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AMFST.Q.S.SIOULE Días de cátaros, Gaudí y Ana Mª Ferrin en Francia. (JMSimagen)





(4/5) LA ESCAPADA


NOVELA BREVE
DE VERANO


Original de 
Ana Mª Ferrin

RPI

                Continúa...



Pasión de los seguidores en etapas muy estrechas de la carrera. Los campistas pasan la noche en las subidas. (elpeloton.net/2013/07/cuando-eramos-pequenos-diario-de-un-finde-en-el-tour)


EL DÍA QUE INDURAIN NO PUDO


Publicado en Gaudí y Más. 16 de Agosto de 2014
Publicado en Gaudí y Más. 28 de julio de 2018


 Continúa...

                                        
                              Rompe el día en el llano habilitado como acampada a unos 1.500 metros de altitud donde Julián había llegado de madrugada, exhausto, durmiéndose profundamente con la imagen de Sara vestida como la vio el día de su marcha, pantalón rojo y camiseta blanca. El eco de su voz le acompañó el sueño desde la conversación telefónica de aquella misma noche, aunque con el sentido cambiado: -Pásalo bien  -le decía-. Y tú mismo. Si lo quieres así, te doy toda la libertad para que no vuelvas. Pero si decides volver, ésta será la última vez que te vayas.    
       
   Con idea de dar un aire de fiesta al campamento, recibimiento de ánimo para la esperada recuperación de Induráin, la noche anterior un grupo de españoles había acordado colgar faroles en el exterior de cada habitáculo. Pero a esa altura, con mucho pedregal, pocos árboles y una noche sin luna ni estrellas que la animaran, la fina niebla provocaba un halo misterioso alrededor de las lámparas, cuyos puntos de luz hacían que los espacios intermedios entre caravanas y tiendas pareciesen más oscuros y amenazantes.
                  
   Despertó sobre las tres con un sonsonete martilleándole: Seguir su camino o volver. Nuevas aventuras o lo conocido. No, no era ese un buen momento para tomar decisiones, tenía demasiado cansancio, no había cenado bien y además tenía una urgencia. Salió y vio la moto recibiendo parte del goteo de un abeto, sus níqueles embellecidos por la oscilación de los faroles cercanos y no pudo reprimirse. Tuvo que acariciarla, retirando de paso el agua que perlaba depósito, asientos y tubos de escape, entreteniéndose en desprender con una uña la tierra que rellenaba los espacios entre letras de la marca.  

   Al agacharse, el motivo que lo había decidido a salir se agudizó, hasta el punto de que por unos momentos hubo de quedarse plantado sin poder caminar. Cubrió con la vista los alrededores, en especial la furgoneta más cercana, al otro lado del camino, tomando la opción realista de no arrancar campo a través. La noche fue buena aliada para la escasa frondosidad que lo acogía, estaba seguro de nadie habría visto algo inconveniente. Porque la barbarie tiene sus límites. Una cosa es no lavarse ni afeitarse y otra muy distinta regar los árboles ante la gente. Así y todo soltó una carcajada al verse con el acto reflejo de frotarse las manos bajo el chorreo continuado que descendía por la punta de una rama. Por muy salvajes que deseemos ser, la civilización deja en los individuos un poso más denso de lo que nos gusta reconocer.

   Regresó a la tienda frotándose los brazos, rebujándose en el saco, buscando reposo imaginando el decorado de su casa, confortable en mesa y cama, en el cuerpo de ella durmiend0o acurrucada junto a él agarrada al lóbulo de su oreja, como hacía siempre. Pero la lluvia regresó dando paso al azote a rachas por causa del viento y eso hizo que en su mente tomase cuerpo la locura del día anterior con Michelle. A cada nuevo tamborileo del agua ella aparecía con sus ojos verdes y su pelo color del trigo maduro, gritando, oleadas de fantasías cumplidas en tan poco espacio de tiempo. El sueño, el don de la noche, le fue venciendo de nuevo con las imágenes de las dos mujeres alternándose en su cerebro, hasta que se durmió fundiendo a las dos en un único recuerdo.

