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DSC_0036 En las Ramblas de Barcelona. La bella florista. (A. Mª. F.)





(2/5) LA ESCAPADA



NOVELA BREVE
DE VERANO


Por
Ana Mª Ferrin


RPI




HACIA EL FIN DE LA LEYENDA


 Publicado en Gaudí y Más. 2 de agosto 2014
 Publicado en Gaudí y Más. 13 de julio de 2018
                                   
 Continúa...                          
                             


                                -¡Sara! , ¡Sara! ¿Dónde se habrá metido? –Julián miró en el dormitorio, la cocina, el comedor- ¡Sara!

   En la terraza. Si no lo oía es que estaba allí, liada con la ropa, tendiéndola o recogiéndola.

   En  efecto, allí estaba, con un balde rojo rebosando prendas multicolores, como un cucurucho de helado. De espaldas, con un pantalón rojo y una camiseta blanca la figura le trajo a su memoria la motorista que poco antes se había maquillado frente al bar. El pelo más corto, diez centímetros menos alta y más ancha, pero no por eso menos apetecible. Al oírle se volvió de pronto.

   -Hombre, ya estás aquí. ¡Uy, madre! -miró el reloj-. Voy a perder el tren. Y tú, tranquilo, ¿eh?, ya te he dicho que el jefe me debía esta semana y repartirá el trabajo entre los compañeros. Por la reunión de la comunidad no te preocupes, que ya insistiré para que hagan lo de la piscina.

   -Me sabe muy mal no irme ya contigo, en cuanto firme la liquidación y cobre me planto en Peñíscola. ¿Tienes la maleta preparada? Ya sabes que no te llevo, no sea que se les ocurra avisarme ahora y se retrase el asunto. Me dijeron que estaba al caer y eso puede significar que sea hoy mismo.

    Un timbrazo del interfono lo dirige al recibidor.

   -¿Quien?... Bien... Ahora baja... Sara, el taxi, dame que te llevo abajo la maleta. Sí, tienes razón, más vale que falte lo menos posible, te la entro al ascensor. Oye, pórtate bien. No vaya a tocarte uno de esos taxistas cantantes y te pongas a coquetear.

   La besó apretándole los brazos, que sintió firmes. La colonia fresca que usaba como perfume le daba un acabado juvenil y limpio, a juego con su persona. El cabello oscuro a lo chico y los aros de las orejas enmarcaban un cuello largo y fuerte. La cogió por los hombros, la separó de él y se quedó mirándola.
     
   -¿Qué tienes?. ¿Te pasa algo? -alarmada por la intensidad de su fijeza, ella le pasó la mano por la cara y repitió-: ¿Te pasa algo?.
  
 -... No -respondió él al fin-. Siento que te vayas antes, nada más. ¿Qué va a pasar? Una semana estupenda en la playa, eso es lo que vamos a pasar. Vamos. Te acompaño.

 Cogió la pequeña maleta azul redondeada y la llevó hasta el ascensor, despidiéndose:

  -¿No hay noticias de Nil? No te preocupes, si se encontrara solo ya nos habría llamado, a los dieciocho años es señal de que se lo está pasando bien. Antes de que te des cuenta ya estaré allí y lo llamaremos juntos - Cerró las puertas del ascensor y en el momento que iniciaba la bajada frunció los labios, enviándole un último beso.

  Entró en el piso con una extraña sensación. Eso, ¿qué le pasaba? Parecía que había vuelto a su casa melancólico, precisamente cuando estaba a punto de irse con su mujer a pasar solos ese tiempo de playa proyectado desde hacía tanto. De no haber sido por el retraso en las gestiones del despido, hoy habrían partido juntos. Pero como en el apartamento había cosas que hacer, mejor era ganar tiempo, los días eran pocos y pasaban rápidos. Por otra parte tampoco era seguro al cien por cien de que el carpetazo a lo suyo se diese hoy mismo.

