Vestido enteramente de
negro, traje y camisa Mao de seda, el escultor Etsuro Sotoo regresa de impartir
un ciclo de conferencias en Perú y después del largo vuelo le apetece parar la
senda que lo lleva a su casa costera y dar unos pasos por la acera del chaflán
Mallorca-Marina para estirar las piernas. Lleva en Barcelona desde 1978. Un
buen día llegó de visita desde Japón camino de Alemania, subió las escaleras
del metro de la Sagrada Familia y al contemplar el templo y divisar que a
un costado de sus muros se apilaban las piedras en espera de ser talladas,
sintió una llamada a la que no pudo resistirse.
Nadie más parecía oírla, pero desde el
interior de los bloques una sangre de esa que encabrita y desvela, le gritaba
que frutas, hojas, ángeles, rosas, estaban esperándole a él, precisamente a él
y a sus manos liberadoras para que las arrancara del interior naciéndolas a la
vida. Desde aquel momento se adormecieron sus ansias de acabar el tour europeo
y tomar la ruta etíope que lo llevase al África soñada siguiendo las huellas de Arthur
Rimbaud.
Aunque el escultor nunca olvidó los versos
del poeta adolescente ni la poesía, uno de sus primeros amores al que aún rinde
algún haiku. El espíritu de libertad seguía pegado a su piel, rebrotando de
poco en poco, al estilo del pedrusco de lava que ante el oleaje adverso
prefiere sumergirse para volver a la superficie cuando el peligro ha pasado. El
relámpago aplazado -psssss- cruza una y otra vez por su mente. Los compromisos
contraídos, la responsabilidad familiar. O la convulsa poética de un Rimbaud
tentador agitando ante Sotoo la vela de su bateau ivre...
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| Etsuro Sotoo en el taller de la Sagrada Familia. (catholicinjapan.com) |
DE LA POESÍA AL CINCEL
Publicado en Gaudí y Más. 19 de marzo de 2016
Va circulando entre bisbiseos el camión cisterna ya de recogida, dejando tras él una estela húmeda y convirtiendo el asfalto en brillante lomo de un cetáceo por el que desfilaran en lenta caravana las luces de los vehículos.
Rodando en paralelo con el camión, Sotoo
detiene su coche negro en la Plaza Gaudí. Punto muerto, freno arriba, llave
fuera del contacto, el lugar en silencio invita a una parada. Es un decir,
porque el silencio absoluto no existe. En lo alto del monte más inaccesible, en
medio del pico de la nada, algo se oye. Cruje un trozo de nieve helada, el
viento cambia de dirección repicando contra muros invisibles, y suena. O eso le
parece al automovilista.
Este anochecer sin prisas, el artista japonés
repara en la cristalera que muestra la soledad de su estudio a la izquierda de
la Fachada del Nacimiento. Sus mejores años de juventud los ha vivido ahí,
esculpiendo, haciendo brotar de su cincel cien motivos para el templo.
Por entonces, una de las maneras que encontró
para mejorar su español fue leer poesía y ahí se topó con Federico García Lorca. Pero
Sotoo estaba acostumbrado a la de su país, muy lírica, frutal, etérea, y
su encuentro con Federico fue para él como un choque de trenes. Las metáforas y
alegorías del granadino eran tan turbadoras que no podía soportarlo, hasta el
punto de que muchas veces tenía que cerrar el libro y parar un rato para
asimilarlas.
…Esperando tu cuerpo y mi
agonía,
…las turbias palabras han
mordido,
…caballos de luz y verdes
crines.
…Sigue durmiendo, vida
mía.
...¡Oye mi sangre rota en
los violines!
...verde que te quiero verde...
En el cielo, las luces de un avión cruzan oblicuas hacia el oeste, acompasando sus intermitentes a uno de los poemas de Rimbaud. Cabecea Le Bateau Ivre salpicando de sal el pensamiento, enganchándolo y tirando de él:
El agua verde
penetró mi casco de abeto
y me lavó las
manchas de vinos azules.
...desde entonces
me sumergí en el Poema
de
la Mar, infundido por astros...
¡Soñé la verde
noche de nieves deslumbrantes!
Beso lento que ascendía a los ojos del
océano...
El poeta parece verdear la verde noche con
el veneno verde de la absenta. Y es que en el fondo todo autor se pasa la vida
persiguiendo un ideal, esa pieza perfecta que martillea la mente entre la
paciencia esperanzada de lograrla y la impaciencia de no conseguirla. Mientras,
ese eterno abrochar y desabrochar el desarrollo de una creación puede consumir
la existencia entera. Al final el artista pierde el miedo, se lanza ¿y si tampoco lo consigue?... Pues, bueno ¿y qué?
Lo ha intentado y solo la actividad conduce a la posesión de la clave. A la
próxima seguro que le irá mejor.
A, negro corsé
velludo de moscas resplandecientes
E, candores de los
vapores y las tiendas
Lanzas de altivos
glaciares, reyes blancos...
I, púrpuras,
sangre esculpida, risa de labios bellos,
U,ciclos,
vibramientos divinos de los mares viridos.