   De nuevo, a las seis volvió a desvelarse y abrió la cremallera para ver el cielo. En los trozos liberados de nubes, su azul intenso y un fuerte viento preludiaban un día claro después de la lluvia torrencial tipicamente pirináica. Una noche para no olvidar. Salió a reforzar los cables de sujeción, tensándolos con el temor de salir volando tienda, saco y él mismo. Hasta que se desentendió de todo y volvió a dormirse, su cuerpo machacado por la moto y el camino así lo demandaba.

             


                                Despertó. Eran las nueve y decidió levantarse. Salió del saco tímidamente, por partes. Dentro, el plumón mantenía una buena temperatura pero a pesar de estar en julio, sacar un brazo o una pierna sólo podía hacerse a base de voluntad.

  Por lo bajo del techo se vistió sentado, de nuevo el pantalón y la camiseta azul de manga larga, chaleco de cuero negro y pañuelo negro al cuello fueron su uniforme. Se dejó los calcetines limpios con los que había dormido y tomó la decisión de tirar los del viaje, no estaba el ambiente para coladas. La doble cremallera de la tienda se resistía, encallada, pero consiguió abrirla y aspirar el aire cortante con aroma a café y tostadas. Acabó de calzarse y salió al exterior frotándose los brazos para entrar en calor.
     
   A su derecha, en la curva, una mujer pintaba en la calzada de aquel tramo de carretera un saludo de ánimo, más bien un grito, para el navarro: ¡¡Allé Dú-Dú!!, el apelativo cariñoso que los franceses dedicaban al paso de Indurain. Sin grandes figuras propias que seguir, muchos aficionados del vecino país habían adoptado al discreto español como héroe personal. Y no eran los únicos. La categoría deportiva de aquel atleta unida a su humildad le habían conseguido aficionados incondicionales de todas las nacionalidades.

   El muestrario de seguidores de cualquier Tour podrá ser variopinto pero una cosa es segura. Entre ellos raramente se encuentra alguno de esos que podríamos llamar financieros de alta velocidad o grandes capitalistas de los que se mueven entre contabilidad creativa. El sueño de un estadístico, la verdadera masa media silenciosa de la población, tenga o no capital, puede concentrarse entre esta gente nada silenciosa.
                    
   Jubilados, estudiantes, empleados y pequeños empresarios autónomos, como la familia gitana de vendedores ambulantes que aprovechan el día de trabajo para bravear al que ellos identifican como el representante ciclista de su colectivo: -¡Pápa, que ya viene el primo!

  Brocha en mano, la señora acaba su pintada y se reúne con su pareja sentándose a desayunar ante su roulotte al otro lado de la carretera.
                      
   Le estaba entrando hambre a él también. A unos cincuenta metros, de camino hacia el mirador donde se había instalado la Meta, vio el edificio que había rodeado la noche anterior antes de entrar en el cuadrado de pasto donde acampó, un hostal con un cartel anunciando Teléfono y donde el humo hogareño de una chimenea ascendía confundiéndose con las nubes. Cerró la tienda encaminándose hacia él.



                                Lo primero que vio al abrir la doble puerta del local le hizo dudar de si era cierto que se había acostado, había dormido y aquel era un nuevo día, porque la misma mesa con el mismo corro que había entrevisto la noche anterior por la cristalera jugando probablemente la misma partida de poker, seguía como si el tiempo se hubiera detenido. El local era ¿francés? ¿español?, en aquel zigzagueo de montañas podías encontrar la mezcla hostelera a un lado u otro de la frontera.

   Poco importaba. Lo cierto era que hasta allí no habían llegado los buenos modos que debieron repartirse en Versalles o el Palacio Real de Aranjuez. Aquellos parroquianos, profesionales del trapicheo o vete a saber qué, jugaban con pocas palabras su eterna timba observados a una distancia prudente. Si algún recién llegado traspasaba la imaginaria línea que rodeaba la mesa, una mirada que podía cambiar de sitio una pared le disuadía, enviándolo hacia el rincón de la caja donde un cartel ordenaba: Shut up & Buy, Cállate y compra.

