Foto cabecera

OCASO EN CONIL "OCASO EN CONIL", CÁDIZ, ESPAÑA. (Áfrika Martínez Ferrin)



EN LA SAGRADA FAMILIA, "IZA"


 


Después de veinticinco años volví a reencontrar

a Joana, hermosa como si por ella no hubiera

 pasado el tiempo. Según me dijo, con el mismo marido

que la sacó del ático, hijos y una vida de novela. 

Sólo un buen observador habría adivinado en sus ojos 

 el peso de la pena. Un recuerdo, guapa. 

.


RELATO  

                     
Original
de Ana Mª Ferrin

RPI



                     Mª del Tránsito, Joana, dio una calada al cigarrillo y se pasó la mano abierta por la frente echando alternativamente la cabeza hacia delante y hacia atrás, sacudiendo la melena y alborotando con los dedos su cabello rojo. Al hacerlo quedó unos segundos inmóvil, apoyada en la baranda de su ático recibiendo el sol en plena cara, sumergida en el estruendo alegre que formaban con su vuelo las gaviotas de la plaza Gaudí. "-¿Sería esto ser meteorotrópica -pensó-, sentirse bien o mal según el clima?"

  Abrió las solapas de su bata de seda naranja para recibir también el sol en el pálido escote. Su mirada, como tantas veces, acortó la distancia que la separaba de los obreros encaramados al templo enfrente suyo, parándose muy especialmente en el oriental de los tirantes cuya amplia espalda, a veces desnuda, le sugería un océano sin fondo en el que hubiera deseado zambullirse.

  Su jornada laboral se prometía movida. Eran las nueve y ya había recibido a su primer cliente. Un trabajito rápido. En tres cuartos de hora el señor JotaBe había iniciado, desarrollado y culminado la faena, rematándola con un whisky. 



Soñaba vestir con el estilo que puede aportar el dinero..... 


UNA BOCA PARA TUMBARSE EN ELLA...

Publicado en Gaudí y Más. 4 de julio de 2015
Publicado en Gaudí y Más.  7 de mayo de 2022



                                     Observando las volutas que dibujaban arabescos ante sus ojos, Joana recordó los movimientos del temprano visitante, un hombre siempre con la expresión fingidamente ausente que a ella no la engañaba. 

   Desde el momento en que le abría la puerta, Joana podía  escuchar el borboteo de pasión que ascendía las largas y fuertes piernas del caballero cubiertas por un excelente paño gris. Buen corte para vestir una estructura potente. Aún en la madurez, la escalada esculpe maravillas en las piernas de los hombres.
  

  Después de un año de recibir al señor JotaBe lo conocía bien. Ni comentarios libidinosos ni palabras de cumplido. Se desvestía siguiendo un rito, tablas de la ley grabadas a fuego. Una tras otra, desde la corbata a los calcetines, las prendas quedaban dobladas en el respaldo del pequeño sillón chino del dormitorio. Ligero respiro ocioso de un día semanal para el caballero,  un alto en el camino, justo entre el acceso a Barcelona desde su casa de la playa y el afamado estudio de arquitectura situado en la yema de la ciudad, del cual era socio principal. Pero eso sí, siempre con la mayor puntualidad porque el señor JotaBe era en todas sus cosas un profesional muy formal. Hasta en el punto culminante de la pasión era sensato. Apretaba los dientes, incluso sus ojos parecían a punto de salir despedidos de las cuencas. Pero él, serio, solemnemente serio, cumplía su cometido como si calculara la resistencia de una columna. Con absoluta e imperturbable gravedad.  

   - Se está bien al sol...- se dijo Joana, desperezándose como un gato y dejándose caer en el sofá. Volvió a fijar la atención en los trabajadores que manipulaban los anclajes de una escultura, ahora en el que tenía aquella hermosa cabeza y una boca pulposa, en cuyos labios se hubiera tumbado como en una hamaca. Pensando en lo poco que le apetecía volver a desenrollar el toldo verde, la señal conocida por sus contactos como de paso libre para acceder a su dormitorio.



                                               Diez años habían transcurrido entre la Mª del Tránsito y la Joana, en los que pasó de arrastrar almadreñas a lucir zapatos de Dior. Un corto paseo de largo recorrido que la trasladó con dieciocho años, desde una cuadra santanderina, a estudiante de Bellas Artes y empleada de unos grandes almacenes en Barcelona –sección Caballeros-, para recalar finalmente en el ático coquetón de la calle Mallorca frente al Portal de la Gloria en la Sagrada Familia. 

