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01_HP_UNI158415_Bluewash_WEB Recibiendo al futuro. (UNICEF)





EL CASTILLO


¡Oh!
Cuando yo era joven y sencillo
y gozaba de la piedad de sus recursos,
el tiempo me retenía cándido.

Aunque yo cantaba encadenado
como el mar...
                                                                                                  
                                                                                                                                    DYLAN THOMAS

RELATO

Original de
Ana Mª Ferrin

R.P.I.



                                    -¡BIEN!, bien, ya está aquí. Tete, corre, ponte las botas, ya está aquí la mamá.

   -¡Viva! ¡Iremos a coger musgo y corcho. Y rocas, y romero, y...!

  Al oír las voces excitadas de mis hijos, caigo en la cuenta de que había olvidado mi promesa hecha antes de salir de Alcoceber para Alcalá de Xibert. Mis propias palabras regresan a mí:

  -Hacer vuestras literas, lavar los platos de la comida, recoger las hojas de la parcela y terminar los deberes del fin de semana. Si lo hacéis todo, cuando vuelva subiremos al bosque del castillo a buscar todo lo que necesitamos para montar el belén.

   Me queda una débil esperanza de escaquearme mientras saco del coche las bolsas de la compra. A lo mejor tengo suerte y no han hecho lo que les dije. Así podré tumbarme un rato en la hamaca mientras me tomo un café y leo el periódico. Estoy muerta, no puedo más...


Castillo de Alcalá de Xivert. (*)


LOS TRES QUEDAMOS EN SILENCIO.....

Publicado en Gaudí y Más. 5 de marzo de 2016
Publicado en Gaudí y Más. 1 de noviembre de 2019


                                En cada dedo acarreo una bolsa de plástico con víveres. Aún falta sacarlos y ordenarlos en la pequeña nevera y las también diminutas alacenas de la caravana Knaus. Detrás mío, mis dos hijos de seis y ocho años se afanan para abreviar el trasvase de alimentos llevando todo lo que sus fuerzas les permiten.
     
   -Estoy muy cansada, hijos, tengo mucho trabajo. No sé si podré llevaros hoy...- aventuro, preparando el camino para la excusa mientras echo una mirada al interior del habitáculo.

   Horror.

   Todo está impecable.

   Los sacos estirados en las camas, los pijamas doblados bajo las almohadas, el suelo barrido, la alfombrilla sacudida. La vajilla y la cazuela lavadas y vueltas a guardar en su lugar.

   La cara de Valentín sonriente y plácida aparece por la ventana con los ojos brillantes por la emoción de la excursión.

   -¿Estás contenta, mamá, a que lo hemos hecho todo bien?. ¿Podemos llevarnos un bote y coger madroños?. A lo mejor encontramos castañas y bellotas en ese sitio que tú sabes. ¿Asaremos las castañas? ¿Nos llevaremos las cantimploras? ¿Subimos unos bocadillos? ¿Cogemos una bolsa para meter todo lo que encontremos?

   La avalancha de sus preguntas me hace sentir incómoda al notar que a medida que las sugerencias avanzan, se alejan mis pobres minutos de reposo.

    Quizás sean las chispillas que desprenden sus ojos rasgados, su boca bien dibujada que está a punto -a fuerza de sonreir con expectación- de rozar el lóbulo rosado de sus orejas. La verdad es que una dosis de culpabilidad empieza a abrirse camino entre mi contrariedad.

     Él se queda ante mí, anhelante, con una respetuosa espera a que termine la ensoñación que me ha paralizado el cambio de calzado.

    -Mamá, por favor, date prisa, que tenemos muchas ganas. Va, mami...

    Vuelvo al mundo.

    Mi hijo pequeño, con el dorso de la mano se retira de la frente un flequillo liso y rubio. La cáscara de una pepita de girasol le ha quedado pegada al moflete derecho y se diría el punto adecuado para cerrar el interrogante de sus ojos meleros. Sujeta contra el pecho un tarro de plástico transparente oprimiendo el mensaje de su camiseta, I survived La Salle.

    Lo miro y no puedo por menos que sonreirle.

    -Tanquilo, Iván, que enseguida estoy.
   