   Julián pasó ante ellos camino de los servicios acercándose al olor rancio de fritura que venía de aquel ala del local. Al cruzar junto a la cocina se oyó una voz insultante hacia el niño invisible que berreaba.

                               -¡Cállate, hijoputa, collons, hostia! ¡Mérde!

   Gracias al frío que entraba por el cristal roto de la ventana el olor de los servicios era más o menos soportable. Tanto el suelo alrededor del inodoro como su interior mostraban al usuario esa sorpresa alquímica que convierte determinados líquidos en sólidos para acabar como un rebozado de cemento amarillo. La necesidad que lo llevó hasta el lavabo desapareció tan de golpe que volvió a abrocharse el cinturón, no sin antes leer parte de los mensajes con que algunos visitantes, que sabe Dios si seguían vivos después de haber estado sentados allí, habían entretenido la espera volcando su mundo en el interior de la puerta.   


   Que cualquier humano sea de donde sea deja un mensaje cuando viaja, es un hecho. Pero que, contra lo que pueda parecer, los españoles aprovechamos cualquier ocasión para unirnos, sólo lo sabemos nosotros. Sobre la pintura que un día fue beige, una columna gráfica afirmaba:

  
          VIVA VALLADOLID.
                                                 
            QUE VIVA VIGO.
                                   
          DE ESO NADA, QUE VIVA OVIEDO.
                             
           ¿Y DE TORTOSA QUÉ?  VIVA TORTOSA.
                  
                     DE TORTOSA NI EL ARROZ. QUE VIVA CASTELLÓ, EL

                    MAESTRAZGO Y MORELLA Y TOTA LA SEVA GENT.                     

             VALENCIÁ Y HOME DE BÉ NO POT SER.
                  
              JE, JE, QUE VIVA ESPAÑA Y EL JAMÓN DE JABUGO

               AHÍ HAS ESTAO BIEN. Y TAMBÉN LA TORTILLA DE PATATAS
   
           ELS CATALANS NO VOLEM REY, ¡VISCA JAUME I EL CONQUERIDOR!
                                                 
              MUY LÓGICO ESO, ERUDITO Y TARAO
  
              DIOSSSS!!!  QUE PENA


  Aquello estaba degenerando, descendía por la puerta y Julián no estaba dispuesto a arrodillarse en aquella porquería para seguir la historia amorosa de las autonomías españolas, así que se dirigió al lavabo.    

    Fuera la camiseta.

   Se lavó superficialmente pasando de afeitados. Había olvidado traer una toalla y echó una mirada al estado de la que colgaba de un clavo, que como todo en aquel lugar parecía transportado del medievo más tenebroso. El asco había dado paso al asombro y éste a la admiración arqueológica. La existencia de algo así en la Europa del bienestar, a unos cincuenta metros de una meta del Tour con su despliegue de medios en 1996 a un paso del siglo XXI, era un misterio. Inconcebible. Como era de esperar, de papel higiénico ni rastro, por lo que se pasó el pañuelo del cuello por la cara, secándose brazos y torso con un periódico que alguien había dejado sobre el radiador inservible. La bohemia tiene sus servidumbres, pero con aquellas temperaturas a ver quien salía mojado. Se echó desodorante y acabó peinándose hacia atrás el pelo que a este paso pronto necesitaría una coleta.

  Paró ante el teléfono que se encontraba en el pasillo entre la cocina y los servicios, sacando un puñado de monedas del bolsillo. Se oyó la señal, el trago de monedas, un ¿Si? femenino y antes de que él pudiera responder, la llamada se cortó. Repitió la acción otras dos veces con el mismo resultado, hasta dar por finalizado el intento. El camarero pasó junto a él y le preguntó, amable, si funcionaba. Al responderle que no, el hombre se extrañó: -Pues hasta hace un rato iba. Es extraño. Inténtelo más tarde.

                      
   El motero quedó confuso, posada la mano sobre el auricular. Al traspasar por segunda vez el grasiento pasillo volvió a oír la misma voz dirigiéndose -supuestamente- al mismo niño:

                            -¡Tais-toi, mamón! ¡Ya me suda de tanto lloro! ¡Cochón!