  No, no sabía que le pasaba, pero un cierto desasosiego le impedía disfrutar el fin del proceso que se había saldado bastante bien, aunque, ¿De veras no lo sabía? Mecánicamente se puso a doblar la ropa recién recogida por su mujer. Disciplinado, la depositó sobre la tabla de la plancha, tapándola con una toalla. A la vuelta, Sara ya la organizaría.




                          Desde el piso contiguo una canción del grupo Revólver salta por encima de la mampara que separa los dos balcones. Es Carlos Goñi cantando El mismo Hombre: ...Él la mira triste y le dice hoy: / Sabes que el trabajo se me terminó... Sin pensarlo, la vista se le va al otro lado de la calle a un tendedero donde otro hombre, como él mismo, recoge la colada.

  Un año, tan sólo doce meses de paro, han transformado a su vecino Tomás, desinflándolo como un globo al sol. La maldita canción continúa:

  ...Sigo siendo el mismo hombre / con algunos años más /en la misma piel que un día /me obligásteis a arriesgar...     

   Qué poco tiempo ha pasado y qué lejos ha quedado aquella madurez de Tomás que tan bien le sentaba. ¿Qué años tendrá ahora? Cincuenta y cinco a lo sumo, que doce meses atrás aparentaba diez menos y hoy cualquiera le echaría diez más. Sin afeitar, con la camiseta blanca de tirantes rozada, despeinado, su imagen ha dado un vuelco que Julián no sabe si definitivo, porque hasta la conversación le ha cambiado. Ahora es un hombre lento y repetitivo. Aburrido. Al que evitar cuando te lo cruzas.

    Lo ve despidiendo a la mujer, que ella va al trabajo. Desde la calle, vestida para matar y con aire suficiente, se vuelve correspondiendo al adiós de su marido y Julián juraría que la mirada que envía hacia arriba ya no es la de siempre. Quizá sólo sea una impresión, pero...

   ...Túmbate conmigo, hoy será especial / Hoy seré un héroe en mi hogar/ Túmbate conmigo, dejemos pasar/ la vida hasta las diez...

   La maldita canción le hizo sentir un escalofrío en los brazos. Poco antes él mismo, con cuarenta y ocho tacos, estaba haciendo los mismos movimientos que Tomás con la ropa, doblándola, y esa evidencia le provoca sentirse mal. Una cierta rigidez se apodera de su nuca.

    ... tumbaré de un golpe seco/ a quien quiera barrer / las calles de mi orgullo/ por estar mayor...

    Poesía  de ésa que mata más que salva, de la que como le prestes atención es capaz de abrirte un boquete en el pecho que luego intentarás llenar de alcohol y será un espejismo, porque si el vacío es de autoestima la botella nunca conseguirá llenarlo.

    ...esto no es vivir, es morir sin honor/, las noches son eternas y los días igual/, frente al televisor...

    Lo dicho. Maldito el vecino y maldita la canción, sacando a flote cosas que no le gustan.

     Inquieto, entró en el piso.




                            Alguien, en algún aseo cercano vació la cisterna animando el silencio de aquella hora intermedia, llenándolo de chorros de agua con el sonido ampliado por el estrecho patio respiradero, que ascendía al tejado desde las entrañas del edificio. Cerró la puerta del baño ante la imagen que le devolvía el espejo del lavabo, un rostro que se le antojaba extraño por lo preocupado. Pasó por el pasillo viendo de nuevo su reflejo en los cristales de los cuadros. La vitrina del comedor volvió a presentarlo ante él.

   A cada nuevo reflejo le acompañaba un nuevo signo negativo. Una arruga que ocupaba el anterior lugar de un hoyuelo, las canas que ascendían otro centímetro desde las sienes. Un surco más entre las cejas, otro camino horizontal en la frente... la red que festoneaba los ojos se tupía más y más formando una espiral, gritándole: ¡Qué viejo estás! 

  Basta. Se quitó la camiseta enfrentándose al espejo donde un Bruce Willis maduro se le encaraba.

   -¿Viejo? ¿Viejo yo? ¡De qué, hombre, si estoy como Dios!

                           


                           Se imponía la serenidad.

