Foto cabecera

OCASO EN CONIL "OCASO EN CONIL", CÁDIZ, ESPAÑA. (Áfrika Martínez Ferrin)



EL SALTO DE "EL REY MARTÍN"




RELATO

R.P.I.


                              Ana se levantó del escritorio, salió al balcón esquinado de la Vía Layetana acodándose en la baranda de forja y recorrió con la vista la calle, en sus dos sentidos. Abajo del todo, a la izquierda, alcanzó a ver las luces del barrio de la Ribera desembocando en el mar. Podía adivinar encaladas y enlosadas de rojo las diminutas terrazas por las que había correteado cuando pequeña, saltando a horcajadas de una a otra.

   Las mismas terrazas por las que un día de su niñez en la década de 1950, desapareció un cerdo de 300 kilos engordado por la señora Lina Sánchez, nacida en Ibdes, Zaragoza. Una vecina cuyo descanso era la pelea y con suficientes arrestos para atreverse a organizar por libre una matanza a la brava, invitando a los demás ocupantes del edificio.

    Al cerdo -Rey Martín lo llamaban-, como nadie le había explicado en qué consistía la ley de la gravedad, cuando vio al equipo matarife armado de cuchillos mirándole con el brillo hambriento de la posguerra, al bendito cerdo, el impulso de sus cuatro patas con el acompañamiento del terror bastó para elevar sus lorzas por encima del metro y medio del muro medianero y enviarlo al otro lado, botando hasta el terrado contiguo. Y de allí al otro terrado y al otro y al otro, hasta que, ¡Hale-hop!... Se esfumó sin dejar rastro.

     El misterio del "Rey Martín" fue un caso policial no resuelto. O sí, quien sabe. En aquellos años las fuerzas del orden estaban tan necesitadas de proteínas como cualquier otro habitante del barrio barcelonés de la Ribera. A saber que pasó en realidad con el hermoso animal (*).
                            
El antiguo barrio de La Ribera. Imagen tomada desde Santa Mª del Mar. En primer término, la plaza (**).


BIENVENIDA A LOS HUMANOS

ANDERS ZORN O LA INDOLENCIA EN EL ARTE. UNA LECTURA


   
                                                Recuerdo exactamente cuando vi por primera vez la obra y los rostros de los que se anunciaban como el grupo de pintores naturalistas-impresionistas, llamados los de Skagen. El pequeño pueblo danés siguiendo la senda de los que se reunieron en la Provenza, albergó en la década de 1880-1890 a una colonia de artistas nórdicos que fueron y vinieron por Europa y de los que varios de ellos acabaron siendo firmas muy valoradas. 

  Mi encuentro fue durante un viaje por Alemania, Austria y Suiza entre otros países de esa zona, por cuyas ciudades fui visitando un buen número de galerías y museos. En una de esas exposiciones me topé con la que describo al principio del párrafo, en especial con la producción del pintor sueco Anders Zorn, que se encontraba entre ellos a pesar de no haber estado en Skagen. Lo habían incluido por haber compartido en París la camaradería y muestra de sus obras junto a sus colegas, de estilos y conceptos muy similares y con los que conservó una buena amistad.  

  Fue una sorpresa leer en aquella presentación, que Joaquín Sorolla había sido un referente para estos artistas de paisajes tan alejados de los españoles. Si era cierto que los espacios nórdicos no podían comparar su colorido con los de nuestro prolífico autor, aquel colectivo logró encontrar en los suyos su propia identidad en ese plano lechoso con horizontes envueltos a la vez en un mismo humo, grisceleste e infinito, donde se unían la playa, el mar, el cielo. En esa paleta de matices tenues coincidieron con el maestro valenciano a través de la claridad. Una vía original y luminosa.

  Quietud que se traspasaba a la indolencia en los muchos cuerpos retratados por Zorn, en especial sus famosos desnudos, que llamaron mi atención. Primorosos pero ausentes, casi siempre en una desgana inmóvil. Modelos que raramente actuaban ni dejaban entrever sus pensamientos. 

   Esa peculiaridad suya me atrajo para más adelante indagar en una constante con la que no me había encontrado hasta entonces. La apatía. El ensimismamiento. Cierta abulia. Tipos que están presentes, pero que tras permanecer largo tiempo estáticos se diría que dejaban ahí sus figuras, ausentándose en espíritu.  