   Al ir a guardarlas, una moneda le cayó al suelo y al agacharse a recogerla quedaron ante su vista las botitas marrones que remataban unas piernecillas gordezuelas y sucias, con una braga agujereada en el lugar justo donde una pilila al aire pudiera hacer su pis sin que nadie perdiera tiempo en ayudar al niño. Un peine con generaciones de substancia de la que sólo las puntas de las púas se libraban, era chupado concienzudamente por una boquita roja rodeada de mocos, tan secos, como los churretes de lágrimas que a buen seguro llevaba derramadas buena parte de los tres años que debía tener, guapo y rollizo.

   El pequeño, agarrándose con una mano a las tiras amarronadas de la cortina debió ver algo en el hombre que le hizo sonreír y Julián quedó fascinado por cómo una sonrisa podía hacer relucir de aquella manera la belleza por debajo de capas de suciedad. Casi un bebé, sus ojos azules como las más caras aguamarinas de Cartier brillaron con alegría, iluminando los caracoles negros pegados a su frente. Rebozado en el olor agrio de la mala atención, aquel pequeño príncipe reía feliz, cambiando el sabor del peine por el plástico  de la cortina que masticaba. La estrecha obertura en la cortina provocada por su cuerpo dejaba entrever un fregadero lleno de platos sucios, sobre los que destacaba coronándolos, un orinal rosa boca abajo.

 Había que tener hambre para comer allí, pero él la tenía y estaba sin provisiones, así que dejó a un lado la visión de la garganta del que atendía la barra, en la que el sudor se había aliado con la falta de higiene para dibujar unas rayas negras a juego con el cuello de la camisa rosada. Pidió un botellín de cacao calentado en la máquina y un paquete de galletas. Al menos iban envueltas y aquellas uñas no las habrían manipulado.

  -Bien, un cacao y un paquete de biscuits- la voz del camarero rebosaba dientes musgosos.

   Hubiera pedido de buena gana un bocadillo de Frankfurt de los que se freían en la plancha, pero el extractor que colgaba sobre ella deslizaba en las salchichas un lagrimeo gelatinoso que debía arrastrar muchos de los bichos negros que se veían pegados alrededor del hueco, así que desistió.

  Para atenderle, el camarero dio un último mordisco a un bocadillo y se lo guardó, goteante, en un bolsillo del pantalón.

  Gracias a que el local tenía buenas dimensiones había posibilidades de alejarse, tanto del empleado como de la partida. Arrastró una silla hacia una de las mesas que daban a los ventanales para observar a los caravaneros, que a su vez, miraban cómo un poco más lejos los ambulantes plantaban su tenderetes alrededor de la meta con sus recuerdos del Tour.

   Cogió unas servilletas de papel con las que frotó un círculo en el opaco cristal hasta confirmar que era transparente, observando que son muchos los que viven al abrigo de los esforzados deportistas.

  De repente, un cochazo imponente hizo su aparición, saliendo de él un tripudo personaje de cuya categoría daban fe las espaldas curvadas que lo recibieron. Pavoneándose, abrió la portezuela contraria y ayudó a descender a una preciosa morena de largos cabellos lacios vestida con un mono beige, elástico y brillante, que hubiera podido confundirse con la piel por lo ajustado. Entre la estatura y la plataforma de sus botas blancas, la joven le sacaba cabeza y media al individuo, que la sujetaba por el talle con autoridad y a la que, mientras iba presentándola a los demás que la miraban embobados, Julián vio que le estaba masajeando el trasero.

   La comitiva entró en el local con otros jefazos y otras nenas, y entre todos atacaron amigablemente a un tipo alto y guapetón con hechuras de ser y haber sido alguien, que reía con grandes carcajadas pasándose continuamente la mano con los dedos abiertos por el tupé rubio/ rubio que, una y otra vez, le caía perfecto sobre la frente.

    Uno le palmeó la espalda.

    -¡Qué, qué, cómo le va a la Mafia rusa! –aclarándole al individuo tripudo-: Éste, aquí donde lo veis, mueve todos los hilos del deporte soviético, desde Siberia a Moscú.

