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sorolla "Niños corriendo por la playa". Joaquin Sorolla



(PARTE 3/3) EL DÍA EN QUE ME TRANSFORMÉ EN JOHN LE CARRÉ


 

Continúa...

                              

                                       Al abrirse con dificultad la puerta por donde debía pasar, pude ver el pequeño descansillo que daba inicio a la escalera, con una docena de empinados peldaños que terminaban en un pasillo de unos 15 metros de largo y menos de 1 de ancho, en cuyo techo dos puntos de luz mortecina destacaban los desconchones grises de la pintura, tan grises como las diversas puertas cerradas que mostraban las paredes.

 El corredor sin salida cerraba al fondo con otra puerta mayor,  entreabierta, por donde escapaban a la vez un chorro de luz y una sonora  conversación, múltiple e ininteligible, punteada de sonidos cristalinos que fui incapaz de identificar. Habíamos bajado la mitad del tramo, cuando el busca o mensáfono, aquel pequeño artilugio que antes de la aparición de la telefonía móvil se acostumbraba a llevar unido al cinturón para recibir avisos y mensajes, informó a mi acompañante de que subiera rápido porque tenían un imprevisto.   

  Moncada se despidió rápido con un apretón de manos, desandó lo andado en dos saltos y ya en el rellano antes de salir se giró para indicarme que siguiera hacia la luz, que allí encontraría a Lila. Añadiendo que  antes de irme pasara a verlo para que me devolvieran el documento de identidad. 

   Lo vi subir, clavada, sin moverme de aquel punto, dudando entre echar a correr arriba tras él o seguir sus indicaciones hacia la puerta final. No podría explicar el por qué me lancé a seguir bajando, cuando de haber podido decidir por sí mismos estoy segura de que tanto mi cerebro como mis piernas me habrían abandonado allí mismo, en el sexto peldaño. El tiempo que permanecí parada nunca sabré lo que duró. El miedo es un tic tac sin control, paralizante.

   Los interrogantes bailaban en mi cabeza. La puerta superior por la que habíamos pasado: ¿Habría cedido a mi empuje de haber intentado salir por mi cuenta? Y la entrada brillante que parecía esperarme al fondo: ¿Guardaría algo siniestro tras su prometedora claridad?  

   Como impulsada por un toque mágico ya que no fui consciente de haber andado hasta allí, me vi apretando con las dos manos el acceso indicado por el jefe, descubriendo una realidad tan insólita que acabó por descolocarme.



Janet Leigh en un fotograma de Psicosis (*)


EL FIN DE LA INOCENCIA

Publicado en Gaudí y Más. 1 de julio de 2022

                                          Hechos una piña alrededor de la mesa redonda donde reposaban tazas de café, varios periódicos y unos botellines de agua, media docena de hombres más una mujer, Lila, reían y se abrazaban emocionados hablando todos a la vez, celebrando el noticiario televisivo donde explicaban las imágenes de algo que por lo visto se había solucionado con total precisión. Y que debía ser muy serio, pues pude ver que alguno de ellos incluso lloraba, consolado por sus compañeros.

    Del mismo modo que en otros pasajes de la vida de aquella mujer llena de mentiras dichas con la mayor sinceridad, la realidad se diluía ante mi vista. Ahora podía asegurar sin la más mínima posibilidad de error, que a lo que tenía delante no había que entretenerse en buscarle más interpretaciones: Todos, sin excepción, eran agentes de policía que no necesitaban etiquetas añadidas. Colegas apoyándose tras una misión que vete tú a saber por qué claroscuros habría transitado.  

    Mientras Lila -fuera máscaras- me presentaba a sus compañeros por mi nombre y apellido con el desparpajo de quien lidera una situación, dominándola, aquellos hombres con rostros de no haber dormido durante días empezaron a agradecerme lo bien que yo había cuidado a la hija de Lila durante la importante operación llevada a cabo. La desorientación se me fue de golpe, así como la idea angustiante vivida en mi casa por su tardanza, creyendo que podrían haberla encarcelado y que por eso no volvía a por la niña. 

