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(3/5) LA ESCAPADA


NOVELA BREVE
DE VERANO


Por 
Ana Mª Ferrin


RPI

                 Continúa...

Siempre más lejos, más alto, el paisaje y tú en libertad. (www.fotoswiki.net)


EN RUTA



Publicado en Gaudí y Más. 9 de agosto de 2014

Publicado en Gaudí y Más. 21 de julio de 2018


      Continúa...

                              

                               
                     Sólo él.
  
                  El cielo por techo, el asfalto por horizonte, relajado, recostándose en el respaldo con las piernas estiradas, Julián Arzola reafirmó su propia fuerza cambiando marchas con el pie izquierdo y dando gas con el puño derecho. Con una mirada de afecto pasó la mano acariciando las letras doradas que individualizaban su Harley, una azul Sturgis 50 Th, con larga horquilla  chopper de manillar elevado, el cuelga monos que siempre le había llamado la atención, y prolongó el gozo tableando con un dedo los flecos blancos de cuero que rozaban sus brazos al caracolear por efecto del viento.

   Aquel tramo de la carretera francesa se extendía ante él como una promesa de aventuras camino de las etapas pirenaicas del Tour.  Nada podía parar ya su impulso vital guiándose por su propia estrella. Montando en aquella máquina que había sido fabricada cuando aún se hacían los motores montándolos dentro de una catedral gótica al son de la 9ª de Beethoven (como mínimo). El resultado era una montura con la que cualquiera podía reafirmar su individualidad.

   Con los insectos en la boca del casco y el aire puliendo sus brazos, poco a poco fue descansando la mente, liberando la adrenalina contenida por toda una vida y en especial por aquellos últimos días en que los acontecimientos se habían precipitado desbordando su equilibrio. Necesitaba revitalizar su espíritu, recordarse a sí mismo su valía, hacia donde debía dirigir su energía. Y eso estaba muy claro. Allí donde sintiera el gancho penetrante de su fuerza interna.

  La moto. No se trataba de la más rápida, ni de la más ligera, ni la de conducción más simple. De haber sido esa su intención se habría comprado cualquier japonesa. Hasta era posible que se le averiase. Pero no existía en el mundo una forma de comunión con el espacio, mejor que aquel símbolo de libertad con el que deslizarse sorbiendo kilómetros. Hombre, máquina y paisaje unidos por una misma esencia.

   Se sorprendió a sí mismo de lo sencillo que había sido explicarle una decisión tan loca a su mujer, la compra, el viaje. Cuatro palabras habían bastado para que ella le contestara con una única respuesta, definitoria de su estado de ánimo: -Adelante, haz lo que tú creas que necesitas para sentirte mejor y disfrútalo. Ya hablaremos cuando vuelvas-. No cabía duda, era un hombre de suerte.

   Llevaba cuatro horas de autopista sin parar y no estaba cansado, como si el continuo mecerse por las vibraciones del cilindro en lugar de agotarlo hubieran ayudado a serenarlo.

   Aflojó la marcha aprovechando un tramo cómodo para morder los dedos del guante derecho y quitárselo. Pasó la mano por la parte de su cara que le permitía el casco notando la sensación rasposa de la barba. No hacía veinticuatro horas que había dado el salto sacudiéndose de encima el enjambre asfixiante de responsabilidades y se encontraba fabulosamente, hecho un tío. El tacto anticonvencional de no afeitarse, una cosa tan simple, le hacía sentirse como un héroe de película. Denis Hooper camino de Daytona.

    Un gruñido en el estómago le recordó que no era sólo la moto la que debía de repostar, hasta el motero más duro necesita combustible.

   Salió a la carretera que costeaba Mónaco. Aunque representaba un rodeo importante sobre la ruta prevista no había querido privarse del capricho de rodar por la Costa Azul, internándose en una urbanización de seis estrellas como todo en la zona. Mansiones, palacetes, setos y árboles centenarios de los que no instalan las empresas de jardinería que prefabrican la solera al dictado del advenedizo de turno.

   Al oír su llegada, una bandada de pájaros salió del bosquecillo cercano. Junto a un viñedo de tierra roja, Julián desplegó el saco que traía enrollado junto a la tienda y de las mochilas sacó un hornillo y un cazo donde calentar un bote de sopa Campbell componiedo una estampa que hubiera encantado a Andy Warhol.        