   -Eso quisiera yo, ¡Ja, ja!, ser mafia. Pero allí todo legal. Hoy en Rusia democracia. Yo, todo legal.

    Las risas corean sus palabras.

   -¡Anda, Eugin, que estás tú bueno! Eso ha estado bien, ¡muy bueno!
   
  El coro espontáneo formado por unos campistas en otro ángulo del bar subía de tono. Después de varios acoplamientos, una habanera cubrió el espacio haciéndolo francamente bien, sentido, alcanzando la mayor participación al atacar con: -¡Indurain, Indurain, Indurain es cojonudo, como Indurain, no hay ninguno!

   Es tal la escandalera que hasta la mujer de la cocina que sólo era una voz en grito, asomó una cabeza pelirroja y rizada para ver el jolgorio. La presencia oculta del niño volvió a su llanto y ella se agacha a recoger algo del suelo, posiblemente una zapatilla, tirándola hacia el interior, no sin añadir:

   -¡Te callarás de una puta vez, cochón!
  
       
               

                         Al volver a la acampada coincidiendo con un cielo tembloroso de palomas, el campista se detuvo para observar a los compañeros que iban saliendo de sus cubiles. Sentado en una piedra ante una roulotte, un tipo todo pelambrera con pinta de troskista nacido cuando ya nadie sabía quien era Troski, se cardaba la barba con la mano izquierda, pensativo. Se juntan las nacionalidades. La pareja alemana que come un bocadillo de pie ante el escalón lateral de una Wolksvagen Westfalia sesentera, siguen luciendo décadas después una cresta que empezó siendo punk. El empresario nace, eso piensa Julián viendo al chaval francés del polo Lacoste que ha parado en un amplio arcén su furgoneta acondicionada como bar de frites. Recién entrado en la juventud, tiene el desparpajo de los buenos gestores sirviendo con celeridad y limpieza patatas fritas y bocadillos, cafés y pastís.

   Llegado a su lugar, a un lado de la carretera otra furgoneta enseña a través de la ventana el equipamiento casero del vehículo. La noche anterior la había visto llegar con sus ocupantes, una pareja treintañera. Por la mañana, poco antes de clausurar la circulación normal para dar comienzo a la llegada de servicios de la etapa, el hombre había salido en la moto que llevaban sujeta en el soporte trasero. Eran las doce y ella seguía allí, sola, tumbada en una hamaca bajo el toldo. Julián la observaba, bronceada y rubia, con los cabellos ondulados.

  Cada uno frente a frente en una riba del camino, mirando al cielo, sin más movimiento de sus personas que la punta roja de sus cigarrillos y la mano que lo acercaba y retiraba de sus labios. Y a juzgar por su propia actitud –él estaba seguro- atentos mutuamente, ya que no la pierde de vista cuando ella sube a la furgoneta, ni mucho menos cuando inicia la desnudez y el posterior lavado frente a él ante la ventana, a pocos metros. Sigue mirándola sin verla, oyendo sus chisteos sin escucharlos, hasta que desairada, sale peinándose el corto cabello y dando un portazo visiblemente afectada con el alma a flor de piel. De piel de hiena, claro.

   Julián nota como el hormigueo bienhechor de su propio motor va reduciendo velocidad, recorriendo pausadamente el cuerpo tumbado, lento, cada vez más lento, hasta parar sus revoluciones sumergiéndolo en un grato sopor. 



                               Abrió de golpe los ojos y de un salto salió al exterior a tiempo de ver como avanzaba la caravana del Tour. Sonaban escalas musicales tocadas por las bocinas, atrayendo la atención de los seguidores distraídos, que empezaron a correr para no perderse la fiesta. Eran los vehículos que encabezan la vuelta, esa troupe circense que hace las delicias de la chiquillería arrojando propaganda y muestras de diferentes productos, convirtiendo en niños ilusionados a todos los seguidores que se disputan el espacio a ambos lados de la carretera con la esperanza de conseguir una visera o una chocolatina, que guardarán como souvenir de la carrera. Uno más entre ellos, Julián se acerca al mirador dando un último bocado a la última galleta, justo a tiempo para que una mini-lata de alubias rojas caiga a sus pies. -¡Ya podrían tener más cuidado, si me da en la frente, me tumba!– les grita a los del coche anunciante.

