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OCASO EN CONIL "OCASO EN CONIL", CÁDIZ, ESPAÑA. (Áfrika Martínez Ferrin)



(2/3ª PARTE) EL DÍA QUE ME TRANSFORMÉ EN JOHN LE CARRÉ.


 Continuación... 


                                 Mi querida amiga Jeannineel ser más bondadoso que he conocido, nos abrió la puerta de su apartamento en la acera de enfrente y acogió a nuestras hijas, locas de alegría por lo bien que se lo pasaban con aquella antigua maestra ya en reposo, tan cariñosa y divertida.

 Como toda mujer que acostumbra a maquillarse a conciencia y diariamente, si tenías ocasión de verla antes de someterse a su cotidiana sesión artística te llevabas la sorpresa de que su rostro parecía carecer de rasgos. Hermosa cincuentañera rubia, muy blanca, al encontrarla desprovista del habitual dorado y rosa de sus mejillas, faltándole el complicado entramado de sombras y líneas enmarcando el azul de sus ojos, sin cejas pobladas ni largas pestañas añadidas que acompasaran los parpadeos que prodigaba con gracia. Y aún más, si su visión te pillaba distraída, impactaba. 

   Un día me dijo con guasa, que cuando se veía en el espejo por la mañana desmaquillada por completo, ella misma se recordaba a una geisha a la que hubieran olvidado pintar de rojo los labios...


  

... Con la atmósfera brillante de la Fiesta, Lila olvidó que mostraba lo inexistente... (*)


LA MUJER QUE IBA SABIENDO DEMASIADO


Publicado en Gaudí y Más. 25 de junio de 2022.


                                   Jeannine se nos había ofrecido a Lila y a mí como guardiana de las niñas aquella noche para que  pasáramos una velada musical sin ataduras, viviendo el Festival al aire libre en el que Lila participaba como voluntaria y cuya recaudación estaba destinada a cierto Fondo Benéfico de ayuda para los exiliados de América Latina. 

   Un colectivo al que sólo me unía la solidaridad vecinal con aquellas personas llegadas desde diversos horrores y en cuyo núcleo dirigente, según informaciones más tardías, ciertos integrantes no hubieran resistido un examen de la Ley Antiterrorista.

   El cielo vibraba con los ecos de Brassens y Victor Jara, de Mercedes Sosa a Pablo Milanés, Pete Seeger, Labordeta, Bob Dylan o Luis Pastor. Afortunadamente, también apareció la samba gloriosa y desatada de Elsa Soares. 

  Noche efervescente en aquella Barcelona donde toda la rabia acumulada por la pena de tanto expatriado forzoso, explotó buscando el gozo. Noche en la que tantos soñadores diurnos que languidecían en la distancia por volver con los suyos a una tierra ya libre, habrían podido atrapar con sus manos la nostalgia general que flotaba en el aire como una materia sólida.

  Llevada por el ambiente feliz de los cánticos y las lágrimas sonrientes, vi sorprendida cómo Lila, recatada en el vestir, de natural callada y poco dada a diversiones,  bailaba en lo alto de unas cajas junto al mostrador de las bebidas. Se había bajado el pantalón vaquero hasta encajarlo a la altura de la pelvis y la camisa blanca sacada de la cintura lucía enrollada bajo el pecho. Atada con un nudo dejaba ver al completo la parte de su anatomía arriba y abajo del ombligo, mientras giraba lentamente una y otra vez el torso con expresión de felicidad, alzando los brazos y agitándolos.

    Recuerdo, que feliz yo también al verla por primera vez con la alegría de las veinteañeras que éramos realmente, despojadas de tanta presión y responsabilidades, pensé que esa franja natural de nuestra vida nos la estábamos perdiendo. Ella por su biografía y yo por mi cercanía a la asociación vecinal donde se vivía una perpetua zozobra de tragedias que encogían el corazón.

   Por fortuna la noche era preciosa, la sangría fresca y dulce, los pinchos de tortilla sabrosones, vaya, el escenario perfecto para instalarse en ese estado festivo que los cohetes y cánticos pedían a nuestros cuerpos y mentes. Obligándome a olvidar me abracé a mi marido, dejándonos llevar por el ritmo ambiental de dicha que se respiraba.