   Después de vaciarla en el recipiente, añadirle otro tanto de agua y calentarla, se bebió las dos raciones de cara al sur, por donde ya andaba el sol aquel mediodía. Se había quitado la cazadora tejana y la camiseta y ahora sólo se cubría con un chaleco de cuero, el único extra que le había podido arrancar al vendedor. En cambio, la cazadora motard, según le dijo, constituía una seña de identidad para él y no había nacido quien se la quitara de encima vivo, -Ni mi propia madre-, zanjó concluyente el motero como argumento disuasorio que rubricaba su determinación.
               
   La rápida preparación del equipaje constaba de una mínima bolsa de ropa pero las provisiones que llevaba era en lo que más se había esmerado, sencillas pero contundentes. De ellas extrajo un taco de jamón serrano y otro de queso palentino de oveja bien curado, que junto a una tostada tras otra y el agua, y el café instantáneo, lo dejaron a punto para una siesta. Se quedó tumbado escuchando el silencio sólo roto por el acantilado, dándose cuenta de que en algún tramo del camino debió perder el chip de la ciudad. Ahora, el ritmo cardíaco en el ordenador de su mente ya latía suave, al compás de la hierba.



                          El sol ya se mostraba intratable vestido de rojo cuando despertó. Un sueño de casi dos horas le había paseado por no sabía dónde, cosa que tampoco le importaba mucho. En aquel momento sólo le interesaba que al ponerse en pie y abarcar con la vista los rompientes y las bahías, su convencimiento de que el mundo le pertenecía siguiera intacto.

  En paralelo a la costa las piscinas formaban un doble collar de turquesas engarzado en blanco, rojo y verde; casas, tierra y árboles, con todo el brillo lustroso que el dinero puede prestar a la naturaleza. Desde lo alto de las mansiones hasta la playa, una escalinata de piedras colocadas con capricho artístico servía para que ancianit@s restaurad@s subiesen y bajasen con sus pareos de Armani tintineando las joyas. Bañarse, lo que se dice bañarse, no lo hacía ningun@ de ell@s. El óleo es un material que no se diluye en el agua, pero sí puede desprenderse a capas. No había que tentar a la suerte.
                
   Descolgó el casco del manillar donde lo había dejado con la cazadora y los guantes para que le sombrearan mientras dormía y se despidió del escenario.
        
   Giró la moto cambiando el sentido de su marcha, quería subir hasta el col de los Pirineos por donde escalaría Indurain. Estaba seguro de que el atleta se repondría, y llegaría, llevando arriba con él las esperanzas de sus seguidores grabadas en las piernas como tatuajes.
            
  El ansia de correr se fue aplacando hasta avisarle de que anochecía, imponiéndose parar en algún camping. Cruzaba en ese momento Le Barcarés, cerca de Perpignan y un rótulo de neón intermitente avisaba del Camping La bonne Europe destacando entre el conjunto de ofertas. No lo conocía de sus vacaciones familiares, pero una publicidad interesante, Cabinas de aseo individuales, lo decidió. - Éste servirá-, se dijo, aflojando la marcha.
           
    Al parar la moto en la entrada tras dejar a su espalda un reguero de polvo, la curiosidad de los niños con la inocencia que no sabe de disimulos ante la admiración, hizo que un corrillo de pequeños apareciese antes de que se hubiera quitado el casco y los guantes y diese cuatro estirones a las piernas, flexionándolas, para desentumedecerlas del viaje. No sólo ellos, también adultos paraban su ir y venir para acercarse discretamente a ver la maravilla azul que aunque Julián no se hubiera hecho aún a la idea, ¡era suya!

  Estirando la pata de cabra hacia la derecha cedió a ese lado la moto asegurándola con firmeza en el suelo. Colgó el casco del manillar y con andares aún vacilantes se dirigió a la recepción.



 
                               Cumplido ya el horario de oficinas no había nadie, pero la pequeña ventana del fondo mostraba a una mujer hablando y bebiendo de un vaso largo algo que podía ser el agua de la sed o la ginebra del olvido. Era una mujer rotunda, vestida con algo que, si en un principio le pareció un traje -insinuante por el brillo y lo escotado-, al poco vio claro que no. Era una prenda que ya no solía formar parte de los ajuares femeninos, una combinación, de satén verde esmeralda con encaje negro.