  O simplemente porque el pintor, aficionado al nuevo arte de la fotografía, colocaba a sus modelos en la misma posición ideada por los fotógrafos de caballete para tomar una instantánea, ordenándoles:

                                        - ¡Así, no te muevas!  

   En el cuadro de Peder Kroyer¡Hip, Hip, Hurra!, sucede al revés. Todos sus amigos están brindando en Skagen como tantas veces hicieron juntos en París, excepto Anders Zorn. Pero su presencia se intuye en el hueco que aparece entre las figuras de negro de Martha Moller Johansen y su marido el pintor Viggo Johansen (*). 



¡Hip, Hip, Hurra!, Óleo de Peder S. Krøyer. 1888

 Anders Zor. Utmeland, Mora, Suecia, (1860-1920)


En este Retrato de Clarence Baker el motivo de su abstracción se explica si nos fijamos en el detalle que sostiene
su mano, mostrado en la imagen superior.

En las dos imágenes, el far niente. 



LA APATÍA COMO ESTILO

EL BLANCO EN EL RETRATO




                Según el hinduismo el mundo nació puro, de un mar de leche.

   De ahí que limpio, inocente, sin mancha, esterilizado, albo, inmaculado, nacarado, níveo, etc, etc, encabecen un larguísimo listado de sinónimos para referirnos al color blanco. Y si deseamos buscar su simbolismo en el retrato, no será menor la paleta de que dispondremos. 

  Atrapando la luz, Rubens nos dejó clara su intención al dejar desnudo el blanco cuerpo de Eurídice, la ninfa de los valles de Tracia que enamoró a Orfeo, hijo de Apolo. Tras hacerla su esposa, varias desdichadas circunstancias la arrojaron al inframundo y otras varias llevaron a Orfeo a lograr rescatarla de allí. Pero la condición de los dioses para permitirles esa resurrección pasaba porque el esposo caminara delante de ella llevándola de la mano sin nunca mirarla. Hasta que, salida de los infiernos al exterior, la luz del sol hubiera bañado completamente todo su cuerpo.  

  Una vez los dos bajo los rayos matutinos, loco de alegría por haber recuperado a su amada, Orfeo se volvió hacia Eurídice para abrazarla sin darse cuenta de que uno de los pies de la ninfa aún no había salido de las tinieblas a la luz. Ante sus ojos, volatilizándose, Eurídice desapareció. Dejando para la posteridad uno de los más bellos pasajes de la mitología griega, que Ovidio recogió en sus Metamorfosis.   


Huyendo de Hades y Perséfone, con el Can Cerbero a sus pies reposando las tres cabezas.
 Orfeo y la lira. Eurídice con el pie en la oscuridad. Rubens, 1638.

Marlene Dumas. La imagen como una carga.

ANCLADAS, MIL PINCELADAS DE NIEVE

EL CASTILLO


¡Oh!
Cuando yo era joven y sencillo
y gozaba de la piedad de sus recursos,
el tiempo me retenía cándido.

Aunque yo cantaba encadenado
como el mar...
                                                                                                  
                                                                                                                                    DYLAN THOMAS

RELATO

Original de
Ana Mª Ferrin

R.P.I.



                                    -¡BIEN!, bien, ya está aquí. Tete, corre, ponte las botas, ya está aquí la mamá.

   -¡Viva! ¡Iremos a coger musgo y corcho. Y rocas, y romero, y...!

  Al oír las voces excitadas de mis hijos, caigo en la cuenta de que había olvidado mi promesa hecha antes de salir de Alcoceber para Alcalá de Xibert. Mis propias palabras regresan a mí:

  -Hacer vuestras literas, lavar los platos de la comida, recoger las hojas de la parcela y terminar los deberes del fin de semana. Si lo hacéis todo, cuando vuelva subiremos al bosque del castillo a buscar todo lo que necesitamos para montar el belén.

   Me queda una débil esperanza de escaquearme mientras saco del coche las bolsas de la compra. A lo mejor tengo suerte y no han hecho lo que les dije. Así podré tumbarme un rato en la hamaca mientras me tomo un café y leo el periódico. Estoy muerta, no puedo más...


Castillo de Alcalá de Xivert. (*)


LOS TRES QUEDAMOS EN SILENCIO.....