...O, la Omega, ¡rayo
violeta de sus ojos!
Rimbaud desgrana su silabario bajo un cielo
marengo y parece desplegar ante Etsuro Sotoo la Sagrada Familia, balsa de
piedra desde cuyos altos tantas mañanas se imaginó navegando hacia mares
cálidos. Cuántas noches dejó vagar la mente, tumbado boca arriba sobre un
montón de cal y arena con el templo en reposo
ajeno a la vida en el exterior, fundiéndose con el pulso de la tierra.
Siguiendo por el techo sin cubiertas la gran carrera de los aviones
disputándose el espacio con las nubes, sintiéndose girar a solas dentro del ábside y sus muros de encaje.
A veces, aunque sea una única vez, el
artista necesita sentirse el protagonista y no parará hasta introducirse él
mismo en el interior de la obra. Como su admirado poeta francés, Sotoo
descubría sus deseos de juventud llamado por la aventura. ¿Habrá otras vidas? ¡Deprisa, deprisa!
Mientras crecía el
rumor del barrio,
yo solo, acostado sobre piezas de
tela cruda,
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| Herramientas de Etsuro Sotoo. (E.S.) |
Dos tandas de trabajo han salido de las manos de Etsuro Sotoo desde 1978. Las piezas para la Sagrada Familia y su propia escultura independiente. En Fukoaka, su tierra natal, tras su marcha quedó expuesta Pez en el océano, una pieza que podría describirse como un lingote de granito al que unos cíclopes hubiesen retorcido por los dos extremos a la vez en sentido inverso, hasta hacerle escupir la última gota de agua. Una fotografía de esa obra le valió al escultor su entrada en la Sagrada Familia:
- A Gaudí también le gustaba retorcer...-,
dictaminaron al verla los arquitectos Isidro Puig Boada y Lluis Bonet Garí,
venerables ayudantes del maestro que a la llegada de Sotoo aún dirigían
las obras de la Sagrada Familia.
| Primer libro sobre Etsuro Sotoo en la Sagrada Familia. Obsequio del escultor y dedicatoria a A.Mª.F.1998. (A.Mª.F.) |
Lo que se cree parada de minutos puede alargarse horas si alguien se detiene a contemplar la Fachada del Nacimiento, no digamos si encima es uno mismo el autor de una parte de lo que se ve. Sotoo es el artista que tiene la clave del desfile angélico que canta y toca los instrumentos a la mayor Gloria del Niño Dios. Solo él sabe el secreto de porqué las hojas de piedra aparecen más lozanas a medida que suben por los muros.
A cada nuevo regreso, al término de cada
nuevo viaje, el artista japonés reverdece la inquietante sensación de que la
Naturaleza peligra, de que es preciso hacer algo para que el mundo no pierda el
norte del Arte y la Belleza. La visión de sus otras obras lo satisfacen. Pero
ahora, parado frente al templo, la grandiosidad del Portal lo llena de orgullo,
sabiendo que ha tenido la fortuna de acercar su nombre al de Antonio Gaudí
quedando para la posteridad en algo tan soberbio.
El semáforo que separa las calles Marina y
Provenza cambia al verde dando paso a un autocar que se detiene para que baje un buen número de jóvenes pasajeros dando traspiés. Barcelona, con su oferta de
barra libre, es para este tipo de visitantes el paraíso soñado. Los comentarios
confusos en lengua pastosa pueden contener cualquier descripción de lo que se
les ofrece mientras señalan las hermosas torres, impasibles, acostumbradas a que
sus formas sean reinterpretadas a su aire por cada par de ojos que las miren,
ya sean de un Premio Nobel o del individuo que, aún sobrio, no supera el
coeficiente de un poste. De nuevo, semáforo en rojo imponiendo la calma.
Pero vuelve el verde y el corto silencio
desaparece, rompiendo las costuras de la plaza Gaudí para colmarse de voces
ruidosas entre cantos de vino y aromas de otras tierras.
En 1936 el escritor George Orwell acertó a ver las cuatro torres de la Fachada del Nacimiento entre las pavesas de la Guerra Civil y las comparó a cuatro botellas de vino del Rhin. Cada uno ve lo que ve.
Ana Mª Ferrin




Apreciar la obra del arquitecto catalán, extasiarse ante los poemas ebrios de Rimbaud o las atrevidas pero sugerentes metáforas del poeta granadino, demasiado tal vez para una mentalidad oriental (me le imagino intentando descifrar el "verde que te quiero verde", cuando ni el propio Lorca sabía qué demonios había querido decir con ese estallido de color), no están al alcance de la justa valoración de todo el mundo. Lo de las botellas de vino de Orwell no tiene precio.
ResponderEliminarTodo es cuestión de cultura y sensibilidad, pero también de empatía, como la que mostró el artista japonés con el templo de Gaudí.
Un saludo, Ana María.
Buena imagen, Cayetano.
EliminarAquellas lecturas debieron ser una prueba de fuego para el joven profesor de arte que era entonces Sotoo. García Lorca y sus imágenes audaces embozando los significados, "Nadie sabía que martirizabas un colibrí de amor entre los dientes...". A ver.
