Foto cabecera

Itsi Amairani. "PERFECCIÓN" (I. A.)



ADIÓS A TERESA JUJOL GIBERT. HIJA DEL ARQUITECTO JOSEP Mª JUJOL


                                                   El pasado viernes día 8 partía hacía el infinito a los 93 años, Teresa Jujol Gibert, una de los tres hijos del arquitecto Josep Mª Jujol. Técnico y artista, conocido en un principio por los toques mágicos que redondearon buena parte de la obra civil de Antonio Gaudí. Y ya en la actualidad, valorado desde hace años por su propia obra constructiva, genial, como el revolucionario anticipador de estilos que fue en su tiempo.

   Mucho me hubiera gustado escribir un recuerdo de Teresa haciendo un perfil documentado de su personalidad y preparación. Contar anécdotas de su vida de profesora, "digamos más bien que sólo soy maestra"- me puntualizó un día. Casi nada de eso ha sido posible por el momento, tras fallecer en 2015 su hermana Tecla, Q.P.D. y no encontrándose el ser más cercano, su hermano Josep Mª, en situación de ser molestado tras las pérdidas. 

  Por todo ello empezaré este recordatorio desde el conocimiento particular a través de las varias ocasiones en que coincidimos, habiendo conversado con Teresa y sus hermanos en sus casas de Barcelona y Tarragona, así como en diversas exposiciones y presentaciones de libros.  



Teresa y Josep Mª Jujol hijo, acompañando a la figura de 
Antonio Gaudí, en Riudoms. (Xavier Fortuny Torres). 2019



Josep Mª Jujol a los 38 años. Retrato para su novia, Teresa Gibert



Josep Mª Jujol y su esposa Teresa Gibert .



La Casa Negre de Sant Joan Despí, Barcelona. Obra de Jujol. (4)



Torre Gibert. (O de la Creu, o Dels Ous). St. Joan Despí. Barcelona. Obra de Jujol



Casa Planells en Barcelona. Obra de Jujol



Santuario de Ntra. Sra. de Monserrat, en Montferri, Tarragona. Obra de Jujol



JOSEP Mª JUJOL. MODERNISMO SURREALISTA

(PARTE 3/3) EL DÍA EN QUE ME TRANSFORMÉ EN JOHN LE CARRÉ


 

Continúa...

                              

                                       Al abrirse con dificultad la puerta por donde debía pasar, pude ver el pequeño descansillo que daba inicio a la escalera, con una docena de empinados peldaños que terminaban en un pasillo de unos 15 metros de largo y menos de 1 de ancho, en cuyo techo dos puntos de luz mortecina destacaban los desconchones grises de la pintura, tan grises como las diversas puertas cerradas que mostraban las paredes.

 El corredor sin salida cerraba al fondo con otra puerta mayor,  entreabierta, por donde escapaban a la vez un chorro de luz y una sonora  conversación, múltiple e ininteligible, punteada de sonidos cristalinos que fui incapaz de identificar. Habíamos bajado la mitad del tramo, cuando el busca o mensáfono, aquel pequeño artilugio que antes de la aparición de la telefonía móvil se acostumbraba a llevar unido al cinturón para recibir avisos y mensajes, informó a mi acompañante de que subiera rápido porque tenían un imprevisto.   

  Moncada se despidió rápido con un apretón de manos, desandó lo andado en dos saltos y ya en el rellano antes de salir se giró para indicarme que siguiera hacia la luz, que allí encontraría a Lila. Añadiendo que  antes de irme pasara a verlo para que me devolvieran el documento de identidad. 

   Lo vi subir, clavada, sin moverme de aquel punto, dudando entre echar a correr arriba tras él o seguir sus indicaciones hacia la puerta final. No podría explicar el por qué me lancé a seguir bajando, cuando de haber podido decidir por sí mismos estoy segura de que tanto mi cerebro como mis piernas me habrían abandonado allí mismo, en el sexto peldaño. El tiempo que permanecí parada nunca sabré lo que duró. El miedo es un tic tac sin control, paralizante.

   Los interrogantes bailaban en mi cabeza. La puerta superior por la que habíamos pasado: ¿Habría cedido a mi empuje de haber intentado salir por mi cuenta? Y la entrada brillante que parecía esperarme al fondo: ¿Guardaría algo siniestro tras su prometedora claridad?  

   Como impulsada por un toque mágico ya que no fui consciente de haber andado hasta allí, me vi apretando con las dos manos el acceso indicado por el jefe, descubriendo una realidad tan insólita que acabó por descolocarme.



Janet Leigh en un fotograma de Psicosis (*)


EL FIN DE LA INOCENCIA