   El desfile propagandístico es impresionante.

  Refrescos y vinos. Dulces. Compañías de seguros, marcas de automóviles, conservas, colonias, todo tiene su espacio en los carteles que adornan los techos de los automóviles-anuncio, las pancartas que pasean las avionetas, las casi carrozas de las empresas más potentes, que presumen de llamativas azafatas arrojando regalos.

   Una abuelita con el paraguas vuelto del revés sostenido sobre su cabeza como una parabólica, recolecta regalos. Y le da resultado, cada poco hace la descarga de chucherías seguida por la mirada de envidia de otros espectadores que se preguntan por qué no se les habrá ocurrido a ellos esa maniobra. Mientras, la nieta quinceañera aprovecha el barullo para crujirse a besos con el noviete al amparo trasero de su caravana, abrazados entre anoracks, gorros, guantes, bufandas. Ese amor primero tiene el calor suficiente para traspasar capas y capas de lana, seda y algodón.

   Se oyen intermitentes las sirenas de los coches que abren la carrera.

   En el televisor que un vecino ha plantado cara al exterior en la ventana de la cocina, puede verse como la cabeza de carrera circula rodeando la montaña tal si pelaran una naranja, sonando más fuertes los aplausos de los aficionados a pie de ruta cada vez que ruedan justo por los tramos que se encuentran bajo la explanada del público. Julián se acerca al borde que le permite ver abajo a lo lejos al otro lado del valle, la cinta multicolor fraccionada en tres partes donde los corredores han comenzado la aventura del día. Ya se ha formado un pelotón batiendo el llano, intentando posiciones de cabeza que les permitan afrontar la escalada con el máximo desahogo.

   Dando tiempo a que la carrera avance, conecta el transistor probando las diversas emisoras que siguen el acontecimiento, dudando entre Onda Cero, Radio Nacional, La Ser o la Cope. Todas informan con pasión que Indurain parece recuperado, que rueda en cabeza con esos veinte hombres que ahora iniciaban en la falda de aquel puerto su primera andanada decisiva. 

     Pero lleva seis días lloviendo. 

   Aparte de no estar fino, Indurain es un corredor que puede aguantar una jornada de lluvia, pero es sabido que necesita el sol como energía para poder dar ese salto que lo transforma de un deportista de élite, en el indiscutible número uno. La carrera está siendo accidentada. Ha habido varios abandonos en el último puerto, uno que no parecía gran cosa pero está resultando demoledor, rompepiernas. Un estirón del acordeón arranca de cuajo un puñado de diez hombres punteros, incluido el navarro, que se lanzan de manera suicida hasta la última bajada precursora del comienzo de la escalada. 

   De la forma más llamativa, a un corredor del Mapei le patina una rueda llevándose un golpe soberbio, arrastrando en su caída al resto de los escapados y a un buen número de los perseguidores que, saliendo de la curva y sin tiempo para frenar, se ven envueltos en el barullo.

   Anulada la escapada, los más beneficiados de aquel río revuelto, los últimos del tercer pelotón, forman un nuevo grupo compuesto por unos quince que se lanzan a la gloria de la meta con más voluntad que condiciones, ya que a la segunda curva la fuerte subida mengua las fuerzas de la mayoría hasta dejar los candidatos reducidos a sólo cuatro participantes.

   Al ser la ascensión en círculos, los espectadores, desde la cima donde espera la Meta, van contorneando la explanada siguiendo los avatares de unos hombres que avanzan más que a fuerza de pedalada, a fuerza de riñones.

   Aquello empezaba a parecerse a una novela de Agatha Cristhie. En la escena estaban todos los sospechosos pero nadie se aventuraba a señalar al asesino. Para rematar el cuadro, la lluvia que los acompañaba desde hacía un buen rato con timidez, arreció, batiendo de cara a los corredores. Sólo unos pocos espectadores corrieron a guarecerse. La mayoría, familias enteras con niños incluidos, permanecían anclados en las cunetas, acompañando ellos también el sacrificio de unos guerreros que ya rozaban lo sobrenatural. El viento los envolvía, el agua pasó a convertirse en granizo. Un relámpago seguido de un trueno dando la sensación de que el cielo iba a desplomarse sobre ellos, tuvo la  virtud de hacer destacar entre el cada vez más oscuro cielo, los colores chillones de los maillots.