    Interponiéndose entre la luz de una lámpara indirecta la vio ahuecando con las manos su pelo castaño, echándoselo hacia atrás y luego tomar algo blanco, quizá una toalla, para secarse cuello y escote. Volvió a coger el vaso. Julián buscó el timbre y lo hizo sonar consiguiendo la atención de la recepcionista, que se puso una bata de seda negra para atravesar la oficina en penumbra y atenderle.

    Siempre le había interesado la sensualidad casera de los franceses, que al ser individuos muy lógicos y ahorrativos saben que la forma más barata de diversión es el sexo. Y aún más. Si la practican en el ámbito hogareño, encima economizan. Puro razonamiento cartesiano. No le cabía duda de que él había interrumpido los prolegómenos de una actividad placentera. La puerta se abrió y dos ojos a juego con la combinación lo repasaron de arriba a abajo.

   -Está cerrado, pero puede acampar esta noche y mañana haremos la inscripción. ¿Cuántos días piensa quedarse?
                    
   -Sólo ésta noche, saldré mañana temprano. Así que si no le importa, quisiera liquidar la cuenta ahora -le dijo, haciendo con la vista un viaje de ida y vuelta desde los ojos verdosos de la encargada hasta las transparencias del pecho que lucían bajo la bata abierta de par en par. Confirmando su intuición de momentos antes, por detrás de la mujer apareció un individuo que rondaría los sesenta llevando tan sólo un pantalón corto y blanco.
                      
   A pesar de las bolsas que parecían sostener sus ojos y de las canas que poblaban tanto su bigote como el pecho y los antebrazos marineros, el hombre tenía bastantes músculos como para no dudar de su energía. Y la suficiente simpatía como para cachondearse, diciéndole al viajero:
             
  -Éste mes de julio la maitresse ha subido las tarifas, pero en Septiembre volverá a bajarlas. Ya se sabe, todo lo que sube, baja-. Y le guiñó un ojo.
                
    -Sí, César -añadió ella clavando en Julián una mirada de Fanta limón-. Pero no todo lo que baja, sube.
     
     Su compañero volvió a reír, sin duda porque había cogido la intención. Pero Julián estaba seguro de que no había captado la dirección hacia quién iba dirigido el mensaje. De ser así, pensaba, no le hubiera resultado tan graciosa la broma.

     -Espere un momento. Ahora le acompaño a la parcela -decidió ella.

    Haciendo tiempo a que saliese la guía, el español confirmó que en la costa mediterránea los franceses siguen las costumbres latinas de trasnochar. Jóvenes, niños, jubilados, parejas medias, todos se desplazaban por la zona de ocio con el sonido de fondo de la juerga del local social, desde el que se destacaba una voz cantante.

    -Monsieur, acompáñeme, por favor. Por aquí.

   Madame salió y empezó a caminar delante suyo. Él se preguntó porque le habría hecho esperar si había salido con el mismo salto de cama con el que estaba en la casa. Aunque le traía sin cuidado, las chinelas negras de aguja, con plumas, no eran adecuadas para andar por los caminos interiores de arena. Ella giró el rostro para hacerle una indicación y entonces él vio que sí, que los labios rojo naranja y los párpados turquesa eran el resultado de la espera. Un tiempo bien empleado, en honor suyo.

    Anduvieron bastante, unos veinte emplazamientos más al norte en paralelo a la playa. La mayoría habitados, aparecían desiertos a aquellas horas. Sus suelos de madera o plástico, las vallas de chalet hablaban de que allí había actividad fija todo el año. Llegaron a la parcela destinada y la guía abrió la puerta de una cabaña en la que habían instalado un equipo completo de servicio con espejo, ducha y sanitario, todo ello sencillo pero impecable en cuanto a limpieza. Por fuera, un fregadero entre dos encimeras de mármol adheridas a un costado de la construcción, completaban el equipamiento.

    Una vez mostrado el lugar, ella se volvió y le pidió:

    -¿La documentación, por favor?




                          Anochecía. A la tímida luz de una farola el motorista se despojó de un bolso cinturón. Depositándolo sobre uno de los mármoles, volcó en él su contenido y escogió el pasaporte que entregó a la dama, observando de paso que el escote parecía haber bajado unos centímetros desde que la viera en la casa. Intuyó que era en su honor y con una sonrisa aprobatoria, le dijo:

   -Le agradecería que hiciera la ficha ésta noche. ¿Cuándo quiere que pase a pagar?

