañana, pues?
- Si es que te parece bien...
Ana Mª Ferrin
-Ahora que lo dices...
-Además, tiene otra cosa que me la hace simpática.
-¿Ah, sí?
-Si. Es que es muy prudente la jodida y sólo se arriesga por aparearse y comer bien. Buenas costumbres, ¿verdad Odón?
-Tú dirás, Neoterio.
-¿Hasta mañana, pues?
- Si es que te parece bien...
Continúa...
Ana Mª Ferrin
(*) Fuerzas del aire, tierra, mar y luna,
a vosotros hago esta llamada:
Si es verdad que tenéis más poder
que los humanos,
hacer, que aquí y ahora,
los espíritus de los amigos ausentes
compartan con nosotros, esta queimada
Conjuro
de la queimada
Este conjuro y su letra se atribuyen a
Mariano Marcos Abalo, polifacético artista y animador cultural gallego. Según
se sabe, la primera vez que recitó en público estos versos para ahuyentar a los
malos espíritus tuvo lugar en los años 70 en la discoteca Fausto, en Vigo. Con
el tiempo él mismo ha ido modificando las estrofas, por lo que podemos encontrar distintas versiones del
texto.



En vez de darle los ocho euros por los dos medios quesos, tenían que haberle dicho a la buena moza: mira, te cobras primero de este billete de cinco los cuatro euros del primer medio queso. Luego esperar el euro de vuelta. Y, una vez devuelto el cambio, decirle: ahora toma este euro que me devuelves y con estos otros tres que te doy te cobras el otro medio.
ResponderEliminarBuena gente hay por tierras gallegas.
Un saludo.
Gracias por la parte que me toca, ya que mi apellido Ferrin es gallego.
EliminarDe que a muchos gallegos les gusta eso de no soltar prenda, no tengo duda. Es algo que hemos hablado con amigos de allí y están de acuerdo, aunque a veces sólo lo hagan como juego ante los extraños.
Un abrazo.
Qué carácter el de Ada, no sé por qué habrá elegido usted ese nombre para una historia de amor, pero vaya, ésta de su relato parece seductora y despótica a la vez, aunque de momento no se ha salido con la suya, con lo del queso, digo…; ya veremos qué final nos depara esta historia de amor, porque no todas tienen un final feliz.
ResponderEliminarUn abrazo.
La Ada real existe con otro nombre y es –era– de armas tomar. Tomé ese nombre para que al contraponerlo al de Evans, resultaran trastocados los de nuestros primeros padres. El sábado veremos cómo quedó el asunto, DLT.
EliminarSaludos
Conocer las costumbres de todos los pueblos de una región tan bella como misteriosa es un placer que debe realizarse, al menos, una vez en la vida. Su misterio nace de sus gentes, de la transmisión de sus saberes entre labios/orejas, de sus perspicaces y, a veces, irresolubles expresiones que expresan con frases, a las que faltan las sobreentedidas, expresadas por quienes aprecian lo entredicho, lo imaginado. Este delicioso y misterioso relato, del que espero su segunda parte, es tan gallego como Galicia, tan sencillo en las complejas noticias que se transmiten como la incomprensión de foráneos incapaces de comprender el sentido pertinaz de la obediencia debida y los trabajos que endurecen el espíritu de quienes, a pesar de lograr su libertad personal, siempre han estado sometidos por quienes han detentado el poder. Ada y sus pezones traslúcidos por la camisa mojada, el erotismo en estado puro, es la gallega más gallega que ha existido jamás. Veamos la zade de las becadas, veamos si es cierto que Ada se atreve a cazar sola en compañía masculina.
ResponderEliminarAna María, delicioso, legible en un minuto por su viveza y prosa tan bella como sorprendente.
Un gran y cariñoso abrazo, querida Anamaría.
La obediencia debida es la base sobre la que se desarrolla el texto. Y el orgullo de seguir la cultura que nos han legado, sin discutir si es o no es lo correcto ya que tus padres son la ley.
EliminarComo el humor. Como las frases inacabadas que nos llevan a deducir intenciones.
Querido Antonio, entrar en un círculo donde se dan todas esas circunstancias es de lo más estimulante.
La reflexión de Cayetano es muy buena. Ellos tienen sus costumbres, nosotros las nuestras, cada pueblo la suya. Lo bueno es que al final nos acabamos entendiendo que es lo mejor. Y en la diferencia está la gracia y eso es algo que se aprende viajando.
ResponderEliminarUn beso
Y tanto que acabamos entendiéndonos. Y ahí está la gracia.
EliminarPuedes no tener nada que ver con el vecino que vive pared con pared contigo y sin embargo reírte hasta las lágrimas con alguien que tiene que repetirte tres veces las cosas para que comprendas su sentido.
Besos.
Olá, Ana.
ResponderEliminarAcabei de ler textos seus em seu outro blog (como o fiz neste) e pude ver que a sua obra é bastante rica. Vou ver se consigo aqui no Brasil, pelo menos um desses livros.
Parabéns.
Um abraço.
Gracias, poeta. Es un placer saber que se ha detenido a ojear mi cuaderno.
EliminarSaludos cordiales