   Entre ropas masculinas, tras un mostrador, allí había empezado su carrera desabrochándose un botón extra del uniforme. Cuando sobreponía un jersey o cualquier otra prenda a uno de los clientes que valoraba como asequible y adinerado, suavemente, tímidamente, lo rozaba en puntos clave con el antebrazo, con la yema de los dedos... y entonces lo miraba fijamente mientras se mordía el labio inferior y bajaba la vista. Incluso se ruborizaba. Rápidamente se convirtió en una experta en seducción profesional, en ser invitada a un café a la salida del trabajo.

   A partir de ahí, seguidamente y ya en plan especulador, subida de tarifa tras subida de tarifa, antes de cumplir veinte años ya había alquilado un mínimo apartamento en un lujoso edificio de oficinas, cosa que dado el dinero que empezó a ganar, la decidió a dejar los estudios en el segundo año y colocar poco a poco, bien asesorada, los beneficios. Hoy, con veintinueve años, además del ático ya pagado tenía un activo líquido de 60.000 euros. Más la propiedad de dos apartamentos puestos en alquiler, cuyas rentas ya le hubieran permitido retirarse del oficio y dedicarse a su vocación artística. 
              
    Su éxito financiero se debía a que siempre había ido por libre. Nada de circuitos calientes. Nunca había tenido protectores. Sólo una buena cabeza, saber cuidarse, y no olvidar nunca que tenía que quererse mucho a sí misma, como le había repetido su madre cuando se fue de casa. Joana sabía que había triunfado porque se había hecho valer. –Todas hacemos lo mismo, de acuerdo –razonaba consigo misma-. Pero no se cotiza igual un simple encuentro a secas, que si va acompañado con opiniones sobre arte y economía  política. Eso hay que pagarlo con un plus especial.

   Esas especulaciones le trajeron el recuerdo de su profesora de dibujo en la Escuela Massana de Barcelona: -Cuando no se tiene nada en la cabeza más vale empezar a valorarse el culo-, le había dicho, despreciativa, en una ocasión, celosa de su atractivo con los hombres. 

  - Pues mira por donde... -pensó Joana lanzando una alegre carcajada. Mejor le fue a ella que a la maestra. En alguna ocasión había vuelto a encontrarla y no quedaba duda de quién había sabido aprovechar mejor sus dones. Sin duda, Joana tenía más vocación de pecadora que de predicadora.




                                     Llevó una uña al precinto de aluminio del envase de zumo hasta rasgarlo, llenando un vaso de naranjada. Vida sana y austeridad. Vitaminas y cuido. La vida de una meretriz puede ser lo más placentero del mundo si, como ella había logrado, eres autónoma y sabes rodearte de amigos solventes que aprecien la gracia y sepan recompensar bien ese toque divino a quien lo tenga.

  Vivir junto a la Sagrada Familia había sido su objetivo desde que aterrizara en Barcelona partiendo de Comillas, donde su niñez dormía entre juegos entrando y saliendo del ruinoso chalet El Capricho, construido por Antonio Gaudí en el pueblo.

   Recordaba su llegada a la gran ciudad, sin dinero, y su plante ante la fachada del Nacimiento. Al otro lado del estanque con su reflejo mentolado, se había jurado un atardecer que los días de escasez terminarían para siempre. Viendo a La Catedral de los Pobres cambiar del gris al ocre, del ocre al siena, de éste al burdeos, al caldera y por fin, al pardo, decidió que ella también cambiaría su vida del gris hacia colores más cálidos. Razonando: -Todo el mundo se encuentra capacitado para criticar las andanzas del prójimo. Pero en los momentos de penuria, cuando ves aterrada y en soledad como se acerca el fatídico día 30 con sus pagos, el maldito alquiler ...ninguno de esos jueces estarán ahí para ayudarte.

                         En cuanto al estilo... La miseria no tiene ningún estilo. Cuando una está muriéndose de hambre no puede pararse a pensar en cómo coño estarían mejor conjuntados los cojines del sofá, si así, o asá-, sentenció.