   -Mi amigo ha de coger el camión dentro de media hora. Venga Vd. dentro de... tres cuartos. ¿Bien? -y añadió-. ¿De qué parte de España viene? ¿De Barcelona? Debe estar cansado. ¿Qué tal un burdeos antes de cenar?
                         
   Los famosos morritos franceses hicieron su aparición despertando en Julián una vocación mamífera que le dio sed, por lo que se dirigió al bar con la esperanza de lograr hablar con Sara. 


                       

                              Del local salía una música, algo lento y con mucho ritmo, Hot, como dirían los antiguos. Poco le costó identificarlo. Si a una cadencia le añades un poco de amor te sale una samba y de eso se trataba. Y no era muy antigua, no, después de unos compases la voz inglesa le traía a la memoria algo que sonó mucho en los ochenta. Era Robby Neville cantando C'est la vie (*). Consiguió comunicar y la voz de Sara cascabeleó por encima de la música:
                           
  -¿Sí? Hombre, cómo estás, ¿qué tal va eso? Ah, muy bien, estupendo...Sí, yo también... ¿Así que eras tú quien llamaste ayer? Ya me lo imaginé -No parecía muy preocupada-.  No, no era la tele, era un amigo, Conrado -podía haber mentido, eso le hubiera ahorrado a él una cierta sacudida. Pero ella, mostrándose superficial, desvió la atención hacia algo sin importancia-: ¿Sabes que he soñado? He soñado que me despertaba y salía a la ventana. Había nevado fresa y pasé el canto de la mano arrastrando la nieve hasta formar una bola con el hueco de la palma. La puse en una copa y me sentí muy orgullosa, porque había inventado el sorbete de fresa. ¿Qué te parece, te ha gustado?... No se oye bien...Bueno, cariño, no dejes de llamarme. Te dejo, que tengo prisa... Ya lo sabes. Llámame. Adiós.

   Lo dejó con la palabra congelada en la boca, tan ricamente, con un tono entre ingenuidad y astucia. Ni le preguntó cuándo volvía.

  Julián se agitó como si le hubieran hecho tragar de golpe un anzuelo con plomo y sedal incluidos, porque comprendió que era inquietante -y maravilloso-, descubrir, que si ella le hubiera pedido que volviese, hubiera salido a todo correr poniendo rumbo al apartamento. Pero nada de eso sucedió y una serie de monedas sin utilizar salieron brincando al cajetín.

   Cruzó el bar sin fijarse en los parroquianos ni en el camarero. Aún así no pudo ignorar a los jóvenes que contaban las monedas para -seguramente- llegar a reunir el importe de un bocadillo o de un paquete de cigarrillos. Rara es la vez en que la edad del dinero coincide con la edad de cualquier apetito. Pensaba acercarse a la máquina de discos pero el aparato estaba copado por un corro de estudiantes con sus profesores.
                       
  Ensimismado en sus cosas, llamó su atención la entrada de un individuo treintañero con traje negro acercándose al antiguo JukeBox con andares satisfechos. Se miró en el reflejo del lateral inoxidable de la máquina y lo que vio debió complacerle, porque deslizó las dos manos por sus sienes aplastándolas con estética macarra.

  Junto a los discos vio a un enorme quinceañero con síndrome de Down apartado de sus compañeros normales intentando introducir por sí mismo una moneda en la ranura. Para el tipo duro, quizá una buena noche con su tiempo de caricias debió conducirlo a esa hora en la que hasta las hienas cooperan, pues ensayó un detalle casi afectuoso con el chico.

    -A ver, aparta, déjame que lo haga yo-, le dice, en tono perdonavidas.
                  
   Volviéndose, molesto, una expresión de enojo aparece en la cara del chaval, que le dice en tono de pocas bromas:
                       
   -¿A que te pego una hostia?
                         
   -¿Qué? -la cara del tipo es un poema al desconcierto que no se arregla al oír la repetición:

    -¡Sorpresa, sorpresa! -palmoteó el chico, añadiendo un inesperado-: ¿A que te pego una hostia?
     
