En la Sagrada Familia,
Antonio Gaudí consiguió como nunca detenerse al borde del precipicio, un
patrimonio de los genios. Otro artista habría caído con toda seguridad en lo
cursi o esperpéntico, pero él salió triunfante en el empeño abriendo las
puertas a sus seguidores naturales que no serían los cronológicos, más atentos
a recuperar la línea recta. Dando un salto generacional, sus auténticos
herederos fueron los surrealistas, de ahí la adoración que sintió Salvador Dalí por toda la obra del arquitecto,
convirtiéndose en uno de los rescatadores de una herencia que amenazaba
convertirse en polvo.
En el portal de la izquierda en la fachada del Nacimiento, el de la Esperanza, vemos el grupo de la Matanza de Herodes. No
debe extrañar al observador la gran autenticidad con que los cadáveres
infantiles adaptan sus cuellos al escalón que los sostiene. Gracias a su
amistad con el doctor Pedro
Santaló que ostentaba un
elevado cargo directivo en el Hospital
de la Maternidad, Gaudí pudo investigar a fondo la anatomía de aquellos
cuerpos infantiles fallecidos, como hizo con los adultos en el Hospital de la
Santa Creu. El secreto de esas tiernas espaldas, su blandura, supo captarlo con
el máximo realismo Salvador Dalí transfiriéndolo a muchos de sus cuadros, en
especial a Los relojes blandos.
| El soldado de Herodes. Templo de la Sagrada Familia. |
DE GENIO A GENIO