   A la vez fui consciente de lo vulnerable de mi situación al llegar por libre sin haber comunicado a nadie mi ubicación, hasta las entrañas de un lugar donde lo mismo que se amparaba a las víctimas de agresiones, de él se contaban historias para no dormir. Sin olvidar mi tropiezo con el párroco, cuyas palabras descubrían otro cauce por el que mi persona debía haber servido de comodín a los manejos de la frágil e indefensa mamá que no paraba de sorprenderme. 

  Sobre la mesa de trabajo seguían desgranándose palabras como "misión" y "operación", "comisión", "fase", "cometido",  términos que al no saber a qué se referían y cada vez más sorprendida de que mi nombre fuese conocido por aquellas personas, no conseguía decidir cuál debía ser la actitud más adecuada por mi parte. Si llenarme de orgullo, o ponerme una peluca y emigrar a la Antártida.    

   ¿Por qué me dieron paso libre para ser testigo de aquella escena tan privada? ¿Quién autorizó allí mi presencia, tan fuera de lugar? 

   Sea como fuere, la reunión se detuvo brevemente a mi llegada, con una Lila de apariencia serena intentando que yo volviera sola a mi casa. Asegurándome con voz bien audible, que en breve ella iría a por su niña, todo dicho a un palmo de sus compañeros. 

 "-No volveré sola -pensé rápido-. Tengo que salir de aquí con ella". 

   


                                          El descubrimiento del baile con su torso inmaculado con/sin riñón y ahora el encuentro con la realidad de la comisaría, habían puesto en entredicho todos los estrambóticos pasajes tan bien contados por ella, haciendo verosímil cualquier engaño. Si estaba huida, si había viajado por media Europa, el episodio del marido terrorista y el del hospital, así como el conmovedor cobijo de un tango sagrado, entre tantos otros, ¿Todo era una filfa? 

  Todo ello componía una suma de rarezas al borde de lo imposible, en las que yo no estaba dispuesta a participar. Y mucho menos que involucraran a mi familia. Absorta en mis ideas, le oí decirme:

    -Venga, no te preocupes y vete tranquila, que en cuanto cerremos el informe que tenemos a medias, lo entregamos y salgo para tu casa.

    Palabras a las que, con la misma calma, me escuché respondiendo:

  - No. Mira. Como ya vamos muy justos de tiempo y el sitio al que vamos a cenar, el Pitarra, está aquí cerca, llamaré a mis padres para que vengan directos aquí con las niñas, te dejaremos a María y nosotros seguiremos hasta el restaurante. 

  Mi argumento inventado llevaba implícito un elemento delicado con el que Lila había estado jugueteando los últimos tiempos sin valorar su importancia; la presencia de los hijos en sus manejos. Fui consciente de que ambas estábamos asistiendo al fin de mi inocencia.

   Cierto que mi propuesta era inventada, aunque difícil de rebatir en público por la simpleza del planteamiento. De espaldas a los integrantes de la reunión y frente a mí, mirándonos las dos a los ojos, sentí como en su interior batallaba por una respuesta verosímil, un argumento amigable a ojos de los presentes:

  - Pensándolo bien, hoy ha sido un día complicado, todos nos merecemos un descanso, -con aire desenvuelto se volvió, dirigiéndose a los integrantes del grupo-.  ¿No os parece?

   La jugada surtió efecto y salimos de la Jefatura en el coche privado del comisario, que nos llevó a las dos de vuelta acompañadas por el conductor y otro agente de paisano. Hicimos bajar a Jeannine de mi casa con las niñas para que se despidieran. María se fue a la suya con su madre, ambas custodiadas, mientras yo regresaba a mi lugar de paz con mis padres y mis hijas a esperar tranquilamente la vuelta de mi marido.  

