Mientras estudiaba en la Universidad de Chicago, el investigador francés Émile Boirac conocido por haber sido uno de los impulsores del Esperanto, empezó a trabajar sobre esa sensación que muchos hemos experimentado alguna vez, de ser testigos de una determinada circunstancia con la sensación de haberla vivido con anterioridad.
El científico
identificó ese fenómeno llamándolo Déjà
vu (*), y tanto él como los estudiosos de la mente que le sucedieron han venido
tratando de explicarlo con multitud de supuestos: Situaciones vividas y olvidadas. Fragmentos de vidas pasadas. Memorias de sueños. Deseos que afloran a la
superficie. Experiencias extracorporales. Reencarnación.
A mí, que jamás me ha
interesado lo paranormal, acaba de sucederme un déjà vu.
Porque yo he vivido esa experiencia al presenciar el júbilo, la alegría sana de
poder expresar la pertenencia a una identidad que durante
muchísimos años, alrededor de tres décadas, a fuerza de verse relegada, sus propietarios han optado por silenciarla. Después de vivir la estrategia gubernamental de que aquello de lo que no se habla, aquello que
no se muestra en los medios ni se le presta una tribuna, no existe.
Pero los amantes de la Historia saben muy bien lo equivocados que están quienes creen tal cosa, porque según cuentan estos catalanes, hombres y mujeres ambiciosos que no quieren renunciar a nada
porque lo quieren todo, existen. Y en muy importante porcentaje. Sabiendo muy bien quiénes son y decididos a presentarse así, orgullosos de todas sus raíces, sumando culturas.
Por ese motivo, al contemplar las escenas que sucedían ante mis ojos experimenté un Déjà vu...






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