   Se ha vuelto a producir el milagro.

    La presencia de mis hijos, tan clara, tan limpia, ha conseguido de nuevo ponerme en marcha emergiendo un potencial de energía que yo ni sabía que existía en mí, transformando en positivo mi vida.

   Salgo y voy hasta el arcón trasero de la caravana.

   Antes de levantar la tapa aprovecho para quitar el verdín que siempre veo y que nunca me acuerdo de limpiar. Impacientes, mis hijos sacan los tres pares de botas montañeras y manejan con soltura sus dedos menudos haciendo circular los cabos de los cordones por los agujeros, hasta meter los pies y ajustar el calzado con un doble lazo.

   Me ofrecen las mías no sin antes advertirme, con la lección bien aprendida por mis recomendaciones:

   -Mira dentro, mami, no vaya haber algún bicho.

   Una de las dos ardillas que saltan por los pinos del Camping Ribamar se queda inmóvil a medio subir un tronco. Me mira fijamente. Sí, palabra que me mira. Con no sé que gracia de equilibrio, agarrándose con las patas traseras al muñon de una rama talada, el animal, muy tieso, se frota las manitas acercándoselas a la boca.

   En silencio pellizco suavemente a los niños indicándoles la escena. Los dos a la vez abren los labios apretando los dientes y suben los hombros tensando los músculos del cuello, para expresar el gozo de ver tan sólo a dos metros al simpático animal. El roedor, una vez se ha lamido todos los restos aprovechables, trepa hasta la copa más rápido que nuestras miradas, dejando a los chicos clavando en la maraña verde de piñas y agujas, cuatro discos fijos sin parpadeo. La voz del pequeño no se hace esperar mientras sube a por el anorak:

   -¿Has visto, mami? ¡Qué pasada! ¿Has visto que tenía rayas? ¿Y las manitas? Y como me miraba, oye...

   -De eso nada, chaval. ¿Que te miraba a tí? Me miraba a mí -exclama Valentín apretándose el pulgar zurdo contra el pecho, todo alterado.

    -¿A ti? ¡Anda ya! -grita el pequeño- A ti que te va a mirar. Me miraba a mí.

   Reponiendo el equilibrio después del capón de su hermano, el pequeño vuelve a encresparse:

   -¡A mí no me empujes, imbécil! ¡Mamá, mamá! ¿Lo has visto como me empujaba? ¡Te vas a acordar de mí!

   -Ah, el nene de su mamá! ¡Su mamá, su mamá, el nene de su mamá! -canturrea el mayor.

  Remedando la voz del pequeño para azuzar su enfado, Valentín se tira al suelo imitando a un bebé pataleando, momento que aprovecha su hermano para tirarse encima y empezar la pelea que dura hasta que salgo de la caravana y los separo.

  -Hombre, muy bien. Yo dispuesta a dejar todo y acompañaros al bosque y vosotros revolcandoos por el suelo, hechos un asco. Me parece que voy a suspender la excursión.

    Palabra de Dios.

  Se obra un nuevo prodigio y ya tenemos a la pareja que hace un minuto estaba enzarzada en el suelo dispuesta a todo, convertidos en dos gentilhombres recién llegados de Versalles que acaban agarrándose amigablemente por los hombros después de haberse arreglado el pelo y sacudido la ropa.

    -No, no, mami, por favor, ya estamos preparados, no pasa nada.

    Con una bolsa de plástico y un bote salimos los tres hacia el bosque.



                         Aún sin cielo azul ni sol radiente que lo haga brillar, el castillo templario de Alcalá de Xivert, envuelto por el bosque algodonado que lo acuna, es una presencia intuida, morada de cimas romas donde bajo cualquiera de sus árboles habitan duendes y hadas. Territorio reconquistado por Jaime I, es tan atractivo por su historia como por sus leyendas.

  Son las primeras horas de la tarde al pasar junto a la cruz del camino y una paleta de colores tamizados por la bruma convierten las montañas en una sierra opalina. Podrá sonar a embeleso, pero hoy, el cielo cubierto de cirros ha sido cortado por un tajo de arriba abajo, dividido en gris y blanco como las dos partes de un pastel.