   


                                        Tras los días de celebraciones del Fin de Curso, sin el más mínimo reposo la familia al completo iniciamos las vacaciones por Europa en nuestra autocaravana. Mientras, según supimos más adelante, Lila volvía a su país en compañía de la niña camino de reencontrarse con su entorno familiar. O esa fue la información dada por ella a los vecinos.

  Antes de partir, todos, padres y niños de la clase, tuvimos un último encuentro en el chiringuito de la plaza del Congreso, donde en un aparte rápido entregué a Lila los dos sobres custodiados por mí desde su llegada. Recogiéndolos de mis manos, comentó con aire superficial:

  -¿Recuerdas lo que te conté, mi juramento de que haría lo que fuera  necesario para salir de aquel embrollo y sacar a mi hija adelante con toda la seguridad del mundo? Pues aquí tienes el resultado. Ya ni recuerdo lo que he llegado a inventar ni los contactos que he dejado  aquí y allá. Pero no me juzgues, Carna, -aclaró. Añadiendo en un tono que habría sido digno de Escarlata O'Hara-. Estoy segura de que tú habrías hecho lo mismo. Piénsalo bien y no me juzgues. Lo que sí quiero que sepas es que a veces, para conseguir soluciones decentes en las misiones más sucias, son necesarias las manos más limpias. 

  Tras la sentencia revestida de solemnidad, levantó las suyas  agitándolas, sonriendo con mirada irónica y sin asomo de culpa como diciéndome: "Mira qué limpias". Efectivamente, me las quedé mirando.

   Con cierta tristeza, con la seguridad de que nunca podría volver a creer en nada que me dijera aquella mujer en la que tanto había confiado, me giré dirigiendo la mirada a mi marido que observaba la escena sin perder detalle desde unos metros más allá, sabedor ya de la historia al completo. Encaminándome hacia él empecé  a desarrollar la idea de que la existencia es un continuo aprendizaje sin red, valorando la gran suerte de que en aquella comprometida experiencia no me hubiera alcanzado la chispa de un instante desgraciado, lo que podía haber sucedido. 

   Todos conocemos alguna novela o película de espías, donde un agente doble duda del camino a tomar y la variedad de consecuencias que puede acarrear su decisión. Porque quizá una situación doble pueda manejarse. Pero, ¿triple? Y qué decir cuando pasa a convertirse en cuádruple o quíntuple. 

   En realidad, llegados a un cierto punto de amoralidad, ¿qué más dará? Eliminando de nuestra vida los valores éticos, autoconvenciéndonos de la bondad de las propias acciones, aun con el alma perdida podrás vivir sin padecer remordimientos, como bien nos transmitieron dos nombres de peso: Dostoievski en Crimen y castigo y el profundo pensador que fue John Rambo legándonos su famosa frase: "No hay dolor..."  

 

Ana Mª Ferrin

(*) imagen

                                 

22 comentarios:

  1. Estupendo relato con un final sorprendente.Besicos

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    1. Así es la vida, querida Charo. Siempre con sorpresas.
      Un besazo a ti y a la artistaza de tu hija.
      (Vean el blog de Charo)

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  2. Es gratificante leerte una vez más, amiga, ver cómo el estilo que posees destaca por su hondura y brillantez.
    Me agradó mucho, quedo agradecido.
    Un gran abrazo y amistad; mucha amistad.

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    1. Gracias por tu tiempo y tus palabras, Teo.
      Toda experiencia nos enriquece (si sobrevivimos a ella)
      Saludos.

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  3. Me ha gustado leerte. Una historia que tira de quién la lee y escrita maravillosamente bien. No sabía que una Ferrin catalana (?) dejase quedar ta bien el apellido Ferrín de un gallego que escribió un libro, entre muchos, Retorno a Tagen Ata, mi preferido en mis primeros tiempos y que luego de prestarlo, jamás volvió a mis manos.
    Mi admiración a ambos.