 

  

                                     Si me esfuerzo echando la vista atrás, reconozco que a esas alturas ya habían volado a mi alrededor unas cuantas briznas inquietantes que incordiaban, señales tenues observadas por mí en silencio sin compartirlas, indicadoras de que algo, no sabía exactamente el qué, no cuadraba alrededor de Lila. Aún así no sería hasta aquella noche enajenada donde a toda canción le llegaba la respuesta del público, coreándola, cuando de repente algo se disparó en mi interior y un primer ¡click! avisador recorrió mi cuerpo.

   ¿Qué observé, que hizo parar la música en mi cabeza? ¿Qué vi que hiciera resetear mi ordenador cerebral? 

    Pues precisamente, el detonante provocador del impacto que recibí fue por todo lo contario: El repentino darme cuenta de lo que No Veía, simplemente porque No Existía. Ya que, iluminado por el foco que le daba de lleno, el cuerpo de Lila supuestamente maltratado por la cirugía con dolorosas cicatrices, según ella medias lunas que serpenteaban medio torso, ese cuerpo aparecía inmaculado en todo su recorrido, con ausencia absoluta de la más mínima agresión.

  Ignoraba, ignoro, si en los años 70 u 80 habían hecho ya su aparición  las nuevas técnicas quirúrgicas, laparoscópicas o robóticas, que hoy tanto han ayudado a minimizar las costuras humanas. Pero en realidad hubiera dado lo mismo, ya que la única información, la única constancia de que Lila tenía esos costurones, partía de haber sido contada por ella misma. Lo que me  llevó a pensar en algo aún más increíble, ¿Por qué esa mentira, por qué exponerse a que se descubriera un engaño de ese tipo? ¿Tan intocable se sentía? 

  Desde aquel día la lógica pregunta empezó a golpearme las sienes. En muchas ocasiones estuve a punto de hacerla, pero los días pasaban a tanta velocidad con su dictadura de prioridades que ni llegué a mencionar el tema ni busqué la ocasión. Nuestras vidas, líneas perpendiculares cruzadas en un momento determinado, iban tomando cauces separados anunciando que aquel iba a ser nuestro último camino juntas. En esos días finales, en tácito acuerdo para que la rutina de las pequeñas no se viera alterada, sólo nos relacionabamos cuando venía con sus acompañantes a dejar a la hija con las mías un par de horas. O en las actividades colegiales rodeadas de niñas y mamás. Nunca a solas.



                                      Ya estábamos a fin de curso con toda la baraúnda de evaluaciones y ensayos de las Fiestas con sus consiguientes disfraces. Las visitas de Lila y María siguieron aquellos días custodiadas por los sempiternos acompañantes policiales, sin variaciones. Llegada, partida, y pasadas unas pocas horas, vuelta a recogerlas. No sabría decir con certeza si ella fue consciente de lo que yo había descubierto, aun así, aunque nada diferente parecía haber pasado, la realidad fue que a partir de aquella noche festivalera no volvimos a compartir bromas ni confidencias.

    Esa semana de junio, juntos los días de la Verbena de San Juan, las obras musicales de las niñas, la Comida de  Hermandad en el Parque y la cena de la Asociación de Padres, todos los actos iban programados sin pausa, un día tras otro.

   Simultaneando a trompicones la casa y mi trabajo en la empresa familiar, con los artículos para el periódico en el que colaboraba por entonces, me llegó la víspera de la Fiesta de Fin de Curso que en mi caso al tener dos hijas con dos años de diferencia, el agobio iba por duplicado. 

    Fue precisamente en ese día frenético, con las pruebas del vestuario que había ido a buscar, cuando al llegar a casa para dejar las ropas y marchar a todo correr camino de recoger a mis hijas, al revisar el contestador recibí el mensaje de mis padres recordándome que llegaban esa tarde a última hora para ayudarnos con las nietas en el Festival del colegio al día siguiente y disfrutar con ellas desde por la mañana. Para a continuación, saltar otro de Lila pidiéndome de nuevo que, por favor, esa tarde recogiera a su niña y me la llevara a mi casa, que vendría a buscarla en cuanto saliera de la Jefatura.

   A pesar del gran enfado que me produjo su llamada, ya que ella sabía muy bien cuál era el peso de mis responsabilidades y estaba invadiendo mi territorio privado, decidí que no era un buen momento para gastar mi energía en la búsqueda de una persona de la que en esos momentos no tenía idea de dónde podría encontrarse. Lo que sí me sirvió, fue para constatar que su deriva había rebasado el abuso de confianza y se imponía aclararle de forma determinante, que aunque ella identificara que el ser buena persona era sinónimo de ser gilipollas, no era exactamente lo mismo.   