   Encadenado a la última sílaba y a la velocidad del rayo, un bofetón impresionante del quinceañero a mano abierta restalla en el local tirando hacia atrás al elegante agredido, que derriba el tocadiscos con gran estruendo seguido por una descarga de chisporroteos. Una situación de difícil salida para el cliente, porque, ¿cómo diablos justificaría pegarle o asestarle un navajazo a una persona especial? Con testigos, claro. A solas ya habría buscado una solución de las que seguro tenía un amplio repertorio.

      Con buen tino los tutores llaman a los alumnos, que salen ligeros entre risas ahogadas y palmadas al héroe compañero, desapareciendo con rapidez del paisaje a medida que descienden el valle camino de la zona de acampada. Julián se siente reconfortado por una escena tan llena de matices, pensando en que a veces sí. A veces la vida es justa.

                          
                    

                         Una hora más tarde, Julián ya sabía que la propietaria no era madame, que era mademoiselle.  Mademoiselle Michelle, para ser exactos, tenía 38 años y un cuerpazo de vedette de esos que han sido definidos en el diccionario con una palabra: voluptuoso. A saber: Que tiene depositados los kilos en lugares muy estratégicos de su anatomía.

  El transcurso de ese tiempo le dio ocasión  para enterarse de que su acompañante camionero lo era ocasionalmente, sólo a la manera de las rancheras mejicanas: -Cariñitos de un instante y no volvernos a ver. O verse poco.

  Que aquel camping, un negocio muy rentable de 600 plazas, lo había heredado ella el año anterior de un familiar al que no conocía y su administración la había apartado de los cabarés franceses y norteafricanos en los que se mantenía desde hacía diez años con un poco de voz y otro de baile, pero sin salir nunca de la medianía. Si, el camping era un negocio lucrativo, pero esclavizaba. Hacía tiempo que buscaba un director, pero no acababa de acertar con la persona adecuada. Debía ser políglota, honrado y capaz de muchos registros, un camping es un negocio hostelero que necesita profesionales que abarquen una especial sensibilidad. Por cierto, él, ¿a qué se dedicaba?

   Escuchándola, comprendió que la había juzgado mal. No era un ejemplar caliente a la búsqueda de cualquier movida. Tenía delante a una mujer competente que se había hecho cargo de un trabajo difícil y lo estaba sacando a flote con excelentes beneficios. Sólo que una francesa, por fortuna, raramente olvida que laexistencia debe tener su parte gratificante si deseas mantener un equilibrio mental. Y así, ella, tras el trabajo, sacaba de su armario la lencería de Dior y su Chanel nº 5 y ponía ante el César lo que era del César.

  -Y ese César que estaba aquí esta noche, ¿viene por aquí muy a menudo? -quiso asegurarse Julián.

  -Siempre que hace esta ruta con su camión, mon cher. Aproximadamente cada quince días.
                
     -Habrá más amigos, supongo –tomó su mano, acariciándola.
                       
    - Los hay. Unos cuantos. Soy mujer que tiene un gran espacio para la amistad.

     -Y ésta noche, ¿Habría espacio para un nuevo amigo? –con un dedo le subió la falda de satén y la atrajo por la cintura.

    Las uñas rojas de Michelle levantaron muy lento los tirantes del motero hasta pasarlos sobre sus hombros para luego soltarlos, dejándolos caer sobre las caderas de cuero negro. Teniendo en cuenta que Julián venía de visitar el pueblo de Condom donde había comprado unos lógicos souvenirs, la noche se presentaba prometedora.

   -Esta noche, mon cher -dijo ella con voz suave, muy suave-. Esta noche todo el espacio es para ti. 


                   

                              La luz del letrero luminoso, rojo, amarillo, se movía proyectándose sobre la cama al mismo ritmo que la canción de rock tunecino que sonaba en la radio. Julián nunca hubiera imaginado que la métrica magrebí pudiera encajar a la perfección con el compás amoroso, pero así era. No cabía duda de que Michelle sabía lo que hacía, aderezándolo además con una ración extra de ternura.

  Se habían quedado callados, entrelazadas las manos viendo las letras de colores bailar por sus cuerpos, iluminando dos jarrones de flores sobre dos mesitas y los posters de Isla Mauricio y Túnez que alegraban la habitación de la propietaria, con varias lámparas rojas situadas aquí y allá y un kimono, también rojo, colgado de un perchero portátil. No había duda de que a mademoiselle le iba lo exótico.