   El invierno ayuda a comprender mejor el alma levantina de Castellón y su Sierra de Irta con sus diferentes áreas estancadas. Por una parte su acercamiento a los puertos, el ir y venir de forasteros que han aportado a los naturales una filosofía tolerante de la vida. Por otra, el aroma de azahares pegado a unas gentes que viven amarradas a sus tierras y manantiales.

  Entre gritos de alegría, los dos hermanos van enumerando cuantos tesoros encuentran en el camino de pinos y alcornoques.

   Todo es motivo de asombro.

   Bellotas, piñas, musgo, corcho.  Brotes de pino, romero y hasta el esquivo tomillo, se mezclan dentro de la bolsa, atrapados por unas pequeñas manos ansiosas de montar el pesebre más bello.


La Cruz del Francés. "En este sitio fue muerto por los franceses Antonio Cherta en 17 de agosto
del año 1810, que en paz descanse" (**)
                                   Chus tira un guijarro contra una roca y tras el impacto se oyen unos - ¡Oh, mira!, con la sorpresa llenando el bosque de signos de admiración.

  Me acerco y descubro el motivo de su alborozo.

 En cuclillas para mostrármelo, el mayor lo muestra entre sus manos, romo, del tamaño de una nuez partida en dos mitades. Lo primero que veo son sus dedos, o mejor sus uñas, con un reborde negro festoneándolas.

 Estoy a punto de regañarle, a dejarme ir con reproches amargándole el instante, cuando siguiendo la dirección de su mirada reparo en su descubrimiento del interior de la piedra, una especie de amatista que atesora en su entraña una gruta en miniatura bañada por toda gama de lilas.

 La luz se pasea por sus ondas dentadas cristalizadas en rombos y al movimiento de las manos regalan un calidoscopio natural que deja embobados a los niños.

   En su propio mundo admirando el mineral, el pequeño no repara en que es imposible que vea por el ojo derecho porque un mechón se lo tapa completamente. Arrodillándose se lo pasan de uno a otro hablando en voz baja, sin duda influidos por la magia de la conquista. Y yo los observo deslizándome hacia atrás en la niñez, preguntándome si alguna vez en mi vida existió un momento en el que se parara el tiempo y no existiera para mí nada más importante que una simple piedra.

   Supongo que sí, que algún descubrimiento también encontraría en la niña que fui, suficiente encanto para abstraerme de un momento presente, haciéndome resbalar por el túnel de la fantasía y que...

   -¡Mami, mami!

   Con la mitad de la roca agarrada cada uno, los dos ya levantados, me señalan una figura negra de unos cinco centímetros que los hipnotiza desde el suelo.

  Es un escarabajo goliath, ese insecto grandón con patas de bogavante a escala, puesto de pie con las sierras levantadas en posición bélica. Un ser que a pesar de su tamaño infinitamente menor que el hombre, no cede su territorio sin luchar.

   Mis hijos lo miran sorprendidos, un poco espantados por el bicho que no se acobarda y que poco a poco avanza hacia ellos haciéndolos retroceder.

    -¡Venga miedicas, no os asustéis! -les animó.

    -Mami, ¿Y si me coge la bota? -Iván agranda sus ojos con esa mirada de emoción que tan bien conozco.

    Tercia Valentín:

  -Dejadme a mí. Ya veréis como le arreo una patada que se va a enterar.

 -¡De eso nada! Preparaos, que ahora vais a ver quien manda aquí-, entro yo en acción.

   Cojo una varilla y la acerco al insecto que no se hace repetir el reto. Cierra las dos patas con fuerza sobre la madera quedando insertadas sus púas con un chasquido.

   -Ahora os vais a enterar, ¡es la guerra!

  Corro tras ellos persiguiéndolos por entre las veredas medio ocultas por zarzas. Sus bulliciosos - ¡A mí, a mí!-, entre risas nerviosas, suben de tono cuando yo me acerco amenazándolos con mi arma letal.

   El insecto no se suelta a pesar de que lo cimbreo a placer.

