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Itsi Amairani. "PERFECCIÓN" (I. A.)



CON SANDINO EN NICARAGUA. EDÉN PASTORA, EL "COMANDANTE CERO" (1/2)




                                                   Volvíamos a Managua después de unos días de visitas y entrevistas en varias localidades del interior. Como yo tenía concertada una cita con Edén Pastora, el legendario Comandante Cero, nos habíamos puesto en carretera con tiempo de sobra para para llegar pronto y pasar primero por el hotel. Pero las diversas complicaciones del pequeño viaje iban devorando las dos horas de más con que contábamos, por lo que al ver incorporarse a la carretera delante nuestro a un viejísimo camión ruso soltando un chorro de humo negro, mi marido echó un vistazo a la vía, comprobó que estaba desierta en los siguientes  kilómetros de los dos sentidos y decidió cruzar la línea continua para adelantar al renqueante vehículo que bordeaba los 30 km, cegándonos el parabrisas con las pellas de arena mojada que desprendía su volquete sin cubrir.

   De repente, desde un grupo de media docena de árboles surgió un coche de policía que nos adelantó al son de la sirena, haciéndonos señales para que nos detuviéramos. Parados en la carretera sin un alma, mi primera reacción fue la de quitarme del pecho el micrófono dejándolo resbalar hacia el regazo, junto a la grabadora en la que durante los viajes aprovechaba para ir registrando anécdotas e impresiones de los encuentros. Abrí mi cuaderno de notas para tapar todo el conjunto, cuando ya el policía nos indicaba que bajásemos el cristal.

   El hombre de veintipocos años empezó a reconvenirnos por la infracción en un tono desmesurado, dada la nula importancia de la falta, comunicándonos que se veía obligado a retirarnos el carnet de conducir y que el importe de la multa que debíamos pagar era de 1.500 ptas. El robo era tan evidente que mi marido se quedó mirandolo a los ojos muy fijo, en silencio, recuperando la memoria militar de sus años juveniles cuando estudiaba en la Escuela de Transmisiones del Ejército

   Dice un refrán africano que los leopardos identifican en las manchas de la piel a los componentes de su clan. Y algo habrá  de cierto en el dicho, porque el agente pareció captar partículas que le provocaron una alarma evidente, lanzándose a unas explicaciones aceleradas que nadie le había pedido. Entre otras, cómo teníamos que rellenar el volante que arrancó de un talonario, dando todos sus datos: -Aquí pone usted mi nombre, yo soy el agente Fulano de Tal, número tal. Aquí el suyo. Aquí su número de pasaporte, etc, ...

   Mi compañero hizo un leve gesto con la mano para tranquilizarlo, insinuándole que, como teníamos prisa por una cita y no conocíamos el camino, le quedaríamos muy agradecidos si pudiera rebajar la cantidad, encargándose él mismo de hacer la gestión. -Ya sabe, cuando uno está fuera de su casa todo parece más complicado...-, le dijo. Más tranquilo, el hombre aceptó, contestando que lo primero que haría con ese dinero sería ir a poner combustible al coche. -Porque, ¿sabe? a veces no puedo ponerlo en marcha por falta de presupuesto-, añadiendo que la piñata, la corrupción, es el mal de Nicaragua. Y que sólo había un tipo honrado en todo el país que nunca se había aprovechado del Poder, el Comandante Cero.

   Ambos cumplieron su parte de la transacción, los tres nos dimos la mano y nosotros emprendimos el poco camino que nos quedaba de vuelta. Después de unos kilómetros, cuando recobré el aliento le pedí a mi conductor que parase. Solté el suspiro que a punto estuvo de ahogarme durante el tiempo que duró la parada, porque la grabadora se había quedado abierta y sin que ninguno de ellos lo advirtiera, había ido registrado toda la conversación con el guardia, emitiendo una leve vibración sobre mis piernas que gracias a tener el motor en marcha y al sonido de las voces, los conversadores no advirtieron. Sólo yo viví la angustia, la posibilidad de que una chispa de mala suerte hiciera que el agente nos mandara parar y bajar del coche, descubriendo la grabación. 
   
   De ser así, en la soledad de aquellos parajes y él creyendo que estábamos haciéndolo para probar la corruptela... Por poco me provoca un infarto.  

   Un par de horas más tarde, sentados en una sala de su casa escuchaba hablar a Cero con su camisa blanca sin mancha, callando por mi parte el encuentro mañanero que mi marido y yo acabábamos de vivir. Mientras no dejaba de pensar que incluidos el policía y nosotros dos en la solitaria carretera, tres corruptos, ahora se encontraba frente a mí la camisa que no podría jurar si era la del único hombre feliz del cuento, pero quizá sí, como tantos aseguraban, la del único hombre honrado de Nicaragua.

     
Testimonio gráfico tomado con más entusiasmo que acierto. Pastora y la autora conversan en casa del Comandante.


Junto a Pastora, su inseparable maletín. (A.Mª.F.)




...Miró a ambos lados de la carretera y los vio sin un alma...


MILITAR, EJECUTIVO Y FAMILIAR