    De nuevo salió a la terraza buscando una luz sin intermediarios. Le gustaba la panorámica de la altura, era bueno de vez en cuando contemplar la ciudad con ojos diferentes, desde otra perspectiva, la de aquellos tejados con su mundo propio que ocultaban y empequeñecían los problemas de la gente. Y si no, los revitalizaba.

   Problemas, todo el mundo tiene problemas. La vida  con frecuencia es injusta.

   Ahora mismo, bajo su mirada se estaba desarrollando un incidente importante en la vida de alguien, él mismo era un observador impotente, nada podía hacer para corregirlo.

   A unos cincuenta metros calle abajo de su portal una mujer joven acaba de aparcar un seiscientos rojo. La conocía de vista. Tenía dos hijos pequeños sin padre aparente. Al menos siempre iba sola con ellos arriba y abajo, arrastrando un manojo de bolsas de la compra, carteras y libros escolares. Otra de esas nuevas mujeres, o tan viejas como el mundo, que sacan solas adelante casa, niños y trabajo. Acaba de aparcar, pillando un pellizco del paso de cebra con las ruedas traseras.

    No ha hecho más que doblar la esquina seguida de los chicos cuando uno de esos agentes multadores se ha materializado junto al vehículo, seguido milagrosamente por una grúa.

   Visto y no visto, el equivalente a muchos días de alimentación familiar se ha evaporado camino del depósito municipal. Eso sí, como tarjeta de visita el de uniforme ha dejado adherido a la acera un triángulo fluorescente que indica el lugar al que la dueña puede ir a invertir su presupuesto de una semana si quiere recuperar su herramienta de trabajo. La visión de la ciudad, que siempre suele animarlo, esta vez lo ha dejado por los suelos.

   Le rozan las piernas unas alegrías reventando flores y atraen su mirada las dos macetas que las contienen. Blancas unas, otras fucsia, se agacha pasando la mano por la tupida floración. Vaya poderío que tiene su mujer para las plantas. Tiene eso que llaman la mano verde. Todo lo que toca florece.
   
   Aún agachado mirando la calle por entre la baranda de hierro, es su oído el que percibe una presencia cercana, que más que seguirlo, le persigue. Sí, es ella. De nuevo la Harley Davidson azul desfila ante él, bajo él, esta vez más rápida, con el sonido envuelto en plumas, un carburador que emite música en frecuencia modulada y estéreo.

  Se diría que algo desentona en el sonido de la calle. A ver. No, no es en la calle, ¡es el timbre de su teléfono!
     
  Rápido, Julián abandona la terraza a toda prisa y cruza el salón serpenteando entre la mesita de centro y el sofá, la mesa del comedor, las sillas,

  - ¡Ya va, ya va! -grita como si pudieran oírle-. Si, soy yo... ¿Mañana? ¿Y no podría ser hoy mismo?... Estupendo, gracias... De acuerdo, estaré ahí a la una. El talón ya estará confirmado, ¿no?... vale, mejor, así me dará tiempo a ingresarlo antes de que cierre el banco. Hasta ahora.

   Tras conectar el televisor de la cocina, sacó del frigorífico los ingredientes para prepararse algo de comer antes de salir. Bien. Con suerte esa misma noche estaría con su mujer en la playa.
   


                    
   Todo arreglado en el banco y de nuevo en casa, Julián es testigo desde la pantalla de cómo sufre Miguel Indurain subiendo los montes franceses. Se vacía.

    Ese día quedará por siempre grabado en el corazón de los espectadores. No sólo de sus seguidores, sino de todos los que hayan visto la carrera, sean del país que sean.

   Cuenta el comentarista del Tour que el corredor ha comido como siempre, pero que el coste de sudor le agota el depósito de energía, se queda sin fondo. Y sin embargo, él sigue gastando provisiones como el tren que no tiene más carbón y el maquinista alimenta la caldera con el propio equipamiento de la estructura.

    El gran jefe está tocado, rasca del fondo de su cuerpo buscando más fuerza. Pero es inútil. Nada en su cara lo exterioriza, sólo sus dientes nos hablan de un sufrimiento límite y quienes lo presencian sufren con él, de ahí el recibimiento impresionante en todos los pueblos. Se le quería triunfante. Pero por primera vez en la historia deportiva de este país, tan dado al canibalismo, se le quiere mucho más en esta derrota continua, diaria, cada etapa un poco más atrás, cada día un poco más derrotado.