   Por la mente del hombre rodaban los acontecimientos que acababa de vivir. Pensaba que no era él hombre de lances amorosos mecánicos, muy seguidos, y que su sensualidad precisaba de entremeses y postres. El acto en sí le venía bien de uno en uno, sin prisas, pero aquella mujer insistía hasta encontrar caminos insospechados. Saltó del lecho rodeándolo hasta llegar al lado contrario, donde él estaba. Sentándose encima suyo empezó a moverse y algo tan simple, lo sacudió de norte a sur. Cogiéndola por la cintura, la volteó hacia abajo, a su lado, mordisqueándole la nuca.

         
                       

                          Julián rodó, lento, hasta quedar boca arriba sobre el colchón y ella necesitó un gran esfuerzo para hacer lo mismo. Estaban agotados. La cabeza de ella en su hombro y una pierna rodeándole la cintura, callados otra vez los dos, acariciándose.

    La música seguía desgranando notas. Ahora una balada de ritmo lento muy marcada de caderas, lanzando su estribillo pegadizo, árabe, que sonaba algo así como: ¡Ay, ay, ay, Meléle!, acompañaba la respiración de los dos. Julián se dijo que aquello había sido de lo más alucinante que había vivido en años, -Un poco más y nos tronchamos por el eje-, pensó. Como si le hubieran soplado en el oído, sólo con recordarlo se estremeció entero. Y ella, con los ojos fijos en el techo, ¿qué pensaría ella? No podía saberlo, pero la pregunta que le hizo al recobrar el aliento daba alguna pista de lo que rondaba por su cabeza:

   -¿Por qué no te quedas aquí de Director a tiempo completo? Te ofrezco un contrato con un sueldo buenísimo y una total autonomía, si funcionas bien. ¿Por qué no lo pruebas? Lo de esta noche puede ser cada noche

      ¿Los hombres piensan y las mujeres sienten? Interesante reflexión. 

   Sin duda, la de Michelle era una buena proposición y una buena pregunta. Pero cosa curiosa, sus palabras tuvieron la virtud de frenar en seco a Julián. Porque Julián tenía para sí mismo otras dos preguntas igual de buenas, después de catar el material insaciable de aquellos ojos verdes que lo miraban anhelantes, dispuestos a reanudar la tarea. Preguntas sobre las palabras contrato y a tiempo completo, ¿Le apetecía trastocar su vida embarcándose en algo así?  

   O mejor, utilizando los mismos términos de Michelle: ¿Lograría él funcionar como lo había hecho en esta ocasión y ella esperaba, cada noche?

                              Esa sí era la pregunta del millón.
                 
              Continúa…

Ana Mª Ferrin

16 comentarios:

  1. He leido muchos relatos pero los tuyos estan tan bien contados que narran tan bien las sensaciones y puedes entrar en la mente de los protagonistas y comprender sus pensamientos.Me quedo con la duda de ccomo llegas a manejar todos los papeles.
    Maria

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    1. Querida María no me pidas que te cuente mis secretos, muy sencillos, porque los personajes suelen tener vida propia. Eso, un poco de observación, otro de imaginación, otro de vida, y ya está la mezcla.
      Un beso

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  2. ¡Ay! Una esposa tan compresiva, que termina con un: ¡Ya hablaremos cuando vuelvas! es toda una sentencia.
    Por cierto, qué bien, que la moto viniera con una lata de la mítica sopa Campbell y no con otra más patria, de fabada Litoral.
    En fin, quedo muy interesado por saber si acabará siendo encargado de La bonne Europe. Alicientes allí para ello no faltan.
    Un saludo.

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    1. Hombre de poca fe, ¿de dónde ha sacado que no existen esposas comprensivas?
      No sé si es usted motero, pero eso de una fabada Litoral yendo en moto todo el día a pleno sol…Quite, quite, veo más inteligente la opción de Julián con la sopa.
      Aún faltan 3 capítulos, seguiremos su ruta a ver qué opciones toma.
      Otro para usted.