Una llamada al que no pudo resistir, las piedras le esperaban tranquilas para ser labradas con unas buenas manos.
ResponderEliminarQue interesante todo lo que escribes.
Besos
Una descripción fantástica de la escena. Según sus palabras, “desde dentro de las piedras, las obras me gritaban que las liberara”.
EliminarSaludos, Mari-Pi
Hola Ana:
ResponderEliminarMe ha gustado mucho el final: "Cada uno ve lo que ve"...
A veces, como neófito que soy en arte y todo lo relacionado con él (poesía, escultura, pintura...) me quedo conla idea de no estar viendo lo que me quieren decir...
Besos.
Es algo con lo que hay que contar en una obra, tanto quien emite como el que recibe, ambos tienen una mirada propia que espera coincidir. Lo que no deja de ser una ilusión por ambas partes.
EliminarSaludos
Un color muy de Rimbaud, desde luego. Color absenta, el hada verde, "Llegan la Musa Verde y la justicia ardiente a desgarrarla con su augusta obsesión". Y de Baudelaire, que una vez apareció con el pelo pintado de verde. Pero sí, madame: algunos siempre verán botellas donde hay torres.
ResponderEliminarFeliz tarde
Bisous
Muy buena la anécdota de Baudelaire, que no conocía. Aunque me hace usted dudar de si se lo tiñó, o es que su cabello fue tomando ese color de puro empacho de absenta, que ya le rebosaba por los bordes.
EliminarLe deseo una buena Semana.
Ana Mª
ResponderEliminarNeste seu excelente trabalho, você fala de Etsuro Sotoo, que de pedra faz obras de arte, escultor que é, num texto agradável, que leva os seus "alunos" a aprender a lição, sem ver o tempo passar. Mas não fica apenas aí, aparecem outros nomes importantes, como o francês Arthur Rimbaud, que até hoje deixa os amantes da poesia intrigados por tê-la abandonado tão cedo. Outro poeta está por entrar em cena (no texto), Federico Garcia Lorca, cuja referência está ligada a Sotoo, que, pelo que você diz, estranhou a linguagem do poeta, tão diferente do canto de poetas orientais (descendência do escultor).
Uma boa semana.
Abraços.
Imagino que pasar de “Insinuaciones finas/ en los delgados pétalos” a “La oscura magnolia de tu vientre/ la sangre de tus venas en mi boca”, requiere un interludio cultural de asimilación. Que al artista no debió desagradarle, porque lleva casi 40 años entre nosotros.
EliminarUna buena semana para usted, Pedro.
Contribuir, en la medida que sea, al crecimiento de la Sagrada Familia, es un privilegio al alcance de pocos. Es hacerse universal y casi eterno.
ResponderEliminarUn saludo.
Como visitarla aún en obras, otro privilegio. No olvidemos que es una obra privada cuya única fuente de financiación desde la primera piedra, ha sido el importe de las limosnas y las entradas de fieles y admiradores. Ni dinero de la Administración ni del clero. Así ha sido siempre, amigo DLT.
EliminarQue tengas unos días felices.
Sotoo sintió la llamada del Arte por el arte y sintió que dentro de esos bloques aún no tallados pugnaban sus creaciones por salir. Algo así le pasó a mi paisano Mateo Hernández cuando en el Jardins des Plantes en París, junto a las jaulas de los animales del zoo, cincelaba la piedra, extrayendo esquirla a esquirla hasta dejar surgir del corazón de la piedra el ser que se encontraba dentro.
ResponderEliminarUn beso
Hace un tiempo, cierta ilustre bejarana me permitió saber de su paisano Mateo Hernández al enviarme un libro donde conocí la vida del escultor y su obra. Al leer tu referencia he recordado cómo contaba él su descubrimiento de los animales, que los oía dentro de la piedra pidiendo su liberación.
EliminarYa sea uno de Fukoaka o de Béjar, el que sabe, sabe, Carmen.
Me encanta la historia de Etsuro, su gran ilusión y la voluntad de hacerla realidad. Las piedras hablan siempre. Muchas gracias.
ResponderEliminarEs la eterna historia de “cuando pase el tren, que te encuentre preparado”. Él lo estaba y muy acostumbrado a esforzarse. Y sobre todo, a ver quien se resiste a un bloque de piedra que te llama…
EliminarUna buena semana.
Cuanta información Ana, el japonés en cuestión es todo un artista del cincel y el martillo, el hecho de querer añadir algo a la obra de Gaudí le tacha de atrevido, y visto lo visto no es de extrañar que se atreviera con su obra.
ResponderEliminarTe felicito por esta entrada tan bien documentada y con todo lujo de detalles, las fotos así lo demuestran.
Besos
Puri
Ana Mª Ferrin dijo...
EliminarSí que es una vida interesante. En otra ocasión nos acercaremos a cómo contaba con gracia su aprendizaje de la práctica mediterránea para tallar la piedra con seguridad y rapidez, saltándose las enseñanzas que él traía de Japón y que tanto ralentizaban el trabajo.
Hasta pronto