   Por eso, como una Scarlett O’Hara montañesa decidió que a partir de aquel día, tanto su piel como su pelo rojo iban a estar perfectamente cuidados, sus pies y manos impecables. Y a su metro setenta de estatura sólo iban a cubrirlo ropa y accesorios de esos que al verlos, cualquiera que se cruzara a su paso oiría el cascabeleo de una palabra: ¡Dinero! 

 Y se había lanzado a conseguirlo trabajando a fondo, a revientacalderas. Sólo lo mejor sería bueno para ella, viviría en una eterna celebración navideña de revista rosa. Lujo, viajes. Para  zapatos, sólo Manolos, su locura. Observando sus manos tableteó los dedos sobre el brazo del sofá. El anular derecho lucía un diseño de Miquel Barberá que parecía inspirado en las barandas de La Pedrera. Casi 3000 euros en perlas, aguamarinas, platino y brillantes reflejaron el sol que se filtraba por la cenefa del toldo.



                                       
                                             En cuanto a sus relaciones sentimentales habían sido eventuales, con hombres que le habían gustado para una sesión. Ningún gran amor de esos en cuya sinuosa danza participan los cinco sentidos. Para su desgracia. O para su suerte. Aunque no tenía muchos contactos en la profesión, las dos o tres que conocía de su nivel, no ahorraban nada, vivían al día. De otras sabía que acababan aisladas de la realidad, viajando en la nave alucinada del alcohol o las drogas.

 -…Y este es un oficio que desgasta mucho razonaba Joana-. Como en el fútbol. Si no te cuidas, pasados los treinta ya no eres nada, sólo comida para perros. Pero no es ese mi objetivo y ahí está lo bueno. Yo disfruto de lo que hago y espero durar bastantes años en primera línea de rendimiento. Es tan agradable vivir totalmente dedicada a mí, sin prisas, a darme todos los caprichos, a disfrutar de mi cuerpo... Es lo más cercano a paladear el Poder... Y encima, que me paguen generosamente por ello.

   

                                     Claro que no siempre fue así. En los comienzos tuvo que tragar mucho que no le gustaba y a cambio de poco. Pero pronto comprendió una cosa. Que los caballeros maduros, incluso bordeando la ancianidad, eran para ella los más apetecibles. Primero, porque al tener una gran experiencia de la vida sabían lo que querían, se lo decían y pronto se ponían de acuerdo. Su propia e innata combinación de olfato empresarial con cinismo epicúreo, funcionaba. Joana cobraba sus honorarios antes siquiera de iniciar la conversación preliminar. A partir de ahí la transacción quedaba en el olvido. 

  Nada de comportarse como una asalariada que sufría con un trabajo detestable. No. Ella se entregaba a una especie de cortejo en el que la inaccesible era ella, hasta lograr transformar al cliente en un seductor que olvidaba la mediación de una paga. En cuanto notaba el clik del olvido en su acompañante, Joana se abandonaba, se entregaba. A estas alturas de su vida la selección la hacía ella. Tenía que disfrutarlo y si no encontraba grata una compañía, no aceptaba un segundo encuentro, otros estaban en espera. Así de simple.

    Si, no podía negar que vivía bien.

   Incordiando sus pensamientos, Joana oyó el teléfono y lo dejó sonar dos, tres veces, hasta oprimir el botón del contestador. La voz que surgía entre las rendijas del altavoz le acercó un: –Joana, soy Pocho, llámame. Me interesa ésta mañana, antes de la una. He visto levantado el toldo y estoy abajo –y repitió-. Cuando puedas llámame al móvil, a ver si me esperas con los brazos abiertos. Los brazos y la bata, ¿eh?...

   - Llamaré –decidió Joana-. El ruso es un buen tío, del tipo agradecido. Generoso y poco exigente.

   Un auténtico caballero ruso-argentino que le había caído fenomenal desde el día en que él le confesó que era, culto de la concha, culto de cagarse. Un tipo con el que se reía. Alguien que tras la función, siempre tenía la delicadeza de preguntarle:¿Ya culminaste?

  

                                      Sentada en el brazo del sillón estiró las piernas, firmes y blancas, agitando los dedos gordezuelos de uñas rojas que sobresalían por las tiras doradas de sus sandalias vertiginosas. Observó el calzado con una media sonrisa. Precisamente eran un regalo traído por Pocho de un viaje a Moscú. Calzado rotundo con aspiraciones glamurosas, aunque fabricados con la misma gracia que tendría un tanque diseñado por un artista fallero. –Son feos con ganas. Si los viera Manolo Blatnik le daba un infarto– se dijo con una carcajada, incorporándose y clavando los tacones de aguja en la alfombra blanca.