   En uno de los vaivenes lo apoyo sobre el pelo rizado del mayor, que cierra los ojos chillando, manoteando, al sentir en su cabeza el contacto del cuerpo y las patas dentadas botando al compás de la subida y bajada de la varilla.

   Me agarra del jersey metiéndome por la espalda una mano que sabe fría. Yo, antes de caer pegando aullidos aún más penetrantes que los suyos, tiro lejos el bicharraco y cojo a mis hijos por el cuello obligándolos a caer en una melé, luchando con ellos porque se resisten a ceder revolviéndose como fieras.



                      Al fin puedo someterlos, y agotada, los suelto quedándome tumbada boca arriba mirando un cielo que va transformando su agresividad en acogedor crepúsculo. Levanto los brazos y cruzo las manos tras la nuca para reposar la cabeza bajo un árbol cargado de tormentas y guiños de luz, nido de bocas abiertas esperando su alimento. Cuántas auroras y ponientes nos observan desde su copa protectora abierta al sol de las palabras, esas que van dejando una estela de amores. Son los ojos del paraíso.

   Van tranquilizándose las respiraciones de mis hijos, haciéndose más rítmicas. Nadie les dice lo que han de hacer. Tampoco hablan entre ellos, pero el siguiente movimiento que inician al apoyar sus cabezas entre mi hombro y mi pecho lo hacen al unísono, les sale a la vez de dentro.

  Momentos irrepetibles para creer en un Dios confundido con la corriente del arroyo, con la última torre del castillo que se resiste a pulverizarse. Con la voz del hortelano que tararea el estribillo de Paquito el chocolatero acercándose a la senda donde el trío observamos un techo pintado por Sorolla.

  El xivertense avanza y sobre la marcha, ralentizando el paso, cambia a la mano izquierda una rama con tres mandarinas para enviarnos un leve saludo con la derecha, rozando la visera de la gorra. Un gesto antiguo y cortés profundamente elegante.

  Ligeras entradas, rostro de bronce curtido, gafas de montura dorada. El ademán delata esa educación aprendida al calor del hogar que nunca otorgará el ligero barniz de un manual.

   -Bona tarda-, saluda en valenciano.

  - Bona tarda-, le respondemos

   Y sigue su camino con un leve balanceo de la bolsa colgada del hombro y de la rama del mandarino de nuevo en la mano derecha.

  Los tres nos quedamos en silencio mirando cómo se recorta el cielo silueteando el castillo. Hoy no subiremos a verlo, se inicia la hora malva del ocaso y sonrío pensando en que soy afortunada, porque eso nos dará ocasión de un nuevo paseo, de disfrutar otra aventura, otras rocas de cristal, otras fieras feroces. De compartir sus almas otra vez.

   Pienso que deberé hacerlo pronto, los años pasan rápidos. Al tiempo libre la mayoría de las veces lo devoran los problemas del día a día, la necesidad de dinero transformada en trabajo. Todo ello nos absorbe ocasiones de placer puro que serán irrecuperables.

    Porque aún cuando la madurez nos haga volver al diálogo con nuestros hijos y todos hayamos comprendido dónde está la verdadera verdad, ellos habrán perdido la inocencia que entregan cuando hacen desaparecer su mano entre la nuestra.
      
                       Bajo los brazos apretando sus cuerpos tiernos contra mí y los beso. Ellos me cogen la cabeza y pegan sus mejillas a las mías. Aún son lo suficiente libres como para no preocuparles caer en lo cursi. Aún la sociedad no les influye para hacerles dudar de si serán menos hombres por besarme y decirme, -Te quiero mucho, mamá.  -Y yo tamién, mamá.

  Pasan instantes preciosos, en calma para pensar y con tiempo para soñar. Instantes para hacer un ingreso de emoción en el banco de memoria de mis hijos.

  El cielo ya lechoso y resplandeciente va perfilando el castillo sobre una ladera tupida con fondo de farolas. Al difuminarse, la acuarela hace desparecer los márgenes, cambiando los ruidos. El crujir de las ramas, las hojas secas cayendo blandamente, avisan de que está empezando a lloviznar.

  Las primeras sombras con jirones de niebla caen sobre la Sierra de Irta.