   Los cuatro héroes disputaban su propio viaje a los infiernos punto por punto, era ya el último kilómetro. Por dos veces el mismo corredor del Kelme, imposible de identificar por el barro que lo cubría repitió la intentona de fuga, aunque sin resultado. Los otros tres, manteniéndose unos a otros sin variar su ritmo, volvían a prestarle un hueco.

   Un italiano con una bandera a modo de capa empezó corriendo al lado de los cuatro y ahora caminaba a su paso animándolos a todos a la vez, de un lado a otro, gritándoles lo bravos que eran.

   Avanzando a golpes de coraje, ellos sabían que aquel choque de suerte en que se había convertido la caída de los favoritos, les brindaba la hazaña con la que habían soñado toda su vida.

   Los últimos metros, ya de pie sobre las bicicletas con los ojos entrecerrados y sólo los dientes apretados destacando en su cara, cumplieron un sprint de infarto, que ajustado en centímetros dio un vencedor tan confuso que hubo de seleccionarse después de la foto-finish.

   Aclamados por toda una ladera de seguidores, observados por millones de aficionados de todo el mundo a través de la televisión, batidos por la tormenta y llevados en alas de su propio orgullo, la revancha de los gregarios, de los que nunca ganan nada, aquellos que jamás disfrutan besos de las bellas ni ramos de flores al final de su esfuerzo, se alzaban hoy en el podio recibiendo las medallas y los agasajos. Entre ellos no se encontraba Miguel Indurain, pero a Julián no le importó el detalle. Acababa de ver un espectáculo que no tenía precio, el triunfo de la voluntad del hombre sobre su propio cuerpo y los elementos. 

   La naturaleza ingobernable del eco, las fanfarrias, los himnos, empezaron a desvanecerse. 

                          Hasta la etapa siguiente... 


                          Continúa...

Ana Mª Ferrin

14 comentarios:

  1. O es usted una buena y atenta aficionada al ciclismo o se ha estudiado bien el tema, ya lo creo. Aunque, en aquellos tiempos de Induraín, ídolo de la afición, y Rominger, quién no era un seguidor entusiasta seguidor por la pequeña pantalla de las azañas del navarro.
    Muy emocionante su escrito, que veremos a qué puerto llega.
    Un saludo.

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    1. Me ha hecho recordar a un noviete de los 15 años que fue campeón de Cataluña amateur, quizá ahí empecé a fijarme en los entresijos de ese mundo. Pero lo definitivo fue presenciar en directo el desarrollo de una etapa como la que describo. Casi, casi, lo escrito fue real.
      Saludos para usted.

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  2. Dormir a la intemperie sin estar acostumbrado es toda una experiencia de incomodidad mezclada con los elementos que aconsejan despertarse para tratar de conseguir una comodidad inexistente. Pero realizar las abluciones normales de un ser que es consecuente con la limpieza de su cuerpo es prácticamente imposible. Ese bar, esos baños y esa mezcla de dejadez y suciedad, leyendo lo poco que han escrito en su vida determinados personajes que no les importa anda que no les pertenezca o favorezca, es típico de la incultura y falta de consideración para con los demás. Julián preparado para poder captar el momento del desmoronamiento de un ídolo, encuentra todo tipo de costumbres, miserias y alocadas ganas por vivir instantes únicos en cualquiera de sus formas. Y mientras la carrera, la lucha constante y la destrucción física es objeto de mirones que se alegran cuando instantes antes ensalzaban hazañas que ya jamás se lograrán. Un reportero del Tour no habría explicado mejor, ni mucho menos, la crónica de una admiración perdida, de una mala semana que acabó con la potencia y el resplandor de una estrella.

    Un cariñoso abrazo, querida amiga Ana María.