  Blanco, verde, rojo. Sólo blanco para las tapicerías, pintura, muebles, alfombras. Verde en las plantas y cojines. Rojo en los cuadros y el dormitorio. 

   - ¡Qué placer ser tu propio jefe!- pensó.

  Extendió los brazos meciendo la columna como un felino, retorciéndose. Se dibujó en su cara una expresión de bienestar, de gesto sublime de acercamiento a lo divino. El canto de hosanna, de aleluya. Desde su acomodo vio como las hojas de los potos, los helechos, los ficus, oscilaban por la corriente de aire formada entre la ventana de la cocina, al fondo del salón, y la terraza. Un soplo enviado por los personajes sagrados que la miraban de tú a tú desde sus hornacinas del templo.

   Apuró los restos del zumo.

  Volvió a sonar el teléfono sin darle tiempo a descolgarlo, cuando su timbre se paralizó tras la primera señal.

  Pensándolo bien, mejor que no la llamara ningún amigo, mejor estar sola. A falta de amor, en un momento de soledad podía airear sin testigos su propia madriguera, donde guardaba hibernadas las penas y así sacudirlas al aire. O mejor. Ni hacía falta hacer el gesto, con sólo apartar la retama de autohipocresía que tapiaba la entrada, las penas salían solas.

   Aupada en la altura de su vivienda, la imagen de la Virgen situada en lo alto de la calle Lepanto nº 266 le pareció que enviaba una bendición a las diferentes estatuas que puntean muchos tejados de la ciudad, curiosidad desconocida por muchos barceloneses. En un gesto rescatado de la infancia, una plegaria se formó en sus labios con sólo fijarse en las inscripciones que coronan el templo, Sanctus, Sanctus, Sanctus.



                                     
                                       Todos guardamos un armario en nuestra alma. En medio del alud de pensamientos triunfantes con los que tapaba el vergonzoso abandono a quién se sacrificó por ella, a Joana, posiblemente como reacción ante esas mismas inquietudes, el timbre de alarma sensitivo se le disparó hacia el profundo dolor que -lo sabía muy bien-, su modo de vida amoral había calado en el corazón de la persona que tanto la había querido, su madre Anuca, hasta provocarle el colapso fulminante que se la había llevado sin una queja. Dos noticias, el descubrimiento de su profesión por parte de la madre y la muerte de ésta, que le llegaron casi al mismo tiempo.

   Aunque Joana se empeñara en asegurarse a sí misma, que el único recuerdo que Anuca dejó en ella era el de un montón de platos sucios en el fregadero, estaba claro que había mucho más. Las ilusiones de aquella mujer que la miraba desde el retrato de su mesilla, bellísima, apaleada por la vida. El cómo de niña la sentaba en su falda para contarle lo feliz que sería cuando Joana creciera, estudiara y se ganara la vida honradamente fuera del ganado. 

   La esperanza de que la hija no convirtiera en cenizas su juventud a costa de quitar bosta caliente de la cuadra, como a ella le pasó. El eco de un amor sin condiciones entregado al completo sin nada a cambio, resonó en los oídos de Joana, ahogándola, al comprender que ya nunca podría restituir los abrazos, los besos, que no le dio en sus últimos años.

  Porque se puede fingir el triunfo frente al mundo, frente a todos, excepto ante uno mismo. En un arrebato se levantó y entre lágrimas, en el bloc de notas del teléfono escribió estas líneas casi ilegibles:

                    La llave de mi ansiada identidad. Mi lazo. Mi cordón umbilical. Mi desequilibrio. Mi búsqueda de alta clase. Mi necesidad insatisfecha. Mi desamparo. Mi orgullo. Mi afecto estrellado contra un muro. Mi traición a la lealtad. Mi senda de pureza. Mi patrón de clase. Mi problema origen de mil problemas. Mi complejo Gaspar Haüser. Mi fantasía imprescindible. Mis olvidados besos de ternura. Mi conocedora de Aquiles. Mi desvío existencial. Mi creciente coraje. Mi sueño de caricias. Mi pérdida de vida. Mi sentimiento de pena. Mi locura necesaria. Mi desfondado pozo sin fondo. Mi recuerdo en nebulosa. Mi abandono de inocencia. Mi pastel de mentiras. Mi Jonás sin ballena. Mi fuerza indestructible. Mi jardín de tristezas. Mi recuerdo de la honradez sin mácula. Mi archivo de bondad. Mi marco de honestidad. Mi amor. Mi madre.