   -Al Titán se le puede pellizcar, es de carne-, responde un espectador del Tour al reportero que lo entrevista. Y un hombre se le echa encima cubriéndolo de golpes, exclamando antes de que lo aparten:           
                      
  - ¡Indurain hasta la muerte, cabrón!

   Una vista aérea barre el escenario de la carrera recorriendo el entorno, fijando las diferentes cámaras en las caravanas, las motos, las tiendas de campaña que acogen a las gaviotas seguidoras de esos transatlánticos de la ilusión, que son los desfiles de vehículos anunciantes que componen la vanguardia de una vuelta ciclista como el Tour de Francia.

   Otro primer plano del navarro hace a Julián sentirse mal.

  Queriendo corresponder a los ¡bravos! de un grupo envuelto en la bandera española, Indurain, por un momento, intenta pedalear con la fluidez elegante de otras veces, sin lograrlo. La pantalla transmite imágenes crueles. Su boca entreabierta bordeada de espumilla blanca ensaya algo parecido a una sonrisa, pero sólo consigue un rictus petrificado.

   Aquel hombre padece lo indecible, todos le adelantan. Algunos pasan dando la sensación de ir  motorizados, pero lo más lastimoso es ver a sus propios compañeros de lentitud, los que le acompañan en la penuria, hasta estos consiguen avanzarlo. Aquello es un calvario, aquello es... ¿el fin?

   Julián apaga el televisor de la cocina incorporándose de la encimera donde se había acodado a ver la transmisión. Lo hace con un pensamiento fijo: El Tour.

   Toda la vida había querido conocerlo de cerca. Toda la vida había soñado tener una Harley. Envidiaba a los seguidores que dormían en sus coches y tiendas, en sus caravanas, con el disfrute de ver día a día las subidas salvajes de los puertos de primera. Otra cosa que se había perdido. ¿Llegaría alguna vez a vivirlo en directo?.

  Harto. Estaba harto de pasar por la vida como si andase siempre por los alrededores de una fiesta en la que jamás lograba entrar. La vida debe ser otra cosa. Necesitaba un cambio, ver salir el sol por Antequera y dormir a la luna de Valencia si se le antojaba.

   Subían y bajaban sus bríos. Siempre había sido animoso y sin embargo, hoy, su andrajosa psiquis estaba llegando a un punto sin retorno. Aún cavilando se sirvió una copa de verdejo bebiéndose media de un trago. Paladeando el vino empezó a prepararse unas tostadas con aceite y jamón. Al cortarlo se dio un tajo en una yema, pero tan superficial que no llegó a sangrar. Pensativo, se llevó el dedo a los labios y lo chupó. Tomó la copa y apuró el resto.
               
  Ya con el humor cambiado se tumbó en el sofá para descansar un rato, sin intención de dormirse. 

   O eso le pareció a él.
                             
           


                      Abrió los ojos. Tenía la cabeza pesada y el estómago ardiente. No podía asegurar qué hora era. Daba la sensación de que el tiempo se había ido evaporando después de modificar la decoración de la sala.

   De tener en el suelo ante él la sombra de unas hojas, el tiempo las había paseado por la habitación hasta dejarlas dibujadas sobre el quicio de la puerta. Transformados, los sonidos pasaron del canto de un pájaro vecino, al tintineo de vasos y platos en las cocinas cercanas.

   Pasó a lavarse la cara. -A ver si me despejo-, y se vio unos ojos enrojecidos y aguanosos. Tuvo la impresión de que las ojeras le llegaban hasta las rodillas.

    Volvió a la mesita y cogió el sobre donde había guardado los comprobantes de ingreso en el banco. Al cogerlo, una hinchada gota roja brotó del corte a medio abrir/cerrar, de su dedo adhiriéndose al margen inferior de la última nómina donde, como en un rito premonitorio, quedó sellada con la huella de su propia sangre. ¿Estaba cerrando un capítulo de su vida?

