Vestido enteramente de
negro, traje y camisa Mao de seda, el escultor Etsuro Sotoo regresa de impartir
un ciclo de conferencias en Perú y después del largo vuelo le apetece parar la
senda que lo lleva a su casa costera y dar unos pasos por la acera del chaflán
Mallorca-Marina para estirar las piernas. Lleva en Barcelona desde 1978. Un
buen día llegó de visita desde Japón camino de Alemania, subió las escaleras
del metro de la Sagrada Familia y al contemplar el templo y divisar que a
un costado de sus muros se apilaban las piedras en espera de ser talladas,
sintió una llamada a la que no pudo resistirse.
Nadie más parecía oírla, pero desde el
interior de los bloques una sangre de esa que encabrita y desvela, le gritaba
que frutas, hojas, ángeles, rosas, estaban esperándole a él, precisamente a él
y a sus manos liberadoras para que las arrancara del interior naciéndolas a la
vida. Desde aquel momento se adormecieron sus ansias de acabar el tour europeo
y tomar la ruta etíope que lo llevase al África soñada siguiendo las huellas de Arthur
Rimbaud.
Aunque el escultor nunca olvidó los versos
del poeta adolescente ni la poesía, uno de sus primeros amores al que aún rinde
algún haiku. El espíritu de libertad seguía pegado a su piel, rebrotando de
poco en poco, al estilo del pedrusco de lava que ante el oleaje adverso
prefiere sumergirse para volver a la superficie cuando el peligro ha pasado. El
relámpago aplazado -psssss- cruza una y otra vez por su mente. Los compromisos
contraídos, la responsabilidad familiar. O la convulsa poética de un Rimbaud
tentador agitando ante Sotoo la vela de su bateau ivre...
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| Etsuro Sotoo en el taller de la Sagrada Familia. (catholicinjapan.com) |
DE LA POESÍA AL CINCEL