Ana Mª Ferrin


(*) El nombre de "IZA" hace alusión al libro "Izas, Rabizas y Colipoterras",que nuestro Premio Nobel, Camilo José Cela, escribió en homenaje a "la eterna profesión" 

28 comentarios:

  1. Olá, amiga Ana, li com a máxima atenção este seu texto singular e de tudo o que diz não poderia ter outra opinião sobre a boa qualidade do texto, que me levou a refletir sobre o tema, que achei ser de difícil feitura.
    Uma ótima semana, com saúde e paz.
    Um abraço.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Como digo en el texto, por mucho que intente disimular, hasta la persona más glamurosa, más brillante, lleva en su alma el armario donde oculta secretos que nadie más conoce. Aunque novelada, esta es una historia real. Y de no habérmela confiado la protagonista, jamás la habría adivinado.
      Un saludo, Pedro.

      Eliminar
  2. Magnífico relato, me ha encantado. Al final Joana no está de acuerdo con esa vida que lleva y sufre por ello y por el recuerdo de su madre.Besicos

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Querida Charo.
      Culpabilizarse de una pérdida así, silenciosa, de repente y sin haber hablado a fondo con la madre, que se enteró de su realidad unos días antes, anuló todo lo que Joana se había empeñado en maquillar como un éxito. La vida.
      Un abrazo.

      Eliminar
  3. Describes muy bien al personaje, la atmósfera que recreas se siente de forma literal, pero siento que el problema es el conflicto. No quiere decir que no exista, sino que lo lanzas casi al último párrafo y de paso no tiene resolución en el relato.
    Te digo todo esto porque creo que el conflicto es el todo del cuento y aquí siento que no está desarrollado con todo su potencial.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Pues nada, Alí, ahí tienes una puerta abierta para agarrar la punta del ovillo de Joana y escribir tu propia historia desarrollando el problema, el relato, el personaje y el conflicto. Suerte..

      Eliminar
  4. Este comentario ha sido eliminado por el autor.

    ResponderEliminar
  5. Qué interesante historia y qué bien contada.
    Y la gran personalidad de la protagonista que ejerce el oficio más antiguo con inteligencia y cierta dignidad.
    Inteligencia: evita enamorarse.No cae en, como dice Landero, "esa ridícula catástrofe que es el amor".
    Dignidad: ella elige los tempos, decide si da o no una segunda oportunidad al cliente.
    Pero, Ana, el final no me ha convencido.
    ¿Por qué castigar a Joana y quitarle esa seguridad que exhibe ante los demás?
    Un abrazo, amiga.
    de cara a los demás?
    Pero, bueno, tu eres la autora de la historia y manejas a los personajes según tu criterio. Faltaría más.
    Un abrazo, amiga.

    ResponderEliminar
  6. Disculpà todos los errores. Hoy me está jugando una mala pasada este artefacto.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Nada, Conchi. Gracias por tu tiempo.
      Sólo decirte que Joana no necesitaba el castigo de nadie. Ella misma se bastaba para autoflagelarse.

      Estoy en las mismas que tú con las trastadas del ordenador.
      Besazo.

      Eliminar
  7. Fascinante relato, escrito con todo lujo de palabras que mantienen el interés de principio a fin. Una faceta que desconocía dónde el arte se mezcla con la sensualidad y con la propia desnudez del alma.
    Mi felicitación y adamiración!
    Gracias por venir a los blogs humildes y sencillos.
    Un abrazo

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Beatriz.
      Contar algo que uno siente el día que está inspirado, es siempre un regalo para el que lo escribe y para el que lo lee. Y tanto te conmoverá si está hecho con el alma contando que ha florecido la maceta de lavanda del patio, como podrá dejarte fría la crónica del Maharajá de Kapurtala con sus doscientos elefantes luciendo collares de perlas. Así lo veo, querida amiga.
      Y, como siempre, un placer leer tu blog, http://leriasdebea.blogspot.com/

      Eliminar
  8. Un relato inmenso. Escrito con una gran belleza.
    El recuerdo a su madre es emotivo.
    Me encantó leer tan profunda historia.
    Te felicito, Ana María.
    Un beso.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Todos conocemos algún caso en lo de mostrar dos realidades, la pública y la íntima.
      No hay nada nuevo, Amalia.

