Mi abuelo decía que en griego, la palabra “soñar” contiene
la palabra “eructar”. Al principio no le encontré sentido,
pero años después comprendí que estaba relacionando la
comida con las historias.
Ambas contienen un ritual. Cualidad esencial para ser más
sabrosas en su presentación…
Tassos Boulmetis
Director de cine
REEDICIÓN
En una de las magníficas entradas de su blog Dactyliotheca, el amigo Antonio Campillo evocaba en el pasado agosto el cine de verano de su niñez añadiendo una película griega y turca, con Estambul como fondo, donde junto a la historia de un desgarro nos habla de amistad, de tragedia identitaria y del placer de los sentidos. Prodigio de gusto y sensibilidad, Un toque de Canela (*).
En esta obra de arte el inicio del film, soberbio, nos muestra en primer plano los senos de una madre que intenta amamantar a un bebé que rechaza el pecho. Serena, la mujer echa mano del bol que reposa en la mesa cercana, atrapa un buen pellizco de azúcar y lo espolvorea sobre sus pezones a los que queda adherida por el vaho de calor que desprenden. Al acercarlo de nuevo a su boca, el cambio en la actitud del lactante es radical. En contacto con el azúcar, las papilas de su lengua detectan el dulce sabor y se le escucha rezongar con gruñidillos de placer que, suaves, se entremezclan de leves gemidos entrelazados de chupetones y chasquidos de lengua. El nuevo ser se adentra en el universo del placer gastronómico, iniciándose en el saber de sabores que ya no olvidará jamás.
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| Cuatro secuencias de Un toque de canela que forman parte de la biografía de todo ser afortunado. |