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  3. Siempre aprecio que el tiempo de la narración se establezca con pequeñas curvas, similares a un flasback, que amplían, descubren y se interpretan como si de un relato en presente y lineal se tratase. El gran recuerdo intemporal del capítulo anterior posee una completa justificación en la búsqueda de una libertad siempre soñada y jamás conseguida. ¿Por el protagonista? ¿Por su entorno? Probablemente por no poseer el medio que completa su aventura road de la que, supuestamente disfrutará y que, una vez emprendida se proclama como tan necesaria como tardía. Esa aventura por lugares que poseen un simbolismo particular a la vez que muy particular y diferente de sus apreciaciones, provoca una sensación de poder, de libertad y de entusiasmo que le conducen hasta la posibilidad, no buscada pero aprovechada con leves regañadientes, de un placer adicional sin malicia, sin ánimo de daño, sin ánimo ni siquiera para él, solo por un momento y un instante predestinado… Su viaje, largo, ese movie road con paisajes verdes, a los que falta la carretera 66 y Monument Valley, creo que proseguirá. Su amor por su chopper. Ya ha experimentado el placer de escuchar un motor que adquirió la música de Beethoven encastrado en el bello diseño de los contrafuertes góticos; paisajes cuidados y poblados de acristaladas damas que no soportarían ni sonido ni diseño de su maravilla motriz; personas y personajillos; sexo y duda personal (mientras Julián completa su viaje iniciático, Sara está al resguardo del suave tacto del visón que la protege con esmero) y extraña. Debe seguir. Alcanzará su meta cuando se detenga su movimiento: nunca. Mis sinceras felicitaciones, Anamaría. Espero.

    Un cariñoso abrazo, querida amiga Anamaría.

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    1. Querido amigo, envías varias indicaciones interesantes, una de ellas la referente a lo difícil de alcanzar esa última meta que se busca. Mientras, se viven experiencias, se ama, se sufre, pero aunque quizá nunca se logre ese éxito final, por lo menos se ha intentado.
      Que sigas con un buen verano.

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  4. que buena fotooooooo, me gusto mucho
    Te dejo un fuerte abrazo
    Buen fin de semana

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    1. Sí que es buena. Da sensación de libertad.
      Por cierto ¿cómo va el arreglo de la cama?
      Lo recibo y te doy otro.

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  5. Me pregunto, Ana María, si mientras nos deleitas capitulo tras capítulo, sigues todavía hundida bajo una palmera. Presumo que tal vez sí y que saldrás de ella después de los tres episodios que restan.Supongo que todo está fríamente calculado.

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    1. Leo tu comentario a punto de trocar la palmera por la encina y te envío estas letras agradecidas por tu visita. A ver qué te parece lo que sigue.

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  6. Un espectáculo de fotografía, querida Ana María.

    Esta foto respira belleza por todas partes.

    Un gran abrazo.

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    1. La libertad, querido Ricardo, qué buena cosa.

      Feliz verano.

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  7. Seguimos poniéndonos al día.
    Hoy con motero, cámping y directora de buen ver o mejor catar. Amores de un noche.
    Me ha gustado el relato y también esa frase mágica:
    "Rara es la vez en que la edad del dinero coincide con la edad de cualquier apetito.
    Volviendo al asunto de las actualizaciones, no soy un experto en esto de las tecnologías, pero para actualizar las entradas yo haría lo siguiente. Entraría en bloguer, en la entrada última, la siguiente a esta, la 4 de 5, como si quisiera editarla o modificarla, cambiaría la fecha, poniendo por ejemplo la de hoy (no te preocupes porque te respetará los comentarios y le daría al botón actualizar). Prueba a ver si así logramos que las entradas aparezcan actualizadas en los blogs ajenos. Salvo que sea un problema de mi blog y no del tuyo, la entrada se actualizará.
    Un abrazo, Ana.

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    1. Como usted sabrá muy bien, Don Cayetano, la frase es cierta y celebro que le guste.
      Gracias por la indicación de cómo lograr que se actualicen las entradas en otros blogs, pero no he conseguido hacerlo. Si sigo así, trataré de solucionarlo a la vuelta. Un abrazo.

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  8. Essa tua bela narrativa, Ana, na qual aparece com destaque a Harley fez-me lembrar de um filme famoso protagonizado por Marlon Brando.
    Parabéns, um excelente final de semana.
    Abraço
    Pedro

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    1. Hay que ver lo que nos impactaban las Harley Davidson hace años. Aquí, cuando veías o escuchabas una, la gente se detenía a su paso. Hoy mismo nos hemos parado en la calle al oír un grupo que estaba en un semáforo. Saludos, Pedro.

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