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    1. Querido amigo, algo que nunca olvidaré fue el empeño sobrehumano, ya fuera de fuerzas, del ídolo, intentando no defraudar a todos aquellos que durante años y años lo habían seguido. Había tal generosidad en un acto que a primera vista podía parecer patético, que me conmovió, porque su expresión parecía pedir perdón por no poder dar más, y hay que ser muy grande para estar a punto de hospitalización y seguir subiendo por una curva en rampa en la que hasta los coches patinan. Y eso cuando ya no se necesita demostrar nada, ni fama ni dinero, por haberlo ganado todo.
      El tema del ciclismo profesional es una metáfora de la vida, desde lo placentero hasta lo más sangrante, saca del individuo valores y bajezas que él mismo desconocía. Y creo que aún no se ha escrito un texto que le haga justicia.
      Un abrazo.

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  3. Las grandes hazañas o los más tristes desencantos del deporte, Ana María, si son recogidos y matizados con "escribidores" poseídos por tintes de genialidad, terminan siendo, como aquí, portentosos e inolvidables.

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    1. Imagino las anécdotas que podrías contar de tus viajes y asistencia a lugares y personajes tan diversos, tantos años. Anímate y sigue contándonos tus experiencias.

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  4. Describir con tanta maestría este mundillo curioso, variopinto y, en ocasiones, poco higiénico, de las acampadas colectivas, incluyendo las meadas en el suelo de los baños comunes y los bocadillos churretosos de aderezo sospechoso, solo se adquiere tras haber practicado mucho el arte del cámping y de los viajes en caravana o en tienda de campaña.
    Un saludo, Ana.

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    1. No exactamente. Los campistas y caravanistas organizados están reconocidos como un colectivo de lo más civilizado, de los que a cualquier localidad le toca la lotería cuando la eligen como lugar de un encuentro, ya que por donde pasan queda un reguero de limpieza y beneficios. Cree en mi palabra, he sido testigo de cómo el alcalde y el párroco de un pueblo de Barcelona se pusieron en contacto con una organización campista para que cambiaran el destino de un encuentro en el pueblo de al lado, por el suyo. Y en otra ocasión, en Francia, cómo los habitantes de un pueblo muy conocido fueron cambiando todos los indicadores de llegada a un encuentro de cientos de personas en una ciudad cercana, facilitando el acceso a su propio centro comercial para que las caravanas se quedasen en sus terrenos.
      Otra cosa son las aglomeraciones incontroladas en lugares poco estudiados donde se mezcla todo tipo de masa, sin organización ni servicios previstos, como pasó en esa ocasión, donde un lugar inadecuado pero cercano a la meta, tomó el protagonismo. Y así pasa lo que pasa.
      Saludos a ti.

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    2. Seguro que tienes razón. La verdad es que conozco poco este mundo. Solo tuve una experiencia en mi vida y fue desastrosa: finales de los años 70, cámping de Punta Umbría (Huelva). El director era un tarugo, además de desconfiado, los camareros le estafaban, la gente que acampaba allí dejaba mucho que desear (ruidosos a cualquier hora), los servicios estaban siempre sucios... No duramos allí ni una semana. Está visto que me tocó sufrir una experiencia desagradable y me quitó las ganas desde entonces de repetir la experiencia. De hecho vendí la tienda de campaña a una amiga.
      Saludos de nuevo.

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    3. Pues ya es muchísimo, porque una semana en un mal sitio enloquece. Aunque ni más ni menos que en un mal hotel o apartamento.
      Un día haremos una entrada sobre malas experiencias viajeras y sería estupendo que todos contáramos alguna de las que hemos vivido. Puede ser muy jugoso. Abrazos, Cayetano.

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  5. Valeu a pena, Ana, aguardar pela continuação dessa tua bela narrativa. Gostei muito. Parabéns.
    Um bom final de semana.
    Abraço
    Pedro

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    1. Seguro que en un país tan grande como el tuyo también habrá lugares con público de lo más exótico. Buen fin para ti.

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  6. Ola Ana.
    Chegando no seu blog.
    Bjins
    CatiahoAlc.
    https://reflexoemcoisasdemulher.blogspot.com

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