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    1. Que yo sepa no tengo antepasados cercanos gallegos, pero sé de buena tinta que mi apellido lo es.
      ¿Te acuerdas de la Pandeirada Sideral, de Zapato Veloz? Si ellos ya nos informaron de que un gallego del Ferrol había llegado a la Luna, ¿ quién se atrevería a negar, que hace décadas no llegó un gallego hasta Valladolid, de donde era la familia de mi padre?
      Gracias por tus palabras, Beatriz. Besazzzo

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  4. Buen relato y un poco estremecedor, ya que era un poco complicado poder adivinar o acertar en un final tranquilo o, por el contrario, podría desembocar en algo trágico.
    Como siempre me encanta tu buena narrativa Ana. Un placer leerte.
    Un gran abrazo y feliz verano.

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    1. Muy feliz verano para ti, Juan.
      He dejado en adobo una 4ª Parte bastante complicada..
      Dentro de un tiempo la cocinaremos.

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  5. Un relato ,muy bien estructurado y una frase que me ha encantado :la existencia es un continuo aprendizaje sin red.Genial sobre todo por esa atmósfera que has sabido mantener y casi se cortaba
    Feliz verano y ya comenzamos las vacaciones:)
    Un fuerte abrazo Ana

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    1. Bertha, tú que has tratado en distancia corta a tanta gente diferente, cuántas sorpresas te habrás llevado. Nunca se acaba de aprender. Abrazote desde BCN.

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  6. A wonderful story with an unexpected ending. I enjoyed reading it.
    Have a happy week. Ana.

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    1. Bill, sorpresas que da la vida. Por eso hay que escuchar a nuestra intuición, buena consejera. Saludos a tu bella tierra.

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  7. Vaya final amiga! Vaya con la débil mujer, con esa "pobre madre"...En verdad no imaginé nunca que fuera una espía...
    En fin, está claro que nunca se termina de conocer a las personas y que tal vez por eso mismo la gente cada vez se muestra menos solidaria.
    Como sea, ya te lo he dicho, estupenda historia
    Abrazo va

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    1. Veo que has vuelto llena de energía después de los abrazos y achuchones de tanta gente querida.
      La vida te espera en su día a día, con una duración inagotable de fuerzas. Hasta la próxima salida. Bsazzs.

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  8. Al más puro estilo de espías. Y aquí no solo se duplican, se multiplican. Siempre nos cuesta volver a confiar cuando nos sentimos engañados,pero si es por alguna causa justa lo llegamos a comprender. Un gran relato.
    Buen julio Ana Mª.
    Un abrazo.

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    1. Un abrazo, Laura. Estaba oyendo las noticias con el tema del fuego. Es algo muy serio pero sé que por amigos que se están volcando todos en su extinción, que espero sea lo más rápida posible.

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  9. es un relato lleno de emotivo sentimiento de fuerza creativa y da gusto leerlo accion en toda la discripción con un encantador desenlace el fin de la inocencia ...donde pones una estupenda ilustración de Janet actriz consagrada con este tema para la eternidad ..., espero puedas leerme pues este es el cuarto intento de ponerte mi comentario , feliz semana Ana Maria y un fuerte abrazo .jr.

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    1. La gente corriente no está preparada para la mentira y el engaño. Es así, José Ramón.

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  10. Como lector uno se espera ese final, pero debía ser así. Una regla respetable, es que un texto de la calidad del suyo, por el camino del suspenso y la realidad, no deje al lector uñas para asir su final o cierre. Y has contado tan bien, que lo que inicialmente, el lector puede tomar como una confesión, va más más allá, y es un cuento largo, o novela, donde el autor llevó a hacernos creer que no no era ficción. Qué bien lo cuentos. MI aplauso. Carlos

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    1. Carlos, la sorpresa podría residir en que se tratara de una experiencia real, aunque resumida y suavizada .
      O no.

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