 


                                          Así, en medio del frenesí logístico de mi entorno, me di cuenta de que ya eran las 18,40 y la llegada de Lila no se había producido, aunque sí una llamada de mi marido desde la empresa avisándome de que los problemas de transporte que esos días lo tenían preocupado por una huelga, se estaban agravando, por lo que iba a quedarse hasta ver si por fin llegaban los camiones que debían sustituir a los que teníamos contratados. "- No creo que pueda llegar antes de las diez"-. añadió.

   Puse la mesa para que las tres pequeñas merendaran, tras lo que me quedé especulando, inmóvil, mirando la hora con las manos apoyadas en el borde del fregadero. Ya eran las 19,30 y Lila no daba señales de vida. Reaccioné quitándome el delantal y tomando la decisión de llamar a Jeannine pidiéndole por favor que viniera a ayudarme, a lo que accedió rápida sin preguntas, generosa como siempre.

    Fui a la caja de galletas donde guardaba los sobres, encontrando allí la libretilla con los teléfonos y direcciones que en un momento determinado me había entregado Lila por si se presentaba alguna emergencia. En esas horas ya debía estar donde siempre, o algo sabrían allí. La cogí, buscando la dirección y el nombre de quien debía contactar, guardándola en el bolso. 

   Ya vestida y medio peinada, poniéndome los zapatos en el recibidor mientras subía el ascensor con Jeannine,  compartimos un abrazo y salí a todo correr, chocando en el portal con el padre Cardús, rector de la parroquia, que me saludó con su habitual bonhomía: - "Hola, Carna. Estuve hablando con tu amiga Lila. Qué buena persona es. ¡Y cuánto te aprecia!". Por fortuna la prisa no me permitía pararme, así que saludé sobre la marcha al religioso sin detenerme, impidiendo que viera la expresión de mi rostro ante su comentario. 

   El tupido tráfico de mi calle, un paseo de gran afluencia al norte de Barcelona en donde encontré un taxi nada más salir del portal, resultó providencial por su lentitud. Mi carácter de natural apacible, bastante enervado por las últimas horas y días que llevaba viviendo, encontró su oasis en el trayecto de los veinte minutos que debimos tardar hasta llegar al centro de la ciudad, permitiéndome afrontar con la debida serenidad la escena que me esperaba.

 

 

                                            Al entrar en la Comisaría sentí que me diluía entre la afluencia interior que nadie hubiera imaginado, por la estampa oficial de los dos únicos policías que hacían guardia a la entrada en actitud militar. Cruzando un espacio en el que todo el mundo parecía saber a dónde dirigirse excepto yo, que me quedé plantada en medio del recinto girando en redondo un par de veces, dudando de si seguir adelante con la búsqueda o volverme a la seguridad de mi casa. Jamás había puesto los pies en un lugar de ese tipo y mi desubicación debía ser muy evidente, porque no tardó en acercarse un agente uniformado mostrando interés por saber que era lo que me llevaba hasta allí.

    - ¿El comisario Moncada, dice usted? - me preguntó-. ¿Y para qué desea verlo? Bien. Por favor, dígame su nombre. ¿Su carnet de identidad, por favor?  Venga, siéntese en esta silla y no se mueva, que vuelvo enseguida -. añadió, señalándome la silla que había junto a una pequeña mesa de madera oscura.

    Con insólita rapidez lo vi volver acompañado de un hombre joven y serio bien trajeado, al que me presentó a la vez que yo me levantaba del asiento. Era el comisario Moncada, que alargó su mano diciéndome con una sonrisa:

    -Encantado de conocerla. ¿Así que es usted Encarna Bailén?

   Lo último que yo hubiera esperado era un recibimiento así y reconozco que me sorprendió su camaradería, sin saber con qué relacionarla. Él siguió:

     - ¿Lila Nassim? Sí, está aquí. ¿Desea dejarle usted algún mensaje?  

    - Pues no. Lo que necesito es hablar con ella. Tengo su hija en mi casa y ha surgido un problema. Es cosa de un momento, pero tengo que verla en persona-, le dije, subrayando lo de "en persona".

     -  Bien. Está reunida, pero yo la acompaño.

   Lo seguía camino del fondo de la sala, cuando mi interés por el lenguaje hizo dispararse mi intuición. La respuesta del comisario contenía una frase que dada la circunstancia con que Lila nos había explicado el porqué de su presencia en aquel lugar, me pareció incongruente.