Ana Mª Ferrin

(*) Castillo de Alcalá de Xivert. Fortaleza morisca en el X, Castillo Templario en el siglo XIII, pasó a la Orden de Montesa en el XV. Fue rescatado del olvido en el XXI.https://www.flickr.com/photos/curbis/

(**) https://pdipb.blogspot.com/2013/10/castell-de-xivert.html

32 comentarios:

  1. Hermoso relato lleno de ternura entre esa madre con sus hijos....pero no han cogido el musgo:-))Seguro que lo harán enn la siguiente excursión.Besicos

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    1. Gracias, Charo
      Es tan verdad como que ese año se nos fueron pasando los días y al final tuvimos que comprarlo.
      Abrazotes.

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  2. ¡Qué linda historia, Ana María!
    Llena de realidades habituales, mucho amor y descrita con arte y ternura.

    Te escribo desde un Chile en que el gran problema que nos aflige en medio de vandalismo desatado, es la convicción de muchos acerca de sus derechos y muy poca consideración con sus deberes.

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    1. A veces, como en este caso, por mucho que una intente ver lo hermoso de la vida, no pueden cerrarse los ojos.
      Sigo las noticias y siento mucho todo lo que está pasando, Esteban.
      Un fuerte abrazo.

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  3. Los hijos se hacen mayores, pierden el encanto de la niñez (aunque ganan en otras cosas con el tiempo) y se marchan. Pero siempre nos quedarán esos recuerdos.
    Un saludo.

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    1. Pienso que quienes tenemos esos recuerdos somos ricos.
      Pase lo que pase nunca los olvidaremos. (Y ellos tampoco)
      Saludos a ti, amigo.

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  4. Mi mamá dice que los hijos son prestados. La idea es cuidarlos y educarlos según lo que creen conveniente. Si lo haces con cariño, se devuelve...

    Besos Ana

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    1. Entre nuestra niñez y la de nuestros hijos el mundo ha dado un vuelco espectacular.
      Pero en lo esencial seguimos igual. Padres e hijos queremos que nos quieran. Una buena semana para ti.

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  5. Antes de nada, después de leer tu bella entrada, lo primero que debo hacer es arrepentirme dolorosamente de todas las veces que NO le dije a mi madre "te quiero".
    Me has transportado a ese bello paraje, tan cercano a donde vivo.
    Gracias.
    Un beso.

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    1. Me alegra que te haya gustado.
      Y quiero que sepas que no eres el único que me ha hablado de ese "NO" con mucho pesar.
      Aunque estoy segura de que ella sabía muy bien tus sentimientos.
      Menuda es una madre.

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  6. Que bonita historia!! de las autenticas de las que te hacen vivir unos minutos imaginando toda la situación y el placer de estos queridos niños que tan solo esperan una bonita salida con su mamá.
    Un bonito domingo te deseo.

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    1. Siemre que haya ocasión hay que arrimarse a los recuerdos bellos.
      Bastante tenemos encima cada vez que nos acercamos a los informativos. Lo mismo te deseo.

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  7. Que preciosidad de relato querida Ana Maria. De que manera tan bella has descrito cada pequeño detalle que me ha llevado a vivir la escena en primera persona. Como si hubiera estado allí con vosotros.
    Hasta me he permitido tumbarme boca arriba junto a ti y tus pequeños hijos, para sentir palpitar tu magnífico corazón de madre.
    Gracias, mil gracias.

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    1. No me extrañaría que tengas recuerdos similares de ir al bosque a buscar musgo o castañas por Navidad.
      Mil gracias a ti por tu tiempo, guapa.

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  8. Te rebosa amor por todos los poros Ana Mª, he vivido tu relato como si fuera mío, aunque los hijos se vayan para crear su propia familia siempre están en nuestros corazones.

    Besos.

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    1. Estoy segura de que cuando quieras, podrás sacar muchas exeriencias amorosas a la luz. Espero verlas pronto.
      Un fuerte abrazo.