      Eliminar
  9. Como Gardel que para nosotros los argentos cada día canta mejor, vos escribís cada vez mejor, Ana... Chapeau!!

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Eso sí que es un cumplido, Carlos.
      Pero El Rey, es el Rey, y siempre lo será.
      Tengo que escribir algo sobre el cortísimo viaje que hicimos a Buenos Aires. Saludos.

      Eliminar
  10. Todos guardamos un armario en nuestra alma, en el guardaba sus remordimientos y ella de eso sabía mucho , los remordimientos son malos y a ese precio aún más...
    La miseria no tiene ningún estilo, que verdad tan certera.
    Ana María una gozada leerte y sobre todo este relato tan apegado a esa realidad de esa eterna profesión.
    Un abrazo y espero que el calor no te afecte por aquí mucho

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. La frase es suya. Me pareció genial y la utilizo bastante porque es absolutamente cierta.
      Un abrazo a ti, guapa.

      Eliminar
  11. Muy bueno e interesante el relato Ana Mª, para leerl y releer, muy bien construido y llevado, admiro profundamente esa forma de expresión, de transmitir un mensaje.
    Enhorabuana.
    Saludos.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. José Aº, ya decía el torero que "hay gente pá tó".
      Todos entendemos lo que quería decir la protagonista.
      Saludos a ti.

      Eliminar
  12. Por lo menos se hizo dueña de su profesión, de su destino y de su vida.
    Salu2, Ana.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Ahí tienes toda la razón. En ese apartado si que había triunfado.
      Saludos desde 32 gº.

      Eliminar
  13. Estimada amiga Ana, después de unos días de inactividad por problemas oculares paso a visitar poco a poco a los amigos. De hecho, el texto lo he tenido que leer en dos días, mitad y mitad, todavía ando con algunas molestias y la letra en blanco sobre fondo negro aún me dificulta más la lectura.
    Debo reconocer después de leer esa buena historia, su protagonista tiene la cabeza muy bien amueblada, es difícil mantener la cordura en esas circunstancias dándose a ese tipo de vida. En el fondo creo que no debemos guardar tanto en el armario, debemos aceptarnos siempre e intentar que nos acepten tal cual somos.
    Por tanto, mi felicitación a esa mujer por tener las ideas tan claras y llevarlas a efecto y como no a ti, por hacernos partícipes de tan buen relato.
    Un abrazo y te deseo feliz resto de semana.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Deseo que vayan a mejor tus molestias en los ojos, algo que últimamente ataca mucho, no sé si tendrá algo que ver con el virus.
      Y tienes razón, aparte de sus remordimientos hay que reconocer que tiene una buena cabeza, así que entre eso y los hijos, seguro que acabará por asimilar los errores del pasado.
      Saludos y buena primavera.

      Eliminar
  14. Muy cierto que se puede fingir que triunfas ante todos, pero no ante tu mismo...
    Interesante historia nos cuentas y conoces a través de su protagonista, en la cual va desnudando su alma.
    Buen miércoles..
    Un abrazo.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Me alegra que te hayan gustado estos recuerdos.
      El mundo está lleno de equivocaciones. O de opciones, según como las etiquete la interesada...
      Un besazo, Bertha.

      Eliminar
  15. Qué bien lo has narrado Ana María! Me atrapó "de cabo a rabo"
    Intuí todo el tiempo que la tal felicidad no lo era. Pero no imaginé que el motivo hubiera sido el que luego, sobre el final narras.
    Por cierto podemos fingir todo lo que queramos y lograr que el mundo se lo crea.
    El mundo pero.. ¡No la conciencia, el SER más intimo, ese
    que nunca te abandona y que te hace sentir como "un alma en pena" muy lejana a las apariencias!
    Abrazo va

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Si pudiéramos volver al principio, resetearnos y cambiar el programa, todos cambiaríamos algún recuerdo de nuestro pasado, estoy segura.

      LU, hoy he visto que estáis a unos 7 gº...
      Por aquí arriba a unos 30, :-).

      Eliminar