  Porque Lila, "reunida" estaba, pero al ser trasladada de manera obligada por sus interrogadores, quizá hubiera sido más acertado emplear el vocablo "retenida". -Qué bobadas se me ocurren en un momento así-, pensé .

   Puede que fuera una bobada, si. Precisamente lo que yo necesitaba en aquellos momentos. Una nueva preocupación que agudizara mi inquietud por la situación que iba girando sobre sí misma sin solución, cada vez más embrollada.

   Cruzamos la sala pública y el comisario se detuvo ante una puerta metálica que empujó, sujetándola para que yo pasara...  


Continúa...

  

Ana Mª Ferrin

           

28 comentarios:

  1. Me tiene en suspense este relato, quiero saber cómo va a terminar esta historia.Besicos

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    1. Es cierto, poco a poco va cogiendo su intriga.
      Vamos a ver que pasa con los personajes, Charo.

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  2. Narras de maravilla. La descripción que haces de Lila en la verbena es antológica. Y está muy bien que dosifiques los capítulos así como lo estás haciendo. Buen suspenso.

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  3. Muito interessante esta história, Ana.
    Aguardemos pelos próximos capítulos, para ver como esta personagem, Lila, lida com a situação.
    Estou gostando.

    Votos de um excelente fim de semana!
    Beijinhos.

    Mário Margaride

    http://poesiaaquiesta.blogspot.com

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    1. Buena semana para usted, Mario, con este relato veraniego.
      Un saludo.

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  4. Ana por favor que esto está a punto de caramelo uff que curiosidad tengo...jajajaj

    De verdad que estoy disfrutando este recorrido mental...
    Un abrazo con ventilador por estos lares mucho calor:))

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    1. ¡Ay, Bertha!
      Ya sabes que aquí hace un calor relativo, porque siempre está el amigo Mediterráneo con su golpe de aire.
      Otro abrazo para ti.

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  5. Interesante. Seguiremos leyendo.
    Salu2.

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  6. El relato se está poniendo muy interésente amiga. La dosificación es perfecta. Esperamos con ansia la próxima entrega, para ver que depara toda esa situación que, por cierto, no es muy agradable.
    Un abrazo y feliz verano Ana.

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    1. El confiar está muy bien, pero siempre con un control de calidad.
      Este año parece que por fin hay fiestas por tu tierra,
      ¡¡Felicidades!!

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  7. Muy bien narrado y manteniendo un gran interés.
    Una descripción excelente.
    Te sigo leyendo.
    Un beso.

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    1. Ya me dirás, Amalia.
      Te imagino camino de tu tierra tan bella.
      Abrazo.

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  8. Estoy imaginando por donde van los tiros ;)

    Un abrazo.

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  9. Jeje! Habrá que esperar a cruzar esa puerta. Buen capítulo Ana.
    Saludos

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    1. Sería interesante saber qué se os va ocurriendo sobre la marcha...
      Saludos a ti.

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  10. He puesto palomitas en el microondas, porque se pone interesante...
    Besos Ana. A lo mejor lo leo en diferido...

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    1. Te pille donde te pille, espero que las aventuras de Lila te distraigan y te lances a unas buenas vacaciones..

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  11. Muy interesante y con suspense para la próxima entrega.
    Saludos.

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    1. Hace años, los domingos solían publicar una historieta infantil y una tira humorística para adultos en los diarios.
      Me está gustando esto de leer por entregas...Saludos, Manuel.

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  12. Your story continues to take us on this interesting and mysterious journey. I enjoyed this current chapter and look forward to the next installment.
    Greetings and a lovely day to you, Ana.

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    1. Ya me dirás que te ha parecido la trama.
      Una buena semana para ti, Bill

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  13. Hola hola Ana! Recién llegada casi de mis felices vacaciones voy retornando poquito a poco a este bello mundillo blogger.
    Y ¿con qué me encuentro en tu casa de arte y letras?
    ¡Pues con una estupenda narración que me tiene en vilo!
    Volveré a leerla de cabo a rabo, cuando termine con unos asuntillos que me ocupan bastante rato, mientras espero intrigada el próximo capítulo.
    Fuerte abrazo yendo

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    1. Voy a ver si retomo la ficción, que es muy agradecida.
      Deseo que hayas vuelto llena de energía. Tal como está, el mundo necesita bastante de eso. Un abrazo.

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  14. Leídas esta y la primera. Esto se pone de lo más intersante. Que bien hilas amiga.
    Un abrazo.

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  15. Me gustará saber tu opinión. Un beso.

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