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  9. Precioso relato de amor de una madre con sus hijos amiga Ana. No nos damos cuenta que la vida se pasa como un sueño y cuando queremos reaccionar ya es tarde y hemos perdido un tiempo precioso, el más bonito de todos, el de poder disfrutar con nuestros hijos el tiempo de su niñez. Cuando para ellos somos héroes y como bien dices te besan y dicen te quiero mami-papi. ¡¡Qué bonita es la niñez!! Ese corto período, es imperdonable que por motivos de trabajo u otros problemas algunos niños no tengan ese calor que necesitan en un momento tan importante para ellos.
    Encantado de leerte Ana.
    Un abrazo.

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    1. Juan, no tenemos que culpabilizarnos por no haber dado más de sí. Lo más probable en una familia normal es que incluso rebasemos las posibilidades de atención a los hijos olvidándonos de nosotros mismos, teniendo en cuenta el escaso tiempo disponible que teníamos.
      Por regla general todos intentamos hacerlo lo mejor posible. Y si un día les preguntamos a nuestro hijos cómo recuerdan ellos su niñez, la mayoría de las veces nos llevaremos una grata sorpresa al escuchar que fueron muy felices.
      Saludos.

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  10. Las salidas al campo con los padres cuando uno es pequeño dejan imágenes imborrables en la memoria. Como si fuese una aventura de duración indeterminada las recuerdo con nostalgia, sobre todo la recogida del musgo con mi padre, preludio del montaje del belén.
    Un beso

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    1. Tocas un tema, el de la preparación en equipo de las fiestas con los padres, que suele grabarse profundamente en los niños.
      A veces son cosas muy menudas pero de una gran importancia, como lo que cuentas.
      Y vosotros estáis en una época de oro para fabricar recuerdos.
      Besos, Carmen.

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  11. Me ha emocionado tu relato. Es de una gran belleza y dulzura.
    Sin duda, llega al corazón.
    Un beso.

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    1. Un trasvase de recuerdos para que se reciba en línea directa, querida Amalia.
      Petons

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  12. Que maravilla, me ha traído tantos recuerdos...
    Felicitaciones estimada Ana por tu relato, cada detalle, cada palabra estná colmadas de puro sentimiento y profundo amor.
    Abrazos.

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  13. Sublime fragmento!.

    ...Porque aún cuando la madurez nos haga volver al diálogo con nuestros hijos y todos hayamos comprendido dónde está la verdadera verdad, ellos habrán perdido la inocencia que entregan cuando hacen desaparecer su mano entre la nuestra...

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    1. La ternura de los niños no necesita que despleguemos mucha imaginación, un abrazo suyo y brota sola.
      Gracias por compartir tus emociones, Adriana.

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  14. Tu relato me ha trannportado a esos años de camping con mis hijos. Hemos hecho mucho con ellos, ahora ya lo hacemos solos.
    Esas rutas recorriendo y descubriendo lugares desconocidos eran toda una aventura.
    Ya lo creo que el tiempo vuela Ana. Pero nos queda los buenos momentos vividos.
    Me ha entantado.
    Buen jueves.
    Un abrazo

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    1. Este comentario ha sido eliminado por el autor.

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    2. Ahora, cuando el tiempo ha pasado, es cuando somos conscientes de lo vivido. En esa época las prisas no ayudaban mucho a valorarlo.
      Padres o hijos, qué bien comprendemos ese apartado. Besos.

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  15. Olá Ana.
    Gostei muito desta sua história, que está contada de forma que agrada ao leitor. Para mim foi uma leitura agradável, escrita com maestria. Parabéns!
    Uma ótima semana minha amiga Ana. Beijo. Pedro

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  16. Pedro, qué buenos tiempos aunque no fuéramos conscientes.
    Decía un amigo mío que nunca volveremos a ser tan poderosos y queridos, como cuando fuimos unos verdaderos héroes para nuestros hijos. Y quizá tenía razón. Saludos.

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  17. Una tierra misteriosa y hermosa la Sierra de Irta, en Castellón, donde se supone guardaron los templarios grandes tesoros.
    Y como son vespertinas las horas a las que le comento, me despediré con un bona vesprada, en valenciano, que es como los valencianos solemos saludar cuando usamos nuestro idioma pasando el mediodía y antes de comenzar la noche.
    Saludos.

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