    Repasó mentalmente los contactos que tenía para entrevistas de trabajo en septiembre. Él era un hombre valorado en lo suyo, seguro que alguna iría bien. 

    O no.

   -¿Y si -pensó-, como le ha pasado a tantos hombres de mi edad, a partir de ahora mi vida va cuesta abajo y se me acaban las oportunidades de vivir?

    Algo que llevaba años aletargado en él por falta de uso, esa facultad de elegir espontáneamente sin acudir a la reflexión, regresó a él de improviso provocando su vena audaz. 

    Decidido. Cortando el último hilo de la cometa echaría a volar. Ya no podía -ni quería- volver atrás.

Continúa...

Ana Mª Ferrin

  

14 comentarios:

  1. Bueno, bueno, qué giro ha dado esto. Veremos si Julián sucumbe o se rehace. Parece que una tardía crisis de los cuarenta le tiene comida la moral. A ver si al ir sobre dos ruedas la recupera, aunque me temo que vaya a ser una alivio temporal. Ya veremos, usted dirá.
    Un saludo.

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    1. Amigo DLT.
      Personalmente diría que como la vida va y viene, más vale no dar nada por hecho y tomar las cosas como vayan llegando. Así intenta hacerlo el protagonista y ya veremos si su opción es acertada.

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  2. HUY!!!!!!!!!!!!!!!!

    Ana Maria estoy segura de que este texto va a dolerme mucho como sigas por este camino.

    Y a alguien que yo se no veas.

    Voy a por la tercera. Un beso

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    1. Hazme el favor de seguir y dile de mi parte a Alguien que siempre hay que mirar adelante. También vale para ti. Besazos

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  3. Sucumbir ante quien te ha elevado a la categoría de leyenda debe ser tan duro como ver tender la ropa al vecino que también ha sucumbido a la vida de acción para llegar a poseer una de inactividad obligada. Ver reflejada la caída de un ídolo en el momento en el que se realiza el pacto del diablo bien firmado, el desencanto, lo imprevisto, el cambio de papeles con respecto a su mujer, debe ser aterrador para quien siempre ha sido un heroe ante si mismo y un valiente ante los demás. Y el caso es que se ha desinflado en un puerto de segunda categoría, una larga y premonitoria cuesta que rompe los cuadriced y los gemelos. Queda solo el recuerdo, y el delantal para poder alcanzar nuevamente la paz. ¿La alcanzará?

    Un cariñoso abrazo, querida amiga Anamaría.

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  4. Es así. De cómo nos vemos a nosotros mismos a cómo nos ven los demás, hay una buena distancia. En cuanto a poder remontar el desencanto y alcanzar la paz, no soy muy optimista. Una vez bajado el último escalón hay que ser muy fuerte para remontar.
    Pero ya lo veremos, querido amigo.

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  5. Maravilloso.gracias gracias gracias!

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    1. A ti por la visita. No te hagas tanto de rogar, querida Po.

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  6. Somos privilegiados, Ana María, al recibir por esta vía, trozos de tu bullente y cuantiosa imaginación. Llega a producir desencanto cuando dice "continúa", pues dan ganas de seguir leyendo sin pausa.

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    1. Eso sí que es un piropo, querido Esteban.

      ¡Ay! No me acordaba que ahora van a prohibirlos. Mira que igual te denuncio...

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  7. Hola Ana, estaré pendiente de seguir con la siguiente. Besos

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    1. Hola, Trini. Deseo que la escapada de Julián te interese

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  8. Bueno, pues resulta que abro el ordenador y descubro que tus últimas entradas no se han actualizado en mi blog y que me tengo que ir poniendo al día en las lecturas. Empezaré por la del hombre semivivido y semiacabado que rubrica con su sangre la nómina que marca un antes u un después en su vida. El resto del relato, después, poco a poco.
    Un saludo, Ana.

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    1. Hola, Cayetano. Tú que eres un hombre sabio, si conoces la forma de actualizarlas, házmelo saber, por favor. Y espero que te interese el relato.

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